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Full text of "Los extranjeros en la guerra grande:"

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Setembrino E. Pereda 



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LOS EXTRANJEROS 



EN LA 



Guerra Grande 



Garibaldi — Anzani 
Thiebaut— Brie 
Neira — Palleja 

Pa2 — Pacheco y Obes 

Mitre — Várela 



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MONTEVIDEO 

nir, JÜL SRiL'J ILUSTRADO*, DE TUREMNE, YAR2] V IV 

1904 



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AL LECTOR 



Este opúsculo es un pálido reflejo de la brillante actua- 
ción de los legionarios extranjeros en la Defensa de Mon- 
tevideo, pues constituye un simple bosquejo histórico de 
sucesos que darían margen á una obra voluminosa y de 
verdadero aliento. 

Hace tres años, más ó menos, el club «Joaquín Suá- 
rez», establecido en el Paso del Molino, solicitó de nos- 
otros que ocupásemos su tribuna, y defiriendo á ese afa- 
ble pedido, dimos una conferencia histórica, relacionada 
con la eximia personalidad cuyo nombre le servía de tí- 
tulo y á la figuración de las diversas legiones extranje- 
ras que prestaron su valioso concurso á aquella lucha gi- 
gantea. 

Más tarde ampliamos nuestro modesto trabajo, con el 
propósito de darlo á conocer en el meritorio club colo- 
rado «Defensa de Montevideo>, compuesto de jóvenes en- 
tusiastas y bien inspirados, que á pesar de su poca ó re- 
ciente actuación en el escenario de la política militante, 
lograron levantar el espíritu adormecido de sus correli- 
gionarios, congregando en Villa Colón, el 19 de julio de 
1903, á más de 20,000 ciudadanos, que ofrecieron un edi- 
ficante ejemplo de cultura cívica y de buen partidarismo. 

Razones de fuerza mayor impidieron realizar nuestro 8 
deseos; pero en presencia de los sucesos de actualidad, 
que han motivado encontradas apreciaciones de la prensa 



_ 4 — 

diaria, creemos oportuno y patriótico dar á luz el referido 
estudio, con algunas nuevas ampliaciones, aunque breves. 
No es, pues, una descripción completa de los aconteci- 
mientos en que tomaron parte los beneméritos legiona- 
rios de la Guerra Grande, sino un resumen de ellos, lo~ 
que hoy hacemos conocer como un tributo de justicia y 
de veneración á la memoria de los que, sacrificándolo 
todo, y sin otra aspiración que servir á la causa de la li- 
bertad, contribuyeron á asegurar entre nosotros el impe- 
rio de las instituciones y la independencia nacional. 

Montevideo, abril de 1904. 

Betembrino E. Pereda. 



ROZAS Y ORIBE 

La cuchilla de la mazhorca, más temible aún 
que la espada que pendiera sobre la cabeza del 
palaciego de Dionisio el Tirano, pues ésta ame- 
nazaba la vida de un trono cimentado en el des- 
potismo, y aquélla la autonomía é independencia 
de un pueblo que había conquistado su libertad 
después de cruentos y rudos sacrificios, se cernía 
sangrienta y despiadada sobre los destinos »de 
nuestra nacionalidad, y humillaba y destruía otra 
tierra heroica y grande: la República Argentina. 

Rozas, el Nerón americano, ejercía la dicta- 
dura en su patria, exaltado á ella por la felonía 
y la traición; Manuel Oribe, que después de ha- 
ber renunciado á la presidencia de la república, 
anhelaba reconquistarla por la violencia, el 16 
de febrero de 1843, al frente de 14,000 hom- 
bres, que constituían la vanguardia de Rozas, 
trajo la guerra al país y tentó penetrar en la ciu- 
dad de Montevideo y apoderarse de ella á nom- 
bre de la santa federación, para entregarla in^ 
defensa é inerme á los pies del tirano, como la 
púdica doncella que cae rendida al irresistible 
empuje de la fuerza brutal de un seductor aleve 



— 6 — 

Buenos Aires era á la sazón teatro de horren- 
dos crímenes y latrocinios sin cuento: vida, ho- 
nor é intereses, todo, todo se hallaba en inmi- 
nente peligro; todo era escarnecido y vilipendiado; 
todo caía aplastado bajo el peso abrumador del 
más cruel y odioso despotismo; nada que fuera 
digno se respetaba allí: se veían asaltados los ho- 
gares, rodaban por las calles las cabezas huma- 
nas separadas de sus troncos, y se exhibían en las 
plazas públicas, ó en canastas de fementidos ven- 
dedores ambulantes, los cuales, con impúdico des- 
caro, ofrecíanlas al pueblo y á las familias al 
anuncio de — ¡d los ricos duraznos! ¡duraznos 
unitarios! 

Los templos eran profanados, pues en los al- 
tares colocábase el retrato del tirano, y en las 
puertas de la iglesia mayor se les pegaban moños, 
con alquitrán hirviendo, á las damas ó niñas que 
no sujetaban sus cabellos con una cinta de la 
santa federación, porque aquel monstruo ni al 
sexo débil contemplaba! 

¡No parecía ser hijo de mujer, sino un engen- 
dro maldito de minotauro y de pantera! 

Lo más granado de la culta sociedad bonae- 
rense, sus poetas, sus guerreros, sus tribunos, sus 
legistas, sus escritores ilustres, todos huían despa- 
voridos, temerosos de que se les hiciera víctimas 
por su civismo y por su culto á los principios y 
á la libertad. Y Montevideo fué el último y se- 
guro refugio, el hospitalario asilo de los Gutié- 



rrez, Domínguez, Etcheverría, Paz, Pacheco y 
Obes, ' Alsina, La valle, Vega, Rivera Indarte, 
Mitre, Mármol, Rodríguez, Olázabat, y tantos 
otros que, con la espada, con la pluma, ó con su 
influencia habían dado lustre y gloria á la patria 
de San Martín y de Belgrano, aunque el puñai del 
asesino aleve se clavara maldito en el pecho ge- 
neroso de don Florencio Várela! 

Por eso el ilustre general Mitre, cuyo jubileo, en 
ocasión del 80.° aniversario de su natalicio, tuvo 
resonancia universal, contestaba al saludo que los 
colorados le dirigieran ese día, «haciendo fervien- 
tes votos por la prosperidad creciente de la pa- 
tria de los Treinta y Tres y del heroico pueblo 
oriental, (son sus palabras) que ha sido el sal- 
vador, dice, de la causa de la civilización y 
de la libertad en el Río de la Plata; y por eso 
también, al aceptar esa fraternal salutación» — en 
nombre de los principios que salvan la dignidad 
y la libertad de los pueblos, y en homenaje á 
ellos, — la acepta < con profunda gratitud, como 
hermano, agrega, que he vivido vuestra vida en 
días de prueba, amando vuestra patria como la 
mía propia». 

Manuel Oribe, olvidando su pasado glorioso, 
ciego por la ambición de mando, venía dispuesto 
á atropellado todo, sin miramiento alguno, á im- 
plantar en nuestro país el execrable sistema del 
Tigre de Palermo, como si la resistencia de los 
pueblos para conservar su libertad y autonomía 



~ 8 — 

se contase por el número de sus habitantes más 
que por la santidad de su causa y por el heroís- 
mo temerario de sus nobles hijos! ' * 

LA DEFENSA 

En tan crítica situación, todos los hombres li- 
bres tenían que congregarse al pie de la bandera 
nacional, máxime cuando con ella no sólo se de- 
fendía la dignidad y la independencia oriental, 
sino también la vida, el honor y los intereses co- 
munes de sus habitantes, pues el vendaval de 
las pasiones aviesas lo arrasaba todo, porque la 
barbarie y el crimen todo lo llevan por delante. 

Los ciudadanos patriotas que no temían sacri- 
ficar su reposo, su bienestar y su existencia en 
holocausto al porvenir de nuestra nacionalidad, 
y los extranjeros liberales de todas las proceden- 
cias del mundo, se pusieron al servicio de la cau- 
sa de la Defensa, sin temores ni vacilaciones, pues 
á todo otro sentimiento anteponían el de su amor 
á la libertad. 

LA LEGIÓN ¡ITALIANA 

Fué entonces que corrió presuroso en nuestra 
defensa, y que alirente de sus heroicos soldados 
vimos destacarse, grande en el combate como lo 
era de humilde en la paz, al más noble y des- 
interesado de los paladines de la libertad en el 
siglo XIX: al ínclito general don José Garibaldi. 



r^p 



— 9 — 

¿Era, acaso, un aventurero vulgar, como lo 
calificara, injuriando su memoria, un fanático es- 
critor que no milita en nuestras filas? 

¿No es digno, por ventura, de la estat ua que 
la gratitud nacional levantará en Montevideo 
como un pálido tributo á sus eminentes servicios 
prestados á la patria de los orientales? 

¿Había venido á conquistar fortuna escudado 
en un falaz amor á la libertad? No, y mil veces 
no! Su vida fué un espejo de nobilísimas accio- 
nes: luchó en Italia porque idolatraba á su pa- 
tria; prestó su concurso á Río Grande porque le- 
vantaba el simpático pendón de la república; sir- 
vió la causa de Montevideo, porque ella encar- 
naba una aspiración legítima del patriotismo y 
de Ja humanidad; como bregara en favor de 
Francia, olvidando Mentana, porque la Francia — 
cerebro del mundo civilizado — representaba, en 
su sentir, la razón y la justicia. 

Ni HONORES NI RECOMPENSAS 

Por eso al desechar las tierras y haciendas 
que el general Rivera donara en favor suyo y 
de su Legión, repuso á nombre de sus heroicos 
soldados, con altivez pero sin fatuo orgullo: «Que 
satisfechos con haber cumplido con sus deberes 
de hombres libres, continuarían á dividir pan y 
peligros con sus valientes camaradas de la guar- 
nición de la capital hasta que las exigencias del 



— 10 — 

sitio lo requirieran, sin aspirar ni admitir distin- 
ciones ni premios de ninguna clase», pues él y sus 
amigos estaban «persuadidos deque es deber de 
todo hombre libre combatir por la libertad do- 
quiera que asome la tiranía, sin distinción de tie- 
rra ni de pueblo, porque la libertad es el patri- 
monio de la humanidad >. 

Por eso rehusó más tarde los ascensos con que 
á igual de otros se premiaban sus servicios, y re- 
puso en estos levantados términos: 

«Como jefe de la marina nacional, honroso ' 
puesto en que el superior gobierno de la repú- 
blica ha tenido á bien colocarme, no he hecho 
nada que merezca la promoción á coronel mayor. 
Como jefe de la Legión italiana, lo que puedo ha- 
ber merecido de recompensas, lo dedico á los mu- 
tilados y á las familias de los muertos en la misma. 
No sólo los beneficios, los honores también me 
pesarían sobre el alma, comprados con tanta san- 
gre de italianos. 

«Yo no tenía aspiraciones cuando fomentaba 
el entusiasmo de mis compatriotas á favor de un 
pueblo, que la fatalidad ponía á merced dé un 
tirano; y me desmentiría hoy si aceptase las dis- 
tinciones que la generosidad del gobierno quiere 
otorgarme. La Legión me ha encontrado coronel 
del ejército, como tal me aceptó á su frente, y 
como tal yo dejaré la Legión cuando hayamos 
cumplido con los votos que hicimos al pueblo 
oriental. 



— 11 — 

<sLo que quepa á la Legión de fatigas, de glo- 
rias y de reveses, tengo esperanza de dividirlo 
hasta el último. 

«Doy repetidas gracias al superior gobierno y 
no acepto ini promoción del decreto de 16 de 
febrero. La Legión entera acepta con gratitud la 
{sublime distinción que el superior gobierno decre- 
tó el 1.° de marzo. Una sola cosa pido yo, mis 
oficiales y la Legión; y es la siguiente : Que del 
modo que ha sido espontáneo é independiente el 
arreglo económico, formación y promociones del 
cuerpo desde el principio, se continúe de la mis- 
ma forma; y de consiguiente pedimos á V. E. 
tenga á bien anular las promociones especifica- 
das en el decreto de 16 de febrero, relativo á los 
individuos que pertenecen á la Legión ». 

Y por eso también rehusó toda otra clase de 
recompensas y prefirió llevar una vida modesta, 
llena de sacrificios y privaciones, dando así al 
mundo el más edificante ejemplo de su abnega- 
ción sin^límites. 

LA GRAN FIGURA DEL HÉROE 

El ministro de la guerra, don Melchor Pache- 
co y Obes, noticiado por don Francisco Agell, 
respetable comerciante de Montevideo, que lo 
había encontrado una noche á oscuras (1) se 



(l) En una publicación que el general Pacheco y Obes hizo en París el 
ano 1849,|contestando á los detractores de Montevideo, consigna este hecho. 
Me manifestó, dice, que en la casa de Garibaldi no se encendía luz de noche, 
porque la ración del soldado {sola y única cosa sobre la cual Garibaldi contaba 
para su subsistencia, agrega entre paréntesis), no comprendía las velas. 



— 12 - 

apresuró á enviarle 100 patacones, por intermedio 
de su ayudante José María Torres, de los cuales 
solamente aceptó 50, no sin contrariar sus vehe- 
mentes deseos. Los otros 50, por indicación suya, 
fueron enviados á una viuda, más necesitada que 
él, según sus palabras. 

Ese fué, sin embargo, el único dinero que per- 
cibió de la nación durante prestó su valioso con- 
curso á la causa de la Defensa. 

Y no obstante todo esto y mucho más, se ha 
pretendido empequeñecer su personalidad entre 
nosotros tildándole de aventurero y ambicioso, 
como si el sol de su inmensa gloria pudiera eclip- 
sarse extendiendo sobre él la mano negra de la 
calumnia. 

El dogma de la fraternidad universal, — como 
lo he dicho antes de ahora, — halló en él su más 
vivo ejemplo y su más entusiasta paladín, por- 
que poseía la audacia de un Bayardo, si no el 
genio, la estrategia de Napoleón I, el alma repú- 
blica de Washington, el heroísmo de un Leóni- 
das, la virtud de Quincio Cincinato, y — ¿por qué 
no decirlo también? — el gran corazón de Joaquín 
Suárez ! 

Fué en el siglo XIX el cruzado de la libertad 
y el ídolo de las muchedumbres. 

Por eso se le veía en todas partes luchar por 
ella y confundido en las filas populares. 

Humilde entre los humildes, era, sin embargo* 
grande entre los grandes, no por la soberbia y la 



— 13 — 

elevada posición á que llegara, sino por su justo 
renombré, por sus hazañas heroicas, por sus rele- 
vantes méritos, por la propia grandeza de su mo- 
destia incomparable. 

No en vano, pues, los más eminentes pensa- 
dores del mundo rindieron pleito homenaje á su 
eximia personalidad. 

« Byron, conociéndole — ha dicho un escritor 
peruano : — hubiera reservado para él el mármol 
y el cincel y el color celeste con que produjo su 
Corsario; Cervantes no hubiera acaso escrito su 
Quijote, por respeto á ese caballero andante de 
la libertad; Homero lo hubiera alzado sobre sus 
carros de marfil y lo hubiera hecho combatir con 
sus dioses». 

Pero nadie, como Emilio Castelar, ha hecho 
de él un símil encantador y justiciero, que si pu- 
diera traducirse al lienzo daría lustre y gloria á 
un gran artista. 

* Las entrañas de Italia, dice, nunca son esté- 
riles. Tuvo un gran apóstol, un gran pensador, 
Mazzini; tuvo un gran político, un gran organi- 
zador, Cavour. Pero el apóstol no bastaba; após- 
tol fué el Dante, apóstol Petrarca, apóstol Savo- 
narola, apóstol Campanella, y nada hicieron por 
Italia. Pero el político no bastaba, políticos ha 
engendrado de sobra Italia desde Maquiavelo 
hasta Alberoni, desde Alberoni hasta Gioberti. 
Era necesaria la conjunción de tres astros. Y esta 
conjunción ha sido asombrosa. 



— 14 — 

4 Mazzini fué la idea, el genio, la inspiración' 
Cavour, la diplomacia, la política práctica, y Ga- 
ribaldi la acción, el genio que transforma la rea- 
lidad y la eleva para imprimir en ella la idea; 
el hombre que enciende la tierra fría en el fuego 
del espíritu, el redentor de Italia ; el que no ha 
cometido, como Cavour, ninguna bajeza para sal- 
varla ; el que ha llevado el pensamiento de Maz- 
zini desde las riberas del Mediterráneo á la cima 
de los Alpes, desde la cima de los Alpes al estre- 
cho de Mesina, desde el estrecho de Mesina á 
Ñapóles ». 

En nuestro país durante la guerra grande, hizo 
proezas de valor, cuyo eco traspuso los mares 
para repercutir en toda la Europa, siendo aquí, 
puede decirse, la cuna de su gloria y la base gra- 
nítica de su inmortalidad. 

FRENTE AL ALMIRANTE BROWN 

Al mando de endebles barquichuelos, que solo 
su arrojo y su pericia podían gobernar, resistió 
heroicamente en innúmeros combates á la ar- 
dorosa y ducha escuadra del tirano de Buenos 
Aires, y logró hacer más de una presa á su temi- 
ble y experto adversario el almirante Brown, teni- 
do por el rey marítimo del Plata, y que en la gue- 
rra de la independencia había alcanzado una bri- 
llante figuración; al almirante Brown, cuya gloría 
de entonces, — según la bella expresión de Carlos 



15 



María Ramírez, — « todavía murmura himnos de 
victoria entre los ca malotes del Juncal ». 

De ahí, que durante dos días luchara con él 
en desigual contienda, en costa Brava, donde 
encalló su flotilla falta del líquido elemento, sin 
que su ánimo ni el de los suyos decayera por eso 
un solo instante; que agotadas las balas que te- 
nía, dispusiera de los hierros de á bordo para 
cargar con ellos sus cañones, y que deshecha 
aquélla, y muertos ó heridos la mayor parte de 
sus bravos, prendiera fuego á sus queridas naves, 
á fin de evitar que fuesen profanadas por la plan- 
ta de los servidores del tirano. 

« Nos salvamos — dice el héroe en sus «Memo- 
rias» — por efecto de la voladura de la Santa Bár- 
bara de la flotilla, que se efectuó de un modo 
imponente y terrible atemorizando al enemigo y 
demorando la persecución. Fué un espectáculo 
sorprendente el de la voladura de las naves; en 
el sitio en que habían permanecido éstas, el río 
quedó terso como un cristal, mientras en ambas 
orillas del ancho torrente, caían los espantosos 
despojos del fracaso >. 

Este hecho causó la admiración y el asombro 
de propios y extraños, y reveló al almirante 
Brown que tenía que vérselas con un hábil y te- 
mible batallador, pero no fué el único suceso ma- 
rítimo que patentizara su bravura y pericia. Ha- 
biendo varado en Punta de Yeguas el bergantín 
San Martín de la flota al mando de dicho almi- 



— 16 — 

rante, lo aborda con cuatro lanchones, lo echa á 
pique y le arrebata el velamen, dos carroñadas y 
.cuanto utilizable en él había, despreciando los 
incesantes fuegos de la goleta 9 de Julio y cua- 
tro embarcaciones menores. 

Fué este, como se ha dicho, el primer trofeo 
de la marina nacional, y mereció al general Ga- 
ribaldi los más entusiastas parabienes de sus 
compañeros de armas y del gobierno de la De- 
fensa. 

En el Buceo se apoderó también del bergantín 
argentino Josefina, y momentos después, sin im- 
portarle las balas de la 9 de Julio y 25 de Mayo, 
apresó á la goleta Juanita, que iba con proce- 
dencia de Paysandú, para el mismo destino, con 
carga, y condújoles al puerto de Montevideo, en 
pleno día, ante la vista de amigos y adversarios 
que le contemplaban atónitos. 

Amenazada la isla de las Ratas por cuatro bu- 
ques de la flota de Brown, después de un ataque 
de tres lanchas de la misma escuadra, cuya tri- 
pulación descendió á tierra, siendo sin embargo 
rechazada por la escasa guarnición con que aqué- 
lla era defendida, fué enviado el intrépido Gari- 
baldi con armas y municiones, y pasada media 
noche, burlando la vigilancia contraria, logra 
arribar con felicidad, y luego de bajado el equipo 
bélico que conducía, estacionarse en observación 
á inmediaciones de dicha isla. 

Brown rompió el fuego al aclarar el día, p^ro 



— 17 — 

no contaba con aquel inestimable refuerzo, hijo 
de la audacia y del santo amor á la causa del de- 
recho y la justicia. 

En honor á esa acción heroica resolvió el go- 
bierno de la época ponerle Isla de la Libertad, 
que es el nombre 1 que hoy conserva, en vez de la 
denominación que antes tenía. 

OTRAS PROEZAS 

La toma de la Colonia y de Martín García, 
la primera en unión de otras fuerzas, y la segun- 
da con sus solos elementos, su desembarco y 
operaciones en el Yaguarí, en cuyo trayecto apre- 
só diversas embarcaciones enemigas, algunas de 
las cuales fueron remitidas á Montevideo ; su 
ocupación de Gualeguaychú, llena de peligros y 
de acciones nobilísimas; su arriesgado pasaje por 
el puerto de Paysandú, que hallábase fortificado 
y con la canal semi-obstruida; su desembarco y 
disposiciones en el Hervidero; su entrada triunfal 
á la ciudad del Salto y su defensa en ella ; su 
audaz asalto á la caballería de Vergara en el 
puerto de Concordia; su sorpresa y derrota al 
coronel Manuel La valle] a en Itapebí, y sobre to- 
do, la acción gloriosa del 8 de Febrero del 46, 
acrecentaron su ya asombrosa nombradla. 



18 — 



LA ACCIÓN DE SAN ANTONIO 

Allí se le ve sereno y fiero, al frente de un 
puñado de héroes, pues no pasaban de 186 legio- 
narios y de 100 hombres de caballería, guardado 
apenas por un endeble galpón de pajizo techo, 
resistir con sin igual denuedo al empuje de 1,500 
«icarios de Oribe al mando del general Servando 
Gómez, y confundido con sus compañeros de 
armas, empuñar un fusil y hacer fuego al ene- 
migo, como poco antes — muerto el caballo que 
montara — proclamarles entusiastamente, espada 
v ii mano y con ánimo imperturbable. 

Por eso ha dicho de él en su parte el coronel 
lí< rnardino Báez: «El coronel Garibaldi hacía 
prodigios de valor: mil veces le combatían por 
todos lados la infantería enemiga y toda su ca- 
ballería; pero mil veces fueron rechazados, de- 
jando en pilones sus cadáveres, sin perder de 
vista el recoger el armamento y las municiones 
dt* los enemigos que caían en gran número. Así 
t^mtijiuó el coronel Garibaldi en la misma posi- 
ción, hasta una hora después de amanecer, en la 
cual emprendió su atrevida y honrosa retirada, 
llevando consigo todos sus heridos, muchas ar- 
mas y municiones de los enemigos, y la caja de 
guerra que ellos tenían.» 

S&n Antonio fué, pues, una acción heroica, 
digna de figurar entre las más célebres é inmor- 



— 19 — 

tales, y solo el valor, la audacia y la pericia del 
general Garibaldi, como su brava y entusiasta 
Legión, pudieron realizarla. Y ella bastaría para 
levantarle sobre el nivel común entre nosotros» 
si ora dentro los muros de la invicta ciudad sir 
tiada, ó ya en pugna con el diestro almirante de 
la escuadra enemiga, no hubiera sentado su me- 
recida fama de valeroso y abnegado campeón. 

EN HOXOR DE LOS HÉROES 

El gobierno de la Defensa sintió retemplado 
su espíritu en presencia de tan soberbio triunfo 
y decreto merecidos honores á aquella Legión de 
héroes, declarando ante todo que habían mere- 
cido bien de la república. 

Por decreto del 25 del mismo mes y año, 
mandó que en su bandera se inscribiesen con 
letras de oro, sobre la parte superior del Vesu- 
bio, estas memorables palabras: « Hazaña del 8 
de febrero de 1846, realizada por la Legión 
italiana d las órdenes de Garibaldi)); que los 
nombres de los combatientes fueran inscripto» 
en un cuadro que debería ser colocado en la casa 
de gobierno, frente á las armas nacionales, enca- 
bezando la lista con los que allí murieron; que 
mientras otro cuerpo del ejército no se ilustrase 
con un hecho de armas semejante, ella tendría 
en la formación la derecha de la infantería; y que 
las familias de los que en San Antonio sucum- 



— 20 — 

bieron, que tuviesen derecho á pensión, la goza- 
sen dobla 

A los que permanecieron firmes en el sitio del 
combate, sosteniéndose hasta la hora suprema de 
la heroica y audaz retirada, se les acordó, al 
mismo tiempo, un escudo, para ser usado en el 
brazo izquierdo, con esta honrosa inscripción en 
una orla de laurel: «Invencible: combatieron el 
8 de febrero de 1846». 

Y, por último, se ordenó que el decreto refe- 
rido fuera pasado en copia autorizada á la brava 
Legión y que se repartiese siempre en la orden 
del día en el aniversario de ese combate. 

El jefe de armas, que lo era Melchor Pacheco 
y Obes, quiso imprimir la mayor solemnidad al 
acto de la entrega de dicha copia, y dictó una 
orden general organizando una gran parada de 
la guarnición para el día 1 5 de marzo. 

Para efectuar esa entrega fueron designados 
un jefe, un oficial, un sargento, un soldado de 
cada cuerpo y el Bayardo oriental coronel Fran- 
cisco Tajes, una de las figuras más simpáticas, 
que se destacaba con relieves propios en aquella 
lucha de titanes, sacrificado, sin embargo, en aras 
de una insana pasión en la masacre de Quin- 
teros. 

Incorporada esa comisión á los cuerpos de lí- 
nea, desfiló en columna de honor por frente á la 
Legión italiana, y los jefes de los cuerpos, — obe- 
deciendo á una consigna oficial, — dieron vivas á 



— 21 - 

la patria, al general Garibaldi y á sus valientes 
compañeros. 

EN DEFENSA DE LA PATRIA 

Pero no pudo ver en la ciudad histórica irra- 
diar límpido y hermoso el sol de la libertad. Su 
patria reclamaba el contingente de su férreo 
brazo, y en 1847 acudió á ella solícito á cumplir 
con sus deberes de buen ciudadano, siendo el 
mensajero de nuestras glorias y valor y el fiel 
intérprete de nuestro gran amor á Italia. (1) 

Montevideo viole alejar con pena y con admi- 
ración; con pena, porque se privaba del valioso 
concurso de su prestigio y de su arrojo; y con 
admiración, porque veía en él un verdadero pa- 
triota, de espartano temple, de corazón magná- 
nimo y de alma abierta á las grandes expansio- 
nes del espíritu universal. 

Pero el eco estrepitoso de Caseros llegó hasta 
él, llevando en las alas de la Fama la fausta nueva 
del triunfo de la libertad y la caída del tirano. 

Caseros fué la tumba del poder de Rozas y la 
resurrección de dos pueblos hermanos, uno opri- 
mido y vilipendiado por el tigre de Palermo, y 
otro amenazado en su autonomía y perturbado 
en su paz por él y su aliado el general Oribe. 

Ni el polvo de tus huesos la América ten- 



(1) Algunos oficiales orientales, como Bueno y Miranda, partieron volun- 
tariamente con él á seguir 3u suerte.— Isidoro De-María, Anales de la De- 
jmsa de Montevideo. T. IV . 



- 22 — 

drá, predijo el poeta, con la intuición apocalíp- 
tica del apóstol, y su predicción se ha cumplido, 
pues Rozas murió en el extranjero, y la Argen- 
tina ha rechazado sus últimos despojos, porque 
los monstruos de su talla son indignos de dormir 
el sueño eterno en el regazo de una patria libre. 

Garibaldi habráse, por lo tanto, profunda- 
mente conmovido al ser sabedor de tan magno 
acontecimiento, que si no fué obra suya, llevaba 
al menos el sello de sus esfuerzos, que dejó pro- 
fundas huellas en San Antonio, dentro délos mu- 
ros de la Nueva Troya y en las aguas turbulentas 
del Río de la Plata, cuyas olas besaran sus glo- 
riosas naves y refrescaran sus ardorosas sienes 
encendidas al calor de los combates. 

Los que le sobreviven, los que fueron sus com- 
pañeros de armas, los libérales del universo en- 
tero, cumplen, pues, con un inalienable deber de 
gratitud y de justicia al no sepultar su ilustre 
nombre y sus hechos bélicos en el panteón de la 
indiferencia y del olvido. 

DE JOAQUÍN SÜÍREZ Á GARIBALDI 

Por eso Joaquín Suárez, — el gobernante sin 
tacha y el ciudadano sin mácula, el jefe supremo 
de aquella montaña de glorias y sacrificios que 
se llamó Montevideo, — á pesar del retiro en que 
vivía y de sus achaques adquiridos en la Guerra 
Grande, le escribió el 25 de febrero de 1860, 



— 23 — 

desde su quinta del Arroyo Seco, feli citan dple 
por su patriótica actitud en favor de la redención 
de Italia. 

El viejo patricio le decía: «Mi querido general 
y amigo: — No sería consecuente con mis senti- 
mientos si guardase silencio cuando la Europa 
entera prorrumpe en vítores al héroe de la li- 
bertad italiana. Y sería tanto más notable este 
silencio de mi parte, desde que usted conoce bien 
lo que le he distinguido, haciendo la debida jus- 
ticia á su patriotismo, intrepidez y altura. 

«La causa que usted defiende, es la causa de 
todos los hombres que han peleado por la inde- 
pendencia de su patria; es la causa que he defen- 
dido por el espacio de 40 años, sacrificándole mi 
reposo, mi fortuna y todo lo más caro que tenía, 
y por lo tanto, no puede serme indiferente. 

«Sus hechos gloriosos y heroicos, sus rasgos 
magnánimos al frente de la Legión italiana por 
mar y tierra en defensa de las instituciones y de 
la independencia de la República Oriental del 
Uruguay, ya me daban la medida de lo que es 
usted hoy en la Italia, su patria, lo que será ma- 
ñana. 

«Todas las naciones tienen su época de reden- 
ción, y la Italia está muy cercana á ella, y usted, 
mi querido general, parece estar destinado por la 
mano de Dios para redimirla. Usted ha com- 
prendido con recomendable altura la época de su 
bello país : la unidad italiana y la libertad. Ha 



— 24 — 

sabido $nte esos dos grandes principios inclinar 
su frente y prestar su brazo en que sus hermanos 
no han trepidado en apoyarse. 

«El resultado de la empresa no puede ser du- 
doso; la decisión de la Providencia, tampoco. Una 
santa causa triunfa siempre cuando, como usted, 
general, la sostienen hombres de corazón. Gene- 
ral GaribaWi, adelante ! El mundo ya lo contem- 
pla con admiración; la historia le reserva hermo- 
sas páginas. 

«Quiera el cielo, mi querido general, que no 
vea usted después de una vida llena de sacrifi- 
cios, concluir sus días en medio de amargos des- 
encantos; pero el apostolado del patriota es el 
sacrificio y su recompensa está en el sacrificio 
mismo y en la tranquilidad imperturbable de su 
conciencia. 

«Me hago un deber en no cerrar la presente 
sin reiterarle mis más afectuosas protestas de 
amistad, y mi profunda gratitud como oriental, 
por lo que le debe la independencia de mi patria. 
— Firmado: Joaquín Suárez.» 

DE DON PEDRO BÜSTAMANTE 

Esta caita, rebosante de gratitud, de patrio- 
tismo y de justicia al gran ciudadano universal, 
fué saludada con el aplauso unánime del país, 
por los sentimientos nobilísimos que la dictaban, 
é inspiró al doctor don Pedro Bustamante, joven 



— 25 - 

entonces y una de las primeras figuras más tarde 
de la república y del partido colorado, estas elo- 
cuentes y sentidas palabras: 

«Usted acaba de darnos una prueba elocuente 
de que el corazón nunca envejece y de patentizar 
una vez más que el don Joaquín Suárez de hoy, 
es siempre el mismo don Joaquín Suárez de 
1809,. de 1825, de 1843 y de 1851. Ha pro- 
bado usted más : que puede servir á la buena 
causa aún desde el rincón del hogar doméstico, 
levantando lo que es grande y noble y abatiendo 
por el hecho lo que es ruin y mezquino. Gracias, 
señor, por el ejemplo; gracias por la parte que 
me toca. 

«Los hechos heroicos de gloria y la grande y 
noble empresa de redimir á su patria que ha aco- 
metido el ilustre general hoy, él valiente jefe de 
la Legión italiana en Montevideo antes, han arran- 
cado á usted la preciosa carta que acaba de diri- 
girle en un momento de feb'z inspiración; la 
grandeza de los sentimiento^ que ella expresa y 
la amistad y veneración que tributo al primero 
de nuestros ciudadanos, me mueve á felicitarlo 
con toda la efusión de mi alma por esa carta, que 
tan bien revela al hombre de corazón y de inte- 
ligencia y al gran ciudadano que, superior á las 
más amargas decepciones, ha sabido conservar 
intacto en §u corazón el fuego sagrado de la 
patria. 

«Dice usted muy bien, señor don Joaquín: el 



— 26 — 

apostolado del patriota es el sacrificio, y su re- 
compensa, la tranquilidad imperturbable de su 
conciencia. Pero se necesita tener, como usted, 
un alma templada al fuego de las grandes virtu- 
des cívicas, para llenar ese apostolado hasta el 
fin sin detenerse á medio camino, y una abnega- 
ción y estoicismo á toda prueba para conformar- 
se, por toda recompensa, con la conciencia de ha- 
ber obrado bien. 

« Permítame usted decirle, sin embargo, que 
el respeto y la estimación de los buenos es tam- 
bién una de las recompensas reservadas al pa- 
triotismo y á los sacrificios, y que esa recompen- 
sa no le ha faltado, ni le falta, ni le faltará jamás 
al ciudadano oriental, al ciudadano cuyo nombre 
está ligado á todos los grandes recuerdos de la 
patria y á todos los grandes sacrificios que ha 
sido preciso hacer en holocausto á ella. 

«¡Qué más quisiera yo que cambiar mis 34 
años de vida oscura, por los 75 años de gloria, de 
virtudes y de sacrificios del viejo patriota Suá- 
rez ! 

«De usted puede decirse ya con toda seguridad 
que descenderá al sepulcro dejando por ejemplo 
á las nuevas generaciones, una vida inmaculada; 
por legado á su país, una gloria exenta de toda 
sombra; y por herencia á sus descendientes, un 
nombre que será venerado por la posteridad, 
como lo es hoy para todos los buenos». 

Y estas palabras de subido encomio eran dig- 



' — 27 — 

ñas del gobernante de la Defensa, como las su- 
yas, hijas de la sinceridad y del civismo, lo eran 
del héroe de ambos mundos, del que luchaba en- 
tonces por Italia, su nativa patria, como antes 
había bregado, apóstol de la democracia, por la 
gloriosa causa de nuestra libertad é independen- 
cia. 

FRANCISCO ANZANI 

Y al lado suyo, en su memorable Legión, ve- 
se igualmente, en Montevideo y San Antonio, 
con arrojo temerario, compartiendo todas las fa- 
tigas y confundido con los más humildes, al tam- 
bién ínclito italiano Francisco Anzani; á Fran- 
cisco Anzani, que á pesar de la mortal dolencia 
•que minaba su organismo físico y laceraba su 
alma, hizo un esfuerzo supremo, como desafían- 
do la muerte, para tornar con Garibaldi á su tie- 
rra natal, anheloso de pagarle el postrer tributo 
de su patriotismo, y á quien la parca inexorable 
arrebatara la existencia á los tres días de su re- 
greso. 

En sus «Memorias» habla de él Garibaldi con 
cariño: «Anzani, dice, se encontraba en aquel 
tiempo en Buenos Aires, y por indicaciones mías 
- vino á Montevideo. La adquisición de éste para 
la Legión italiana valió mucho, máxime respecto 
á la instrucción y disciplina. Proviniendo de la 
milicia, habiendo hecho la guerra de Grecia y de 



— 28 — 

España, no he conocido jamás un oficial de más 
coraje, sangre fría é instrucción que aquél. Re- 
pito que fué un verdadero tesoro para la Legión, 
y y°> P oco organizador, fui afortunado en tener 
cerca de mí á aquel amigo y compañero de ar- 
mas incomparable. Con él en la dirección del 
cuerpo estaba seguro que andaría bien la cosa, 
siendo además Anzani de una modestia y hones- 
tidad á toda prueba: de modo que podía yo ocu- 
parme de la flotilla.» 

SU ACTUACIÓN EN EL HERVIDERO 

Con motivo del ataque á los legionarios esta- 
cionados en el Hervidero y á su denodada de- 
fensa, se expresa así: «Anzani, con cerca de 200 
infantes de la Legión italiana se alojó en el es- 
tablecimiento, ocupándolo militarmente; y todas 
la.s precauciones tomadas allí, nos valieron para 
afrontar una inesperada lucha, resultado de un 
plan que nuestros enemigos de Entre Ríos, al 
mundo del general Garzón, y los orientales, man- 
dados por el general Lavalleja, habían combi- 
nado. 

« El asalto había sido ideado en una forma tal, 
que habiéndose realizado según la idea del ene- 
migo, hubiéramos tenido un malísimo resultado. 
El general Garzón, cuya columna se componía 
de más de 2,000 hombres, casi todos de infan- 
tería, debía acercarse á la orilla derecha del Uru- 



— 29 — 

guay, mientras Lavalleja con 500 hombres asal- 
taría el Hervidero en la orilla izquierda. 

«Dos brulotes construidos en el Chuy, ria- 
chuelo cercano al punto ocupado por nosotros, 
habían sido lanzados simultáneamente sobre la 
escuadra, pretendiendo que estorbaran la acción 
de ésta, á fin de que no diera auxilio á los de 
tierra. 

«La serenidad y el valor de Xnzani y de los 
200 hombres hicieron inútiles los esfuerzos y 
estratagemas del enemigo. Garzón nada consiguió 
con sus acelerados y terribles fuegos de infante- 
ría, tanto por hallarse lejos como por estar bajó 
los cañones de nuestros buques. Los brulotes, de- 
jados en poder de la corriente, ó pasaron lejos de 
la escuadra ó fueron destrozados por las balas 
de canon. 

«Lavalleja lanzó inútilmente los suyos sobre 
nuestros bravos legionarios, que atrincherados en 
los edificios, con su semblante adusto y guar- 
dando profundo silencio debían imponer respeto. 
Anzani había ordenado que no hicieran una sola 
descarga hasta no tener al enemigo cara á cara, 
y harto valió esta orden; pues creyendo los asal- 
tantes que los nuestros hubieran abandonado la 
posición, se acercaron confiadamente, y entonces 
se sintieron fulminados por una descarga gene- 
ral. Huyeron precipitadamente, habiendo per- 
dido los deseos de volver al ataque». 



— 30 



SU ACTITUD EN EL SALTO 

Y en cuanto a su recomendable actitud en el 
Salto, mientras sus compañeros se batían en San 
Antonio, completa Garibaldi su juicio con estas 
justicieras palabras: « Anzani, que nos esperaba 
á la entrada de la ciudad, conmovido hasta el 
llanto, quiso abrazarnos á todos. El franco é in- 
comparable guerrero, no había desesperado un 
instante: había sido tal vez el único qué tuviera 
entonces confianza en nuestra suerte. 

«Había reunido los valientes que quedaron en 
la fortaleza, — la mayor parte eran heridos con- 
valecientes, — y á la intimación de rendirse, que 
le hizo el enemigo, contestó como Pedro Micca 
en el sitio de.Turín; y como él hubiera hecho es- 
tallar en los aires el Universo antes de rendirse. 

«Casi al mismo tiempo el enemigo nos hacía 
igual intimación. Anzani contestó de aquel modo: 
ya se sabe cómo habíamos contestado nosotros 
en el campo de batalla. Anzani, con una mecha 
encendida en la mano, había respondido seña- 
lando la Santa Bárbara, y cualquiera menos va- 
liente que él hubiese cedido en vista de las noti- 
cias que el mismo Báez y sus soldados le habían 
llevado sobre nuestra suerte, asegurando que me 
habían visto caer en el combate (lo cual fué 
cierto, si bien el muerto era sólo mi caballo). 
Pero Anzani ño desesperaba: y yo lo repito con 



— 31 — 

orgullo en presencia de mis conciudadanos que 
alguna vez desconfiaron de la redención de nues- 
tra Italia. Cierto es que hay pocos Anzani! Pero 
quien desespera es cobarde. 

«Anzani había salvado todo con su heroísmo, 
y gracias á él pudimos volver triunfantes al Salto. 
A las 12 de la noche entramos en la ciudad. Nin- 
guno de la fortaleza ni de la población dormían 
á aquella hora; y los generosos habitantes salían 
á pedir heridos, los cuales encontraban en esos 
hogares todo género de cuidados. Infeliz pueblo 
que tanto había padecido en los accidentes de la 
guerra! Siempre guardaré con gratitud su re- 
cuerdo!» 

Honremos, pues, también su memoria cuando 
evoquemos á la mente las épicas hazañas en 
América del héroe de ambos mundos, y orienta- 
les é italianos seamos siempre unidos para bregar 
en £ sta patria chica en territorio, pero grande en 
heroísmo, por el triunfo de la libertad. 

EL COMBATE DEL CERRO 

El 10 de junio de 1843 la Legión italiana hi- 
zo su estreno en el reñido combate del Cerro 
contra las fuerzas mandadas por el general Nú- 
ñez y el coronel Montoro, que habían apoyado 
su izquierda en el establecimiento de Duanel, su 
derecha en la Pólvora y cuyo frente cubría un 
profundo zanjón que dividía ambos edificios. 



— r 32 — . 

Garibaldi, que acababa de desembarcar con 
sus hombres, solicitó del ministro Pacheco el co- 
mando de uno de los pelotones, á órdenes del 
capitán Botaro, siéndole concedido. 

Pacheco dispuso que los legionarios, que as- 
cendían á doscientos, se situaran á la izquierda 
del enemigo, desplegados en cuatro guerrillas, y 
asume personalmente el mando de la segunda á 
cargo del teniente Saboya. Manchini comanda la 
3. a y Danuso la 4. a . 

La pelea se empeñó ardorosamente, y los ita- 
lianos, que combatieron con valor y entusiasmo, 
hicieron presagiar ese día cuánto habían de hacer 
más adelante en favor de la causa de la Defensa. 

Vueltos á la ciudad, el ministro Pacheco man- 
dó formar la Legión italiana en la Plaza Cons- 
titución y pronunció una encomiástica y patrióti- 
ca arenga. 

EL LEGIONARIO FIORITO 

En aquel memorable combate se destacó la 
figura del legionario don Francisco Fiorito, cuyo 
comportamiento tuvo resonancia en el seno del 
gobierno. 

Las balas hacen trizas su fusil y resulta herido 
en una mano, sin que esto fuera bastante para 
abatir su esforzado ánimo, pues requiere á voz 
en cuello se le alcance otro fusil, y continúa bre- 
gando con igual ó mayor ardor que antes. 



— 33 — 

El ministro Pacheco, queriendo premiar el va- 
leroso arrojo de Fiorito, regaló á éste, eñ el acto 
de aquella formación, una valiosa arma de chispa 
de 16 tiros. 

Tanto en los honores rendidos á la Legión, 
como en los conferidos á Fiorito, le acompaña- 
ban su estado mayor y el bravo Garibaldi ( 1 ). 

OTRAS LEGIONES 

¿Y los italianos fueron, acaso, los únicos ex- 
tranjeros que prestaron el valioso concurso de su 
brazo á la heroica defensa de Montevideo? 

¿No levantó también ecos de simpatía entre 
los hijos de otros países civilizados, la causa de 
Joaquín Suárez, que era la de todos los hombres 
libres del Río de la Plata? 

Por el contrario: corrieron también presurosos 
á engrosar sus filas ciudadanos de la tierra de 
Mayo, de la noble y caballeresca Esparto, de la 
patria del 89 y de otros pueblos que rinden culto 
á las instituciones. 

¿Y cómo podía ser de otra manera, cuando 
dentro de los muros de la Nueva Troya se lu- 
chaba por un ideal copiún: por la conservación 
de nuestra independencia, por la seguridad indi- 
vidual, por el respeto á todos los derechos, por 
el reinado de las instituciones, por la paz cimen- 



fc ( 1 ) El legionario Fiorito, ascendido más tarde á capitán, era padre del ac- 
tual representante por Cerro-Largo, don Francisco C. Fiorito. 



— 34 — 

tada en el orden y el orden cimentado en la razón 
y la justicia? 

Pero estas manifestaciones altruistas de la de- 
mocracia universal, encendieron de cólera al ti- 
rano de Buenos Aires y á su jefe de vanguardia. 

BRULOTE DE ORIBE 

Con efecto: el 1.° de abril del 43, este último 
dirigió una circular á los agentes consulares de 
Montevideo advirtiéndoles que no respetaría la 
calidad de extranjeros, «ni en los bienes ni en las 
personas de los subditos de otras naciones que 
tomaran partido con los infames salvajes unita- 
rios (esas eran sus palabras), sino que serían con- 
siderados también en tal caso como rebeldes sal- 
vajes unitarios, y tratados sin ninguna conside- 
ración». 

Este ukase del jefe sitiador levantó^ un coro 
unánime de protestas, y lejos de debilitar, robus- 
teció la causa de Montevideo. 

LOS RESIDENTES INGLESES . 

Los residentes ingleses, que en su inmensa 
mayoría habían permanecido neutrales, no esgri- 
miendo las armas de combate, por más que se 
mostraban adictos á la Defensa, reunidos en 
meeting en el Hotel Clay Pole, determinan di- 
rigirse al Comodoro Purvis, comandante de los 



..té-Aj 



— 35 — . 

buques empleados por su país en la costa occi- 
dental de Sud América, á la sazón á bordo de la 
fragata Alfredo, frente al puerto de la capital. 

En la solicitud que con tal motivo le pasaron, 
terminaban diciendo: « Permitidnos, señor, que 
en conclusión manifestemos que tal es nuestra 
convicción de la inminencia del peligro á que co- 
mo subditos británicos nos creemos expuestos 
por la injustificable amenaza del general Oribe, 
que es natural suponer que podría seguirse la al- 
ternativa de tomar las armas en defensa de la 
vida; pero deseando conservar el carácter de neu- 
tralidad que hasta ahora hemos mantenido, es- 
peramos que tomaréis tales medidas, que nos li- 
bren de la posibilidad que el ejército del general 
Rozas inflija á los subditos de S. M. el trata- 
miento que aplica sistemáticamente á las personas 
designadas como rebeldes salvajes unitarios». 

EL COMODORO PÜRVIS 

El referido marino, atendiendo el reclamo de 
sus compatriotas, se dirigió en términos enérgicos 
al general Oribe, con fecha 9 del mismo mes de 
abril. 

« La violencia, decía, que se despliega en este 
tan extraordinario documento, cuya sabiduría po- 
lítica y practicabilidad debe ser en su resultado, 
asunto de la consideración del gobierno de Bue- 
nos Aires; la crueldad de las amenazas que con- 



— 36 — 

tiene, y el lenguaje en que está concebido son ta- 
les, que en mi opinión deshonraría aún á los 
pequeños estados de Berbería; mientras que la 
última pena, que señalan á los que caigan bajo 
la acusación de cargo tan indefinido de crimen, 
como es el usar de su influencia en favor de un 
partido político, no están fundadas en ningún 
principio de justicia, ó en los derechos de un beli- 
gerante legal, sino que son más bien corroborante 
del espíritu atroz de crueldad con que se ha he- 
cho esta guerra, y con que se está haciendo, y 
por lo que ha llamado la atención y los repro- 
ches de todo el mundo. 

« Por lo tanto, agregaba, una debida conside- 
ración hacia las vidas é intereses de los subditos 
de S. M. la reina de la Gran Bretaña, á quienes 
para mí es de toda obligación dar toda la protección 
necesaria en caso de peligro, me obligan á exigir 
que hasta se me den garantías suficientes de esas 
amenazas, que en ningún caso se pondrán en 
ejecución, y hasta que esté satisfactoriamente se- 
guro que la vida y propiedad británica no será 
<le modo alguno puesta en peligro, no consentiré 
que se prosiga en ninguna hostilidad que pueda 
afectar la seguridad ó la vida de los subditos bri- 
tánicos residentes en la ciudad de Montevideo ». 

HUMILLACIÓN DEL SITIADOR 

¿ Qué se imagina el lector que hizo Oribe ante 
tan enérgica comunicación del comodoro Purvis? 



— 37 — 

¿ Contestó, acaso, en términos altivos á la ame- . 
naza en ella contenida ? 

¿ Le dijo, por ventura, que estaba dispuesto á 
mantener su resolución y repeler la fuerza con la 
fuerza ? 

Por el contrario: el día 17 le dio la más cum- 
plida satisfacción, pues le decía: «La adjunta, 
dirigida al procónsul de S. M. B. en Montevideo, 
contiene la seguridad de que las vidas y propie- 
dades británicas serán respetadas^ tanto en tierra 
como en mar, según el derecho de las naciones», y 
agregaba en su citada respuesta: «Es satisfacto- 
rio al que suscribe, asegurar ese respeto, porque 
es justo y de acuerdo con sus deseos ». 

En tal virtud suscribió el siguiente documento: 
« He recibido de manos del comandante de la 
corbeta Fantome, las dos notas de L° y 14 del 
corriente dirigidas por mí al procónsul general 
de 8. M. B. en Montevideo, y la del 12 del mis- 
mo mes dirigida al comodoro, comandante en 
jefe de las fuerzas navales de la misma en la costa 
de Sud América». — Firmado: Manuel Oribe. 

¿ Y qué notas eran esas ? La que conminaba 
tratar á los extranjeros como á los infames sal- 
vajes unitarios si ayudaban á éstos en forma 
alguna; la que en términos ambiguos le dirigió 
primero contestando á la amenaza de no consen- 
tir ninguna hostilidad mientras no dejase sin 
efecto la mencionada circular; y por último, la 
i que aludía en su comunicación del 17. 



— 38 — 



FORMACIÓN DE LAS LEGIONES 
# 

Y su expresada circular del 1 ,° de abril dio 
tiiin bien margen á que se armaran en pocos días 
más de 2,000 franceses, alas órdenes del valiente 
coronel Juan Grisóstomo Thiebaut, y 600 italia- 
nos al mando del intrépido Garibaldi, que hasta 
entonces puede decirse que había circunscripto 
casi toda su acción en la marina nacional. 

INSIGNIA DE LOS ITALIANOS 

Los garibaldinos adoptaron como enseña «una 
bandera negra, en cuyo centro figuraba el Vesu- 
bio en erupción, simbolizando el luto de la pa- 
tria y la ardiente llama de la libertad en sus co- 
razones», según la patriótica alocución que al 
efectuar su entrega pronunció don Luis Missa- 
glia t jefe del estado mayor de la Legión italiana. 

Sus palabras son dignas de perpetuarse en la 
memoria de los buenos ciudadanos y debieran 
grabarse con caracteres indelebles en el corazón 
de todo italiano que rinda culto á su patria y á la 
libertad. Helas aquí: «Italianos!: Estos no son los 
colores que nuestra patria, puesta en pie y cons- 
tituida en una nación libre, independiente desde 
lus Alpes hasta el mar, adoptará un día. 

«Esta bandera es símbolo de luto y de ira. 
Mientras que la desventura pesa inexorable y te- 



— 39 — 

nebrosa como este luto sobre nuestra patria, 
ningún otro color sino éste, debe ser la divisa de 
quien tiene corazón que se estremece ante las 
miserias de la Italia. Como el Vesubio arde in- 
cesantemente, así arde en los pechos de los ita- 
lianos todos, el sagrado fuego de la libertad; y 
como el Vesubio, lanzará ella un día su potente 
lava para destruir todos los obstáculos que im- 
piden á nuestra querida patria elevarse hoy á 
aquella altura, de la cual por la prepotencia del 
acaso descendió. 

«Italianos: El luto por el abatimiento de nues- 
tra patria, el deseo ardiente de vengarla, sean, 
pues, por ahora nuestra bandera. 

«Los hijos de la revolución italiana desplega- 
remos colores más risueños. El despertar solem- 
ne de un pueblo entero al grito de viva la liber- 
tad, debe ser saludado con un grito de entusias- 
mo y de gozo perpetuado en los siglos venideros» 
Y los colores de la Italia regenerada, serán para 
nosotros el himno más poderoso; pues que con 
tres palabras solas, reasumirá en todo tiempo, 
toda una época de regeneración y de gloria. 

«Pero ahora, italianos, hermanos de armas 
que me acompañáis; eh! reunios á esta bandera, 
santificadla con la victoria, haced que los tiranos 
todos aprendan á temblar en presencia de estos 
colores de cólera; haced que pe haga venerable 
sobre la tierra extranjera, este mismo signo de 
nuestra opresión; haced, sí, por sostenerlo levan- 



— 40 — 

tacto* mientras que tengáis vida, por el honor de 
la Italia. 

& Italianos: en esta guerra que sostiene la Re- 
pública Oriental contra el feroz, el infame, el ase- 
sitio invasor, se combate también por la causa 
danta de la humanidad. 

« Italianos: vertamos, sí, vertamos todos con 
placer nuestra sangre por una causa tan justa y 
tan noble como es aquella que sostiene hoy el 
gobierno de la república, y sellemos, por ahora, 
con ella el sagrado pacto de fraternidad que unirá 
un día este pueblo y el de Francia con nuestra 
luición. 

« Italianos : jurad conmigo, sí, jurad ante esa 
bandera, victoria ó muerte! ». 

LOS LEGIONARIOS FRANCESES 

Los franceses por su parte, no pudiendo usar 
la del suelo nativo, por habérselo prohibido el re- 
presentante de su nación, ostentaban sus colores 
en cintas ó escarapelas. 

Eu octubre, sin embargo, en que ascendían á 
más de 3,000 legionarios, resolvieron despojarse 
de esas insignias, competidos por el gobierno de 
la Francia, antes que abandonar la causa de la 
Defensa que consideraban sacrosanta, y al ha- 
cerlo exclamaron henchidos de fe y entusiasmo : 
Imitemos á la vieja guardia que al arrancarse 
su escarapela la colocó sobre el corazón. Recia- 



— 41 — 

maremos, peticionaremos al rey y á la Francia el 
uso de nuestros colores. » Digna actitud esta de 
los hijos de la patria que en fecha memorable 
proclamara los derechos del hombre, la emancipa- 
ción del género humano. 

Con tal motivo el gobierno se dirigió al coro- 
nel Thiebaut, en estos honrosísimos y merecidos 
términos : 

« Montevideo, octubre 14 de 1848. 

« El gobierno de la república ha sabido la re- 
solución heroica de los voluntarios que V. S. 
manda, de desnudarse de los colores de la Fran- 
cia, hasta que S. M. el rey Luis Felipe, mejor in- 
formado, disponga que vuelvan á usarlos; y la 
voluntad perseverante en que están de acompa- 
ñar á esta república en los peligros que hoy 
arrostra sola, hasta triunfar ó perecer con ella. 

« El gobierno de la república no ha tenido 
parte en este pronunciamiento tan noble, como 
no la tuvo en la formación de la Legión que V- S. 
manda, que fué impulsada á la par que por sen- 
timientos de generosa simpatía hacia la causa de 
la civilización de estos países, por el sentimiento 
de los peligros de expulsiqn ó exterminio con 
que Rozas amaga á la población extranjera; lo 
acepta, sin embargo, cordialmente, y no ha po- 
dido menos de hacerse intérprete para con la Le- 
gión de los sentimientos de gratitud nacional que 
él ha producido. 



— 42 — 

« Transmitiéndolos V. S. á los valientes volun- 
tarios de su mando, asegúrele^ que ni el gobierno 
ni el país olvidarán nunca su magnánimo sacri- 
ficio, y que él establece la más dulce hermandad 
entre los americanos y franceses, y que sus vo- 
tos son, porque á la sombra de la victoria gocen, 
á la par que los hijos de esta tierra, de los bie- 
nes que ella prodigará á los que la den paz, in- 
dependencia y libertad ». 

Firmaban este documento Joaquín Suárez, 
Santiago Vázquez, Melchor Pacheco y Obes y 
.losé de Béjar. 

Con igual fecha se dirigió también colectiva- 
mente al general Garibaldi. 

Decía así la referida comunicación : « El go- 
bierno de la república cumple con un voto del 
pnís al felicitar á V. 8. por la bella resolución 
<1ií los legionarios italianos, en permanecer al lado 
<h la república, aún cuando ella ha quedado sola 
en la pelea contra la barbarie y el despotismo. 

# Esa resolución es magnánima, digna de los 
descendientes de los héroes que emprendieron la 
< uiiquista del mundo para imprimirle la civiliza- 
ción romana, y de los que abrigan altos pensa- 
mientos, de una emancipación social no menos 
grande. 

« La república no la olvidará, y espera que el 
triunfo sobre sus enemigos asegurará á los ita- 
lianos todos los goces de ciudadanos de un país 
libre, todos los premios que la nación reserva á 
sus valientes defensores ». 



m 



— 43 — 

Al comunicárseles á los legionarios de ambas 
nacionalidades que cuando quisieran podían di- 
solverse, y que la república se defendería con 
sus propios elementos, un ¡No! ¡ Viva la liber- 
tad! brotó unísono y entusiasta de todos los pe- 
chos ; y cruzando sus banderas, juran aquellos 
bravos sobre la empuñadura de sus armas morir 
primero que traicionar sus convicciones, sucum- 
bir en la demanda antes que mostrarse débiles 
en la hora álgida de la prueba. 

« No hay más que un deseo, un sentimiento, 
una sola voluntad : triunfar de Rozas, conservar 
el último baluarte de la libertad del Río de la 
Plata >, dijeron sin vacilación todos á una. 

PROCLAMA DE THIEBAÜT 

El vicealmirante Massieu de Clerval y el cón- 
sul general de Francia entraron en tratativas con 
Oribe para obtener de éste todo género de segu- 
ridades en la persona y bienes de sus connacio- 
nales, y el coronel Thiebaut, ante tal hecho, que 
consideraba depresivo y bochornoso, los reúne y 
los proclama en la plaza Cagancha, dirigiéndo- 
les las siguientes patrióticas palabras : 

« Camaradas : No osando ya dirigirse á nos- 
otros, el señor Pichón reclama hoy del gobierno 
oriental el licénciamiento de la Legión. 

« Hoy, como el 13 de octubre, somos los mis- 
mos hombres, nada ha cambiado para nosotros. 



— 44 — 

« Un almirante de Francia no ha temido ir á 
implorar de Oribe una amnistía para nosotros. 
La rechazamos porque es indigna de nosotros. 

« Más altivos y más consecuentes que él, no 
aceptaremos sino los azares de un combate ó una 
protección honrosa, fuerte, imponente, que man- 
de y no pida. 

« Esa tardía protección no podíamos aceptarla 
ni del almirante ni del cónsul. Han sido esos dos, 
el uno demasiado hostil, el otro demasiado dé- 
bil, para que nos confiemos en ellos. 

« Se espera un almirante. Ese, quizá, sepa 
comprendernos. Esperemos. 

« Camaradas : calma, perseverancia, y sobre 
todo confianza, y la Legión de voluntarios habrá 
adquirido un nuevo derecho á la estimación de 
los amigos de la libertad ». 

Sus valientes camaradas aplaudieron frenéti- 
camente á su digno jefe, y ninguno de ellos, co- 
mo queda dicho, quiso separarse de sus filas al 
anuncio de que podían regresar á sus hogares los 
que desearan librarse del servicio. 

MASACRE DE FRANCESES 

Ya el 28 de abril, parte de ellos habían sido 
víctimas de una emboscada del enemigo y sacri- 
ficados cruelmente siete de sus bravos compañe- 
ros. 

El coronel Thiebaut, en la orden del día del 



— 45 — 

29, dijo á su respecto : « Camaradas, y vosotros 
todos compatriotas míos: El ardor y coraje de 
algunos de nuestros compatriotas han dado lu- 
gar á una escena de horror y carnicería, y por 
resultado una catástrofe espantosa. Ved, pues, 
realizados los primeros ensayos de una política 
infame — Esa sangre derramada no quedará 
impune ». 

Tres meses después, el día 5 de julio, dos le- 
gionarios prisioneros en la acción de esa fecha, — 
Myrier, artillero, y Juan Bautista, tambor de la 
3. a compañía, — fueron bárbaramente mutilados, 
además de dividírseles la Cabeza del cuello. 

EL CONTRAALMIRANTE LAINÉ 

El 25 de febrero del 44 llegó á Montevideo 
el contraalmirante Lainé y reiteró la solicitud de 
su antecesor señor Clerval. Entonces el poder 
ejecutivo, queriendo evitarse desagrados, resolvió 
pedirles un nuevo y decisivo pronunciamiento. 

« El gobierno aspira, — se decía en el acuerdo 
del 22 de marzo, — á un pronunciamiento ente- 
ramente libre, espontáneo y sin embargo medi- 
tado, sobre dejar ó no las armas de la mano. 
Quiere salvar su honor, cumplir sus deberes, y 
satisfacer al gobierno de la Francia ». 



— 46 — 



RESISTENCIA DE LOS LEGIONARIOS 

Los legionarios, a quienes el general Pacheco 
transmitió ese decreto, protestaron contra las pre- 
tensiones del contraalmirante Lainé, y en un do- 
cumento suscrito por su coronel y por los co- 
mandantes y oficiales, declararon, entre otras co- 
sas, lo siguiente : 

« H.° Los franceses en armas no defienden 
solamente su existencia y la de sus numerosas 
familias, defienden también su bienestar, las es- 
peranzas fundadas de fortuna y comodidades que 
les promete este país y que ellos no esperan en- 
contrar ni quieren buscar en otro. 

« 5.° Puestos en esta situación penosa, no re- 
conocen en el señor almirante ninguna jurisdic- 
ción para dictarles órdenes, ni ningún derecho 
para resolver la cuestión que está sometida á las 
autoridades supremas de la Francia ». 

SU DESARME Y NATURALIZACIÓN 

Sin embargo, el gobierno de la Defensa se vio 
en la dura necesidad de exigirles formalmente su 
disolución, para evitar un conñicto, pues el con- 
traalmirante Lainé persistió en su propósito; y 
reunidos en la plaza Cagancha depusieron las ar- 
mas ante el ministro de la guerra ; pero deter- 
minan inmediatamente enrolarse como guardias 



— 47 — 

nacionales y solicitar ser declarados ciudadano* 
legales de la república. 

Esa petición fué deferida como un honor para 
nuestro país, y con el bravo coronel Tbiebaut ¡í 
la cabeza, continuaron, dentro de los muros de la 
inmortal Montevideo, sosteniendo la causa de la 
independencia y de la civilización americanas. 

Habían comisionado á sus dignos cámara das 
Brie, X/abastié, Affre, Froume y Souirán, p¡ua 
solicitar su incorporación á nuestra nacionalidad, 
y el presidente Suárez dictó la siguiente resolu- 
ción en acuerdo de ministros, con fecha 13 <\o 
abril: «Vista la solicitud elevada por los indivi- 
duos que compusieron la extinguida Legión ¿fe 
voluntarios, el gobierno declara ciudadanos orien- 
tales, sin perjuicio de dar cuenta á las Honora- 
bles Cámaras, á todos los que individualmente se 
presenten para obtener este título y acepta toa 
servicios á que la ley. los destina. Por el minis- 
terio de la guerra expídanse los decretos y la* 
providencias relativas al enrolamiento y organi- 
zación de los individuos que lo pretendan.» 

El cuerpo legislativo por su parte, acogió con 
vivas simpatías ese acto generoso y abnegado. 

El Senado sancionó en la sesión del 23 deJ 
mismo mes la siguiente 



— 48 — 



MINUTA DE DECRETO 



« Visto el noble pronunciamiento y magnánima 
petición de los voluntarios pertenecientes á la 
extinguida Legión, la Representación Nacional en- 
cuentra las mismas dificultades que el poder eje- 
cutivo para calificar como corresponde el estu- 
pendo acto, por el que estos hombres ilustres, en 
la opción entre el reposo y la gloria, aceptando 
Indos los peligros de la época, han solicitado su 
naturalización en la república, con sólo el fin de 
adquirir el derecho de servir en la defensa de la 
causa que ella actualmente sostiene, de llenar el 
deber militar que la ciudadanía impone. 

« Acto prodigiosamente sublime, de una heroi- 
cidad sin ejemplo, único, absolutamente nuevo en 
^u género, y que atraerá perpetuamente sobre sí 
la admiración universal y el estado el testimonio 
permanente de la gratitud pública. 

« Por tanto : 

« Ei Senado y Cámara de Representantes, reu- 
nidos en asamblea general, al reconocer y declarar 
á los voluntarios de la Legión disuelta beneméri- 
tos de la república en grado heroico, justamente 
han sancionado y decretan : 

« Artículo 1.° Se autoriza al poder ejecutivo 
para expedir á cada uno de los voluntarios per- 



— 49 — 

tenecientes á la Legión extinguida, las cartas de 
naturalización que espontáneamente han pedido 

« Art. 2.° A más de inscribirse sus nombres en 
el registro cívico de la república, se les abrirá 
uno especial en que sean también inscritos, el 
cual será cuidadosamente conservado en la Ho- 
norable Cámara de Representantes, bajo el título 
de « Naturalización de la Legión de voluntarios 
franceses », precediendo á las inscripciones este 
decreto, y precedido el mismo de todos los do- 
cumentos relativos por su orden sucesivo. 

« Art. 3.° Los mismos nombres serán grabados 
en una lámina de bronce dorado que se colocará 
en la base del monumento que se erija para per- 
petuar la memoria de la presente época » ( 1 ). 

Dicho honroso decreto mereció la aprobación 
del Senado. 

DIGNO DE LOS HIJOS DE FRANCIA 

Esta conducta nobilísima es característica de 
los hijos de la gran República Francesa, que dando 
un alto ejemplo de patriotismo y de su amor á 
la libertad — y séanos permitido recordarlo en ho- 
menaje á los manes generosos de nuestros va- 
lientes aliados de la Guerra Grande - demolie- 
ran el 14 de julio de 1789 aquella terrible forta- 



(1 ) Fué miembro informante el senador don Miguel Barrelro. una de las 
más nobles figuras de la Asamblea General Constituyente y Legislativa del 
Estado. 



— 50 — 

leza que, fundada en Paras en 1369, servía de 
prisión de estado. 

La Francia yacía entonces debilitada y ahe- 
rrojada por el despotismo más atroz; el pensa- 
miento libre, maniatado* al capricho de los ene- 
migos de la democracia y la república, y aquel 
gran pueblo de que descendían los abnegados 
legionarios, no pudiendo soportar por más tiempo 
tantos vejámenes y humillaciones, quiso ese día 
memorable reconquistar sus fueros, y derribó, 
para honra de la civilización, esa especie de maz- 
morra conocida con el siniestro nombre de Bas- 
tilla, en cuyo inmundo seno se habían sacrifi- 
cado tantos ilustres hombres, por el solo hecho 
de proclamarse libres. 

EL FALLECIMIENTO DE THIEBAUT 

Este bravo soldado de las instituciones, que 
durante ocho años luchó con denuedo al frente de 
su valerosa Legión, no tuvo la suerte de sobre- 
vivir á la gloriosa Defensa, pues la muerte le arre- 
bató antes del pacto de paz que terminara con 
el sitio de Montevideo y que devolviera á la re- 
pública todo el imperio de su soberanía. - 

En la sesión del 6 de mayo de 1851, el pre- 
sidente déla Asamblea de Notables (l),de la cual 



(1 > Presidía dicha Asamblea otro délos Constituyentes, el señor don Ale- 
jandro Chucarro. 



— 51 — 

era miembro el coronel Thiebaut, anunció la sen- 
sible pérdida de este distinguido militar-ciuda- 
dano, á cuyas exequias, dijo, se había destiiimlo 
una comisión que acompañara al duelo, y designo 
á los señores general Correa, Bustamante, Tnrt, 
Vega y Flangini para que redactaran la carta 
de pésame que debía pasarse á la familia del 
ilustre extinto. 

Dicha nota — que fué aprobada en la sesión 
del 16 — estaba concebida en estos términos: 

«En la sesión del 6 del corriente, la H. Asamblea 
de notables ha autorizado al infrascripto Presiden- 
te de ella, para transmitir á la familia del fiaado 
ciudadano notable coronel don Juan Crisóstomo 
Thiebaut, á quien se dirige, la expresión del pe- 
sar de que se halla poseída por tan lamentable 
pérdida. \ 

« La muerte del coronel Thiebaut, ha sido do- 
blemente sentida por la H. Asamblea, porque 
aquel infausto acontecimiento le arrebató á la 
vez uno de sus más distinguidos miembros y 
uno de los más leales y valientes defensores 3e 
la independencia de la República. Ella ha parti- 
cipado, por ende, todo el dolor público, tan es- 
pontáneamente manifestado por la capital, aso- 
ciándose á él desde los primeros momentos de 
aquel día de duelo y pesar. 

«Pero si algún consuelo puede caber á una fa- 
milia desolada por tan lamentable pérdida, es m 
ese sentimiento general que un pueblo ilustrado 



— 52 - 

ha manifestado sobre la tumba del coronel Thie- 
baut; aquella simpatía tan vivamente pronuncia- 
da por el extranjero generoso, que prefirió com- 
batir y morir en el suelo oriental, consagrado á 
su causa, antes de faltar á su honor y á su deber; 
consuelo que la H. Asamblea de Notables desea 
produzca todo su efecto en el espíritu oprimido 
de la familia del coronel Thiebaut 

« Y al dejar así cumplidos los deseos de la 
H. Asamblea de Notables, el infrascripto tiene el 
honor de saludar á la familia del finado coronel 
Thiebaut con la debida consideración ». 

La muerte del coronel Thiebaut enlutó el co- 
razón de los defensores de Montevideo, y sus 
exequias pusieron de manifiesto las grandes sim- 
patías de que había gozado y la gratitud del pue- 
blo oriental para con uno de sus más beneméri- 
tos soldados. 



LOS CAZADORES VASCOS EN PAYSANDÜ 

Los legionarios franceses, como los italianos, 
no concretaron su acción á los muros de la capi- 
tal, sino que llevaron también el concurso de sus 
heroicos esfuerzos al resto del territorio de la Re- 
pública. 

El famoso batallón de cazadores vascos, á cu- 
yo frente se hallaba el coronel Brie, quien, como 
Anzani para Garibaldi, fué el brazo derecho de 



— 5a — 

Thiebaut, se incorporó al ejército de operaciones, 
que mandaba en jefe el general Rivera (1). 

Si en Montevideo habían dado elocuentes 
pruebas de su temerario arrojo contra las huestes 
de Oribe, en el ataque y toma de Paysandú, los 
días 25 y 26 de diciembre de 1846, su heroís- 
mo no tuvo límites, pues dicho cuerpo hizo de- 
rroche de valor, luchando cuerpo á cuerpo con 
los valientes defensores de la plaza. 

El coronel Brie resultó con una pierna fractu- 
rada, siendo, puede decirse, diezmado su batallón, 
pues fueron numerosas las bajas que sufrió. 

Más que en la historia incompleta sobre tan 
memorables sucesos, hemos recogido la narra- 
ción verídica de este hecho, de labios de ancianos 
venerables, entre los que figura una distinguida 
dama, testigos imparciales que recuerdan, con- 
movidos, aquella lucha verdaderamente esparta- 
na, que, por sí sola, habría bastado para cubrir 
de inmarcesible gloria á la bizarra é inmortal le- 
gión vascongada. 

En homenaje á los derechos del hombre, he- 
chos carne por sus antepasados, en su noble sue- 
lo, fué que los legionarios de la épica defensa 
lucharon denodada y abnegadamente, dentro y 

( 1) El coronel Thiebaut salió también á campaña como se verá por las si- 
guientes palabras que tomamos de una carta del general Rivera dirigida al 
coronel don Fortunato Silva desde el Paso Hondo, con fecha 24 de julio de 
1845: «Anoche se me han incorporado dos oficiales de la Legión francesa que 
han venido por el Río Grande, trayendo un viaje moroso; vienen mandados 
por el jefe de la Legión francesa, coronel Thiebaut. Su objeto es importante y 
tendrá lugar en la próxima primavera. Oportunamente te informaré de ello » . 



— 54 — 

fuera de los muros de la que, bautizada por uno 
de sus ilustres compatriotas, Alejandro Dumas, 
pasara á la historia con el honroso título de Nue- 
va Troya. 

legionarios españoles — muerte de netra 

También desde los primeros momentos en que 
Oribe amenazó á las puertas de Montevideo apo- 
derarse de ella, 700 patriotas españoles, enro- 
lándose como artilleros de plaza, se pusieron á 
las órdenes del gobierno de la Defensa. 

Entre los héroes y mártires de esa nacionali- 
dad figuró en primera línea el coronel José 
Neira, que pereció, víctima de su temerario arro- 
jo, al frente de sólo 30 'hombres, en el combate 
que el 17 de noviembre del 43 tuvo lugar en 
las Tres Cruces, (1) y su cadáver fué heroica- 
mente defendido, primero por el alférez José 
María Ortiz que era casi un niño, en unión de 
13 de sus compañeros, hombres de color, y poco 
después por el general Garibaldi, que acudió pre- 
suroso en su auxilio. 



{1) Neira muere también como un valiente, batiéndose en las Tres Cruces. 

En la clase civil, la muerte vino á dejar un vacío sensible entre los hom- 
lijes de consejo, entre los miembros más h< norables de la administración. — 

! nORO-DE-MAkÍA. — Anales de la Defensa de M(>ntevideo, tomo I. 

El 17 de noviembre fué muerto en una salida de los sitiados, el segundo 
jnsfe de la izquierda de la línea de la Plaza, coronel don José Neira. 

Este jefe era de nacimiento español, pero muy decidido por la causa en cuyo 
servicio perdió 1$ vida. La había adoptado haciendo una rápida carrera. 

Era generalmente apreciado por sus prendas personales, ven desempeño 
üe au servicio se había portado siempre con actividad y bravura. La Defensa 
de Montevideo perdió en él uno de sus mejores sostenedores.— Antonio Díaz. 
Historia Política y Militar de las Repúblicas del Plata, t. VI). 



— 55 — 

« No dejemos, dijo, que le corten la cabeza 
para clavarla en el Cerrito», y veló por él, en lu- 
cha desigual, hasta que fuerzas de la plaza acu- 
dieron al sitio. 

El general Mitre, en sus recuerdos de la Gue- 
rra Grande, dice que los funerales de Neira tu- 
vieron un carácter épico, y que si en los de Pa- 
troclo lloraron hasta los caballos de Aquiles, en 
los de aquél, todos los defensores de Montevi- 
deo se sintieron hombres capaces de sacrificarse 
hasta por los despojos mortales de sus semejan- 
tes! 

EL CORONEL PALLEJA Y ENRIQUE PEREDA 

V hubo también allí otro héroe ilustre, espa- 
ñol como Neira: el coronel León de Palleja, mi- 
litar instruido, pundonoroso y valiente, cuya trá- 
gica muerte en la famosa guerra del Paraguay 
inmortalizó su nombre y dio timbre de gloria al 
« Batallón Florida ». 

Su segundo jefe, el entonces capitán Enrique 
Pereda, dando un alto ejemplo de valor y patrio- 
tismo, honró la memoria de aqu^l denodado cam- 
peón. Hizo suspender el fuego — por más que sus 
soldados eran diezmados por las balas enemigas 
— cubrióle con la bandera nacional, y después 
de rendidos los honores, dio orden de continuar 
aquel reñido combate. Este hecho, único en los 
anales de la historia, revela el temple de alma 



— 56 — ' 

del soldado oriental y el respeto que inspirara el 
que supo luchar y sucumbir en aras de la liber- 
tad y del deber! (1). 

El nombre del coronel Palleja vivirá perdura- 
ble en la memoria de los orientales, teniendo un 
culto en el corazón de sus soldados, pues su mag- 
nífica táctica de infantería les ha llevado más de 
una vez al triunfo en los combates, ó hecho lucir 
en hábiles maniobras, y la diana que lleva su pre- 
claro nombre evoca á cada instante su recuerdo 
en los cuerpos del ejército de línea y en la mili- 
cia ciudadana. 

La Diana de Palleja es siempre nueva y es 
la preferida de todas cuantas se conocen, sin du- 
da porque sus patrióticas notas hacen revivir en 
la mente la gloriosa figura del héroe del Boque- 
rón, que luchó con la fe inquebrantable del após- 
tol y la serenidad del hombre justo. 

EXCEPCIONES DEL SERVICIO. — GRATITUD DEL GO- 
BIERNO 

En octubre de 1845 dictó el gobierno un de- 
creto de reconocimiento y significando en él, al 
propio tiempo, que todo ciudadano español al 
servicio de las armas que reclamase su separa- 
ción del ejército sería inmediatamente dado de 
baja. 

(1) El coronel León de Palleja sucumbió en la acción del 18 de julio de 
18Ü0, en momentos en que llevaba una carga á la bayoneta sobre las trinche- 
ras enemigas. 



«El gobierno de la república — se decía en di- 
cho decreto — justo apreciador de los buenos ser- 
vicios que han prestado á la causa nacional los 
nobles españoles que se han incorporado á las 
filas del ejército para defender sus vidas é inte- 
reses del estado, amenazados por la invasión de 
las hordas feroces del tirano de Buenos Aires, re- 
conoce la obligación sagrada de manifestar la 
gratitud nacional á aquellos que actualmente de- 
jen el servicio militar á mérito de las circuns- 
tancias presentes. Los nobles españoles, después 
del largo período de inmensas fatigas y sacrifi- 
cios que han soportado con heroica constancia, 
son de todo punto merecedores del aprecio que 
la patria les profesa: aprecio conquistado comba- 
tiendo al lado de sus hijos y derramando valien- 
tes su sangre que ha corrido mezclada con la de 
éstos en encarnizados combates, librados para 
mantener incólume la independencia de la repú- 
blica. Su separación hoy no menoscaba en ma- 
nera alguna el mérito de servicios tan nobles co- 
mo desinteresados» (1). 

LA CONDUCTA DE ORIBE 

Don Carlos Creus, representante de su país, 
que acababa de llegar de España, hizo gestiones 
ante el jefe sitiador para que éste asumiera la 



(1) En septiembre de 1843 el gobierno dispuso la expedición de pasajes 
gratis á los españoles que no quisieran servir y desearan ausentarse del país. 



L _,.. 



— 58 — 

misma levantada actitud del gobierno de la De- 
fensa Eí g^n^ral Oribe éxitos: 3, C3n fecha 17 de 
noviembre, que deBriend) á su> de^ís trtbía re- 
suelto nombrar ana comisión compuesta de tres 
personas pira qae expidiese las papeletas á los 
que comprobaran sn calidad de españoles: pero 
pocos obtuvieron su baja solicitada. 

«El general sitiador — dice don Isidoro De- 
María, que es un historiador imparcial y verídico 
— tenía interés en retenerlos en el servicio, y en 
ese sentido se procedía. La protección, pues, del 
consulado español fué allí ilusoria, á la inversa 
de lo que sucedía en Montevideo. A los que so- 
licitaban la baja en el estado mayor se les de- 
primía ó se les obligaba á retirarse algunas le- 
guas para el interior del Cerrito. Por esa causa 
se presentaban pasados frecuentemente vascos 
españoles y canarios que desertaban del cuerpo 
en que se les tenía en servicio. Hubo día de pre- 
sentarse pasados hasta 17 individuos, sucedien- 
do lo mismo en la Colonia y otros puntos, decla- 
rando que se les negaba la baja en el campo ene- 
migo (1). 

(1) Para acreditar la calidad de español se nombró una comisión compues- 
ta por los señores José M. Platero, Román A cha y José Martín Aguirre, sien- 
do españoles los dos primeros, y ante la cual debían ocurrir los interesados 
«n obtener la baja. Se establecía, sin embargo, en la respectiva disposición, 
que quedaban exceptuados de esa excepción los que hubieran desempeñado 
algún cargo público ó ejercido actos privativos de los ciudadanos después de 
jurada la Constitución, y como los señores Platero y A cha se encontraban 
en ese caso, resultó sólo aparente la intervención que en ese acto se daba á 
los españoles. De ahí, pues, que se procediese con toda parcialidad, recha- 
zándose la mayor parte de las solicitudes presentadas. 

En la comunicación dirigida á Oribe por el señor Creus, se hacía notar que 
on pocos días había acordado el gobierno de la Defensa varios centenares 
de bajas. 



— 59 — 

«Lo misino aconteció en Buenos Airas poste- 
riormente, cuando fué enviado allí el bergantín 
Héroe con la misión de obtener del gobierno de 
Rozas la exención del servicio de los subditos es- 
pañoles. El resultado fué negativo. 

«Entretanto, en Montevideo se hacía efectiva 
sin ninguna clase de excepción, la inscripción en 
el Consulado General de España de todos los 
españoles que acreditaban su nacionalidad, que- 
dando exentos de todo servicio». ' 

MENOSPRECIO k LOS EXTRANJEROS 

Y este concurso noble y generoso de todos esos 
abnegados legionarios, sustentó encendido el fue- 
go sagrado de la patria y aseguró el imperio de 
las instituciones entre nosotros. 

Por eso el jefe sitiador miró con profunda in- 
dignación y amenazó sangrientamente á los ele- 
mentos extranjeros que con su influencia ó con 
su brazo contribuían al triunfo de la Defensa, y 
uno de los traidores de su causa, uno de los pa- 
sados á las filas de Oribe, hablaba de ellos con 
menosprecio en una carta-invitación que con cí- 
nico descaro se permitió dirigirle al entonces co- 
ronel don Venancio Flores, invocando la causa 
americana. 

«¿Y qué séquito — le decía — qué poder es el 
que tiene Rivera cuando para defenderse no so- 
lamente se sirve de los argentinos del otro partí- 



— 60 — 

do, de los unitarios, sino de los extranjeros todos? 
Esta sola idea, amigo don Venancio — agregaba 
— debe fijarlo y desengañarlo». 

UNA LECCIÓN MERECIDA 

A estas palabras arteras y villanas, respondía 
el más tarde ilustre jefe de la Cruzada Liber- 
tadora. 

«¿Pregunta usted quiénes son los jefes supe- 
riores, quiénes los gobernantes que nos rigen, 
como si ignorase que en unos y en otros se en- 
cuentra lo que la república tiene de más selecto 
en virtudes, saber, talento y patriotismo. Si hay 
entre los jefes algo que no pertenece al país, us- 
ted sabe que él se honraría de que le pertenecie- 
se: ni aquí existen como extranjeros: para com- 
batir por la libertad, mezclan ahora su sangre á 
nuestra sangre, como la mezclaron en el Ce- 
rrito, en Salta, en Ituzaingó». 

Y en otra parte de su respuesta añadía: «Cier- 
tamente, alinearme con franceses é italianos, no 
puede avergonzarme. Busque usted los móviles 
que han traído á nuestras filas esos auxiliares, 
y si aún es capaz de ruborizarse, sufrirá com- 
prendiendo que sólo el sistema de Rozas les ha 
puesto las armas en las manos. Son nuestros alia- 
dos los franceses é italianos: es decir, los hijos de 
dos pueblos grandes en civilización y en nobles 
antecedentes. Son los aliados de Rozas los Pam- 
pas y los Guaycurúes ...» 



— 61 — 

Coa ello quería . decirle este ilustre patriota: 
«Nosotros representamos la causa de la civiliza- 
ción y la causa de la libertad: nosotros represen- 
táis la tiranía y la barbarie». 

INTERVENCIÓN ANGLO-FRaNCESA 

Los gobiernos de Francia y de Inglaterra, que 
habían observado una actitud prescindente, se re- 
solvieron, al fin, á tomar intervención en las 
cuestiones del Plata en favor de la causa de Mon- 
tevideo. 

En nota 4 de agosto de 1845, firmada por 
los ministros plenipotenciarios de esos dos paí- 
ses, dirigida al gobierno de la Defensa, explica- 
ban su desinteresada y noble actitud, significan- 
do, entre otras cosas, lo siguiente: 

«El objeto de esta misión, es el que indican Iqb 
tratados de 1828 y 1840, es decir, la indepen- 
dencia perfecta y absoluta del Uruguay. Así, 
pues, para que esta independencia exista, es nece- 
sario que las tropas, la escuadra, y con ellas toda es- 
pecie de influencias argentinas desaparezcan del 
país y que el Pueblo Oriental pueda en plena li- 
bertad y por las vías que trazan sus leyes consti- 
tucionales, elegir el jefe que deba presidir sus des- 
tinos. Se han querido justificar los ataques persis- 
tentes del gobierno de Buenos Aires contra el 
Uruguay, con la más ó menos parte que los ex- 
tranjeros han tomado en la defensa de este país 



— 62 — 

Pero estos extranjeros no haq tomado las armas 
sino después de la invasión de la república por 
las tropas argentinas: no las han tomado como 
estas tropas por órdenes de su gobierno, ni para 
el cumplimiento de proyectos, ambiciosos, sino 
espontáneamente y para preservarse, ellos, sus 
familias y sus propiedades, de las violencias y 
de las expoliaciones que les amenazaban. En fin, 
todos estos extranjeros no tienen deseos más ar- 
dientes que el de volver á sus pacíficos y útiles 
trabajos, tan luego como el restablecimiento de 
la República Oriental á su entera independencia 
les permita hacerlo con seguridad.» 

El doctor Santiago Vázquez, ministro de rela- 
ciones exteriores, respondió en términos levanta- 
dos, y en su nota del día 6, decía: 

«El gobierno, desde el principio de la lucha, 
no ha perdonado esfuerzos para convencer á todo 
vi mundo de las miras y proyectos ambiciosos 
del gobernador de Buenos Aires respecto de la 
república: para hacer comprender que la alianza 
de las tropas y de la escuadra de Buenos Aires 
con algunos orientales y extranjeros á sueldo de 
aquel gobierno, era realmente un ataque directo 
contra la independencia perfecta y absoluta de. 
este estado; y para protestar que el armamento 
de algunos extranjeros, en defensa del gobierno, 
ni representa la influencia de nación alguna ex- 
tranjera, ni pone en riesgo alguno la independen- 
cia del país, ni tiene más objeto que el de defen- 



.— 63 — 

der las personas y las propiedades de los que se 
armaron contra un enemigo que abiertamente 
profesa como derecho el sacrificio de las unas y 
la confiscación de las otras. 

«El gobierno confió siempre en que sus esfuer- 
zos no serían infructuosos; y por eso recibe hoy 
con tan sincero placer la comunicación de S. E. 
en que halla registrada la manifestación más hon- 
rosa y más franca de que los gobiernos de Ingla- 
terra y Francia reconocen la justicia y la verdad 
de todos aquellos hechos y declaran que la in- 
dependencia perfecta y absoluta de la repúbli- 
ca no puede existir sin que desaparezcan de su 
suelo las tropas, la escuadra y toda clase de in- 
fluencias argentinas.» 

FAMILIAS CONFINADAS 

Oribe, que seguía minuciosamente todas las 
prácticas é instrucciones de Rozas, llevaba m 
odiosidad y persecuciones á todos los extranjeros, 
sus familias inclusive, que pertenecían á los paí- 
ses cuyos gobiernos no participaban de sus ideas y 
propósitos, y que, con su resuelta actitud, trata- 
ban de garantir sus vidas y haciendas. 

En enero de 1845, por intermedio de su titu- 
lado ministro doctor Carlos G. Villademoros, or- 
denó al jefe de la plaza de Paysandú, que lo eni 
el general don Antonio Díaz, procediese á hacer 
salir de Paysandú todas las familias, haciéndolas 



— 64 — 

conducir á los Tres Arboles, al campamento, de- 
cía, que antes tuvo el general Gómez. 

«Lo que obligó al gobierno á adoptar estos 
medios, según la referida comunicación, fué la no- 
ticia de salir de Montevideo considerables fuer- 
zas para el Uruguay, y la necesidad de tomar 
medidas en precaución de cualquier aconteci- 
miento». 

El general Díaz se apresuró á cumplir aque- 
lla orden; pero en vez de enviar dichas familias al 
paraje indicado, las hizo conducir á la costa de 
Valdez, punto cercano de Paysandú. 

Más de doscientas carretas habían sido ya em- 
pleadas con ese y otros objetos, cuando recibió 
contraorden, pues la expedición anunciada había 
aplazado su salida. 

Aquella medida, además de los grandes tras- 
tornos que ocasionó al comercio y á las familias, 
concurrió á la desmoralización de la tropa, en su 
mayor parte de guardias nacionales, la que em- 
pezó á desertar, propagándose la deserción á la 
infantería de línea. Entonces el general Díaz re- 
solvió sacarlas todas de improviso, á las 10 déla 
noche, y ceñirlas á la orden de campaña, cesan- 
do de aquel modo el mal que no podía traer sino 
graves consecuencias. (1) 



(1) Antonio Díaz — Historia Política y Militar de las Repúblicas dd Ptata, 
parte tercera, tomo 7.*. 



— 65 



CONDUCCIÓN DE INGLESES AL DURAZNO 

Con fecha 19 de julio del mismo año, le fue- 
ron transmitidas las instrucciones del caso para 
resistir el ataque de los expedicionarios, que de 
un momento á otro debían remontar los ríos 
Uruguay y Paraná. 

En ellas le ordenaba lo siguiente: 

2. a En cuanto se pronuncie el ataque, proceda 
V. S. á ordenarla prisión de todos los subditos 
ingleses que haya en los departamentos de su 
mando, y los remitirá en oportunidad y bnjo se- 
guras custodias al Durazno, á disposición del co- 
mandante de ese punto, dando al mismo tiempo 
cuenta ( sea aquí de notar que se habla sólo de 
ingleses, porque hasta ahora sólo ellos aparecen 
amagando ostensiblemente, sin embargo de lo 
que la comunicación oficial de V. S., del 1 6, 
dice de la goleta L'Eclair, pero la medida 
será extensiva á los subditos de todas las na- 
ciones que ataquen en cualquiera parte del es- 
tado) ». 

En la 3. a de esas instrucciones se decía que 
los expresados subditos extranjeros deberían ser 
tratados con la consideración que como á tales 
debía dispensárseles ; pero sólo se refería á estos 
últimos, es decir, a los que no se mostraran hos- 
tiles á la política y maniobras de Oribe, pues en 
ella se flecía: « hasta que llegue este caso ». 



— 66 — 



EXPULSIÓN DE INGLESAS A CAMPAÑA 

Mr. Charles Hotham, comandante del buque 
Gorqón, y el oficial más antiguo de los buques 
de S. M. R en el río Uruguay, en vista de la 
falta de consideración que se observaba para con 
8us compatriotas del bello sexo residentes en 
Mercedes, dirigió la siguiente comunicación al 
comandante general de los departamentos de la 
Colonia y Soriano, coronel Jaime Montoro: 

« Varios avisos se me han dado este día ex- 
presando que las mujeres inglesas, residentes en 
Mercedes, han sido sacadas de sus casas y obli- 
gadas por la fuerza á retirarse á la campaña, y 
(pie en esta virtud hay entre ellas la mayor alar- 
ma, como también entre aquellos de sus familias 
que por diferentes circunstancias se hallan sepa- 
rados de ellas. Aseguraré á usted desde ahora 
que hasta que no reciba plena confirmación de 
esto, dudaré en dar crédito á tan improbable falta 
de humanidad. 

«c En este momento los cirujanos de la escua- 
dra dedican sus cuidados á ocho paisanos de us- 
ted, heridos y capturados por fuerzas orientales 
antes de mi llegada frente al río Negro, y creeré 
de mi deber ordenar que semejante línea de con- 
ducta se observe hacia todos los que en lo suce- 
sivo se encuentren en tan desgraciadas circuns- 
tancias. 



— 67 — 

« Si es posible, pues, con el mayor empeño 
pido á usted, señor, que no solamente respete, 
sino también que defienda á las mujeres de mi 
país, y me abstendré de comentar la fuerza y va- 
lor del «Tratado », en un caso en que los prime- 
ros sentimientos del corazón humano siempre 
obran en favor de las mujeres » ( 1). 

El coronel Montoro contestó en estos "la cóni- 
cos términos : 

« El jefe que suscribe ha recibido, pur con- 
ducto del comandante de Soriano, una unta, de 
usted, fecha 14 del corriente, la cual ha sido ele- 
vada á manos de S. E. el presidente de la repú- 
blica, por no estar autorizado el que firmu para 
entrar en contestaciones con los salvajes unita- 
rios ni sus protectores » ( 2 ). 

INGLESES Y FRANCESES CONFINADOS 

Con motivo de temerse un bloqueo al puerto 
de Paysandú, se dio un bando ordena ndu que 
todos sus habitantes, sin distinción de nacionali- 
dades, debían presentarse á la jefatura política, 
y el 24 de septiembre de 1845 los fnuiceseti 4 
ingleses domiciliados en la entonces villa, fueron 



( 1 ) Esta comunicación fué dirigida desde á bordo del Gvrg&tit fren tí 1 al río 
Negro, con fecha 14 do septiembre de 1845. 

(2 ) El coronel Montoro filmaba su respuesta en Mercedes á \> úv\ mUm.i 
mes- 



— 68 — 

¡levados presos á Valdez, campos conocidos 
por de Juan el Inglés ( 1 ). 

La mayor parte de ellos tuvo que hacer ese 
trayecto á pie, pasando las consiguientes penu- 
rias. Allí se les puso bajo la custodia de un capi- 
tán Hernández, que teuía á su cargo un piquete 
<le guardias nacionales, pero al salir del pueblo 
también les vigilaba parte del batallón argentino 
a las órdenes de un mayor Montaña. 

Los confinados ascendían á setenta y tantos 
individuos, entre ingleses y franceses, siendo cua- 
renta de ellos franceses. 

Aunque no se les impuso castigo alguno, tra- 
taron bien pronto de burlar la vigilancia de sus 
custodias. 

El coronel don José Mundell, inglés de nacio- 
nalidad, pero al servicio del gobierno, escribió á 
¡iLgunos de los confinados, con el sigilo consi- 
guiente, ofreciéndose á llevar un asalto y reco- 
brar su libertad. Todos ellos, empero, contestaron 
negativamente. 

No habría sido difícil, sin embargo, lograr el 
objeto que se proponía el coronel Mundell, pues 
el capitán Hernández le tenía un terror pánico. 

Entre los detenidos figuraban los señores 
Luis Dufrechou, Juan Bascans, Martín Iriarte, 



{ l ) «Al señor presidente de la república, brigadier general don Manuel 
Oribe.— Paysandn, septiembre 24 de 1K45.— Excmo. señor: Hoy, en cumpli- 
miento de las órdenes recibidas de ese cuartel general para el presente caso, 
bico prender é internar á distancia de ocho leguas, por lo pronto, á todos 
íi r>+ franceses é ingleses de esto pueblo, cuya relación mandan' a usted opor- 
tunamente.— Quedo de usted, etc. — Antonio Díax ». 



,*4*tA^ 



— 69 — 

Pedro Vidart, Claudio Cayú, Fernando Chico- 
par y Carlos Legar, algunos de los cuales tuvieron 
más tarde saliente figuración en Paysandú. 

Poco después fueron remitidas á Villa Blanca 
las familias de los confinados y algunas Giras 
que también residían en aquella localidad. 

Villa Blanca queda al Este de Paysandú, á 
corta distancia del arroyo Negro, y de sus viejas 
poblaciones no hay en la actualidad ni siquiera 
las huellas de una tapera. 

Los confinados durmieron los primeros días á 
la intemperie, pues en Valdez no existían las co- 
modidades indispensables, ni siquiera carpas, ] ei- 
rá librarse de los rayos del sol y de las lluvias. 

Bien pronto, no obstante, se construyeron pi- 
querías habitaciones de paja. Estuvieron allí unos 
tres meses más ó menos. 

Se pensó trasladarlos al Durazno, (1) y la sola 
noticia de que serían sacados de Valdez, llevó él 
sobresalto al ánimo de todos, y muchos de ellos 
resolvieron darse á la fuga tan luego se les pro- 
sentase una ocasión propicia. 

Con ^1 propósito de efectuar ese cambio de lo- 
cal, el general Díaz pidió un piquete de caballa 
ría al general Servando Gómez, que se encontra- 
ba en Tres Arboles; pero este militar se rehusñ 
terminantemente á ello. 

Según personas de aquella época, su respuesta 



(1) El Durazno t\\6 el punto destinado por Oribe para la concentración di' 
los subditos franceses ó ingleses domiciliados en los pueblos ribereños. 



— 70 — 

fué que él tenía gente para combatir al anemigo, 
pero no para custodiar hombres pacíficos, labo- 
riosos é indefensos 

En una sola noche se fugaron 17 de los dete- 
nidos. 

Varios de ellos se valieron de un ardid para 
poder lograr su intento. 

Al tener conocimiento de que las familias se- 
rían llevadas a Villa Blanca, seis de los presos se 
ofrecieron para picar las carretas, ofrecimiento 
que fué aceptado por el jefe político de aquel 
departamento, que lo era don Pedro Díaz, y de 
los improvisados carreros, cinco consiguieron fu- 
garse. 

El sexto de ellos, llamado Carlos Culche, no 
pudo imitar la conducta de sus afortunados com- 
pañeros. (1) 

Don Antonio Díaz, — hijo del general del mis- 
mo nombre, que ejercía la jefatura militar de 
Paysandú, — publica los siguientes pormenores á 
este respecto en el tomo VII de su obra «Histo- 
ria Política y Militar de las Repúblicas del Plata»: 

«Los extranjeros depositados con sus familias 
y bienes á distancia conveniente de los pueblos, 
fugaban muchos de ellos abandonando esas fa- 



(1) Estos datos,— que reputamos de toda exactitud,— nos fueron suministra- 
dos hace algunos años por el subdito francés don Carlos Montauvan, que fi- 
guró entre los confinados. El señor Montauvan nació en LSlti y vino á nues- 
tro país en 1835, fijando su residencia en Paysandú. Era oriundo del de- 
partamento de Bajos Pirineos. Gozó siempre del más elevado concepto y 
falleció en aquella localidad no hace mucho tiempo. De nuestro archivo par- 
ticular hemos tomado estos detalles, sacados de un reportaje que le hicimos 
a obre cosas antiguas y que conservamos inédito. 



— 71 — 

milias, ya sea inducidos por el terror y la des- 
esperación del estado á que se les reducía, ya en 
combinación con sus propias esposas, con la es* 
peranza de evadirse á la actualidad. 

«El 4 de enero de 1846, fugaron del depósito 
de Valdez, en el departamento de Paysandú, los 
subditos franceses Juan Daisson, Teófilo Radnil, 
Bernardo Cheverri, Pedro Localdi, Casimiro I <e- 
rai, Alejo Vigner, Graciano J. Gerlo, Juan Cor- 
nou, Juan Chulotegui, Domingo Bergear y Ber- 
nardo Cheeopar. 

«La medida de desalojar los pueblos, no ora 
otra cosa que uña de aquellas descabelladas exa- 
geraciones que se aconsejaban al general Oribe, 
y que encontraban resistencias en la misma im- 
posibilidad de efectuarlas ». 

El general Díaz, en carta dirigida á Oribe de- 
cía á este respecto: «Paysandú, 6 de enero de 
1846. — Estimado amigo: Acabo de recibir 1¿l 
carta de que incluyo á usted una copia; pero co- 
mo también he recibido ha dos horas el afielo 
del ministerio de la guerra sobre el desalojo de 
las familias y efectos de este punto, me ocupo 
en tomar las medidas necesarias para su cuín- 
.plimiento, que empezará á efectuarse mañana al 
amanecer, sacando antes de todo la artillería y 
municiones, que ocuparán muchas carretas; y 
no son sino 51 las que tengo embargadas, ha 
mucho tiempo, en provisión de lo que pudiem 
acontecer. 



— 72 — 

? Esta población tiene de 4,000 almas para arri- 
ba, la cantidad de efectos es grande, y grandes 
serátí por consiguiente las dificultades que pre- 
sente una operación de tal magnitud y con la 
brevedad que se recomienda y el caso requiere. 
Yo haré, sin embargo, todos los esfuerzos deque 
Bea capaz para dicho objeto. — Firmado: Antonio 
Díaz». 

En la noche del 12 de enero fugaron del de- 
pósito de Valdez, á cargo del capitán don José 
bolina, 27 extranjeros. 

Estos individuos, á quienes el general Díaz 
fr&bía ordenado no se pusiesen en la casa donde 
estaba el gran depósito de pólvora últimamente 
llrvitdo de Buenos Aires á Paysandú, habían sido 
alojados en un galpón provisoriamente construi- 
do, sin seguridad alguna, y en consecuencia les 
Eüé fácil eludir la vigilancia de sus guardianes, 
í j íi una noche tempestuosa, guardianes que, por 
otra parte, muy poco debían servir para retener- 
los, porque además de ser guardias nacionales del 
mismo pueblo, eran conocidos, y algunos, ínti- 
mos amigos de los presos. A las doce de la noche 
calieron los prisioneros juntos, y cuando el centi- 
ijpIíl les mandó hacer alto, fugaron en dispersión, 
y abrigándose en una laguna con sarandíes, lo- 
^inron evadirse en la misma noche. (1) 



i i Antonio Díaz, obra antes citada. 



— 73 



INDIGNACIÓN DE ORIBE 

Ejecuciones por él ordenadas 

Esta circunstancia y la derrota que el día á 
la noche infligiera el coronel Garibaldi al coman- 
dante don Gregorio' Bergara, jefe del asedio del 
Salto, malhumoraron al general Oribe, y dictó 
disposiciones extremas, como las que resultan de 
la siguiente carta, escrita de su puño y letra, di- 
rigida al jefe de la plaza de Paysandú: 

« Señor general don Antonio Díaz. 

«Cuartel general, enero 16 de 1840. 

«Mi estimado amigo: Con gran disgusto me lie 
impuesto por su correspondencia de la ftiga dé 
los extranjeros que mandé sacar de Paysamlu, 
donde sé que aun permanecep algunos, á pesar 
de mis repetidas órdenes á este respecto. Si ú csu 
se agrega el contraste sufrido por el coman* Imitr 
don Gregorio Bergara, que se ha dejado sorpivii- 
der miserablemente por los viles piratas bb I va jes 
unitarios, todo concurre, pues, á agravar nuís y 
más las circunstancias en que la impericia de 
unos y la tolerancia de otros van haciendo peli- 
grosas, y yo no puedo ni debo tolerar qnr efitü 
continúe así. Proceda, pues, á ejecutar loa cube* 



— 74 — 

cillas del motín y fuga de la noche del 12, sean 
ingleses ó franceses los culpables, pues de otro 
modo no veo la posibilidad de poner á cubierto 
ni nuestra causa, ni la misma independencia de 
a* repúblicas. 
Espero que me contestara usted que se ha 
njmpíidocstami disposición, y disponga del afée- 
lo de su servidor y amigo. -Firmado: Manuel 
Oribe ~. 

DIGXA ACTITm DEL GENERAL DÍAZ 

El general Díaz, que era un militar culto é 
ilustrado, no quiso hacerse reo del atentado que 
W le ordenaba ejecutar, y antes que obedecer ese 
mandato, prefirió renunciar el mando que ejercía 
en Paysandá. 

Con tal motivo, contestó al general Oribe 
en estos altivos términos : 

Yo, señor presidente, soy ministro de estado y 
general, con mando de una de las divisiones del 
\ wito á sus órdenes. En tal carácter no eludiré 
! cumplimiento de ningún acto cuya solidari- 
tínd como ministro, creo que puedo y debo com- 
1 1; i rtír dignamente por el propio honor y crédito 
administrativo de usted, y como general tampo- 
co rehuso, como no he rehusado hasta hoy, con- 
currir á las exigencias de mi puesto como militar 
pundonoroso; pero de eso á descenderá la cate- 



Yo — 



goría de verdugo, y de verdugo de personas in- 
defensas y además de inocentes, hay notable dis- 
tancia, y no lo haré, porque usted sabe que no lo 
haré. Si alguno de los que le aconsejan á usted 
tan exageradas como imprudentes determinacio- 
nes, se encuentra capaz de hacerlo, que se me 
releve de un puesto que ya no está á la altura de 
mis facultades ni de mis propósitos. No he fir- 
mado, usted lo sabe, ni la circular del 1.° de abril 
ni el decreto sobre confiscación de bienes, no daré 
tampoco cumplimiento á esta disposición. Somos 
compañeros de muchos años de vida política, y 
usted sabe cuál ha sido siempre mi conducta* 
Esta no ha variado, ni se adapta con la cimms- 
tancia en que usted quiere colocarme. Creo más; 
no será la última vez que nos encontremos en 
completo desacuerdo. 

«Pido, pues, mi retiro a Buenos Aires, sin que 
esto obste, etc., etc. — Firmado: Antonio Dtaz». 

El general Oribe accedió á su solicitud y acor- 
dó que el general Díaz hiciera entrega del mando 
de Paysandú al general don Servando Gómez; 
pero ordenó que se dirigiese al cuartel general 
en el Cerrito de la Victoria. 

Fué escoltado por la división del coronel don 
Nicolás Granada, y volvió á ocupar su antiguo 
puesto de ministro de hacienda y guerra y de jefe 
de una de las divisiones. 



— 76 - 

LOS EXTRANJEROS EN EL SALTO 

También en aquella localidad se intimó el 
desalojo de los extranjeros, fijándose un término 
perentorio verdaderamente angustioso. 

Con ese motivo muchos de ellos se dirigieron 
al coronel don Manuel Lavalleja, comandante 
militar de aquel departamento, reclamando de 
dicha orden. 

Con fecha 13 de septiembre de 1845 le diri- 
gieron el siguiente documento: 

«Los abajo firmados, extranjeros neutrales, ve- 
i inos residentes en esta villa, ante V. S. con el 
debido respeto hacen presente que no pudiendo 
\ lar cumplimiento á la orden que acaba de pu- 
I Picarse de abandonar sus casas en el plazo de 
tres días, por no tener los medios de transportar 
sus familias é intereses, no estarán dispuestos á 
abandonar éstas, en fuerza de medios violentos, 
contra los cuales protestamos en la mejor forma 
apoyados de nuestro derecho y de las reglas de 
i-quidad y justicia, prefiriendo sufrir aquí y junto 
ú aquéllos todo lo que les pueda sobrevenir». (1) 

( 1) Suscribían dicho documento los señores Jacinto José Saraiva, Fran- 
< íhuo J. Rosado, Jos»? Braga, J. Isidoro Santos Lisboa, José Carpi, Antonio 
■Jtaé de Castro, Domingo Moreira, Antonio Brandao Terraz, p.p. de Manuel 
* - -uu.'alvps, Antonio José" da Conceieao, Manuel Jurando, Mariano de Medei- 
jnn, Damián Gaggino, Alejandro Viera, José Ferrando, Francisco María Pe- 
n-ircí, Silvestre Leite de Conceieao, Fortunato Barloro, José de Soussa Paiva, 
íi ruego de Domingo Boni, Antonio José Conceieao, Manuel María Freiré, To- 
nos Ratto, Francisco Bergallo, Benito F. Riveiro Guiraaraes, Joao Perera 
Xíizuro, Manuel Silveira, Claro Pinto, Manoel Muñirá, Manuel Machado, Ma- 
nuel Ferreira, aniego de José Pinto Pas, Joao Braga, Francisco da Costa 
¡ i-ina, Antonio Silva Landira, á ruego de Manuel Grungo, José de Souza 
I 'ni va, á ruego de Lino Bladraco, Gabino Velazco, á ruego de Andrés Mesano, 
A. J. Conceieao. 






— 77 — - 

Los firmantes de esta protesta salieron con la 
suya, pues la intimación de desalojo no se llevó 
á cabo. 

CRÍMENES INAUDITOS 

Muchos extranjeros internados de Soriano y 
Colonia fueron asesinados por las fuerzas de Ori- 
be. 

Sobre estos hechos da los siguientes detallas 
el señor Díaz, en su obra antes citada: 

«Las fuerzas del departamento (Soriano) w 
hallaban reunidas, y sin embargo del horroroso 
tiempo que hacía, partidas sueltas recorrían el 
pueblo, registraban las casas donde sospechaban 
hubiese escondido algún inglés ó francés, rodea- 
ban y amenazaban de echar abajo á cañonazos ;í 
los desgraciados que al principio rehusaban abrir- 
les sus puertas. Ciento y tantos de aquellos sub- 
ditos, los más de ellos comerciantes y vecinos, 
fueron repentinamente arrebatados del seno (fe 
sus familias, sin haberles dado el tiempo necesario 
para poder vestirse y expuestos á los mayores in- 
sultas y vejaciones, conducidos á media legua del 
pueblo, adonde al campo raso tuvieron quo pli- 
sar la más penosa noche, amontonados unos so- 
bre otros y custodiados por una fuerza que Us 
impedía enderezarse, so pena de la vida. Al día 
siguiente se dio permiso á algunos de ellos paira 
que regresasen á sus casas y se proveyesen de lo 



- — 78 — 

necesario para el viaje, que se les notificó ser al 
Durazno; medida atroz, pues apenas se habían 
¡dejado tres leguas se dio principio al despojo de 
todo cuanto tenían encima, y después de diez días 
de espantosos sufrimientos, obligados á pasar á 
pie los arroyos, entonces crecidos, que se encuen- 
tran en el tránsito, llegaron, en fin, á su destino 
vn un estado completo de desnudez. Cuatro de 
t'sos infelices desaparecieron en el camino, y de 
esos cuatro, uno que era don Francisco, vasco 
trances, del comercio de Mercedes, fué degollado 
en las inmediaciones del arroyo Coquimbo. 

«De igual modo fueron presos sesenta y más 
extranjeros y vecinos del pueblo de San Salva- 
dor. Estos, custodiados por una fuerza al mando 
del teniente Hilario González, llegaron hasta las 
inmediaciones del arroyo Maciel ó Corralito; y 
so pretexto que para ello se hallaba autorizado 
|íira mandarlos por otro destino, cortó de la for- 
mación 23, y luego, dando lugar á que se aleja- 
sen los demás, hizo nueva separación entregando 
ncho de ellos al capitán Ludueña. Estos fueron 
por él conducidos al monte inmediato de Maciel 
y allí apuñaleados y degollados. Sus cadáveres 
fueron tirados en una laguna; y para encubrir 
ííhi horrendo crimen, mandó se les atasen piedras 
¡il pescuezo; los otros quince fueron atados y aco- 
llarados, llegando así á su destino. 

«El día de la aprehensión de los extranjeros 
p.n San Salvador aparecieron extramuros de aquel 



— 79 — 

pueblo,. cinco cadáveres recién degollados, de ellos 
cuatro franceses y un inglés. Desde aquel mo- 
mento, 11 de septiembre, quedaron secuestrados 
todos cuantos intereses eran propiedad inglesa y 
francesa, sin excepción alguna». (1) 

Aun cuando podíamos haber prescindido <1> 
estás citas, haciendo una narracióp sucinta de lu> 
hechos que quedan relacionados, hemos creído 
más conveniente recurrir á la obra del señor 
Díaz, por tratarse de un autor cuya opinión no 
puede ser sospechosa á los que comparten Lis 
ideas que sustentaba el jefe sitiador. 

EL CONCURSO DE Í.OS ARGENTINOS 

Desde los primeros momentos en que el gu- 
bierno se apercibió á la defensa, contó con d 
más decidido concurso de los argentinos emigra- 
dos; pero más que por el número, debe esti- 
marse el suyo por el valer de sus hombres. 

Los más eximios escritores y poetas y los mú* 
distinguidos guerreros del vecino país, pusieron 
su inteligencia y su brazo al servicio de la pinza 
de Montevideo. 

El desastre del Arroyo Grande, sufrido el tí df 
diciembre de 1842 por el general Rivera, alentó 
á los enemigos de nuestra independencia y á don 
Manuel Oribe, que se había convertido ya en 

(1) Don Isidoro De-María confirma estos atentados en «1 tomo 8.* dv mi 
obra Anales de la Defensa de Montevideo. 



— 80 — 

uno de los secuaces favoritos de Rozas, dando 
margen á que invadiera el territorio nacional al 
mando de la vanguardia de la Confederación 

Argentina. 

EL GENERAL PAZ 

El iíüBierno y la asamblea, presintiendo el 
peligru. se apresta para la lucha, y entre las pri- 
meras medidas adoptadas por aquél figura la 
creación del ejército de reserva, cuyo comando en 
jefe confía al brigadier general don José María 

Paz(l). 

Constituían el ejército de reserva los cuerpos 
de la guarnición de la capital y los que en ade- 
lante ge formaran. £á$^j 

A los cuerpos de línea que hacían parte del 
mismo se destinaron todos los que acababan de 
aer emancipados por la ley 12 de diciembre del 
afiu .1 842. 

PROCLAMA AL EJÉRCITO 

Aquel preclaro general argentino, al aceptar el 
puesto de honor y de peligro que se le confiara, 
dirigió al ejército la siguiente proclama ; 

* Compañeros ! Al aceptar el mando del ejér- 
cito i Ir reserva he tenido en vista la urgencia de 



i i DecfatO fecha 12 de diciembre do 1842. 



— 81 — 

la situación actual, que defendéis al pueblo por 
cuya independencia trabajé, que da. asilo á iüih 
compatriotas y que declaró el primero entre to- 
dos los otros pueblos de América, guerra al tirano 
que la deshonra, sembrando de horribles delitos 
la República Argentina. Obligación he creído es- 
cuchar el llamamiento que me ha hecho el go- 
bierno y la Asamblea Nacional y compartir con 
vosotros los afanes de la más justa de las gue- 
rras. 

« Argentinos ! Os miro unidos á nuestros her- 
manos y amigos los orientales, como en los días 
gloriosos de las guerras de la Independencia, y 
crece mi fe en nuestro hermoso porvenir... Al 
contemplaros animados de un mismo pensamien- 
to, creo que á pesar de todas nuestras desdicha 
tornaremos á nuestra patria vencedores del tirsi- 
no. — Firmado : José M. ü Paz >. 

SU SALIDA DE MONTEVIDEO 

El genera] Paz permaneció en su puesto hfcBÜi 
el 2 de julio de 1844, en cuya fecha se embarcó 
con toda reserva en el bergantín de guerra Ca- 
pivary, con el propósito de dirigirse á Corrien- 
tes, donde asumiría la dirección de la guerra con- 
tra las huestes de Rozas. 

Le acompañaban el doctor Santiago Derqui 
en calidad de secretario, y varios jefes y oficiales, 
éntrelos que se hallaban los coroneles Indalecio 



— 82 — 

Chenaut, Ramón Cáceres, Carlos Paz, José M.* 
Albariños y el comisario Albarracín. 

Determinó su alejamiento de Montevideo la 
frialdad de sus relaciones con el ministro Pache- 
co, no obstante los buenos oficios que para evi- 
tarlo interpuso el gobierno de la Defensa. 

Poco antes el general don Juan Pablo López 
se había alejado del país con igual objeto. 

El general Paz, por otra parte, creía que en su 
nuevo puesto podría aportar á la causa de la li- 
bertad el mismo concurso que con todo altruis- 
mo había prestado durante diez y seis meses en 
la capital de la república. 

Coincidió la partida de éste con el regreso de 
su misión á Europa del doctor don Florencio 
Várela, con quien se entrevistó y se puso de 
acuerdo, sellando sus nobles ideales con un es- 
trecho abrazo de despedida. 

Su pasaje para Río Janeiro despertó fundados 
recelos al gobierno de Buenos Aires, el cual azuzó 
á su ministro en Río Grande, que lo era el gene- 
ral Guido, para que gestionase su internación y 
la mayor vigilancia á fin de evitar su invasión al 
vecino estado. 

El general Paz se había puesto al liarla, en 
Río Janeiro, con los ministros de don Pedro II y 
con varios personajes brasileños, y la reclamación 
del agente de negocios de Rozas no dio resul- 
tado, pues el general Paz burló la vigilancia que 
contra él se observaba en Santa Catalina, se tras- 



— 83 — 

lado á Río Grande en el vapor de guerra The- 
tis, luego á Porto Alegre y de allí pasó á Co- 
rrientes asumiendo el mando del ejército. 

En aquella provincia operó en combinación 
con el general López. 

LOS LEGIONARIOS ARGENTINOS 

También se formó una Legión argentina des- 
de los principios de la organización de la Defen- 
sa, al mando del comandante don Jos*' JV1 " Al- 
bariños, y en los distintos cuerpos ingresó un 
numero considerable de sus connacionales. 

Dicha Legión estuvo á cargo, algún tiempo 
después, del comandante don Mariano Güinasa, y 
por último, del mayor don Juan A. Gelly, que la 
mandó hasta 1846, en que embarcóse para Co- 
rrientes. 

Sü EMBARQUE PARA CORRIENTES 

El 5 de abril del expresado año comenzó el 
embarque de la Legión argentina con destino á 
Corrientes, á cuya provincia se dirigía ¡í objeto 
de incorporarse al general Paz, respondiendo á 
los deseos de la comisión argentina:, en cuyo seno 
figuraban los doctores Várela y Agüero. 



— 84 



ENTREGA DE LA BANDERA ORIENTAL 

El coronel Gelly y Obes dirigió en tal oca- 
sión la siguiente nota al ministerio de guerra y 
marina. 

^Exorno, señor: 

*En los momentos de dejar el suelo oriental 
para ir á reunimos al ejército aliado pacificador 
en Corrientes, la Legión argentina, que tengo el 
honor di* mandar, me encarga de poner en ma- 
nos de V. E. la bandera oriental que el gobierno 
de la República le confió el 1 5 de febrero de 
1S43, para contribuir á la defensa de la capital, 
en unión con los demás cuerpos de su heroica 
guarnición. 

Lti Legión cree, excmo. señor, que devuelve 
esta, prenda de confianza, con que se le honró, pu- 
ra de toda mancha de cobardía, de indisciplina ó 
deslealtad* Ese convencimiento es el consuelo 
que lie v:i al separarse de los compañeros de ar- 
mas, con quienes ha dividido tres años de priva- 
ciones, <1íí fatigas y peligros. En el nuevo campo 
donde va á continuar sus servicios, combatirá 
siempre por la causa que ha combatido aquí; ha- 
rá siempre votos por el triunfo que Montevideo 
merecí.' conseguir, y saludará con entusiasmo las 
glorias de su guarnición. 



— 85 — 

«Si V. E. se digna, como única recompensa á 
los servicios de la Legión, aceptar la gratitud de 
ésta por la confianza que en ella puso, y trasmi- 
tir á todos sus compañeros de armas estos senti- 
mientos con que en ella sé despide, V. E. tendrá 
el reconocimiento de' este cuerpo. 

«Tengo el honor de saludar á V. E. con el ma- 
yor respeto. 

«Montevideo, abril 6 de 1846. 

«Firmado: Juan A. Gelly y Qh&ñ - 

NOTA DE AGRADECIMIENTO 

Ppr el ministerio de guerra y uiüiína sr 
agradeció el importante concurso de dicha Le- 
gión, como se verá por la siguiente nota nmtrs- 
tación: 

«Ministerio de Guerra y Marina. 

«Montevideo, abril 11 de Í846 P 

«El ministro secretario de estado en el des- 
pacho de guerra y marina ha elevado al cono- 
cimiento del gobierno la respetuosa y lcnl <<>imi- 
nicación dirigida el 6 del corriente por Ú ÉútíüT 
coronel de la Legión argentina. 



— 86 — 

«El gobierno que mira en ese paso ia prueba 
más positiva de ios sentimientos que animan á 
los individuos de ia Legión, me ordena contestará 
V- 8. y recomendarle que transmita aquéllos de 
tjue está poseído á todos los individuos de la 
Legión. 

«Los argentinos que han peleado por la causa 
de la República, son y serán considerados en ella 
en cualquier tiempo á la par de sus demás defen- 
sores. Injusto sería el pensamiento de los que 
quisieran desconocer los servicios que han presta- 
do en común, y no hay cualidad que recomiende 
mejor sus nobles esfuerzos que la resolución con 
1 1 ue se dirigen á sostener principios que son de 
todos, y que en todas partes se defienden, porque 
on todas partes es una la causa que se sostie- 
ne. 

«Sensible debe ser á los orientales la separa- 
ción de compañeros que portan largo tiempo han 
compartido las penalidades de una época de tra- 
] >ajos y angustia; pero desde que es un deber en 
l;i contienda, el gobierno espera que esa resolu- 
rión, satisficiendo las exigencias de la guerra, au- 
mentará las cualidades con que, distinguiéndose 
en ella, harán cada vez más acreedores á la con- 
sideración de todos los buenos patriotas, á la ban- 
dera que se les confió y que queda recibida en 
rste ministerio. 

«El ministro que suscribe, al cumplir con lo 
dispuesto por S. E. el señor presidente de la re- 



A_», J 



— 87 — 

i 

pública, tiene el gusto de saludar al señor coro- 
nel á quien Dios guarde muchos años. 

«Firmado: José Antonio Costa» 

«Señor teniente coronel graduado de la Legión 
argentina, don Andrés Gelly». 

El señor Gelly y Obes tuvo más tarde sobre- 
saliente figuración, y en la actualidad se cuenta 
entre los primeros militares de su país. 

Su compatriota, el general Lamadrid, recien- 
temente llegado de Valparaíso, solicitó un puest< > 
entre los defensores de la Plaza, y prestó sus ser- 
vicios con el mismo grado. 

MELCHOR PACHECO Y OBES 

Otro argentino ilustre, el entonces coronel Mel- 
chor Pacheco y Obes se puso también del ladu 
de la buena causa, rodeando á Joaquín Suárez, 
para combatir contra el tirano de Buenos Aire* 
y sus huestes invasoras. 

Nació en Buenos Aires el 20 de enero d<* 
1809, y era hijo de un viejo militar, capitán de 
blandengues, Jorge Pacheco, uno de los conju- 
rados de Casqi Blanca en 1811, fundador di 1 
pueblo de Belén y valiente soldado de José Ger- 
vasio Artigas. 



L- 



— 88 — 

Pertenecía, pues, á una estirpe guerrera, y se 
hallaba ligado á nuestro país por estrechos 
vínculos de afecto, puesto que se alistó, cuando 
apenas tenía 16 años de edad, en las filas de los 
que el año 25 lucharon por la independencia na- 
cional, entrando á formar parte de la división del 
coronel don Julián Laguna como soldado dis- 
tinguido. 

Al jurarse la constitución en 1830, Melchor 
Pacheco y Obes brindó en un banquete, dicien- 
do : que su espada y su brazo estarían siempre 
al servicio de la patria, para hacer respetar 
sus derechos, cuando alguien intentara desco- 
nocerlos (1). 

Además de su amor á la libertad, sintió desde 
su juventud hondas simpatías por el partido co- 
lorado y por sus hombres eminentes. 

De ahí que en 1832 se negara á acompañar 
al general Lavalleja, con quien compartía la más 
íntima amistad, y de ahí también que el general 
Oribe le despojara de su grado militar cuando 
empezó á perseguir á los ciudadanos que se ha- 
llaban ligados á la política del general Rivera, 
por cuya influencia ocupaba la primera magis- 
tratura nacional; pero tan pronto abandonó la 
presidencia de la república fué repuesto, y los 
sucesos de 1839 lo encontraron ya como teniente 
coronel. 

(1) Lrooardo Miguel Tortekolo. Vida dr Melchor Pacheco y (ibes. 



— 89 — 

En 1840 desempeñó la jefatura del detall en 
el ejército del general Rivera, organizado en San 
José del Uruguay, departamento de Paysandú. 

Desde entonces desempeñó delicadas comisio- 
nes en el Durazno, en Soriano y en otros puntos 

Cuando el contraste del Arroyo Grande, ocupa- 
ba la comandancia de Soriano. y la noticia de esr 
acontecimiento desgraciado, lejos de amilanar su 
espíritu, encendió en él la llama sagrada del pa- 
triotismo, y en breves días formó una división efe 
1,200 hombres, al frente déla cual partió el 2 de 
enero de 1843 con objeto de incorporarse , al ge- 
neral Rivera, logrando su propósito en las proxi- 
midades del Río Negro. 

Rivera, que supo apreciar en cuánto valía su 
concurso, le dijo al estrecharle la mano: Si ch 
todos los departamentos hubiese tenido jefe* 
como tú, el enemigo no pisaría estas marge- 
nes (1), y el 25 del mismo mes y año dispuso qur 
al mando del batallón de guardias nacionales efe 
Mercedes, se pusiese á las órdenes de los defen- 
sores de Montevideo, á cuya ciudad llegó el 2H + 

MINISTRO DE LA GUERRA 

El 2 de febrero asume el mando Rivera, y al 
reconstituir su ministerio, confía la cartera dv 
guerra y marina al coronel Pacheco y Obe*, 

(l) Dtí Víctor Arrecí uine. 



— 90 — 

quien en unión del doctor don Andrés Lamas, 
dio á luz, algunos días después, un patriótico do- 
cumento, del cual extractamos los siguientes pá- 
rrafos : 

«La conquista de nuestra patria es imposible. 
Ella está representada en su administración y en 
-sus ejércitos, por ciudadanos que, aún oprimidos 
por el pie de los degolladores, no la confesarían 
vencida y morirían como mueren los ciudadanos 
de un pueblo destinado á morir independiente. 
Nosotros comprendemos que nuestra bella, nues- 
tra querida, nuestra noble Montevideo desapa- 
rezca del mapa de las naciones, pero no que cai- 
ga, así como existe, bajo el poder de Rozas; que 
sos hombres de sangre descansen bajo sus techos 
y la llamen la ciudad esclava; que se repartan 
sus despojos y la reduzcan á lo que consideran 
su estado normal: al atraso, á la miseria, la hu- 
millación. Si cae Montevideo, no caerá así; bien 
lo sabe Dios, morir ó salvarla!». 

En ese elevado cargo fué Pacheco el nervio y 
el alma de la Defensa, y su espíritu inquieto y 
creador le hizo realizar verdaderos prodigios. 

Se le ve, pues, ya organizar el ejército, para 
disponerlo á la lucha, dar el ejemplo á los soste- 
r i odores de la Plaza, poniéndose al frente de las 
guerrillas, proclamar, alentar y recompensar á los 
esforzados legionarios, ora promover asociaciones 
filantrópicas de hacendados y residentes extran- 
jeros para auxiliar á las familias emigradas, ini- 



J 



— 91 — 

ciar suscripciones para dotar de equipo, arma- 
mento y municiones, tanto al ejército de la capi- 
tal como al de campaña, y un empréstito desti- 
nado á la adquisición de vestuarios, allegar re- 
cursos para fundación de una casa de Moneda 
Nacional (1), solicitando para ese fin plata labra- 
da, á falta de primitiva, y figurar, por último, 
entre los miembros fundadores del Instituto His- 
tórico y Geográfico Nacional, que hoy trate de 
hacerse revivir por numerosas intelectualidades 
del país. 

SU RENUNCIA Y EXTRAÑAMIENTO 

Sin embargo,, habiendo asumido en comisión, 
en 1844, el comando del ejército, cambió ?u si- 
tuación y se hizo difícil su permanencia , en el 
gobierno. El general Paz acababa de alejarse de 
la capital por sus desinteligencias con él, el coro- 
nel don Manuel Correa, jefe del estado mayor, 
le era desafecto, y el mismo presidente Suárez le 
había perdido la confianza. 

De manera que tenía que serle incómoda su 
estadía en aquel puesto, y comprendiéndolo UÁ 
elevó renuncia de ese cargo y del ministerio de 
guerra y marina (2), tomando como pretexto un 
incidente ocurrido con el jefe de la escuadra bra- 



(1) Esta idea fué propuesta el 9 de noviembre de 1843 por el doctm- tffjn 
Andrés Lamas, á la sazón jefe político de Montevideo. 

(2) Noviembre 8 de 1844. 



— 92 — 

sileña, estacionada en el puerto de Montevideo, 
cuyo conflicto, en su opinión, no salvaba el de- 
coro de la república. 

Ál día siguiente el ex ministro Pacheco fué em- 
barcado en la fragata francesa de guerra L'Afri- 
caine, custodiado por el mayor Mesa. 

El gobierno, para que su alejamiento no fuese 
considerado como depresivo para aquel distingui- 
do militar, resolvió confiarle una comisión acci- 
dental en Río Janeiro, siéndole remitido á ese 
efecto el pasaporte y oficio del caso. 

Pacheco no quiso aceptar la misión que se le 
confiaba y devolvió la nota al ministro de la gue- 
rra. 

Eo su comunicación decía lo siguiente: «Yo 
üo podría, señor ministro, sin mengua de mi ho- 
nor, permitir que á mi proscripción se diera co- 
lorido; porque coronel del ejército de la repúbli- 
ca, mientras se combate por ella, las solas comi- 
siones que me corresponden, son las que se des- 
empeñan entre los honrosos peligros anexos á mi 
carrera», y agregaba: «que al ausentarme del país 
no debo llevar otro título que el de proscripto, 
que apreciaré en mucho desde que él concurra á 
disminuir los obstáculos que se oponen á la sal- 
vación de la patria > (1). 



1 1) A bordo de la fragata de guerra L'Africaine, 14 de noviembre de 1844. 



93 — 



Sü REGRESO DEL BRASIL 

Sin embargo, su extrañamiento no se prolongó, 
pues el gobierno de la Defensa, haciendo justicia 
á sus méritos, resolvió llamarle, por intermedio 
del ministro oriental en Río Janeiro, por n$ces£* 
tar la República de sus importantes serpicws^ 
según se decía en la nota respectiva, y el 2 de di- 
ciembre de 1845 fue nombrado jefe de la 1/ di- 
visión del ejército. 

En el desempeño de ese cargo tuvo que luchar 
con todo género de inconvenientes, y diverso* con- 
flictos, como se verá después, le obligaron á dejar 
por segunda vez el país. 

A mediados del referido mes se amotinó la 4," 
compañía de la Legió» italiana, aprovecha udn, 
sin duda, la ausencia del general Garibakli que 
con el resto de sus ínclitos compañeros optruba 
en el río Uruguay. 

Al comandante accidental de dicha Legión, 
que lo era don Luis Botero, le ordenó que en el es- 
tado de racionar no incluyese la 4.* compañía, por 
haberla disuelto ; pero que en esa orden no ye in- 
cluían los oficiales de la misma, á los que no puede 
confundirse con los amotinados, decía, por haber- 
se conducido honrosamente y á satisfacción del 
infrascrito. 

En cuanto á la familia de esos criminales, agre- 
gaba, el gobierno, que está resuelto á castigarlos 






— 94 — 

8Cgún su desacato, no quiere que ellas padezcan, 
y al contrario, está dispuesto á encargarse de su 
suerte; por lo que usted dispondrá que se racio- 
nen en lo sucesivo por la Legión, sin ninguna al- 
tcrnción en las raciones que les estaban asigna- 
das, y si hubiera alguna que con la que recibe no 
tuviera lo bastante para su subsistencia, se le fa- 
culta á usted para que le aumente las raciones 
que al efecto sean necesarias. 

NUEVAS DISTINCIONES 

En febrero de 1846 fué ascendido á coronel 
may&r, con la antigüedad del 16 del mismo mes, 
previo acuerdo del Consejo de Estado, pues aca- 
baba de declararse disuelta la quinta legislatura 
por haber concluido su mandato constitucional. 

En el citado año se le nombró, también, direc- 
tor de la casa de inválidos. 

LLEGADA DE RIVERA Y CONFLICTOS Á QUE DI<5 
LUGAR 

El regreso del general Rivera, extrañado en 
Río Janeiro, puso á prueba una vez más el tem- 
ple y patriotismo de Pacheco. El 23 de ene- 
ro fe había escrito don José Luis Bustamante, 
adjuntándole una carta-orden del ministro de 
la guerra para que volviese á Montevideo lo más 
pronto posible. 



*-*¿L_J 



— 95 — 

En ella le decía: «No repare V.E. en los me- 
dios de salir cuapto antes de esa corte y presen- 
tarse aquí; todo está andado y arreglado conve- 
nientemente. Las ministros interventores le es- 
peran por momentos. Están cansados de ver 
desaciertos». 

No obstante esto, se hicieron trabajos subrep- 
ticios para obstar á su desembarque, y lo que ni 
principio se consideró como un simple rumor, 
vióse confirmado por una desgraciada resolución 
adoptada por el Consejo de Estado con fecha 10 
de marzo. 

En ella se acordó la prohibición absoluta de 
su desembarco y su temporal expatriación. 

Rivera, ignorante de lo que ocurría y dando 
plena fe á la palabra de un hombre de la respe- 
tabilidad de don Jóse Luis Bustamante, se habín 
embarcado en el bergantín Fomento, y no obs- 
tante habérsele nombrado ministro plenipoten- 
ciario de la república cerca de la del Paraguay, se 
le trasladó á bordo de la Almirante de la ma- 
rina británica, y allí se le dio á conocer la resolu- 
ción de dicho Consejo, que había sido aprobad:! 
por el gobierno el día 17. 

El coronel Estivau fué el encargado de llevar] ¡i 
á su conocimiento, pero, Rivera se opuso tenaz- 
mente á que se le diera lectura de aquel docu- 
mento, arguyendo que á un funcionario de ñu 
categoría no se le podían transmitir órdenes en 
una forma tan irregular, máxime cuando se ha- 



— 96 — 

Haba bajo un pabellón extranjero, é inmediata- 
mente volvió á bordo del Fomento. 

Algunas medidas preventivas* adoptadas por 
el jefe de las armas, aguijonearon su amor pro- 
pio y determinó trasbordarse á la fragata Perla, 
á la sombra de la bandera española, 

Semejante actitud de los poderes públicos su- 
blevó el ánimo de sus numerosos partidarios y 
dio margen a varios pronunciamientos, que asu- 
mieron importantes proporciones. 

Dicho movimiento respondía al deseo de que 
al general Rivera se le permitiese desembarcar. 

El ministro francés, queriendo evitar el derra- 
mamiento de sangre entre soldados de la misma 
causa, ofreció su mediación, y después de un lar- 
go cambio de ideas con Pacheco, que oponía la 
más ruda resistencia, consiguió convencerle de la 
conveniencia que había en poner término á tan 
difícil situación. 

Pacheco, no obstante, resuelve alejarse del 
país, y ese mismo día se embarcó en L' Africaine; 
pero su mal estado de salud, reagravado por la 
muerte de Estivau, no le permitió alejarse hasta 
el 23 ele julio, por cuya causa tuvo que bajar á 
tierra á fin de asistirse debidamente. 

Su. viaje lo efectuó á bordo del Proserpina, 
con destino á Río Janeiro. 



97 



EN MISIÓN A FRANCIA 

A fines de 1848 resolvió el gobiernn nom- 
brarle en misión extraordinaria cerca del gobier- 
no francés. 

Pacheco se hallaba todavía en Río Jnneiro, y 
á principios de enero de 1849 le fué (goti&edidb 
pasaporte por el gobierno del Imperio pílríi re- 
gresar á Montevideo. 

OPOSICIÓN DEL MINISTRO ARGENTINO AL REÍilíKKO 
DE PACHECO AL PAÍS 

El enviado extraordinario y ministro plenipo- 
tenciario de la Confederación Argentina, geiteral 
don Tomás Guido, entabló una reclajmcíón y 
protesta con tal motivo. 

El ministro Guido pretendía que no se permi- 
tiese á Pacheco su regreso al país: 1^ Pohjne 
obligado á huir de Montevideo, se identificó mu 
los individuos que se refugiaban en el [mptvrio, 
acosados por el enemigo, y que se mandnbnn ¡r 
para aquella corte; — 2.° Porque no siendo dudoso 
que era llamado á sostener con otfctití, rlicdiü 
plaza, los principios de neutralidad que profisíih:i 
el gobierno imperial le imponían el del mí de im- 
pedir que el general Pacheco volviese al Inilvo 
de la guerra d prolongar las calamifi&iU ■■* tirttf 
trojera la hecha en el Río de la Plata ( 1 ; ), 



(1) Nota del vizconde de Olinda, ministro de negocios extr:¡.ü¡"r.^ i u UÍ . 
Janeiro, fecha 4 de enero de 1845). 



_ 98 _ 

Para que se aprecie la cordura cod que procedía 
el gabinete brasileño, vamos á transcribir algunos 
párrafos de una nota que el vizconde de Olinda 
pasó sobre el particular al plenipotenciario ar- 
gentino: 

« El infrascrito, en respuesta á la referida no- 
ta del señor Guido, tiene que observarle que por 
la secretaría de estado de negocios extranjeros se 
concedió pasaporte á Pacheco y Obes, como se 
conceden á todos los que, en las mismas circuns- 
tancias, lo solicitan para fuera del Imperio, ya 
sean orientales, ya argentinos, ó se destinen á 
Montevideo ó Buenos Aires, aunque la intención 
de unos y otros/ que no es fácil ni debe pesqui- 
sarse, sea de volver á una lucha que el gobierno 
imperial es uno de los más interesados en ver ter- 
minada, mas sin menoscabo de sus principios y de 
los deberes del Imperio, como potencia á quien 
cumple mantener lamas escrupulosa neutralidad. 

<■'• El señor Guido no llevaría á bien que, te- 
niendo que ir algún argentino á Buenos Aires, 
se le rehusase pasaporte, en la suposición de que 
podría pasar al Estado Oriental y auxiliar al 
ejército sitiador de la Plaza de Montevideo: y en- 
tretanto sería, sin duda, la consecuencia de los 
principios que juzga el señor Guido serlos de ver- 
dadera neutralidad, que tiene que seguir el go- 
bierno imperial*. 



— 99 



EL TRATADO LE PREDOUR 

' El contraalmirante Le Predour, jefe de las 
fuerzas navales francesas en el Río de la Phihu 
se dirigió á Buenos Aires el día 10, con el pro- 
pósito de desempeñar una misión que le había sido 
confiada por el gobierno de su país cerca del de 
Buenos Aires. 

Se trataba de celebrar un arreglo con Rozas, 
y esto, como es consiguiente, alarmó al gobierno 
de la Defensa. 

El doctor don José Ellauri se hallaba acredi- 
tado en París como ministro plenipotenciario de 
la república, en cuyo cargo demostró celo, p;i- 
triotismo y relevantes aptitudes; pero en vista de 
haber concertado Le Predour en abril siguiente 
un tratado ad referéndum con el tirano argen- 
tino, se creyó prudente cooperar á la acción del 
doctor Ellauri enviando á la vez al general Pa- 
checo. 

El nuevo comisionado oriental llegó á París 
en los precisos momentos en que la asamblea 
nacional se ocupaba de los sucesos del Plata y 
del referido tratado, que el diario francés L;i 
Liberté» calificó «como triste monumento de 
impotencia política y de enflaquecimiento mo- 
ral». 

Su presencia en París fué altamente benefi- 
ciosa para la causa de Montevideo, pues Pacheco 



38I8W 



— 100 — 

no se dio reposo para desconcertar los planes del 
gobierno argentino y para el rechazo del tratado 
suscrito por el contraalmirante Le Predóur. Hizo 
publicaciones en la prensa, rectificando juicios 
erróneos que figuraban en documentos oficiales 
liechos conocer en el parlamento francés, dio á 
luz diversos opúsculos relacionados con los mis- 
mos hechos, se puso al habla frecuentemente 
con personajes políticos como Thiers, Dumas, 
Cormenin y Lainé y celebró audiencias diarias 
con el presidente de la República Francesa, insis- 
tiendo en todas ellas, como lo manifestara el doc- 
tor Ellauri, en el rechazo de aquel impropio con- 
venio. 

A pesar de esto, el ministro de negocios ex- 
tranjeros, monsieur De la Hitte, se vio obligado 
á sostener con sus colegas de gabinete agrias dis- 
cusiones, al punto de hacer cuestión de cartera. 

El tratado Le Predour, que sufrió más tarde 
algunas modificaciones, fué allí mal recibido por 
la opinión pública, y el gobierno francés lo man- 
tuvo por mucho tiempo encarpetado, no obstante 
haber clausurado las cámaras sus sesiones el 7 
de enero de 1850. 

En él existía un artículo por el cual « el go- 
bierno francés se comprometía á levantar el blo- 
queo, á restituir los buques de guerra argentinos 
que estaban en su poder y á saludar el pabellón 
de la Confederación Argentina con 2 l cañona- 
zos, quedando convenido que en los ejemplares 



— 101 — 

de la convención se daría al aliado de la Confe- 
deración, Oribe, el título de su excelencia el ge- 
neral», etc. 

Entretanto se consideraba en definitiva aquel 
tratado, que había sido combatido en la prensa y 
la asamblea, el gobierno francés envió á Monte- 
video, en marzo siguiente, un cuerpo expedicio- 
nario á cargo del coronel Bertiñ de Chateau, 
donde se mantuvo hasta la caída de Rozas, re- 
gresando inmediatamente después á Francia. 

SUBSIDIOS A MONTEVIDEO 

También gestionó Pacheco que de acuerdo con 
la convención de 12 de junio de 1848, se hiciera 
efectivo el pago del subsidio mensual acordado á 
título de anticipación en favor del gobierno orien- 
tal. 

El general De la Hitte, ministro de negocios 
extranjeros, presentó un proyecto de ley ¡í la 
asamblea nacional pidiendo que en el presupuesto 
correspondiente á su ministerio, para el ejercicio 
de 1850, se abriese un crédito extraordinario dé 
1:200,000 francos destinado á aquel objeto (1). 

Dicho proyecto, después de informado por la 
comisión de crédito suplementario, mereció la 
sanción de la asamblea. 

Por orden de su gobierno, se trasladó Pacheco 



(i) Sesión del 13 de junio de 1850. 



— 102 — 

á Río Janeiro con el propósito de poner al cabo 
al gabinete imperial de cuanto acontecía en Fran- 
cia, puesto que el éxito de las gestiones que se 
hacían en el Brasil, en favor de nuestro país, de- 
pendían, en gran parte, déla actitud que asumiera 
aquel gobierno. 

En concierto con el doctor don. Andrés La- 
mas, ministro plenipotenciario de la república 
en Río Janeiro, logró también que se firmase un 
convenio con el gobierno brasileño, por el cual se 
acordaba un subsidio á la Plaza de Montevideo, 
habilitándola así para sostenerse aún sin el con- 
cedido por Francia y á que antes hemos hecho 
referencia. 

En septiembre del mismo año regresó á París. 

SU VUELTA A FRANCIA 

El gobierno le nombró agente confidencial an- 
te el gobierno francés, nuevo cargo que aceptó á 
pesar de sus desinteligencias con el doctor don 
Manuel Herrera y Obes, ministro de relaciones 
exteriores. 

Pacheco había hecho publicaciones en París 
atacando acremente á Luis Bonaparte, y esta cir- 
cunstancia colocaba á su misión bajo los peores 
auspicios, 

Al presentar las credenciales que le acredita- 
ban cuino representante diplomático, tropezó con 
seríab dificultades, para su reconocimiento, y sólo 



— 103 — 

la actitud enérgica del ministro, doctor EllaurL 
logró obviar aquel inconveniente. 

El doctor Ellauri que, como dijimos antes, 
ejercía el cargo de ministro plenipotenciario de 
la república en París, manifestó que si los pode- 
res de Pacheco eran rechazados, él se retiraría. 

En esta ocasión no dieron mejores resultados 
las tentativas y esfuerzos de Pacheco, y sin con- 
seguir mayores ventajas que las ya obtenidas, \<> 
encontraron en Francia los acontecimientos de 
1851," que trajeron como consecuencia la paz ¿M 
8 de octubre. 

CÓMO LLENÓ SU MISIÓN 

Respecto al lleno de su cometido, decía lo si- 
guiente el señor don Juan Long, en carta que es- 
cribía al doctor Manuel Herrera y Obes: 

«Su misión había conquistado para la causa 
de Montevideo, todas las simpatías de los hom- 
bres de corazón y porvenir; en todas las opinio- 
nes, destruido las calumnias divulgadas y lns 
preocupaciones que existían contra el gobierno y 
los habitantes de esa heroica ciudad». 

ENTREVISTA CON RIVERA 

Pacheco regresó á Montevideo algunos meses 
después de la caída de Rozas, y á su paso por 
Río Janeiro se entrevistó con el general Rivenu 



— 104 — 

que estaba allí expatriado, para cambiar ideas 
sobre los sucesos políticos que acababan de pro- 
ducirse y sobre cosas del futuro. 

La elección presidencial de don Juan Fran- 
cisco Giró, efectuada el 1.° de marzo de 1852, le 
produjo el peor efecto que es de imaginarse, pues 
las riendas del estado habían sido así entregadas 
á los adversarios de la víspera. 

En su referida conferencia con Rivera se habían 
entendido, según se desprende de los siguientes 
párrafos de una carta de que fué portador, diri- 
gida por éste á su esposa : 

«El general Pacheco te indicará toda la pru- 
dencia que se necesita para no agriar los ánimos, 
y que nadie tenga derecho de quejarse de que no 
estamos en el buen camino. 

«Los orientales somos muy pocos, las luces 
han desaparecido con las fortunas, y sería una 
fatalidad si continuáramos hostilizándolos, á uno 
porque corrió y al otro porque se mantuvo firme. 

«Es necesario que todos vayamos por el ca- 
mino de la paz, del orden y del progreso. Esas 
son las ideas favoritas de nuestro amigo, y no 
puedo creer que haya un solo oriental, que tenga 
corazón, que no se preste á contribuir con él al 
engrandecimiento y dicha del país» (1). 



(1) Río Janeiro, 11 de septiembre de 1S52. 



-rul05 



SU ACCIÓN FINAL EN MONTEVIDEO 

Una vez en Montevideo se encontró con que 
Juan Carlos Gómez, César Díaz y otros espec- 
tables ciudadanos, se preocupaban de imprimir 
nuevos rumbos á la política, y Pacheco se unió 
á ellos animado de iguales propósitos. — De re- 
sultas de dichos trabajos se produjo un movi- 
miento revolucionario el 18 de julio de 1853 t 
y más tarde la dimisión del presidente Giró, á 
causa de ese mismo suceso. 

Giró renunció el 24 del citado mes y año y 
se asiló en la legación francesa. 

Algunos de sus partidarios se alzaron en ar- 
mas en campaña; pero considerándose impotentes 
para dominar la nueva situación, las depusieron 
el 28 de agosto, y el señor Giró embarcóse en 
la fragata Andrómeda. 

El coronel Venancio Flores, que era el alma 
de la Plaza de Montevideo, intentó reunir la co- 
misión permanente, y como ésta, no lo hiciera de 
inmediato, convino con las personalidades más 
salientes de la época, la constitución de un triun- 
virato, formado por él mismo y por los genera- 
les Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja, 
cuya designación tuvo lugar el 25 de septiembre. 

A Pacheco le fué confiada la jefatura del es- 
tado mayor. Su permanencia no duró, sin em- 
bargo, mucho tiempo, pues el 10 de octubre 



L 






— 106 — 

renunció ese cargo, no por disidencias con el go- 
bierno, sino porque únicamente había aceptado 
aquel puesto hasta tanto se pacificase el país. 

Muerto Rivera, Pacheco se embarcó para 
Buenos Aires, desde donde dirigió una sentida 
carta de pésame á la viuda del ilustre extinto. 

SU FALLECIMIENTO 

En Buenos Aires llevó una vida modesta, casi 
desapercibida del mundo político é intelectual, y 
sólo rompió su estudiado silencio para pronun- 
ciar una elocuente alocución sobre la tumba del 
general don José María Paz. 

En su brillante discurso puso una vez más de 
manifiesto la alteza de su corazón. 

Paz, como lo decimos en otro lugar* se había 
alejado de Montevideo debido á desinteligencias 
con él; pero Pacheco jamás le abrigó rencor al- 
guno. 

Decía en su referida alocución: «Sin la resis- 
tencia de Montevideo, Rozas reinaría todavía. Sin 
el general Paz, el triunfo de la resistencia de Mon- 
tevideo sería imposible. Delante de la tumba, yo 
me honro al hacer esta declaración, me complazco 
en decir que el general don José María Paz fundó 
é hizo posibles todos los prodigios de la Defensa 
de Montevideo». 

Cuatro meses después, el 21 de mayo de 1855, 
el preclaro guerrero, elocuente orador é inspirado 



— 107 — 

poeta, descendía al sepulcro, puede decirse, cuan- 
do su inteligencia, ya madura por la reflexión y 
el frío raciocinio, se hallaba en mejores condicio- 
nes de dar á los pueblos del Plata nuevo y po- 
deroso caudal de luces y servir de viviente ejem- 
plo de sus virtudes cívicas, 

BARTOLOMÉ MITRE 

No es posible olvidar, tratándose de aquella 
época memorable, á la primera personalidad con- 
temporánea de su país. 

Bartolomé Mitre, el patriarca de las liberta- 
des americanas, el Plutarco de la Argentina, su 
primer historiador, militar de escuela y sesudo 
periodista, si bien nació en la patria de San 
Martín y Belgrano, á los que tanto enalteciera 
con su pluma, se halla también ligado á la Re- 
publica Oriental por vínculos de sangre y solida- 
ridad de ideas y sentimientos. 

Nació en la ciudad de Buenos Aires el 26 de 
junio de 1821, y descendía de un viejo patricio, 
don Ambrosio Mitre, oriundo de Santa Lucía, 
habiéndole cabido en suerte ser ahijado del ge* 
neral Rondeau, quien lo condujo en brazos á la 
pila bautismal y le hizo depositario de sus valio- 
sas memorias poco antes de morir. 

Muy joven aún, se trasladó con su familia á 
Montevideo, y fué en nuestro país donde su in- 
genio poético y sus aficiones bélicas se nutniJ es- 



— 108 — 

taron poí* primera vez, pues según el bibliófilo 
Zynny, publicó en 1838, en «El Iniciador >>, que 
aparecía en la capital del Uruguay, su composi- 
ción «No tengo un nombre^, génesis de sus de- 
más trabajos literarios. 

El 20 de febrero de 1839, el general Rivera, 
que ejercía el mando supremo del ejército consti- 
tucional, le confirió el empleo de alférez de arti- 
llería de línea, y el .53 de mayo del mismo año» 
el de ayudante mayor 2.° del batallón número 1 
de infantería. 

En 1837 había figurado ya como soldado dis- 
tinguido en su calidad de alumno de la academia 
militar montevideana, establecida en el fuerte de 
«San José», donde tuvo como condiscípulo á 
Juan Carlos Gómez. 

Su afición por las matemáticas lo había incli- 
nado á la carrera de las armas. 

Oribe, al abandonar la presidencia y ausen- 
tarse para Buenos Aires, pretendió que Mitre lo 
acompañase; pero éste prefirió quedarse en Mon- 
tevideo á las órdenes de Rivera, consecuente en 
esto con los antecedentes y filiación política de 
su padre, que en 1832 rehusó adherirse al motín 
militar promovido por Lavalleja, y que fué per- 
seguido por el mismo Oribe durante su gobier- 
no, despojándole del cargo de tesorero general á 
causa de no pertenecer al número de sus adeptos. 

La invasión de Echagüe no le hizo desistir de 
sus propósitos, y juzgó de su deber continuar al 



— 109 — 

lado de Rivera, en salvaguardia de las libertades 
de este país y las del suyo propio, menoscabada* 
por Rozas y sus secuaces. Orientales y argenti- 
nos, como ha dicho uno de sus biógrafos, se re- 
conocieron hermanos y soldados de una causa y 
de una idea, y abrazados al pie de sus ultrajadas 
banderas juraron vencer á su sombra en defensa 
de sus comunes glorias y derechos ó caer como 
buenos. 

Su padre, al tener noticia de su partida con Ri- 
vera, que se aprestaba para salir al encuentro del 
ejército de Echagüe, le dirigió una patriótica 
carta alentándole á luchar por las instituciones. 

En ella le decía, entre otras cosas, lo siguien- 
te: «Te considero en los momentos de una próxi- 
ma batalla que va á decidir la suerte de la patria. 

«Espero que sabrás llenar tu deber; si mue- 
res habrás llenado tu misión, pero cuida que no 
te hieran por la espalda. 

«Después de perderte, lo que puede suceder y 
para lo que estoy preparado, consolará el resto 
de mi triste vida la memoria honrosa que espero 
me legues. 

«Adiós, hijo querido: tú eres mi esperanza*. 
Vino la célebre batalla de Cagancha, que tuvo 
lugar el 29 de diciembre del año 1839, siendo 
en ella derrotadas las fuerzas de Echagüe y T r- 
quiza, y donde el alférez Mitre recibió su bautis- 
mo de fuego. 

El combate entre la infantería y artillería <\v 



— 110 — 

ambas partes fué reciamente sostenido y de san- 
grientos resultados. Hubo un momento, dice un 
tt .^tigo ocular, que el fuego de artillería se sostu- 
vo á cien pasos de distancia entre una y otra lí- 
nea (1). 

BATALLA DEL ARROYO GRANDE 

Ya con el grado de capitán, que le fué confe- 
rido el 5 de agosto de 1840, asistió al desastre 
áú Arroyo Grande, desastre sólo explicable por 
l;i superioridad numérica y la calidad de las tropas 
al mando de don Manuel Oribe, el cual contaba 
con 9,000 hombres aguerridos y 18 piezas de 
artillería, mientras que el ejército del general 
Rivera sólo disponía de 6,000 combatientes, en 
su mayoría bisónos, siendo de ellos únicamente 
1,500 de infantería. 

Rivera apenas contaba con 1 2 piezas de cam- 
paña, y como lo dice el general César Díaz en 
sus apuntes militares, las fuerzas á su mando no 
tenían organización militar, propiamente dicha, 
ni disciplina, ni ninguna de aquellas circunstan- 
cias que constituyen la fuerza de un ejército, 
rxcepto, sin embargo, la constancia y el valor. 
Era una masa colectiva, heterogénea, sin enlace 
mutuo entre sus partes y sin armonía en el con- 
junto. 



(1) José Juan Biedma.— El Teniente General Bartolmm Mitre. 



— 111 — 

Mitre regresó inmediatamente á Montevideo 
y entró á figurar en la defensa de la plaza, ha- 
llándose á su cargo la batería «25 de Mayo». 

PRIMEROS CAÑONAZOS EN LA PLAZA DE MONTE- 
VIDEO 

La capital estaba completamente despreve- 
nida; pero en un instante se realizaron verda- 
deros prodigios, y nada quedó por hacer. 

Faltaba artillería, municiones de guerra y ar- 
mamento. No había más que los viejos ca- 
ñones del Fuerte de San José, algunas piezas de 
mar, desmontadas las más 6 en pobres cureñas, 
de las que habían quedado del desarme de la es- 
cuadra, v cuatro ó cinco cañoncitos de tren vo- 
lante. Se contrató la fundición de seis piezas, y 
el t.° de enero se fundían los dos primeros caño- 
nes de bronce después de la conquista, cuyo tra- 
bajo se practicó bajo la dirección de don Ignacio 
Barragori. Precisábanse piezas de batería de grue- 
so calibre para artillar la línea de defensa y no 
había de dónde sacarlas. Por indicación del co- 
ronel don Manuel Correa se recurrió bajo su ins- 
pección á los viejos cañones que servían de pos- 
tes en la ciudad desde la época de la dominación 
española y portuguesa, y con ellos se empezó á 
artillar la línea interior de defensa, y posterior- 
mente la fortaleza del Cerro é Isla de Ratas» (1 ). 



(1) De-María, obra citada, tomo I, cap. ni. 



— 112 — 

Oribe avanzó sobre Montevideo y anuncióse 
dvsdv el Cerrito con una salva de 21 cañonazos, 
ijiu- Fué contestada por la escuadra de Rozas, 
si uta en la rada exterior del puerto. 

P;jz salvó á la plaza de caer en aquellas ram- 
patites garras de tigre cebado. Mitre y sus her- 
manos corrieron á las trincheras tras de cuyas 
twarpas temblaba medrosa la libertad; y poco 
después el cañón de Cagancha volvía á tronar 
manejado por la misma mano, y Oribe detenía 
el píiso por nueve años (1) en las laderas delCe- 
rritói en otro tiempo gloriosas (2). 

El 18 de febrero' del 43, habiendo avanzado 
el memigo hasta corta distancia de las trinche- 
ras, hi artillería de la plaza rompió fuego sobre 
ellas, logrando rechazarlas. Con este motivo, ha- 
ciendo Adolfo Lamarque, en sus apuntes biográ- 
lii:ns, el elogio del valiente artillero de la Defensa, 
diee á este respecto: «De pronto resuena el estam- 
pido de un cañonazo disparado desde el ángulo 
siilk'iite de la batería «25 de Mayo» en cuyadirec- 
í'inn retrocedían las tropas de la plaza. La bala 
pasa silbadora y va á hundirse entre las filas 
enemigas, abriendo en ellas honda brecha. Aquel 
es t'l primer cañonazo de la defensa heroica y 
Mitre es el artillero que lo dispara». 

Desde entonces se vio empeñado en combates 
casi diarios, demostrando en todos ellos un co- 

1 1 1 Lg ( lucrra Grande duró 8 años, 7 meses y 22 días. 
(«*) BtftbliA, Estudios antes citados. 



- 113 - 

raje temerario y relevantes aptitudes p¡im el 
manejo del arma de su predilección. 

Sü LABOR INTELECTUAL 

Como hombre de letras reveló sus sobresa- 
lientes cualidades, en «El Iniciador» con Andrés 
Lamas y Miguel Cañé, en «El Nacional «nn 
Rivera Indarte y Luis L. Domínguez, en El 
Talismán» con el primero de estos último* v eos 
Juan M. Gutiérrez, en «El Comercio del Plata n 
con Florencio Várela, en «La Nueva Era can 
Melchor Pacheco, Manuel Herrera y Gbes, él 
citado Andrés Lamas, César Díaz, Fermín Fo 
rreyra y Artigas, José M. Muñoz y otros, y en 
«El Corsario», redactado también por diBtiiigiii- 
dos literatos y notables hombres de letras. 

El gobierno le encomendó la biografía áe Ri- 
vera Indarte, siendo ésta reproducida en < La ! in- 
volución», de Corrientes, y en «El Pacificador . 
y en 1853 editada en Buenos Aires. 

Perteneció á la «Asociación Nacional *ücie* 
dad secreta de que formaban parte los mirriVns 
del gobierno y las personalidades más salientes- 
civiles y militares, que compartían con éste l<^ 
sinsabores y las glorias de la Defensa. 

En 1844 escribió su Instrucción práHie.ñ tf<: 
artillería, para uso de la Academia de Arlil 
por él presidida. 

El gobierno, previo estudio de una Comisión 



— 114 — 

de personas técnicas, la hizo imprimir por cuenta 
¿teJ estado y recomendó al aprecio del ejército 
él velo patriótico revelado en ese trabajo. (1). 

Fué, además, de los fundadores del Instituto 
Histérico y Geográfico Nacional y designado en- 
liv fus miembros de la Asamblea de Notables. 

Lus bases orgánicas de ese importante Insti- 
tuto fueron redactadas por Mitre, y el 8 de ju- 
nio de 1856, se le confirió el título de miembro 
de número del mismo establecimiento. 

sr ALEJAMIENTO DEL PAÍS. — « VÍ A-CRÜCIS » A 
QUE VIÓSE OBLIGADO 

Los sucesos del 1.° de abril de 1846, promo- 
vidos por los partidarios del general Rivera, lo 
decidieron á abandonar el país ausentándose pa- 
rí l Corrientes, á fin de ingresar en el ejército del 
genial Paz. 

Tenía entonces 25 años de edad, y ostentaba 
y;i las charreteras de teniente coronel, ganadas 
oou honor y por sus muchos merecimientos. (2) 

Pero su alejamiento de la ciudad troyana no 
mtiriíguó en lo más mínimo su gran afecto por la 
causa de la Defensa ni sus hondas simpatías por 
el pueblo oriental. 

No pudo realizar, sin embargo, su noble obje- 
to, porque el famoso táctico, — de quien dijera Pa- 

L] Mi rio era entonces sargento mayor, y su obra la escribió en la línea de 
Finiifkiirión. 

i) til grado de teniente coronel le fué conferido el 19 de febrero de 1846. 



=_ i 



- 115 — 

checo y Obes, ante sus restos venerandos que sin 
él el triunfo de la resistencia de Montevideo eca 
imposible, — perseguido por su mala estrella, aea- 
baba de quedarse solo y sin ejército, por cuyo mo- 
tivo tuvo que buscar otro rumbo, optando por 
dirigirse á Bolivia, de allí al Perú, luego á Chile, 
de nuevo al Perú, y por último, por segunda vez 
á Chile, arrojado siempre por el vendaval de las 
pasiones políticas, pues en todas partes bregó en 
favor de la causa de la libertad. 

Allí sufrió su sexto destierro. 

Después de su vuelta del Perú acompañó al 
partido de oposición en su lucha electoral ele pre- 
sidente de la república, combatiendo los abusos 
del gobierno y denunciándolos día á día por la 
prensa, derramando en el orden de los principios [a 
semilla de la revolución que estalló después, la 
cual los diarios ministeriales atribuyeron á la in- 
fluencia de sus escritos, que llamaban sedie¡osos 7 
pero que todo espíritu imparcial, libre de las pre- 
ocupaciones y pasiones que agitan los intereses de 
localidad, elevándose á una región más srmm, 
llamará democráticos, liberales y progresista >. Pue- 
de asegurarse que si con ellos hizo un gran bien 
á Chile, se educó también inmensamente en aque- 
lla escuela práctica del gobierno parlamentaría i ( 1 ). 

Aliado Urquiza con el gobierno de la Defen- 
sa, para luchar contra la tiranía, Mitre se apre- 

(1) Héctor F. Várela.— El Americano. 



— 116 — 

suró á regresar, y se puso á su servicio, tocándole 
dirigir una de las dos divisiones de artillería que 
we hallaban bajo las órdenes del coronel Piran. 

FLORENCIO VÁRELA 

El doctor don Florencio Várela no era mili- 
tar, pero su valiente pluma tenía el empuje ava- 
sallador de la metralla, y su fusta, encendida en 
el fuego del patriotismo, azotaba implacable el 
rostro de los reprobos. 

Como muchos de sus ilustres compatriotas 
inmigrados, había nacido en Buenos Aires. 

En 1829, cuando apenas contaba 22 años de 
filad (1), emigró á Montevideo, corriendo el al- 
bur de sus hermanos mayores. 

Se hizo más tarde periodista, fundando El 
(lamer ció del Plata, cuya altiva propaganda agi- 
gantó su personalidad literaria y política, y su 
estudio de abogado se acreditó bien pronto, de- 
mostrando, con sus notables defensas, que no en 
vano se graduó á los solo veinte años en la Uni- 
versidad bonaerense. 

En 1830 publicó, bajo el título de El día de 
Mayo, cinco de sus más inspiradas y selectas 
composiciones poéticas, dos de las cuales fueron 
reproducidas en Chile por el celebrado bardo ar- 
gentino doctor Juan María Gutiérrez, en la Amé- 
rica Poética. 

U.i Nació el 23 de febrero de 1807. 



i^tlé^ 



— 117 — 

Declarada la guerra á nuestro país por don 
Juan Manuel Rozas, se unió á los defensores do 
Montevideo y escribió un notable opúsculo poli* 
tico Sobre la convención de 29 de octubre dé 
1840, desarrollo y desenlace de la cuestión 
francesa en el Río de la Plata. 

En 1841, obligado por razones de salud, ae 
trasladó á Río Janeiro, y en la capital fluminen- 
se consagróse á preparar los materiales para em- 
prender la historia de su país. 

Regresó á la capital uruguaya á fines de 1842, 
y al ano siguiente (1843) dio á la publicidad un 
nuevo folleto, también de carácter político, bajo 
el título de Sucesos del Río de la Plata. 

Ya en 1841, el jurado que entendió en el cer- 
tamen poético del 25 de mayo de ese año, reali- 
zado en Montevideo, había hecho cumplida jus- 
ticia á su talento y espíritu ecuánime, confían do- 
lé la redacción del dictamen, y su fallo, que es 
una pieza de subido valor literario, aparece re- 
producido en casi todas las antologías america- 
nas, pues perdura á través del tiempo, por su do* 
nosura de estilo, su recto juicio y las enseñanzas 
que contiene. 

Pocb después el gobierno le confió una ininñri 
especial en Inglaterra. 

El 2 de julio de 1844 regresó, satisfecho del 
desempeño de sus funciones, pues obtuvo el me- 
jor éxito ante el gobierno de la Gran Bretuña. 



118 — 



CAUSAS QUE MOTIVAROS SF ASESINATO 

La propaganda de Várela en la prensa, el re- 
sultado halagüeño que alcanzó en su misión á In- 
glaterra y sus vinculaciones con personajes in- 
fluyentes de aquel país, aumentaron la cólera de 
Rozas y Oribe, quienes pusieron á precio el pu- 
ñal de un asesino para librarse de tan poderoso 
adversario. 

Los folletos que había escrito en favor de la 
causa de Montevideo, y sus luminosas y expresi- 
vas cartas dirigidas á encumbrados hombres pú- 
blicos, encargados por sus gobiernos de entablar 
negociaciones de paz, ponían en peligro las bue- 
nas relaciones del dictador argentino y su lugar- 
teniente con las potencias extranjeras interven- 
toras, y el único medio de evitar que su juicio y 
sus esfuerzos pesaran decisivamente en el ánimo 
de éstos, y de reducirlo al silencio, consistía en 
su muerte. 

Su carta a William Brent Júnior, encargado 
de negocios de los Estados Unidos de América 
cerca del gobierno de Buenos Aires, contenía pá- 
rrafos como este: «A medida que leáis esos dia- 
rios de Rozas, sentiréis erizarse de horror vues- 
tros cabellos cada vez que vuestros ojos se posen 
sobre el nombre de don Manuel Oribe». 

Pero la que causó mayor sensación é irritó á 
Rozas fué la dirigida á Lord Howden, ministro 



— 119 — 

plenipotenciario de S. M. B. en la Corte de Río 
Janeiro. 

Lord Howden había discordado con su cole- 
ga Walewski en sus vistas sobre los sucesos del 
Plata, y este último, influenciado por Várela, se 
inclinaba en favor del gobierno de Montevideo. 

Fué entonces que Várela, al ausentarse el di- 
plomático inglés, le dirigió la carta á que nos re- 
ferimos, rebosante de sinceridad y patriotismo y 
de pruebas concluyentes sobre la mala fe de Ro- 
zas y su política criminal y repulsiva. 

No obstante su extensión, no hesitamos en 
transcribirla íntegra por su gran importancia his- 
tórica. 

Dice así: 

DE VÁRELA Á LORD HOWDEN 

«Milord: 

«La inmediata salida para ese destino del trans- 
porte brasileño Pavuna me proporciona la pri- 
mera oportunidad — que esperaba — de tener el 
honor de dirigiros esta carta, en cumplimiento 
de lo que considero un deber. 

«Por muy diferente que sea el modo cómo 
habéis mirado la cuestión política del Río de la 
Plata, y el modo en que yo la miro y la com- 
prendo, puedo aseguraros, milord, que esa dife- 
rencia no ha alterado en lo más mínimo la opi- 



— 120 — 

nión que siempre tuve de la independencia de 
vuestro carácter y la rectitud de vuestras inten- 
ciones. Jamás he creído que, conociendo la ver- 
dad, pudierais prestaros, por género ninguno de 
consideraciones, á dar deliberadamente á la in- 
justicia, ó al delito, la poderosa sanción moral 
que la opinión de vuestro rango y.en vuestra po- 
sición, puede dar á cualquier hecho ó á cualquier 
causa. He deplorado sinceramente vuestros erro- 
res; pero he respetado el fondo de honor y de 
buena fe que os arrastró á cometerlos. 

«A esas cualidades me dirijo á esa. Si no conta- 
ra con ellas — con vuestra buena fe, con vuestro ho- 
nor — no perdería tiempo en escribir. Convencido 
de que obrabais en el sentido de la verdad, de la 
justicia y de los intereses de nuestro país, habéis 
favorecido inmensamente la causa de la dictadu- 
ra personal, inmoral y sangrienta de don Jijan 
Manuel Rozas. Si hechos de cuya verdad no po- 
déis dudar, os convencen de que este hombre no 
merece el apoyo, la estimación, las consideracio- 
nes siquiera de un caballero de honor; de que es, 
por el contrario, digno de la reprobación severa 
de todos los buenos, no me es permitido dudar de 
que le retiraréis, milord, el apoyo moral que le 
habéis dado: más todavía, de que os apresuraréis 
á reparar, en cuanto posible sea, el mal que vues- 
tras primeras opiniones han causado. 

« Entiendo, milord, que obrar así, es honor vues- 
tro. Debo agregar que sería igualmente interés 



— 121 — 

mío, por la causa política á que estoy deliberada- 
mente ligado; y, si me permitís alegar motivo 
tan pequeño, también individualmente por mí. 
Eso os explica la libertad que me tomo de dis- 
traer ahora vuestra atención. 

«Sois militar, conocéis la alianza estrecha de k 
generosidad con el valor en los caracteres eleva- 
dos y nobles; habéis desempeñado en Europa 
una misión cuyo objeto era, en parte, mitigar la 
sevicia cruel déla guerra del Norte en Egpafia; 
sabéis derramar, con la espada, la sangre del ene- 
migo que tenéis al frente, sabéis exponer también 
la vuestra; pero tenéis horror de ver derramar, por 
el cuchillo, la del enemigo que está prisionero, 
desarmado y cuya garganta se corta sin riesgo. En 
una palabra, milord: sabéis medir la honda sima 
que separa la noble profesión del guerrero y el vi- 
lísimo oficio del verdugo. Cualquiera que ejerza 
este último, usurpando el nombre y el uniforme 
del primero, no puede menos de excitar vuestro 
desprecio, vuestra indignación. 

«Pues esa es precisamente la conducta sistema- 
da y erigida en principio de don Juan Manuel Ro- 
zas, y de cuantos mandan sus ejércitos. Mil ri- 
ces lo habéis oído decir: no lo creíais; juzgabais 
que eran embustes de enemigos sin escrúpulos: 
por eso es que me tomo hoy la libertad de pre- 
sentaros la prueba irrecusable de esa verdad. 

« Al mismo tiempo que esta carta, recibiréis, i u i- 
lord, el número 7274 de la Gaceta Oficial <le 



— 122 — 

don Juan Manuel Rozas, fecha 4 del corriente, 
que tengo el honor de remitiros por la estafeta. 
Etj ella veréis todos los partes oficiales relativos 
a la batalla del 27 de noviembre del año pasado, 
que acaba de decidir de la suerte de Corrientes. 
Leed sus pormenores: en vano buscaréis el nú- 
mero de los heridos correntinos. Urquiza tuvo en 
su ejército tres veces más heridos que muertos, 
cosa que el coronel Cradok sabe bien que suce- 
de generalmente: los correntinos no tuvieron ni 
un solo herido. Los muertos de Urquiza fueron 
veinte; los de su enemigo setecientos! ¡La expli- 
cación es una sola: el cuchillo del asesino penetra 
.siempre hasta las fuentes de la vida. ¿ Dudáis, 
iuilord, de esta explicación que horroriza? Rozas 
no es persona que deja el consuelo de la duda. 
Esa misma Gaceta Oficial contiene en la página 
9 T una nota firmada por el general vencedor Ur- 
quiza, en que avisa á Rozas haber fusilado, in- 
mediatamente después de prisioneros, á los co- 
roneles don Carlos Paz, don Manuel Saavedra, 
don Cesario Montenegro, y al teniente coronel 
León; agregando que otros varios jefes han sido 
igualmente fusilados, después de prisioneros, en 
Im distritos donde fueron aprehendidos; es de- 
cir, asesinados por el primero que los tomaba 
prisioneros en la persecución. Al pie de esa nota, 
hallaréis también otra de don Juan Manuel Ro- 
zas, fechada el 24 de enero de este año, en la 
que no sólo aprueba plenamente esos asesinatos. 



— 123 — 

sino que dice haberse instruido de ellos con ínti- 
ma complacencia; así mismo, con esas palabras. 

«Supongo, milord, que esos documentos no os 
permiten ya dudar de la horrible verdad. 

«Es muy probable que el general Guido, repre- 
sentante del gobierno que profesa ese derecho de 
guerra, y á quien honráis con vuestra amistad y 
confianza, os diga — no por convencimiento, sino 
por lo que él llama deber — que los jefes fusila- 
dos eran criminales famosos, y que murieron sólo 
en castigo de sus crímenes. Eso mismo dice Ur- 
<juiza. Ño, milord; no creáis en cosa semejante: 
ella agrega al horror del asesinato la barbarie de 
•calumniar la memoria de la víctima. Esos jefes 
eran miembros de familias distinguidas del país, 
pertenecían por su origen, por su educación, á la 
clase á que pertenece el general Guido. Saavedra 
•es un hombre histórico en nuestro país. El vas- 
tago que acaba de cortarse de ese tronco, lo mis- 
mo que el coronel Paz y otros de sus compane- 
ros de martirio, obtuvo el rango á que había 
alcanzado, en las campañas de la guerra de la In- 
dependencia y del Brasil. Como individuos pri- 
vados jamás se mancharon con acción ninguna 
<jue los hiciera indignos del aprecio de los hom- 
bres de honor; como militares merecerían una 
-apoteosis en vez de ultrajes calumniosos. Esa es 
la verdad; y dudo sinceramente de que el gene- 
ral Guido se atreva á deciros lo contrario. 

«Y no creáis, milord, que el sacrificio délos je- 



— 124 — 

fes y oficiales en la batalla de Vences sea un ejem- 
plo único, sin antecedentes. ¡Ojalá que eso pudie- 
ra decirse! Sería siempre un atentado, pero no un 
sistema de atentados. Entretanto la verdad es que 
no es un sistema. Fácil os será, milord, procura- 
ros el número 3067 del diario «La Tarde >, de 
Buenos Aires, de 22 de octubre de 1841 : en 
él hallaréis, bajo la firma del general don Ángel 
Pacheco, á quien tal vez conocisteis en Buenos 
Aires, el aviso oficial que el mismo dio á Rozas 
de haber hecho decapitar al general don Maria- 
no Acha, que se había rendido prisionero, bajo 
capitulación un mes antes. Tal vez tampoco os 
será difícil procuraros, milord, la Gaceta Oficial 
de don Juan Manuel Rozas, número 5483, de 6 
de diciembre de 1841. Veréis en ella comunica- 
ciones, firmadas por un coronel Mariana Maza, 
que figura entre los primeros jefes y amigos per- 
sonales del Dictador, cuyo tenor literal es el si- 
guiente: 

<vCatamarca, 29 del mes de Rozas de 1841. 
— Excmo. señor gobernador don Carlos A. Arre- 
dondo. — . . . Después de más de dos horas de f uego,. 
y pasada a cuchillo toda la infantería, ha sida 
derrotada toda la .caballería; el cabecilla solo hu- 
ye por el cerro de Ambaste con 30 hombres; se 
persigue y pronto estará la cabeza en la plaza y 
así como están las de los titulados ministros 
González y Dulce y también la de üspeche, go- 
bernador que puso el pilón. — Mariano Maza ». 



— 125 - 

« / Viva la federación ! — Relación nominal 
de los salvajes unitarios titulados jefes y oficia- 
les que han sido ejecutados después de la ac- 
ción del 29: coronel Vicente Mercao; comandan- 
tes Modesto Villafañe, Juan Pedro Ponce, Da- 
macio Arias, Manuel López, Pedro Rodríguez; 
sargentos mayores Manuel Rico, Santiago de la 
Cruz, José T. Fernández; capitanes Juan de Dio? 
Ponce, José Salas, Pedro Araujo, Isidoro Ponce, 
Pedro Barros; ayudantes Damacio Sarmiento, 
Eugenio Novillo, Francisco Quinteros, Daniel 
Rodríguez; teniente- Daniel Díaz. — r Catamarca, 
noviembre 4 de 1841. — Mariano Maza». 

<sExcmo. señor gobernador, don C. A. Arre- 
dondo. — Catamarca, noviembre 4 de 1841. — 
;... En fin, mi amigo, la fuerza deeste salvaje uni- 
tario tenaz pasaba de seiscientos hombres, y to- 
dos han concluido, pues así les prometí pasarlos 
d cuchillo. — Mariano Maza ». 

« Señor don Juan Ortiz de Rozas. — Catamar- 
ca, noviembre 4 de 1841. — Ya anuncié á usted 
que habíamos derrotado en esta plaza completa- 
mente al salvaje unitario Cubas, que era perse- 
guido y que pronto tendríamos la cabeza de este 
bandido. En efecto, fué tomado en el Cerro de 
Ambaste; fué tomado en su misma cama. Queda, 
pues, también la cabeza de dicho forajido Cu- 
bas, etc., en la plaza de esta ciudad. 

« Después de la acción han sido tomados, en- 
tre jefes y oficiales, como 19 que iban en el al- 



— 126 — 

canee de Cubas; no he dado cuartel; el triunfo 
ha sido tan completo que uno no ha escapado. 
—Mariano Maza ». 

En ese propio número de la Gaceta Oficial 
de Rozas; en el 3067, antes citado, del Diario 
de la Tarde, y en un boletín oficial de Mendo- 
za, hallaréis, milord, documentos firmados por 
don Manuel Oribe, por ese mismo hombre á 
quien hacéis el honor de escribir cartas, de las 
que él hace uso muy poco discreto. Esos docu- 
mentos dicen literalmente así: 

«Cuartel general en el Ceibal, septiembre 14 
de 1841. — Entre los prisioneros se halló el trai- 
dor salvaje unitario, ex coronel Facundo Borda, 
que fué al momento ejecutado, con otros titula- 
dos oficiales de entre los de caballería é infante- 
ría. — Firmado: Manuel Oribe ». 

«Cuartel general en Metan, octubre 3 de 1841. 
— Los salvajes unitarios que me ha entregado el 
comandante Sandoval (que lo fué de la escolta 
de La valle), Marcos M. Avellaneda, titulado 
gobernador general de Tucumán, coronel titula- 
do J. M. Videia, comandante Lucio Casas, sar- 
gento mayor Gabriel Suárez, capitán José Es- 
pejo y teniente primero Leonardo Souza. . . han 
sido al momento ejecutados en la forma ordi- 
naria, a excepción de Avellaneda £ quien man- 
dé cortar la cabeza, que será colgada á la es- 
pectación pública en la plaza de Tucumán. — 
Manuel Oribe >. 



— 127 — * 

«Cuartel general en las Barrancas deCoronda, 
abril 17 de 1845. — Treinta y tantos muertos, y 
algunos prisioneros, entre los cuales quedó el sal- 
vaje titulado general Juan Apóstol Martínez, di- 
que le fué ayer cortada la cabeza, fué el resulta- 
do de este hecho de nuestras armas federales. . . 
Felicito á usted por este glorioso suceso, y me re- 
pito su muy atento servidor, etc. — Firmado: 
Manuel Oribe». 

«No agregaré más ejemplos; mi carta se alar- 
ga demasiado y creo que bastan los ya citados 
para llenar cumplidamente mi objeto. 

«Si al recibo de esta carta se hallase en esa 
capital el comodoro Sir Tomás Herbert, os ruego, 
müord, que tengáis la bondad de darle conoci- 
miento de su contenido y de la Gaceta que 
tengo el honor de acompañaros. Él pertenece, 
como vos, á la profesión de las armas; los que le 
tratan íntimamente — pues yo nunca tuve ese 
honor — le dan las cualidades que distinguen a 
un caballero; su amistad con don Juan Manuel 
Rozas, ha sido de inmenso servicio para éste, y 
tengo tanto interés en poner ante los ojos de Sir 
Tomás los hechos de su amigo, como ante vues- 
tros ojos, milord. Si el bizarro comodoro no se 
hallase ya en el Janeiro, yo cuidaré, á su regreso 
aquí, de comunicarle esta carta, 

«Os ruego, milord, disculpéis la libertad que me 
he tomado; la importancia del fin que me pro- 
pongo es la mejor excusa que puedo dar á un 
hombre de corazón y de honor. 



— 128 — 

«Entretanto me repito vuestro muy humilde 
y atento servidor 

«El editor principal de «El 
Comercio del Plata». 

CARTA DE ROZAS INSINUANDO EL CRIMEN 

El tirano de Buenos Aires, contra su costum- 
bre, dirigió una carta al general Oribe, firmada 
por él inismo, si bien con las palabras muy re- 
servada, insinuándole la comisión del delito más 
tarde consumado en la persona de Várela. 

La simple lectura de ese cínico y criminal do- 
cumento bastaría, á falta de otro testimonio, pa- 
ra señalar al instigador del asesinato del ilustre 
director de El Comercio del Plata. 

He aquí su contenido : 

«Muy reservada. — Excmo. señor general don 
Manuel Oribe, etc. — Buenos Aires, febrero 14 
de 1848. — Señor general y amigo: Por avisos di- 
rectos y de buen origen procedentes de Londres, 
tenía conocimiento de que debían partir en misión 
al Río de la Plata, los nuevos plenipotenciarios 
Gore y Gros, misión que como usted sabe se pre- 
senta bajo los mejores auspicios, para la sagrada 
causa de estas repúblicas, tan dignamente soste- 
nida por usted en esa. 

«El barón Gros, comisario regio por parte de 



— 129 — 

la Francia, ha debido salir del puerto de Tolón el 
2 del corriente en un vapor de guerra, y casi en 
la misma fecha de los puertos de Inglaterra, el 
señor Gore, comisario británico. 

« Ahora me avisan del Janeiro la llegada de 
aquellos señores á la corte imperial, con pocos días 
de intervalo, y que deben ponerse sin demora en 
camino para el Plata, á mediados de marzo pró- 
ximo, con el fin de ratificar en absoluto las esti- 
pulaciones Hood y Howden, con las modificacio- 
nes introducidas por el gobierno argentino, que 
ya son del dominio de usted. 

«Este golpe para los salvajes perversos unita- 
rios, encerrados en Montevideo, entre los que se 
halla como agitador en primera línea, el malva- 
do salvaje unitario desembrisia Florencio Va- 
reía, tiene — como usted lo comprende — que pro- 
ducir en ellos un efecto fatal, y es muy posible 
que pongan en juego todas las maquiavélicas in- 
trigas de que se han valido hasta hoy, para de- 
tener el triunfo de las armas que sostienen la jus^ 
ta causa de la Confederación y de la América, 
manchada mil veces por estos seides de la auar- 
quía, siendo el más perverso de todos, el referida 
salvaje unitario Florencio Várela, asesino prin- 
cipal del ilustre excmo. señor dtfn Manuel Dorrega 

«Los males que este malvado acarreó primero 
al pueblo argentino, que ha enlutado, contribu- 
yendo á ensangrentar su historia en la persona 
de la mencionada ilustre víctima, y los que ha 



— 130 — 

causado en general á las repúblicas americanas 
desde las columnas del pestífero pasquín que es- 
cribe, y los que finalmente puede causar aún, á 
la llegada de los plenipotenciarios Gore y Gros, 
en los que debe fundarse en la seguridad de un 
desenlace tan justo como favorable, aconsejan la 
adopción de medidas tales y tan eficaces, que 
ii i utilicen la perniciosa acción de este malvado, 
y estas medidas se hacen tanto más urgentes, 
desde que se trata de los intereses y el porvenir 
de dos pueblos hermanos, cuyo largo sufrimiento 
no se debe sino alas infames maquinaciones del 
bando perverso salvaje unitario, que este hombre 
y otros no menos funestos de su logia, pusieron 
en juego para anarquizarlos, empezando por de- 
rrocar las instituciones, atropellando la autoridad 
emanada déla soberanía popular, y atentando 
de un modo injustificable é inaudito, á la perso- 
na y la vida del jefe del estado, que nada había 
hecho para merecer tan nefando crimen. 

«En este sentido, la cuestión que se presenta 
entraña para estas repúblicas un interés capital, 
y creo firmemente que usted convendrá conmigo, 
í'ti la necesidad de remover todo obstáculo que 
pudiera hacerlo fracasar. No me detengo a expli- 
car ni clasificar los medios, porque no conozco 
aun ni su alcance ni su eficacia. 

«Tengo entendido que una vez iniciadas las ne- 
gociaciones, los plenipotenciarios pasarán á Mon- 
tevideo, cuyo gobierno como usted sabe, está hoy 



— 131 — 

completamente sometido á la dirección del pérfido 
salvaje unitario Várela y su círculo. Sin tiempo 
para más y reservándome ser más extenso en 
primera oportunidad, tengo el gusto de ofrecerme 
como siempre, su afectísimo atento S. S. 

«Firmado: Juan Manuel de Rozas.* 

Conviene hacer constar aquí, á los efectos de 
las responsabilidades que pesan sobre Rozas en 
unión de Oribe, que este documento lleva impre- 
so el sello de la expresa voluntad del primero de 
esos funestos personajes, pues como lo advierte 
un historiador imparcial, sus principales disposi- 
ciones políticas tomaban siempre el carácter in- 
directo y privado, haciéndolas firmar por sus ede- 
canes, sus secretarios ó el capitán del puerto. 

CONSUMATÜM EST 

A pesar de todo, Várela vivía tranquilo, sin 
la menor preocupación de que su vida pudiera 
serle arrebatada traidoramente, y el 20 de marzo 
de 1848, siendo las 8 de la noche, se dirigía á su 
imprenta, de la cual había salido hacía un ins- 
tante, cuando al llamar á la puerta, junto con el 
brazo que extendía, el puñal de un asesino le hi- 
rió aleve por detrás. 

Al oir sus quejidos acuden las personas que se 
hallaban en el interior, y en la vereda de enfren- 



— 132 — 

te encontraron á Várela bañado en su propia 
sangre, ya exánime, pues la herida que recibió 
era. mortal. 

El puñal del asesino, que resultó llamarse An- 
drés Cabrera, le había penetrado por la parte su- 
perior de la espalda y salido por el centro de la 
garganta (1). 

La muerte fué casi instantánea, pues el arma 
homicida interesó la arteria carótida y la vena 
¡iugular. 

La herida presentaba en la espalda cinco pul- 
gadas de extensión, y la del cuello el diámetro 
de una pulgada. 

Cabrera tomó sigilosamente por la calle Mi- 
siones, y, sin ser sospechado, 1 llegó hasta la Peña 
del Bagre, en cuyo paraje le aguardaba una bar- 
ea, tripulada por los sujetos Federico Suárez y 
José Manuel. 

La sombra de Várela, como un espectro ven- 
gador, atosigaba su conciencia criminal. Tal fué 
el pánico que se apoderó de su espíritu en presen- 
cia del grave delito que acababa de cometer, que 
llrgó á ella asustado y llorando y tan fuera de sí, 
que José Manuel tuvo que cargarlo y conducirlo'' 
¿í bordo, según declaración de un testigo, circuns- 
tancia ésta que dificultó por un momento la ma- 
niobra para zarpar de la costa. 

1 1 } Várela fué herido en la puerta número 90 de la calle Misiones, falle- 
cí 'ludu en la número 91, á treinta pasos de distancia, y el crimen se perpetró 
;« i'.'J varas de la calle 25 de Mayo (antes del Portón) conocida también por de 
iStjft Pedro, que era su primitivo nombre. 



-— Í33 — 

La embarcación se dirigió en seguida al eam~ 
po enemigo, arribando al muelíe de Lafone. 

Por propia confesión del criminal, se supo 
más tarde que su malvada acción le valió cinco 
miLpesos, una propiedad en Las Piedras y al- 
gún ganado. 

En el cuartel general de Oribe hacía cínico 
alarde de su crimen y á todos enseñaba el puñal 
ensangrentado, en medio del regocijo y algaraza 
de sus camaradas. 

A las 1 í de la noche, nadie ignoraba aquel 
hecho entre las fuerzas de Oribe, quien trans- 
mitió oficialmente la noticia á las avanzadas de 
su ejército que operaban sobre las trincheras de 
la Defensa. 

En el silencio de la noche, refiere un diario 
de la época, sus soldados vitoreaban la muerte 
del señor Várela y decían á gritos á los de la 
plaza que les mandaran El Comercio del siguien- 
te día. 

Además de las dádivas especificadas, Oribe 
premió á Cabrera con el grado de capitán. 

Se cumplió, pues, la satánica voluntad de Ro- 
zas, que á todo trance y por todos los medios 
tendía á evitar que el infortunado Várela influ- 
yese en los resultados de la misión diplomática 
anglo-francesa, encomendada á los señores Gore 
y Gros, habiendo llegado ^ste último á Monte- 
video el día antes del asesinato. 



— 134 — 



PRO LA FAMILIA DE VÁRELA 

La noticia de su trágica muerte produjo ver^ 
dadera consternación en el seno de la sociedad 
montevideana, que apreciaba en todo su justo va- 
lor el talento, las virtudes y el patriotismo de Vá- 
rela. 

Su hogar hasta entonces feliz, quedaba no só- 
lo enlutado por aquella desgracia, sino también en 
una situación bastante precaria. 

De ahí que inmediatamente surgiera la feliz 
idea, promovida por varios de sus compatriotas, 
de iniciar una suscripción en favor de la misma, 
pensamiento éste que encontró la más favorable 
acogida, pues en breves días ge logró recolectar la 
sin na de quince mil setenta y siete pesos con cua- 
trocientos ochenta reís. 

Además, se recibieron otros donativos: el de un 
Caballero italiano, consistente en un crédito con- 
tra el estado, valor de dos mil pesos; y trescien- 
tos cuarenta y ocho mil cuatrocientos ochenta 
reis, este último remitido de Río Janeiro por tres 
españoles, cuatro argentinos y un alemán. 

Cooperaron á la anterior suscripción nume- 
rosas personas en la siguiente forma: 

Ingleses $ 4,290.640 reis 

Argentinos. , ♦ . » 3,331.320 > 
Españoles , . . . » 2,666.160 » 



135 — 



Franceses .... 


$ 


2,220.320 


Alemanes . . . . 


» 


1,079 


Norteamericanos . . 


» 


556 


Orientales .... 


» 


439.160 


Brasileños .... 


» 


413 


Italianos 


/>, 


166 


Personas no conocidas. 


» 


315.480 



Esto demuestra, por otra parte, la popularidad 
y simpatía que gozaba el extinto y la solidaridad 
de los residentes extranjeros por la causa de la 
Defensa. 

LAS TRATAT1VAS DE ALIANZA CON URQUIZA Y lEL 
BRASIL 

Abrigando el gobierno de la Defensa muy po- 
ca ó ninguna confianza en el éxito de la inter- 
vención europea, juzgó prudente dirigir sus mi- 
radas al gobernador de Entre Ríos, que lo era el 
general don Justo José ele Urquiza, y al emperador 
del Brasil, don Pedro II, á cuyo efecto acreditó 
como agente confidencial cerca del primero á don 
Benito Chain, y como enviado extraordinario y 
ministro plenipotenciario en Río Janeiro al doc- 
tor don Andrés Lamas. 

En el acuerdo reservado del 10 de septiembre 
de 1847 había resuelto el gobierno: 

1.° Separarse de la intervención europea, bus- 



— 136 — 

cando la salvación de la república en otras com- 
binaciones. 

2.° Que siendo la más positiva la que se base 
en alianzas poderosas, se busque la de los estados 
limítrofes que tengan un interés real é inmediato 
en el triunfo de la defensa de Montevideo. 

3.° Que sin embargo de la posición especial 
que tiene Entre Ríos, se intente entenderse y 
atraer á la alianza á su gobierno, renovando las 
negociaciones interrumpidas. 

En cuanto á las gestiones ante el gobernador 
de Entre Ríos, ya habían sido iniciadas indirec- 
tamente por el doctor don Manuel Herrera y 
Obes, el cual se dirigió al general Urquiza, tan 
luego se formó el nuevo ministerio, llevando ese 
hecho á su conocimiento, y significándole que en- 
traba en sus propósitos realizar una paz honrosa 
y que á todos beneficiara por igual 

Concluía exhortándole á ponerse de acuerdo 
para realizar una obra tan magna, que ligaría ín- 
timamente á la República Oriental con aquel pue- 
blo hermano. 

Urquiza guardó silencio en la parte funda- 
mental de esa comunicación y se concretó á en- 
viarle corteses saludos, no por escrito, sino por 
interpuesta persona, pues temía que no se guar- 
dase reserva y que cualquiera indiscreción pu- 
diera colocarle en una situación equívoca. 



— 137 



LA MISIÓN CHAIN 

En 1846 había demostrado el general Urqui- 
za las mejores disposiciones para contribuir ñ 
que se pusiera término á la guerra, aceptando hñ 
funciones de mediador que le confiara el gobier- 
no de la Defensa. Esto, añadido al tratado de Al- 
caraz con el gobierno de Corrientes, que desper- 
tara los celos de Rozas y Oribe, hacía creer fun* 
dadamente en una posible alianza con él. 

Don Benito Chain,- antiguo vecino de P;iy- 
sandó, era amigo íntimo suyo, y á raíz de; la de- 
rrota de Cagancha, lo salvó de caer en manos d# 
un oficial Reinoso, mandado entonces en su perse- 
cución por el comandante militar de aquel de- 
partamento, que lo era don Pedro J. Brito. 

De ahí que el gobierno de Montevideo se fíja- 
se en él" para nombrarle agente confidencial cer- 
ca del gobernador de Entre Ríos. 

En octubre de ese año partió para la Concep- 
ción del Uruguay, haciéndolo con la mayor re- 
serva, para evitar cualquier tropiezo. 

Entre lasinstrucciones de que fué portador figu- 
raban las siguientes: 

« Los intereses de Entre-Ríos no son los de 
Buenos Aires; y él debe persuadirse que mientras 
don Juan Manuel Rozas mande en ese país, y 
sobre todo mande como manda hoy, no debe es- 
perar para su provincia, ni quietud, ni concesión 



— 138 — 

de ninguna especie que le favorezca considera- 
blemente. Ei gobernador de Buenos Aires antes 
de hacerla al pueblo de Entre Ríos, verá prime- 
ro si conviene á los intereses de su supremacia 
exclusiva, que tanto quiere dar al pueblo de Bue- 
nos Aires; y sólo accederá á ella, cuando y como 
convenga á esos intereses. 

' De modo que si entonces es fuerte por el 
triunfo que haya obtenido sobre los enemigos 
que hoy lo combaten, ese poder lo empleará todo 
para imponer su voluntad y oprimir á todos aque- 
llos que se le opongan; en cuyo caso á Entre- 
Ríos no le queda más disyuntiva que entrar en una 
lucha extremadamente desigual y sin esperanza 
de suceso, ó someterse ciegamente á lo que quiera 
el gobernador de Buenos Aires, perdiendo así la 
más preciosa oportunidad que se le ha podido 
presentar de hacer á su provincia y á todas las 
demás de la Confederación Argentina, el más 
grande bien que pueden apetecer. 

* Que el gobernador Urquiza comprenda bien 
esta verdad y sepa apreciarla á tiempo. Él no tie- 
ne hoy nada que temer. Su causa es la de todas 
las provincias. Con sólo lanzarse él, ellas le se- 
guirán, y Rozas es perdido. Tal es el estado de 
las cosas. Hoy todo es hecho; después, será tarde. 
Tengase presente que triunfante el gobernador 
Rozas, su poder material y moral lo hará tan 
fuerte, que sólo una coalición muy bien sistema- 
da podrá combatirlo, y esto se sabe por experien- 



— 139 — 

<?ia que no es la obra de un día, cuando hay que 
habérselas con un poder fuerte y que ha sido fe- 
liz. Hoy es, pues, el momento de entablar la lu- 
cha, hoy que la cuestión está en su punto crítico, 
y en que el más pequeño accidente puede deci- 
dirla». 

Sin duda por las reticencias con que procedió 
Urquiza cuando le escribió el ministro Herrera, 
se decía también lo siguiente en dichas instruc- 
ciones: 

«En este negocio procederá usted con la mayor 
franqueza para con el señor gobernador Urqui- 
za. El gobierno de la república no conoce otra 
política que la que se busca en la buena fe, en la 
lealtad, en el honor y en la justicia. Nada, poi- 
consiguiente, tiene que ocultar; y si en esta nego- 
ciación quiere guardar la más grande reserva, es 
más en consideración y respeto á la posición del 
señor gobernador y al éxito del resultado que 
pueda traer, que por ninguna otra mira de egoís- 
mo ». 

Urquiza se preparaba á partir para Corrí en- 
tes respondiendo á un mandato de Rozas, pues 
liabía fracasado el convenio de Alcaraz, y, por lo 
tanto, la entrevista de Chain con él tuvo que ser 
muy breve. 

Ella fué cordial por la amistad que profesaba 
al comisionado oriental, pero el gobernador de 
Entre-Ríos se mostró desagradado para con el 
gobierno de la Defensa con motivo del ataque á 



— 140 — 

Paysandú en diciembre de 1846, hecho, según él„ 
que lo había comprometido con Rozas y que lo 
obligaba en esos momentos á operar sobre Co- 
rrientes. 

Su respuesta final, según el testimonio del 
nmmo señor Chain, confirmado más tarde por 
Urquiza, fué esta: «Usted conoce mis sentimien- 
tos y deseos por la paz ; hasta el mismo don 
Juan Manuel Rozas ios conoce. Tampoco ignora 
la confianza que me inspira la persona del doc- 
tor Herrera y Obes y el aprecio en que le tengo, 
y, sin embargo, olvide usted, mi amigo, que me 
lia hablado del asunto. Ahora voy á Corrientes». 

Urquiza alejóse de la entonces capital entre- 
mana, y con la batalla de Vences, que tuvo lu- 
gar el 28 de noviembre, devolvió a Rozas su do- 
minio sobre aquella heroica provincia. 

Chain no había querido alejarse de allí, espe- 
rando el regreso de su amigo, que tornó á Entre- 
Ríos en enero de 1848. 

Parece que la victoria obtenida no le había 
enceguecido y que la reflexión le hizo reaccionar. 
en gran parte, en favor de Montevideo, pues no 
ho\q permitió el arribo al puerto de Concepción 
del Uruguay de buques procedentes de dicho 
punto y su retorno, sino que se le oyó mucha» 
veces emitir los más favorables juicios acerca de 
la administración del gobierno de don Joaquín 
Suárez. 

El señor Chain, alentado por todo esto, con- 



— 141 — 

sultó sobre la actitud que debía observar, respon- 
diéndosele que procediera con la mayor circuns- 
pección y no agitase, ostensiblemente al meno»*, 
el grave asunto que lo había llevado á presencia 
de Urquiza. 

* En consecuencia, redujo su acción á enterarse 
de cuánto ocurría y á transmitir sus impresionas 
al gobierno. 

LA IDA DE LAMAS AL BRASIL 

En diciembre de 1847 se dieron al doctor 
don Andrés Lamas las instrucciones del caso 
para que ajustara su conducta de enviado extra- 
ordinario y ministro plenipotenciario de la repú- 
blica en Río Janeiro. 

Ellas revelan el excepcional talento y tacto 
político que poseía su autor, el doctor don Ma- 
nuel Herrera y Obes, y vamos á recordar aquí 
algunos de sus principales acápites: 

«La independencia del Estado Oriental, con to- 
das sus legítimas consecuencias, el establecimien- 
to y estabilidad de un gobierno regular, que ga- 
ranta la paz y el orden publico, son dos condi- 
ciones útiles y eminentemente ventajosas al im- 
perio del Brasil. 

«La interposición entre dos grandes potencia y, 
de un estado pequeño, es un límite mejor y má* 
eficaz que las montañas, los ríos, ó cualquier otro 
de los que se llaman naturales, y que por sí 



— 142 — 

miamos no ofrecen resistencia á las recíprocas 
invasiones. Esos estados intermedios, aunque dé- 
biles por su extensión y recursos respectivos, son 
fuertes por su posición; porque es natural que 
cada uno de los limítrofes lo defienda y haga 
suya su causa, para que no caiga bajo el poder 
de su vecino, y venga éste á sus fronteras, más 
poderoso con la adquisición. 

^Esa condición de equilibrio, que ha sido la 
base de las altas combinaciones de la política eu- 
ropea y el medio único de llegar á una paz du- 
rable, fué también la única que pudo dar térmi- 
no á la lucha tradicional que se mantenía en 
nuestras fronteras y á las pretensiones que, al do- 
minio de este territorio, sostuvieron con las ar- 
mas la República Argentina y el Imperio del 
Brasil. 

«La condición, pues, es el pensamiento entero 
y fundamental de la Convención preliminar de 
paz de 1828; ella importa el equilibrio, es de- 
cir, á la paz, á la seguridad del Imperio. 

«Por consecuencia, la conquista directa ó im- 
plícita del estado intermedio, es el aniquilamien- 
to de ese pacto, que puso término á la guerra en 
1S28, y cuyo fin la hará renovarse fatal é inevi- 
tablemente. 

«Esto en cuanto á la independencia en princi- 
pio; pero como ella no sólo peligra en medio de 
las convulsiones y de la reorganización social, si- 
no que la guerra civil mantiene en agitación á 



— 143 — 

las poblaciones fronterizas, las contagia, diremos 
así, con todos los males que engendra, es de tan- 
ta, importancia como la independencia, el régi- 
men regular de este estado, su paz y orden in- 
terno. 

«Por eso, la convención de 1828, cuidó esen- 
cialmente de que se diera una constitución, é 
inició el principio de dar apoyo y sostén al siste- 
ma que ella estableciese. 

«La constitución del estado fué examinada 
y aprobada por el gobierno del Brasil. La capa- 
cidad para gobernarse por ella fué reconocida 
por el mismo gabinete al terminar los cinco aftos 
que designa la convención preliminar, y esta 
constitución y su permanencia, vinieron á ser 
así virtualmente sancionadas por él. 

« Los principios constitucionales quedaron, 
pues, bajo cierto aspecto, colocados bajo su protec- 
ción especial; y es inútil decir que, á más de eso, el 
imperio del régimen legal es una garantía para 
el Brasil, interesado en alejar de sus fronteras, y 
en especial de la del Río Grande, el contacto de 
la anarquía y la propaganda de los sistemas de 
caudillaje y de las influencias personales é 
irresponsables, que han esterilizado hasta ahora 
los esfuerzos que se han hecho por la paz y los 
progresos sociales de estas regiones. 

« En consecuencia, la protección á la indepen- 
dencia, la pacificación de este país y el estableci- 
miento y consolidación de un gobierno regular, 



— 144 — 

no sólo está en el derecho y en el deber del Bra- 
sil, por la convención de 1828, sino que todo ello, 
importa á sus más vitales y permanentes intereses. 
Estos intereses le exigen, imperiosamente, que 
aleje de sus fronteras las armas y el predominio 
de la influencia de la República Argentina, para* 
que ella no domine directa ni indirectamente 
aquel territorio, que fué la codicia de Portugal 
por muchas generaciones, para cuya conquista 
aventuró don Juan VI la suerte de 12,000 de 
sus mejores soldados, y á cuya conservación sa- 
crificó el fundador del Imperio los tesoros y la 
sangre del Brasil, en una guerra de tres años, á 
que sólo puso término su independencia de los 
estados entonces beligerantes. 

«El sistema del actual gobernador de Buenos 
Aires, sus agresiones á la independencia del es- 
tado, los actos cometidos dentro y fuera de este 
territorio por el jefe que, con el mentido título 
de Presidente viene á la cabeza de su ejército 
para conquistar el mando, son sobradamente co- 
nocidos, y nadie puede, con la mínima apariencia 
de razón, poner en duda que con su triunfo que- 
darían aniquilados, de faeto al menos, la inde- 
pendencia del país y sus principios constitucio- 
nales. 

«Este peligro es inminente y palpable, y des- 
de que él existe, existe para el Brasil, que no 
puede dejarlo crecer y acercarse sin hacer aban- 
dono de sus deberes, de sus compromisos de ho- 



— 145 — 

ñor, de sus intereses y conveniencias permanen- 
tes, y hasta de sus tradiciones históricas ». 

Sin duda para que no se tomase como un acto 
de debilidad ó de sumisión la alianza que se pro- 
curaba, se decía en las mismas instrucciones que 
en cuanto á lo que á límites pudiera referirse, el 
gobierno estaba decidido á no hacer concesión 
alguna territorial que deslustrase los esfuerzos 
que él y los ciudadanos que combatían á su lado, 
hacían por el mantenimiento de la integridad na- 
cional; pero que para demostrar al Brasil su 
buena amistad, se autorizaba al doctor Lamas á 
celebrar un ajuste en la materia, en el cual se 
declarase que la república no haría coalición con 
los otros estados que, como ella, derivan en de- 
recho ¿el tratado de 1777, y que dicha cuestión 
se solucionaría por los dos estados únicamente. 

En cuanto á la navegación del Uruguay, se le 
facultaba á declarar que aunque se deseaba com- 
partirla con el Brasil, por el término que señala 
el artículo adicional de la convención de 1828, 
no sería posible, sin su apoyo eficaz, resistir el 
artículo propuesto por el gobernador de Buenos 
Aires, en las negociaciones Hood y Howden- 
Waleewsky, que se la cerraba rotundamente, 
mientras que con su apoyo la resistiría. 



— 146 



ñUB GESTIONES — BETIRO DEL MINISTRO GUIDO 

Las gestiones del doctor Lamas fueron labo- 
riosas, tardías, si se quiere, pero eficaces al fin 
que se buscaba. 

Después de inauditos esfuerzos, y ya estimado 
en la corte por sus condiciones intelectuales % su 
hábil diplomacia, logró que en septiembre de 
1850 se preocupara más directamente el gobier- 
no del Imperio de abordar el estudio y la solución 
de las cuestiones del Plata. 

Interesado el gabinete de Río Janeiro en el 
usunto, en forma que desagradó al gobernador de 
Buenos Aires, se produjo la ruptura de las rela- 
ciones diplomáticas que hasta entonces se habían 
nú i n tenido más ó menos cordiales entre ambos 
gobiernos, y Rozas dispuso, poco después, el re- 
tiro de su ministro plenipotenciario general Guido, 
que arribó á Buenos Aires el 13 de octubre 
próximo. 

Este hecho fué un síntoma halagüeño de la 
alianza que se procuraba, y desde esa fecha ya 
¡nulo presagiarse cuál sería el desenlace de # la 
guerra que desde hacía ocho años preocupaba la 
átentión de los países americanos y de las nacio- 
nes europeas. 



— 147 — 

SOLICITANDO UNA DECLARACIÓN CATEGÓRICA DEL 
IMPERIO 

El 12 de abril de 1851, la legación orienhil 
en aquel país solicitó del ministro y secretario 
de estado en los negocios extranjeros, senador 
Paulina José Soares de Souza, una manifestación 
auténtica y solemne de las miras del Imperio en 
el caso de que las dificultades porque se atrave- 
saba, condujesen sus armas ai Estado Oriental. 

En dicho importante documento le decía: «El 
gobierno y el ministro oriental hacen justicia á hi 
lealtad y superior inteligencia de los intereses del 
Brasil, que dominan la política de Su Majestad: 
justicia tan plena como la que esperan merecer 
de todos los que, habiendo tratado con ellcs los 
negocios de la República Oriental, su patria, ea- 
ben que la independencia absoluta y real de esa 
república, es un dogma sobre el cual no admiten 
transacción alguna; que han estado y están con- 
cienzudamente decididos á sepultarse en las rui- 
nas de Montevideo antes que consentir en prove- 
cho de nadie el menoscabo de su independen- 
cia, y que en todas las circunstancias, en medio 
de las mayores angustias, miserias y peligros, se 
han explicado con completa buena fe y no lian 
hecho jamás á nadie concesión ni ilusión alguna 
sobre ese punto capital». Y más adelante agre- 
gaba: «Persuadido el infrascripto también de que 



— 148 — 

cualquiera que sea el -curso (Te los sucesos, el go- 
bierno de Su Majestad no atacará ni levemente 
la independencia, la integridad, ni la gloria de la 
República Argentina; que no tiene la mínima 
pretensión de mezclarse en sus negocioa internos, 
y que sus votos, lo mismo del Estado Oriental, se 
reducen á que el Argentino sea conciliable con la 
paz é independencia de sus vecinos; y conside- 
rando que el conocimiento de esta parte déla 
política del Brasil tendría gran importancia para 
[>oner en completa evidencia todo su sistema de 
política, respecto al Río de la Plata, agradecería 
tjue S. E. el señor Soares de Souza la compren- 
diese en la solicitada manifestación, si en ello no 
liubiese alguna dificultad especial». 

Después de recordar todas las manifestaciones 
hechas por la cancillería oriental en diversas no- 
tas, añadía que ellas podrían epilogarse así: 

«El gobierno oriental pretende: Que retiradas 
eü su totalidad las tropas argentinas, queden los 
< orientales todos, sin excepción, libres de esa y de 
i oda otra coacción extranjera. - ■ • 

«Que una amnistía completa y un olvido abso- 
luto cubran todas las opiniones pasadas y todos 
los actos practicados por los orientales durante la 
lucha, sin excepción. 

«Que se devuelvan á sus legítimos dueños to- 
dos los bienes raíces confiscados. 

«Que colocados en esa situación, procedan to- 
dos conforme á la legislación existente: á la libre 



r x ? ■ 



— 149 — 

elección de la asamblea general, que ha de elegir 
. el presidente de la república. 

«Que el gobierno electo así, sea el gobierno le- 
gítimo del país para todos. 

«Que las vidas, propiedades y derechos de to- 
dos los habitantes extranjeros, sean escrupulosa- 
mente atendidos y respetados.. 

«Que conservando la república el sagrado de- 
recho de asilo, se tomen no obstante medidas de 
suficiente precaución para que los emigrados po- 
líticos no perturben la tranquilidad de los esta- 
dos limítrofes. 

«Si las circunstancias le fueran favorables, el 
gobierno oriental pretendería además: Que los po- 
deres signatarios de la convención de 1828, to- 
masen, de acuerdo con la república, medidas efi- 
caces para que el presidente electo, cualquiera que 
fuese, y al menos hasta el que lo sustituyese le- 
galmente á su tiempo legal, tuviese el apoyo de 
los mismos poderes, para gobernar todo el período 
constitucional. 

«Qué se hiciera de derecho internacional, esto 
es, que se garantiese por los poderes signatarios 
de la convención de 1828, y por todos los otros 
cuya concurrencia para ese fin se pueda obtener, 
la inviolabilidad de la propiedad particular. 

«Tales son las pretensiones del gobierno,y nada 
más, por más favorables que sus circunstancias 
llegasen á ser.» 



10 



— 150 — 

Respecto á la persona del sitiador se expre- 
saba así: 

«Resisten á don Manuel Oribe, tal como se ha 
presentado al frente de ios muros de Montevideo, 
no como persona; lo resisten como principio, como 
símbolo, como sistema. 

«Si don Manuel Oribe, por su parte, no se so- 
mete ai fallo de la nación; si persiste en derivar 
su título y autoridad de las armas que empuña 
y de la voluntad del dictador Rozas que en .1843 
lo condujo al territorio oriental, los defensores de 
Montevideo le resistirán constantemente hasta 
perecer con las armas en la mano; buscarán como 
hasta ahora, para resistirle, cualquier punto de 
apoyo que les ofrezca la civilización y la huma- 
nidad.» 

PROPÓSITOS DEL GOBIERNO BRASILEÑO 

El ministro Soares da Souza repuso con fecha 
3 de julio á la nota del plenipotenciario oriental, 
en cuya comunicación se contenía lo siguiente: 

<:Ei gobierno imperial queda enterado de las 
explicaciones que se contienen en dicha nota, so- 
bre las intenciones y vistas del gobierno de la 
república en la larga y calamitosa lucha que ha 
sostenido. Entiende que las disposiciones que ha 
manifestado y manifiesta dicho gobierno, están 
enteramente conformes con sus derechos como 
estado independiente, con la convención prelimi- 



— 151 — 

nar de paz de 27 de agosto de 1828; y que 
solamente su realización puede traer la paz y 
la tranquilidad ai Estado Oriental y á sus ve» 
cinos. 

«El gobierno imperial juzga desnecesaria una 
nueva manifestación de sus vistas para contestar 
á aquellos que, para sus fines, le atribuyen pen- 
samientos de dominación y conquista sobre el Es- 
tado Oriental. 

«Toda la discusión habida con la legación ar- 
gentina eíi Río Janeiro en diversas épocas, rela- 
tiva á la independencia del Estado Oriental, las 
repetidas declaraciones hechas por los ministros 
de S. M. el emperador en las Cámaras legislati- 
vas; el discurso con que el mismo augusto señor 
abrió la asamblea general legislativa el día 3 de 
mayo del corriente año, son actos muy solemnes 
para que puedan ser puestos en duda, y aún 
cuatido lo fueren, esas dudas no merecerían con- 
testación. 

«Las palabras de aquel discurso «teniendu 
siempre por un deber respetar la independencia, 
las instituciones y la integridad de los estados 
vecinos y nunca envolverme en manera algunn 
en sus negocios internos», no se refieren única- 
mente al Estado Oriental, pero también á las 
provincias argentinas. 

«Tal es la base principal de la política del go- 
bierno imperial por lo que respecta á los estados 
vecinos, cualquiera sea el curso de los sucesos, 



,— 152 — 

base que respecto del Estado Oriental se halla con- 
sagrada y explicada en la convención preliminar 
de paz de 27 de agosto de 1828. 

«Ningún gobierno se liga espontáneamente 
por declaraciones tan francas y repetidas, 
cuando abriga pensamientos contrarios». 

Ya el 16 de marzo del mismo año, había he- 
cho el Brasil la declaración contenida en el si- 
guiente documento: 

«Ilustrísimo y excmo. señor: Satisficiendo los 
deseos de V. E., ningún inconveniente tengo en 
declararle aquí, para que conste á su gobierno, 
ile una manera más formal, lo que ya por repeti- 
das veces, en conferencias, he dicho á V. E.: que 
no habiendo podido el gobierno imperial, no obs- 
tante sus esfuerzos, obtener del general Oribe 
que atienda las reclamaciones hechas contra los 
vejámenes y violencias practicadas en el territo- 
rio oriental por él ocupado, contra subditos y 
propiedades brasileñas, está firmemente resuelto 
¡í procurar una solución estable y satisfactoria á 
ese estado de cosas, que no puede continuar, so- 
lución que parece imposible obtener amigable- 
mente, siendo ella principalmente entorpecida 
por la ingerencia que indebidamente ha tomado 
en estos negocios el gobernador de Buenos Aires. 
«Que no conviniendo, por tanto, al gobierno 
imperial que el general Oribe se fortalezca más 
y se apodere de la plaza de Montevideo, no sólo 
porque eso dificultaría más aquella solución, sino 



^ JLa 



— 153 — 

porque en el estado á que las cosas han llegado, 
pondría en peligro la independencia de la Repú- 
blica Oriental que el Brasil tiene el deber de man- 
tener, está el mismo gobierno imperial resuelto á 
coadyuvar á la defensa de aquella plaza, y obstar 
á que sea tomada por el general Oribe. 
« Tengo el honor de ser de V. E., etc. 
«Firmado: Paulino José Soaresde Soitza.» 

CELEBRACIÓN DE LA ALIANZA 

La propia torpeza de Rozas y Oribe, más que 
su mala causa, pusieron en su contra las armas 
de Urquiza y el Brasil. 

El gobernador de Entre Ríos, que al principio, 
como queda dicho, se mostró hosco ante la mi- 
sión confiada al señor Chain, y que más tarde 
reveló buenas disposiciones para con el gobierno 
de la Defensa, informado por el referido agente 
confidencial que si bien la misión anglo-francesa 
había fracasado, el representante de Francia 
acordó que el gobierno de su país pasaría un sub- 
sidio pecuniario al de Montevideo, mostróse su- 
mamente satisfecho, y esto dio margen á que su^ 
relaciones se estrecharan con el ministro Herreni 
y Obes. 

El gobierno de la Defensa aprovechó la ruptu- 
ra de relaciones entre el gobierno del Brasil y el 
de la Confederación Argentina para dirigirse al 
general Urquiza explicándole las causas y nióvi- 



— 154 — 

les que habían determinado la actitud del Impe- 
rio, y ai mismo tiempo urgió para que asumiera 
una resolución pronta y definitiva en la forma 
solicitada por intermedio del señor Chain. 

Urquiza, siempre receloso, tampoco quiso de- 
cidirse esta vez de inmediato, y manifestó la con- 
veniencia de que se le nombrase mediador entre 
Rozas y sus adversarios, prometiendo unirse á 
ellos en caso de no ser posible arribar á un acuer- 
do satisfactorio. 

Sin embargo, se determinó á entrar desde ya 
en la alianza que se le proponía, siempre que el 
gobierno del Brasil le formulara igual solicitud. 

memokXndum del gobierno 

Ante aquellas manifestaciones del general Ur- 
quiza, el gobierno consideró conveniente expre- 
sarle todas sus vistas y presentar ante sus ojos el 
cuadro sombrío del porvenir de estos pueblos, 
que se dibujaba en el horizonte de un no lejano 
día, y confió á la brillante pluma y preclara inte- 
ligencia del doctor don Manuel Herrera y Obes 
la redacción de un memorándum, que resultó no- 
table y que llevó el convencimiento al espíritu del 
gobernador de Entre Ríos de que era llegada la 
hora de resolver su actitud contra Rozas en bien 
de su propia patria. 

De ese extenso y concienzudo documento, fe- 
chado el 19 de marzo de 1851, vamos á trans- 



— 155 — 

-cribir sus párrafos finales, que compendian loa 
anhelos de los hombres de la Defensa. Ellns <li- 
cen así: 

«La República Oriental está cierta hoy del 
triunfo de su causa, y de esta verdad ya nadie 
puede dudar. Pero ¿qué es ese triunfo sobre pue- 
blos hermanos, cuya existencia le es tan cara 
<X)mo la suya propia? ¿cuál es su causa sino la de 
esos mismos pueblos, cuya garganta oprime y 
despedaza la planta homicida de un hijo ctupI y 
desnaturalizado que se goza hasta en sus ge- 
midos? 

«No: la república no quiere ese triunfo; sólo 
quiere el reconocimiento y el respeto de los sa- 
crosantos derechos por que pugna y que son lus 
de todo estado soberano é independiente. EHjl 
no puede confundir al hombre que, usurpa mi u el 
nombre y el poder del pueblo argentino, trajo a 
^ste suelo la muerte, la desolación y la miseria, 
para saciar una ambición bastarda y traidora, con 
la nación generosa á quien la república áebv dos 
veces su libertad y que jamás fué avara ni de su 
sangre, ni de sus tesoros, ni 'de sus glorias, cuando 
peligraron la independencia ó los derechos de los 
pueblos americanos. Ansia, pues, por la cesación 
de esa guerra, y ansia más por verla terminada de 
un modo que estreche á los dos estados en esas 
íntimas y durables relaciones de amistad qtte lin- 
een de dos pueblos, como de dos individuos, uno 
.solo, cuando se basan en el aprecio, en la justicia, 
«en la confianza y el respeto recíprocos. 



— 156 — 

«Pero, desgraciadamente, la República Orien- 
tal ya nada tiene que ceder ni poner de su paite 
para que eso suceda. Hoy todo depende de lo que 
haga el Estado Argentino: es á él a quien todo 
está librado en este momento. 

« Si por uno de esos decididos y enérgicos movi- 
mientos, que tanto embellecen su historia, se re- 
suelve á despedazar las enrojecidas y vergonzosas 
cadenas con que un hombre la conduce al preci- 
picio en que debe desaparecer, todo está conse- 
guido. El osado nublado, que tanto asombra hoy 
el horizonte de sus destinos futuros, se habrá 
cambiado en el más puro y cristalino cielo: el día 
de la libertad y la regeneración del pueblo argen- 
tino, habrá lucido, y con él, el de la pa&, el de la 
justicia, única que piden los otros pueblos, cuyo 
enojo ha suscitado el gobernador de Buenos 
Aires, tan mala como inhábilmente. Que ese día 
aparezca, y veráse á todos ellos olvidar sus que- 
jas y correr presurosos en auxilio del pueblo in- 
fortunado, cuyas desgracias á todos interesa, cuyo 
antiguo esplendor todos extrañan, cuyos males 
ninguno quiere, y á cuyo bárbaro opresor todos 
abominan. 

«Si, por el contrario, pusilánime, abatido y de- 
generado, el pueblo argentino ha perdido el senti- 
miento de su dignidad, y resignado obedece sin 
murmurar al duro y constante cabestro con que 
el gobernador de Buenos Aires ha más de 20 
años que lo tiene uncido á la picota de las na- 



— 157 — 

ciones ¡oh fatalidad!, imposible será calcular el 
tamaño y el término' de sus calamidades. Nuestro 
corazón se oprime al solo pensarlo, y no somos 
argentinos. 

«Elija, pues, el general Urquiza. De esa elec- 
ción penden los destinos de estos países. Elija, y 
no olvide que la posteridad le reserva alto honor 
por lo que ha hecho ya, por lo que haga con au- 
dacia y firmeza en la conquista de la gloria con 
que le convida. 

«Se la imponen la posición que le han hecho 
los sucesos, la abundancia y la facilidad de me- 
dios de que puede disponer, los que le darán la 
nueva situación en que van á entrar estos países, 
su gloria personal, y sobre todo, los forzosos de- 
beres que tiene para con su patria. Don Juan Ma- 
nuel Roza§, objeto sólo del temor y de los odios 
enconados que se ha creado entre propios y ex- 
traños, apenas es un nombre por la temeridad de 
sus atentados: su poder no está sino en el poder 
de las imaginaciones que ha dañado. El no puede, 
pues ser un obstáculo que detenga el cumpli- 
miento de aquel deber: el país le rechaza; pero si 
se presentase como tal es, á hombres como el ge- 
neral Urquiza es que toca vencerlos. Todo debe 
ser menos para él, que los sufrimientos, la deca- 
dencia, la postración completa en que su país se 
consume y pierde y desmerece en la importancia 
é influencia que es llamado á tener en los estados 
de Sud América. 



— 158 — 

«Los orientales de Montevideo, que ya nada 
tienen que temer por su patria, cuya salvación 
tienen asegurada; que, en lo que han hecha por 
ella han trazado con tan indelebles caracteres sus 
creencias, sus ideas, sus sentimientos y su modo 
de comprender los intereses americanos; que no 
ven la vida progresiva y el poder futuro de estos 
estados sino en la asociación de sus pueblos 
y en la fraternidad más íntima de todas sus 
relaciones; que sincera y ardientemente quie- 
ren y anhelan por la ventura y felicidad de to- 
dos, también se interesan en que el general apre- 
cie y escuche los clamores de su patria. 

«La guerra, tal como se prepara, todavía no es 
un hecho: aun puede evitarse. Evítese, pues, y 
hágase porque un acto espontáneo y franco cierre 
para siempre ese episodio sangriento y criminal, 
que forma la vida política de estos pueblos en los 
últimos 40 años, y asegure á estos estados una 
paz, que siendo honrosa y benéfica para los dos, 
sea la mejor garantía de su duración. Montevideo 
no pide más». 

ACTITUD DEL GENERAL URQÜIZA 

Aquel hábil memorándum impresionó honda- 
mente al general Urquiza y el 3 de abril del ex- 
presado año se dirigió al doctor Herrera y Obes, 
desde su cuartel general en San José (Entre- 
Ríos) diciéndole lo siguiente: «Resuelto ya á 



— 159 — 

colocarme á la cabeza del gran movimiento <1<- 
libertad con que los pueblos argentinos debm 
poner coto á las absurdas y temerarias aspiracio- 
nes del gobernador de Buenos Aires, voy á diri- 
gir á los gobiernos confederados la nota-circule ir 
que en copia adjunto. Lo comunico á usted pain 
que obre en consonancia con las ideas que antis 
de ahora le he transmitido verbalmente por di- 
versos conductos. 

«Parece innecesario recomendar á usted la co- 
rrespondiente reserva en este negocio, de cuya 
noticia no deben participar sino aquellos que de- 
ben figurar en la escena, hasta que llegue el <5a9G 
de descorrer el velo completamente.» 

El 20 de mayo, en nota pasada al gobernad ur 
y capitán general de la provincia de Catamarn*. 
ciudadano don Manuel Navarro, que le hal*í<i 
escrito el 15 de abril manifestándole su empeño 
de colocar al frente de la Confederación Argén ti m i 
al general Rozas, invistiéndolo de la suma del 
poder nacional, le decía, entre otras cosas, lo si- 
guiente: 

«El general don Juan Manuel de Rozas — A 
que se ha hecho denominar Grande Americano, 
el enemigo de las instituciones europeas como ñ& 
sus gobiernos, el defensor heroico de la indr- 
jpendencia del continente, el autor del amen- 
canismo puro, etc., etc., ese mismo anda hoy á 
las puertas de los potentados de Europa, pidiendo 
de rodillas protección y auxilio para continunr 



— 160 — 

];i obra de su soñado trono, cuyos cimientos se 
despiernan al amago de la provincia entrerriana. 
La Inglaterra y el Austria han oído ya los cla- 
mures con que el héroe de V. E. ha implorado 
humildemente la cooperación de esas naciones en 
fuvur de la dictadura. Y sin embargo, hace diez 
élBos que reitera la dimisión del mando, con el 
reprobado objeto de conseguir en la república 
pronunciamientos análogos al de V. E., que lo 
coloquen en la silla del poder supremo nacional 
shi responsabilidad alguna, para obrar según su 
■fien&ia, que es la de los déspotas, y según su 
Con ciencia, que es la de los tiranos. 

V. E. se refiere á las actuales difíciles cir- 
randancias de la Confederación, y el infras- 
cripto no ve otras que la persona del general 
Rozas, oprimiendo á los pueblos, agotando sus 
it< ursos, impidiendo el desarrollo de su industria 
y ¿iniquilando su inteligencia, para alejar cada 
vez más la suspirada época de su organización y 
(kl libre reinado de las instituciones democráti- 
co- federales. 

* De las precedentes reflexiones inferirá V. E. 
mal será la marcha política del infrascripto y la 
actitud que va á asumir á la faz de la república, 
vu cumplimiento de los sagrados deberes que le 
impone la provincia de su mando, como repre- 
sentante de su territorial soberanía, y la Confe- 
deración, como argentino que no puede ser indi- 
furente á sus infortunios.» 



— 161 -*•■ 

Ya con fecha 1.° se había dirigido al general 
Rozas expresándole sus ideas sobre el mismo 
particular. 

Conviene al orden, lógico de estos sucedo* y á 
la verdad histórica, hacer conocer algunos párra- 
fos de esa importante comunicación. Helos aquí: 

«Si en las circunstancias á que la citaefo co- 
municación del infrascripto se refiere, rehusó este 
gobierno prestarse á las reiteradas súplica de 
V. E. para que se le exonerase del mando su- 
premo de esa provincia, fué porque no estaba en 
sus atribuciones ingerirse en el orden interior ad- 
ministrativo de un pueblo independiente, aunque 
ligado con fuertes vínculos emanados de un pacto 
federativo. Se limitó, pues, á asegurar á V. E. que 
si no tenía otra razón para dimitir el mandó, que 
la decadencia de su opinión en la república, 
ningún temor debía abrigar relativamente al pue- 
blo entrerriano, desde que éste no había reunido 
las facultades delegadas en la persona de Y. EL, 
circunstancia debida únicamente á la falta de 
motivos justificados; pues de lo contrario su go- 
bierno ni habría continuado depositando su con- 
fianza en V. E. ni tolerado mucho tiempo la 
violación de sus derechos naturales, contra los 
sacrosantos deberes de su posición y de su ron* 
ciencia. 

«Mas hoy que aparece V. E. gravemente nf re- 
tado de su salud y de veras resuelto á verificar su 
renuncia, fundándose en la absoluta imposibili- 



— 162 — 

dad física en que se encuentra de atender al des- 
pacho, el pueblo entrerriano y su gobierno con- 
vieaeíi gustosos, en la parte que les corresponde, 
en acceder á lo que V. E. tan repetida, como ve- 
hementemente solicita; y aceptando, como desde 
hoy aceptan, la formal renuncia de V. E., por lo 
qiie tocaá la dirección de las relaciones exterio- 
res negocios de paz y guerra de la Confedera- 
ción Argentina, declaran del modo más solemne: 
Que es de la voluntad de la provincia entrerriana 
reasumir el ejercicio de los altos derechos y pre- 
rrogativas delegados en eí encargado de las rela- 
ciones exteriores de la nación, quedando de he- 
dió y de derecho en la aptitud de entenderse, 
directamente con los demás gobiernos del mun- 
do, liMsta tanto que, reunido el congreso general 
constituyente de las provincias del Plata, sea de- 
finitivamente organizada la república.» 

A la vez se dirigió á los más prestigiosos jefes 
argén tinos y orientales, exponiéndoles ios propó- 
sitos que le animaban, sin excluir á don Manuel 
Orí he, al cual le escribió eí día 10. 

En su carta al teniente coronel don Lucas Mo- 
reno, datada eí 22 de abril, se leen estos párrafos: 

* El general Oribe se ha empeñado, hace tiem- 
po, en imitar á Rozas, á pesar de mis repetidas 
insinuaciones para que cambiara de política y no 
tolerara la devastación de su hermoso país. 

«Él ha rechazado aceptar mis ideas, y su caída 
no será más que una consecuencia de su obstina- 
ción importuna. 



— 163 — 

«Mi divisa será <s Guerra al tirano Juan Ma- 
nuel de Rozas y sus sostenedores >, y el progra- 
ma de mi política restauradora del orden y la li- 
bertad de la República Argentina, dejando a )¡i 
Oriental en el pleno goce de sus derechos consti- 
tucionales, para que se dé la organización, furnia 
y gobierno que mejor le convenga». 

ACTITUD DEL BRASIL 

Los primeros síntomas de la próxima alianzíi 
con el gobierno de la Defensa, se dejaron sentir 
con el pasaje del Barón de Yacuhy, brigadier 01 ií- 
co Pedro de Abreu, aun cuando las gestión l^h 
diplomáticas tuvieran una larga gestación. 

Dicho pasaje se efectuó por la frontera del 
Cuaró en 1849, a principios de junio, concretan- 
do su acción á arreaír de seis á siete mil cabíais 
de ganado, de distintos dueños, que condujo a l;i 
provincia de Río Grande. 

El coronel don Diego Lamas, comandante ge- 
neral del departamento del Salto, en nota 8 de 
octubre del año mencionado, dio cuenta de i j sí* 
hecho al ministro de la guerra, general don An- 
tonio Díaz, y tan luego se enteró de lo sucedido, 
ordenó la instrucción de un sumario. 

Al propio tiempo interdictó las numerosas ha- 
ciendas que el jefe brasileño poseía en su esta- 
blecimiento de campo, sito entre Tacumbú (1 ) y 
Ñaquiñá, jurisdicción nacional. 

(1] Según lo consigna el señor Orestes Araújo en su obra <Diccion»ríu geo- 
gráfico del Uruguay», no es Tacumbú sino Itacumbú, voz guaraní, equivalente 
á piedra dura; pero en los documentos de la época aparece escrito Tw *i • '■ ¡ . 



— 164 — 

Rozas y Oribe entablaron reclamación ante el 
gobierno imperial, sin ser atendidos, circunstan- 
cia ésta que alentó al general de Abreu, pues el 
12 de abril de 1850 invadió nuevamente el te- 
rritorio con fuerza armada. 

El coronel Lamas lo batió en Tacumbú, de- 
rrotándolo y persiguiéndolo hasta Pay Paso, so- 
bre el arroyo Cuareim. 

Esta vez acompañaban al Barón <le Yacuhy el 
coronel Juan Severo, brasileño, y los coroneles 
orientales Calixto Centurión, Santander y Ma- 
nuel Hornos. 

En las Cámaras fluminenses se incitaba á la 
guerra. Preparémonos para ella, se decía por 
los leaders de la fracción gubernista, y la prensa 
había subido el diapasón de su propaganda al 
ocuparse de la cuestión ríóplatense. A Rozas y 
Oribe les inculpaba haber enviado emisarios á 
Porto Alegre con el propósito de procurar la 
alianza con el partido republicano, á fin de ope- 
rar de perfecto acuerdo, en caso necesario, ya 
contra el Estado Oriental ó contra el gobierno 
imperial. 

Es que la razón y la justicia se abrían paso y 
que el Brasil no podía mostrarse indiferente á 
los clamores de un pueblo heroico, que luchaba 
sin descanso ni desalientos y con la pujanza de 
un titán, en defensa de su autonomía y de un 
derecho común á los pueblos americanos. Los 
notables memorándums de los plenipotenciarios 



— 165 — 

orientales señores Francisco Magariflos y Andrés 
Lamas, las pretensiones desmedidas del goberna- 
dor de Buenos Aires, manifestadas repetidas ve- 
ces por el general Guido, y razones de otro orden, 
no menos atendibles, influyeron poderosamente 
en el ánimo de los consejeros del emperador, y 
en el suyo propio, para que rompiera con la po- 
lítica de contemplaciones durante tanto tiempo 
observada con el tirano argentino y su aliado del 
Cerrito. 

Las notas del 1G de marzo y 3 de julio de 
1851, subscriptas por Paulino José Soares de 
Souza, que dejamos citadas, son el resultado rn- 
eional de cuanto venía ocurriendo entre las can- 
cillerías brasileña, argentina y oriental. 

En su carta del 9 de septiembre de 1850, es- 
crita en Río Janeiro, había expresado Melchor 
Pacheco y Obes al presidente Suárez, que en liú- 
dos entrevistas por él celebradas allí con el minis- 
tro de relaciones exteriores del Brasil fué perfec- 
tamente acogido y pudo convencerse que las es- 
peranzas que se fundasen en aquel país no serían 
ya ilusorias. 

«El gobierno como el pueblo, le decía, han lle- 
gado á convencerse de que la paz con Rozas es 
imposible, y ya para todos es inevitable un rom* 
pimiento. Por eso la resolución de este gobierno 
de apoyarnos individualmente; por eso el contrato 
que con Lamas hemos firmado y que va á librar 
á Montevideo de toda contingencia, asegurando 



- 166 — 

su salvación si en el tiempo que yo tardo en 
vnlver se aumenta y mejora el ejército, vigori- 
zando tanto cuanto sea posible la defensa.» 

El Barón de Yacuhy, cuya invasión al territo- 
rio nacional despertó los celos y encendió las iras 
de los enemigos de Montevideo, pisó por tercera 
vez el suelo uruguayo el 21 de mayo de 1851; 
pero ya no venía en busca de haciendas ni á de- 
jarse derrotar tan fácilmente por las tropas ori- 
bistas, sino en son de guerra y al mando de fuer- 
za? más poderosas y aguerridas, para obrar en 
combinación con las del general Urquiza. 

ENTREVISTA URQUIZ A-HERRERA Y OBES-GRENFEÍX 

No obstante el pronunciamiento del 1.° de 
muyo, el gobierno resolvió que el ministro de re- 
laciones exteriores se trasladase á Entre Ríos á 
efecto de conferenciar con el general Urquiza y 
de consuno combinar las bases de las operacio- 
nes á realizarse. 

El 16 de junio (1851) se embarcó el doctor 
Herrera y Obes en el vapor mercante Uruguay 
COü destino á la ciudad del mismo nombre, en 
unión de varios militares y distinguidos ciudada- 
nos (1). 

El 17 llegó á Concepción del Uruguay, y al 

í I ) Entre ellos figuraban el doctor don Lnis J. de la Peña, don Manuel 
Murio= y don Antonio Cuyas y Sampcre; Jos coroneles Mtindell, Flores y Pi- 
fan, y los mayores Herrera, Silveira (Agustín), Fernández Cutiellos y ^a'daña. 



Lii^J 



— 167 — 

día siguiente se puso al habla con el general Ur- 
quiza, que al saber su arribo abandonó su cuar- 
tel, general de San José para ir á verlo. 

El general don Eugenio Garzón asistió tam- 
bién á la entrevista, y en ella se resolvió transfe- 
rir para el 18 de julio el pasaje al territorio 
oriental, fijado de antemano para el mes de sep- 
tiembre. 

De la impresión que le causó el viaje del doc- 
tor Herrera y Obes y la disposición de, ánimo 
en que halló al gobernador de Entre Ríos, pue- 
de juzgarse por el siguiente párrafo que tomamos 
de la comunicación por él dirigida, el 3 de junio, 
al presidente Suárez: 

«Me ha sido de la más alta satisfacción la 
oportunidad tan benéfica como grata, que V. E. 
me ha proporcionado, de tratar con el excmo. se- 
ñor ministro de gobierno y relaciones exteriores 
de ese estado, doctor don Manuel Herrera y 
Obes, enviándole cerca de mi persona en calidad 
de comisario ad-hoc y agente confidencial. Por 
este medio, ese y este estado han avanzado in- 
mensamente en las combinaciones é inteligencias 
tan necesarias al buen resultado de la grande y 
gloriosa empresa que hemos tomado bajo nues- 
tra responsabilidad, y que hoy está confiada á 
nuestra dirección; pero quizá que por 1a premura 
de las circunstancias, ni éí ni yo hayamos llenado 
nuestros deseos, ni completado los de V. E., úni- 
ca inquietud que me queda». 



— 168 — 

El almirante brasilero Grenfell, que se encon- 
traba en Montevideo, juzgó también oportuno 
cambiar ideas con el general Urquiza y se diri- 
gió en el vapor Alfonso al encuentro del gober- 
nador de Entre Ríos, que de un momento á otro 
debía llegar á Gualeguaychú. 

El 29 logró su objeto, pues el general Urqui- 
za acompañó hasta aquel punto, en el vapor Rio 
Uruguay, al doctor Herrera y Obes y su comi- 
tiva, y había llegado el 28. 

En esa conferencia, á la cual también . asistie- 
ron el doctor Herrera y Obes y el general Gar- 
zón, se acordó que el almirante Grenfell coope- 
raría á la acción á emprenderse, vigilando las ri- 
beras del Río Uruguay, para impedir cualquier 
tropiezo que intentaran poner Rozas y Oribe. 

El ministro oriental y sus acompañantes toma- 
ron después el Alfonso, regresando en él á Mon- 
tevideo el día 3 de julio. 

El doctor don Diógenes de Urquiza vino con 
ellos investido con el carácter de encargado de ne- 
gocios ,de Entre- Ríos, cargo que hasta entonces 
había desempeñado a entera satisfacción el señor 
Cuvás y Sampere, al que se le confirió el cargo 
de cónsul general. 

Para impedir qué el vapor americano Um- 
guay pasara á poder de Rozas, fué comprado en 
40,000 pesos fuertes, mitad por el gobierno de 
la Defensa y la otra mitad por el señor don Sa- 
muel Lafone y algunas otras personas, entrtf las 



— 169 — 

que figuraba el doctor don .Úiógenes de Urqui- 
za, hijo del gobarnador de Entre-Ríos (1). 

CONVENIO CELEBRADO 

El 29 de mayó del mismo año se había cele- 
brado un convenio de alianza ofensiva y defensi- 
va entre los gobiernos del Brasil, de la Repúbli- 
ca Oriental y del Estado de Entre-Ríos. Lo sus- 
cribieron los señores Rodrigo ^le Souza da Silva 
Pontes, el doctor don Manuel Herrera y Obes y 
el señor don Antonio Cuvás y Sampere á nom- 
bre de sus respectivos gobiernos. 

Dicho convenio fué ratificado el 23 de junio y 
8 de julio, y de él tomamos las bases siguientes: 

«Art. 1.° S. M. el emperador del Brasil, la Re- 
pública Oriental del Uruguay y el Estado de En- 
treoíos, se unen en alianza ofensiva y defensi- 
va para el fin de mantener la independencia y 
de pacificar el territorio de la misma República, 
haciendo salir del territorio de ésta al general 
don Manuel Oribe y las fuerzas argentinas que 
comanda, y cooperando para que, restituidas las 
cosas á su estado normal, se proceda á la elección 
libre de presidente de la República, según la cons- 
titución de la República Oriental. 

«Art, 2.° Para llenar el objeto á que se diri- 
gen los gobiernos aliados, concurrirán con todos 
los medios de guerra que puedan disponer en tie- 



(1) Doctor Diógenes de Urqiiiza— Buenos Aires, septiembre 25 de 1890. 



' 1 



— 170 — 

rra y agua, á medida que las necesidades lo exi- 
jan. 

«Artículo 15. Aun cuando la alianza tenga por 
único fin la independencia real y efectiva de la 
República Oriental del Uruguay, si por causa de 
esta misma alianza el gobierno de Buenos Aires 
declarase la guerra á los aliados, individual y co- 
lectivamente, la alianza actual se convertirá en 
alianza común, contra el dicho gobierno, aun 
cuando sus actuales objetos se hayan llenado, y 
desde ese momento la paz y la guerra tomarán el 
mismo aspecto. 

«Si el gobierno de Buenos Aires se limitase en 
hostilidades parciales contra cualquiera de los 
estados aliados, los otros cooperarían con todos 
los medios a su alcance para repeler y concluir 
con tales hostilidades. 

«Art. 16. Dado el caso previsto en el artículo 
precedente, la guardia y seguridad de los ríos Pa- 
raná y Uruguay será uno de los principales ob- 
jetos en que se deba emplear la escuadra de S. M. 
el emperador del Brasil, coadyuvada por las fuer- 
zas de los estados aliados. 

«Art. 19. El gobierno oriental nombrará al ge- 
neral don Eugenio Garzón, general en jefe del 
ejército de la república, así que el dicho general 
haya reconocido en el gobierno de Montevideo, 
el gobierno de la república (1). 

(1) El 15 de mayo, se había dirigido el general Garzón al doctor Herrera 
y Obes, desde el Arroyo Grande, declarando reconocer al gobierno de la De- 
fensa como el único y legitimo de la república, y ofreciendo sus servicios. 
El gobierno lo mandó dar de alta en el ejército, y el 16 de julio fué nombrado 
general en jefe del ejército en campaña. 



— 171 — 

« Art. 22. Ninguno de los estados aliados po- 
drá separarse de esta alianza, mientras no se haya 
obtenido el fin que sé tiene por objeto. 

«Art. 23. El gobierno del Paraguay será invi- 
tado á entrar en la alianza, enviándole un ejem- 
plar del presente convenio.» 

El 10 de junio el poder ejecutivo dio cuenta 
á la Asamblea de Notables de todos los obrados, 
y su presidente, doctor Estanislao Vega, los paso 
á estudio de la Comisión de Legislación. 

SU APROBACIÓN POR LA ASAMBLEA DE NOTABLES 

El 5 dé julio se expidió dicha Comisión, acom- 
pañando dos proyectos, uno de minuta de comu- 
nicación y otro de resolución, los cuales fueron 
considerados en la sesión del día 23, y en la del 
5 de agosto. 

Como esos importantes documentos son muy 
poco conocidos y no figuran en ninguna de las 
obras históricas que se han publicado, vamos á 
reproducirlos íntegros. 

«Montevideo, julio 5 de 1851. 

«H. Asamblea de Notables: 

«El examen detenido de la comunicación del 
P. E., fecha 10 del ppdo., y de todos los docu- 
mentos relativos al objeto que la motiva, ofrece 



— 172 — 

diversas é importantes consideraciones, que la 
Comisión ha procurado resumir y formularen los 
dos proyectos que tiene el honor de someter á la 
deliberación de la H. Asamblea. 

«Resalta desde luego, la gloria bien merecida 
de la república, por la constancia con que ha 
sostenido, sobre todo y d pesar de todo, la inde- 
pendencia y las libertades nacionales, antepo- 
niéndolas hasta á su propia existencia. Es debido 
á esa constancia y a la abnegación completa que 
ha demandado, el que la causa de la república* 
tan combatida, tan maliciosamente denigrada, sea 
hoy reconocida como la causa común de los pue- 
blos; y que las acriminaciones, las arterías, los so- 
fismas de todo género con que se ha pretendido 
desfigurar, para hacerla odiosa, se conviertan 
contra el único malvado, autor de tantos críme- 
nes, origen de tantas desgracias. La execración 
universal lanzada contra él es el principio del 
castigo que amaga su aborrecida tiranía. La re- 
pública debe felicitarse de haber preparado y 
promovido ese resultado. La H. Asamblea que, 
en los momentos de grandes conflictos fué llama- 
da á tomar parte en las medidas de salvación, 
haciendo suyas todas las consecuencias, debe li- 
sonjearse de la que le corresponde en esa gloria, y 
aceptar las felicitaciones que de derecho le perte- 
necen. Pero ella debe reconocer igijal mente que 
los resultados que hoy presentan los negocios 
públicos, no han podido obtenerse sin meditaciones 



— 173 — 

muy profundas, sin combinaciones bien dirigidas 
sin un tino y una habilidad distinguida, pura 
llegar á vencer con los solos recursos de la inte- 
ligencia y la constancia que da el patriotismo, 
un formidable poder apoyado en los medios ma- 
teriales de riqueza y de fuerza, y en los medios 
morales producidos por la fascinación y el enga- 
ño. El R E. ha cumplido, pues, bien la misión 
que le está confiada, no sólo en los negocios? que 
ha dirigido inmediatamente por sí mismo, sino 
en los que ha encargado á sus agentes públicos 
en el exterior. La feliz elección de éstos ha 1 te- 
cho que los derechos de la república, sean bien 
reconocidos, y los intereses recíprocos bien apre- 
ciados. A la H. Asamblea corresponde manifes- 
tarlo así en desempeño de la justicia. Mas lo* re- 
sultados obtenidos no son todavía completos; 
preciso es conducirlos hasta su término y esfor- 
zarse porque él sea lo más ventajoso posible. Las 
alianzas entendidas ó establecidas sólo por he- 
chos, necesitan recibir la sanción de pactos ex- 
presos. Es necesario, no sólo ámbar a la paz de 
la república, sino procurar que ella tenga garan- 
tías sólidas. Sin esa condición, el triunfo que se 
espera no sería más que un triunfo efímero, se- 
mejante á los que ha obtenido, no una vez sola 
la república, que si bien la han cubierto de glo- 
ria, no han sido bastantes á impedir la reproduc- 
ción de los males con la renovación de la guerra. 
«Por eso ha creído la Comisión, que es oportuno 



— 174 — 

autorizar al poder ejecutivo para que inicie esos 
pactos. Nada se aventura en esto, ni puede abri- 
garse el menor recelo respecto de asa facultad 
que se concede. La H. Asamblea es quien úni- 
camente puede sancionar los que se hagan. No es 
de esperar que el enemigo de la paz de las repú- 
blicas del Plata y de las naciones circunvecinas, 
se plegué á los consejos de la razón, ni ceda al 
solo amago de los pueblos que se levantan en 
masa para su ejemplar castigo. Desgraciadamente 
hará inmolar aun nuevas víctimas; y será preciso 
sostener todavía la guerra contra él. Para ello 
cuenta hoy la república con aliados poderosos, y 
debe mirarse como un hecho, que algunos de ellos 
ó todos á la vez, combatirán en nuestro territorio, 
al lado de nuestros conciudadanos, para arrojar 
de él al enemigo que lo profana, después de ha- 
berlo desolado. El general Urquiza ha prometido 
solemnemente no envainar la espada ínterin el 
general Oribe pise el suelo oriental, y con el ejér- 
cito argentino que comanda, sojuzgue la volun- 
tad nacional que tiene avasallada. Las oportuni- 
dades para la acción, no pueden ser siempre pre- 
vistas; y es conveniente que el poder ejecutivo 
esté autorizado, para los casos que puedan ocu- 
rrir. Pero esa autorización está limitada por la 
condición precisa de dar cuenta inmediatamente 
á la H. Asamblea, del hecho y de sus motivos, 
de modo que ésta conserve la atribución que le 
es peculiar y exclusiva, juzgando del uso y de la 



— 175 — 

aplicación de las facultades que hoy concede. El 
objeto es único: el fin de la H. Asamblea y del 
poder ejecutivo, es idénticamente el mismo, la 
salvación de la república. Este interés vital, debe 
armonizar aquella; y si es laudable en el poder 
ejecutivo, el celo por el cumplimiento de los de- 
beres que le son propios, es justo que la H. Asam- 
blea haga hoy efectiva la cooperación que cons- 
tantemente le ha prestado, y que de nuevo le 
ofrece, para obtener la paz sólida y duradera de 
la república. 

«Tales son los pensamientos que han dirigido á 
la Comisión, al proponer á V. H. los dos proyec- 
tos que somete á su ilustrado juicio. En ellos 
puede considerarse comprendida la resolución so- 
bre la moción hecha con motivo de la comunica- 
ción del poder ejecutivo. La Comisión no ha consi- 
derado' necesario considerarla especialmente. La 
discusión será sostenida indistintamente, por los 
miembros que componen la Comisión, que reitera 
á V. H. su alto respeto y la saluda con toda 
consideración. 



« 



Luis José de la Peña ~- José 
Luis Bustamante — José En- 
carnación de Zas — Herme- 
negildo Solsona». 



— 176 — 
«Comisión de Legislación. 

«MINUTA DE COMUNICACIÓN 

«La Asamblea de Notables no ha podido ins- 
truirse de la comunicación del poder ejecutivo, 
en que le manifiesta la nueva situación de la re- 
pública, y de los documentos con que la acom- 
paña, sin experimentar una de esas profundas 
emociones que producen siempre los grandes 
acontecimientos* que dándoles gloria, auguran 
para ella días de ventura y un porvenir de pros- 
peridad. La unión estrecha entre pueblos llama- 
dos á tenerla, por cuantos títulos hay capaces de 
crearla y hacerla durable, es para esos mismos 
pueblos una condición de existencia. A ella de- 
ben tender todos los esfuerzos dé los que están 
encargados de dirigir sus destinos; porque la 
unión produce siempre el bienestar y el engran- 
decimiento de las naciones, fundado sobre bases 
de justicia y de conveniencia recíproca. La Asam- 
blea reconoce en la situación de la república, que 
tanto la lisonjea, el celo patriótico, la constancia 
incontrastable y el proceder previsor del poder 
ejecutivo que la ha preparado. Ella sé complace 
en tributarle la justicia que le es debida. Los po- 
derosos aliados con que hoy cuenta la república, 
son más que una garantía del triunfo seguro y 
próximo. Ellos son la manifestación evidente de 



— 177 — 

la justicia con que aquélla ha reclamado cons- 
tantemente su independencia y libertad. No ha 
podido renunciar, no renunciará nunca esos de- 
rechos primordiales: y solo á ella ha consagrado 
la inmensa serie de sacrificios que soporta con re- 
signación heroica y con una fe viva en su justi- 
cia. El reconocimiento de ésta, por todo el mundo 
civilizado, constituye una de las principales glo- 
rias de la república. 

«La Asamblea espera confiadamente que el po- 
der ejecutivo continuará empleando todos los 
medios de que puede disponer, hasta llegar á oh* 
tener la independencia y la paz, que llenando his 
necesidades vitales de la república, satisí-iga tam- 
bién sus más ardientes votos. Para ello debe 
contar con la más decidida cooperación de parte 
de esta Asamblea. Ella robustecerá, con las facul- 
tades de que pueda hacer uso, la acción del po- 
der ejecutivo, toda vez que necesario fuere al lo- 
gro del objeto común, y que por lo mismo de- 
manda una cooperación uniforme. Es bajo ente 
concepto que la Asamblea ha sancionado lá reso- 
lución que acompaña al poder ejecutivo. 

« La nueva situación de la república crea ne- 
cesariamente nuevas necesidades y exige por lo 
mismo un caudal de luces, que si en todas partes 
es la garantía de las buenas disposiciones, en la* 
que presentan un carácter extraordinario, es ri- 
gurosamente indispensable para asegurar el re- 
sultado de la acción. Por eso la Asamblea lamen I a 



— 178 — 

no ver en la forma que tiene hoy el ministerio, 
la que generalmente ha conservado en épocas 
anteriores, y que dando á las resoluciones guber- 
nativas mayor seguridad de acierto, ha facilitado 
también la ejecución de esas mismas determina- 
ciones. Mas ella espera, tambiéu, que si circuns- 
tancias especiales trajeron ese orden que puede 
llamarse excepcional, las que hoy se presentan 
decidirán al presidente de la república á llenar 
la necesidad que se siente á este respecto. En ge- 
neral, la Asamblea no duda que el poder ejecu- 
tivo reunirá en torno suyo todo cuanto pueda 
contribuir al mejor logro del objeto que le está 
confiado, confirmando de este modo los títulos 
que han fundado la confianza pública, en su pa- 
triotismo y saber. Aceptando, por su parte, la 
Asamblea, las felicitaciones del poder ejecutivo, 
y apreciando altamente los sentimientos que ma- 
nifiesta, le garante que una conducta semejante 
merecerá siempre su aprobación y el reconoci- 
miento de toda la nación. 



«Peña —Bustamante — Zas 

Solsona». 



— 179 — 
«Comisión de Legislación. 

PROYECTO DE RESOLUCIÓN 

«Artículo 1.° Autorízase al poder ejecutivo 
para celebrar los tratados de paz, amistad, de 
alianza y de comercio que considere convenien- 
tes al bien general de la república, sometiendo 
los que hiciera á la aprobación de esta Asamblea. 

«Art 2.° El poder ejecutivo podrá permití r h 
entrada al territorio de la república de tropas 
extranjeras en defensa de su independencia v li- 
bertad, dando inmediatamente cuenta á la Asam- 
blea del hecho y de los motivos que lo ha van 
causado. 

« Art. 3. a Comuniqúese, etc. 

«Peña — Bustamante — Z<t* — 
Solsona». 

En la sesión del 5 de agosto, la Asamblea de 
Notables, después de un largo debate, sancionó la 
minuta de comunicación y proyecto de resolución 
aconsejado. 

PASAJET AL URUGUAY 

El general Urquiza, que se hallaba en (ala, 
dirigió una proclama al ejército de su mando, el 
16 de julio, concebida así : 



— 180 — 

^Soldados! Nuestros hermanos del oriente in- 
vocan eí auxilio de vuestras lanzas para arrojar 
d^l nativo suelo al bárbaro que quiere devorar 
hasta las ruinas de una gloria nacional, comprada 
C&ü la sangre de republicanos ilustres. EX clamor 
clp los libres es sacrosanto. La cooperación á su 
musa es el deber primero de los valientes y de 
los hijos de la revolución americana. He tenido 
hi dicha de conduciros sin interrupción á la vic- 
toria, y con vuestro valor indomable cuento ahora 
para llenar el grato compromiso que nuestra 
patria acaba de contraer ante la civilización del 
mundo. Os bastó conocer á vuestros enemigos 
para vencerlos siempre. Miradlos ahí: Oribe y 
los cómplices á quienes liga y oculta el crimen 
bajo las negras banderas de la tiranía. Es nece- 
sario satisfacer á la justicia pública ofendida, y 
t j *ta misión os la confía el cielo. No os recomen- 
daré valor y disciplina, porque sois ante la opi- 
nión general el acabado modelo de los verdaderos 
soldados de la patria. 

«Camaradas: Me envanezco de que me llaméis 
vuestro jefe, y siento inexplicable placer en con- 
siderarme vuestro amigo. 

«Firmado: Justo J. de Urquiza.» 



181 — 



RECTIFICACIONES HISTÓRICAS 

Con motivo del fallecimiento del doctor don 
Manuel Herrera y Obes y de algunos apuntes 
biográficos publicados por don Isidoro De-María, 
el general don Ventura Rodríguez dirigió una 
carta á La Tribuna Popular del 25 de sep- 
tiembre de 1890, impugnando algunos datos re- 
lativos al viaje que en 1851 hizo á Concepción 
del Uruguay aquel distinguido ciudadano, y en 
ella afirmaba que el pasaje al río Uruguay se 
efectuó el 2 de junio. 

Como su afirmación encerraba un remarcable 
error, nos pareció oportuno restablecer la verdad 
histórica, y á ese fin, aunque ocultando nuestro 
nombre, publicamos las siguientes líneas en el 
diario El Paysandú del 26 del mismo mes: 

«AFIRMACIÓN ERRÓNEA DEL GENERAL VENTURA 
RODRÍGUEZ 

v He leído en su diario, fecha de ayer, una car- 
ta suscrita por el general don Ventura Rodríguez 
dirigida al señor don Isidoro De-María, aprecia- 
ble é ilustrado compatriota que ha tomado con 
plausible afán la honrosa y ardua tarea de perpe- 
tuar la memoria de nuestros ilustres antepasados 

12 



— 182 — 

y suministrar á las generaciones venideras pre- 
ciosos datos sobre nuestra historia política. 

«Como el general Rodríguez incurre, en su re- 
ferida carta, en un error de fecha sobre un he- 
cho que se relaciona con Paysandu, voy á per- 
mitirme á mi vez poner las cosas en su verdade- 
ro lugar, á fin de evitar que ese error sea tomado 
como expresión de la verdad histórica. 

«No es cierto que el general Urquiza haya cru- 
zado el Uruguay frente á Paysandu el 2 de ju- 
nio de 1851. 

«La verdad verdadera es que su pasaje lo efec- 
tuó el 20 de julio del expresado año, no habién- 
dolo hecho el 18 del mismo mes, fecha conveni- 
da, debido alas grandes lluvias que hubo en esos 
días y al desborde del río Uruguay. 

«Las caballadas pasaron á nado, y las gentes 
á, su mando, en botes que había en el puerto de 
esta localidad y en otros conducidos de Concep- 
ción del Uruguay. 

«Acto continuo de su cruzada, el general Ur- 
quiza, con las fuerzas que traía y las que coman- 
daba el brigadier general don Servando Gómez, 
que protegió su paso — hallándose entonces en el 
departamento al cargo de fuerzas pertenecientes 
al brigadier general don Manuel Oribe — se diri- 
gió á la capital, atravesando el Paso de Quinte- 
ros del río Negro, en cuyo trayecto se unió con 
el general don Eugenip Garzón, que en igual fe- 
cha vadeó nuestro río más al norte, en el Her- 



— 183 — 

videro, respondiendo al plan que había ideado 
para el logro más satisfactorio de su fin. 

«Nuestro inolvidable poeta gauchesco don Hi- 
lario Ascazubi, confirma mi aseveración en yus 
versos escritos entonces, relativos á los hechos 
históricos desarrollados en la referida data, 

«En cuanto á los demás sucesos á que tam- 
bién se refiere el general don Ventura Rodríguez, 
excuso tomarlos en cuenta, pues mi objeto, al di- 
rigir á usted las presentes líneas, no es otro sino 
rectificar un punto que se relaciona con Paysjui- 
dú. 

«Por lo demás, el señor De-María no ha de 
contestar con el silencio. 

«Sin otro motivo, Be suscribe de usted afmo. y 
S. 8. ■ 

« Uno que lo sabe.» 

Como lo presumíamos, nuestro viejo y esti- 
mado historiador replicó al general Rodríguez, y 
lo hizo con éxito en cuanto al viaje del doctor 
don Manuel Herrera y Obe*> y á otros detalles 
de su excursión á Concepción del Uruguay; pero 
incurrió, á su vez, en otro error sobre el caso por 
nosotros rectificado, y nos creímos en el deber de 
impugnarle, respondiendo al mismo propósito 
que anteriormente nos había impulsado. 



— 184 — 

CON DON ISIDORO DE-MARÍA. — NUESTRAS INFOR- 
MACIONES 

El señor De- María, replicando al general Ro- 
dríguez, afirmaba que el pasaje por el río Uru- 
guay tuvo lugar del 19 al 20 de julio (1). 

La misma afirmación se contiene en el tomo 
IV de su interesante obra intitulada Defensa de 
Montevideo; y el señor don Antonio Díaz, en su 
obra Historia política y militar de las repú- 
blicas del Plata, dice, en el tomo VIH, que el 
general Urquiza vadeó el día 18. 

Convenía, pues, para no extraviar el criterio 
de los hombres estudiosos,* no guardar Silencio á 
este respecto, pues si bien el error no era tan ga- 
rrafal como el del general Rodríguez, era un error 
al fin, y la historia debe ser el fiel trasluz de los 
tiempos. 

Por eso hicimos una segunda publicación en 
el mismo diario á que antes ocurrimos. En ella 
decíamos: 

«El pasaje se efectuó el 20 de julio de 1851, 
y no en ninguna de las otras datas que errónea- 
mente se han citado como verdaderas. 

«Si no fuéramos enemigos de abusar de los 
nombres propios, citaríamos los de varias perso- 
nas de la localidad, que al leer la afirmación del 

(1) Isidoro De-María. —Carta abierta al general Ventura Rodríguez, en sep- 
tiembre 25 de 189p. 



— 185 — 

general Rodríguez de que ese hecho se produjo 
el 2 de junio, nos aseguraron que dicho compa- 
triota no estaba en lo cierto. 

«Debemos observar que nuestras investigacio- 
nes fueron tan reservadas, que nos concretamos 
simplemente á consultar la fecha, sin dar á saber 
al interrogado la que Fujano ó Zutano nos había 
indicado, ni cuál era nuestra opinión al respecto. 

«En mérito á lo aseverado por el doctor Ur- 
quiza y á fin de poner las cosas en su lugar, nos 
echamos á revolver papeles viejos, encontrando 
un almanaque de la República Oriental del Uru- 
guay del año 1853, es decir, escrito dos año» 
después de acaecido el acontecimiento histórica 
que nos ocupa. (1) 

«En ese calendario, página 7, entre otras efe- 
mérides de la República, leímos: 

((Julio 20 de 1851. — Pasó el Uruguay el 
ejército aliado libertador bajo el mando del ge- 
neral Urquiza, y el oriental á las inmediatas ór- 
denes del general Garzón, suceso que trajo la 
conclusión del sitio que sufría esta capital hacía 
8 años y 7 meses.» 

«No cabe, pues, la menor duda de que los se- 
ñores De-María, Rodríguez, Vázquez y Dióge- 
nes de Urquiza padecen de un error, y que la 
verdadera fecha en que los generales menciona- 




(1) El doctor Diógcnes de Urquiza, en carta datada en Buenos Aires el 25 
de septiembre de 1890 y dirigida á don Isidoro De-María, manifiesta que el 
pasaje á Paysandú se verificó 6l 18 6 19 de julio de 1851, n© recordándolo. 

CON PRECISIÓN. 



— 186 — 

dos vadearon el Uruguay con las tropas á su 
mando fué el 20 de julio de 1851. (1) 

«El 18 de ese mes sq había determinado hacer 
el pasaje, pero como dijimos anteriormente, las 
lluvias habidas entonces y el desborde demues- 
tro río obstaron á que se efectuara en ese aniver- 
sario patrio, teniendo, en consecuencia, que trans- 
ferirse para el 20. > (2) 

El señor De-María se creyó obligado á repli- 
carnos, y publicó una nueva carta, que más aba- 
jo reproducimos, acompañada de los comentarios 
con que la encabezamos al insertarla. 

En El Paysandú del 20 de octubre decíamos 
á su respecto: 

« Xuestro ilustrado y respetable compatriota 
el señor don Isidoro De-María, ha tenido la de- 
ferencia de tomar en cuenta nuestras observacio- 
nes referentes á la pasada de los generales Ur- 
quiza y Garzón en 1851 

«Mucho nos place que hayamos contribuido 
con nuestro modesto contingente al esclarecimien- 
to de un hecho histórico, para evitar que mañana 
pueda decirse en sentido irónico: ¡Así se escribe 
la historia! 

«El señor De-María no es el primer servicio 



(1) El doctor Juan Andrés Vázquez en carta fecha 6 de octubre, también 
de 1890, inserta en La Tribuna Fbpular de Montevideo, dice que el pasaje 
de las fuerzas dirigidas personalmente por el gobernador de Entre-Ríos tuvo 
Jugar en las altas horas de la noche del 17 de julio y madrugada "del 18 por 
el Paso de Paysandú y sus inmediaciones. Sin embargo, á los efectos de la 
exactitud de este dato, conviene tener presente que en esa época (1851) — como 
el mismo doctor Vázquez lo declara en su referida publicación, ¿l era casi 
un niño. 

(2) El PAYSANDtf, octubre 13 de 1890. 



— 187 — 

que presta al país sobre estas cuestiones, pues 
desde hace tiempo se dedica á sacar del olvido 
los hechos y los hombres de importancia que han 
actuado en nuestra agitada vida política en las 
épocas de verdadera lucha legendaria. 

«Prueba de ello son su «Compendio de Historia 
de la República Oriental del Uruguay», sus «Ele- 
mentos de historia», de la misma, los « Rasgos bio- 
gráficos de hombres notables», el «Catecismo 
constitucional*, «Montevideo antiguo», «Geogra- 
fía física y política», los «Anales de la Defensa * 
y otros trabajos meritorios que ha dado á la pu- 
blicidad. 

«Sin embargo, lamentamos no estar en on tocio 
de acuerdo con dicho compatriota respecto á la 
fecha histórica de que se trata. 

«Con efecto: que el principio del pasaje de lus 
fuerzas del general Urquiza se haya efectuado el 
19 de julio a la 1 de la noche, no es siquiera 
verosímil, si se tiene en cuenta el desborde del 
río Uruguay, los intensos fríos que reinan en esa 
estación del año, y sobre todo, el ningún peligro 
que existía para que se efectuara un pasaje clan- 
destino, por cuanto es sabido que no había ene- 
migos que temer de este lado del Uruguay, El 
brigadier general don Servando Gómez, lejos de 
impedir, favoiecía la cruzada, porque estaba de 
perfecto acuerdo con Urquiza y Garzón. 

«Por otra parte, ¿qué conveniencia tenían di- 
chos jefes en precipitar el vado de sus tropas, 



— 188 — 

cuando, como dice el señor De-María, ellos efec- 
tuaron el pasaje recién á las 8 y 1/2 de la maña- 
na del día 20?». 

He aquí ahora la carta motivo de estas apre- 
ciaciones: 

«Señor director de La Tribuna Popular: 

«He leído con interés la transcripción que ha- 
ce usted, en su diario de ayer, del artículo de El 
Paysandú, relativo á la fecha del pasaje del ejér- 
cito unido del general Urquiza el 51. 

«De buen grado me ocuparía con alguna de- 
tención de su contenido, á lo menos por la parte 
que me toca en la controversia del apunto, si pu- 
diese disponer de más tiempo para hacerlo. 
* «En prueba del aprecio que me merece el in- 
terés manifestado por aquel colega de usted, con 
respecto á la cuestión suscitada, y del trabajo 
muy laudable que se ha tomado en revolver pa- 
peles viejos, para argumentar con el almanaque 
del 53, buscando en él lo cierto, diré algunas pa- 
labras en contestación, no sin alegrarme que, sin 
advertirlo quizá, haya venido su cita, no á con- 
tradecir lo dicho por mí y los señores doctores 
Vázquez y Urquiza, sino precisamente á confir- 
marlo. 

«La cita hecha por El Paysandú, de la ef eme- 
nde del almanaque del 53, concuerda con lo que 
hemos dicho sobre la fecha precisa del pasaje á 



— 189 — , - ' 

Paysandú del general Urquiza y del general Gar- 
zón en el Hervidero, que fué el 20 de julio. Por 
demás sabíamos que estábamos en lo exacto al 
fijarlo, no de ahora, sino desde la época en que 
tuvo lugar, como puede cerciorarse M Paysandú, 
si se sirve volver á leer nuestras referencias, y 
consultar lo que dijimos en el último tomo de 
los «Anales de la Defensa», que hemos de tener 
el gusto de ofrecérselo, por si no lo tuviese á ma- 
no. 

«Le diremos más: que la cita que hace del al- 
manaque del 53 la conocíamos tan bien que esa 
misma referencia la hicimos en el propio año en 
las efemérides del almanaque que publicamos en 
la ciudad de Gualeguaychú, en que dijimos tex- 
tualmente lo que sigue: 

«Julio 20 de 1851 — El ejército aliado entre- 
rriano correntino-oriental á las órdenes de los 
generales Urquiza y Garzón, pasa el Uruguay, 
de concierto con el brasileño, al mando del con- 
de de Caxias, para pacificar la República Orien- 
tal». 

« Podríamos decir más si al almanaque va- 
mos, y es que en otro de data más reciente que 
el del 53 á que alude El Paysandú, constaba el 
hecho del pasaje realizado el 20 de julio en las 
efemérides, es decir, en el año 52, publicado 
aquí por la «Imprenta Uruguay ana», que conser- 
vamos en nuestra colección, y en que se decía lo 
siguiente: 



190 -r- 

«Julio 20 de 1851 — A las 8 y 1/2 de la 
mañana de este día pasó el valiente ejército alia- 
do libertador, bajo el mando supremo del intré- 
pido general Urquiza, y el oriental á las inme- 
diatas órdenes del general Garzón.» 

«Dato que, si mal no recordamos, transmiti- 
mos entonces desde Gualeguaychú á nuestro vie- 
jo amigo don José María Rósete, editor de ese 
almanaque, que habíamos obtenido del secretario 
del general Urquiza en esa gloriosa campaña, 
don Ángel Elias, nuestro amigo y colaborador en 
la prensa en la época del pronunciármela * :. : ; ^a 
heroica Entre-Ríos contra la tiranía de Rozas. 

«Con estos antecedentes podrá juzgar ElPay- 
sandú si podíamos estar en lo cierto en nuestra 
referencia, pues aunque el principio del pasaje fué 
en la noche del 19 á la 1, correspondía por la 
hora al día 20, en que se consumó con la pasa- 
da de los generales Urquiza y Garzón al territo- 
ríz en la mañana de ese día. 

«Por lo demás, celebramos la cita hecha por 
El Paysandú de la efeméride del almanaque del 
53 de Montevideo, que es textualmente lo que 
se registra en el publicado entonces por la im- 
prenta de «El Orden», y reproducida en el del 54, 
55 y 56 del mismo, que tenemos á la vista. 

«Rogando á La Tribuna Popular la publi- 
cación de estas líneas, lo saluda su afmo. — Isi- 
doro De-María. — S/c, octubre 18 de 1890.» 



i 



— 191 — 



CONFIRMACIÓN DE NUESTROS ASERTOS — TESTIMO- 
NIO DEL SEÑOR AZCtJE 

Interesados en esclarecer lo mejor posible h 
fecha de que se trata, creímos conveniente ocu- 
rrir al testimonio de uno de los testigos presen- 
ciales que aún existen, y al efecto nos dirigimos 
al señor don Juan J. de Azcúe, en aquella épu- 
ca, como hoy, residente en Paysandú. 

Dicho señor respondió galantemente á nuestni 
solicitud, como se verá por la carta que publica- 
mos más abajo. 

El señor Azcúe era, además, en aquella época 
corresponsal, á pedido del general Urquiza, del 
diario La Regeneración, que veía la luz en Con- 
cepción del Uruguay, bajo la competente direc- 
ción del señor don Juan Francisco Seguí. 

Su palabra es, por lo tanto, de indiscutible 
mérito en esta controversia histórica. 

Debemos, sin embargo, hacer notar que los 
informes por nosotros recogidos anteriormente y 
que confirmaban los que ya teníamos, nos fue- 
ron suministrados por otras persona. ^;;a-' "x>stc- 
riormente recién solicitamos los del señor Azcúe. 



— 192 — 

«Paysandú, octubre 23 de 1890. 

ti Señor don Juan J. de Azcúe. 

«Presente. 
«Apreciable señor: 

«Con motivo de unos apuntes biográficos pu- 
blicados sobre la personalidad del doctor doo 
Manuel Herrera y Obes, en ocasión de su falle- 
cimiento, se han suscitado dudas en la prensa 
respecto á la fecha cierta en que el general Urqui- 
zapasó á este Jado del Uruguay en el año 18i"íl. 

« Como usted se encontraba ,aquí en esa épo- 
ca y tomó participación activa en los trabajos 
que dieron por resultado la decisión del general 
don Servando Gómez á plegarse á los planes de 
los generales Urquiza y Garzón y del gobierno 
de la Defensa de Montevideo, en obsequio á la 
verdad histórica, me permito solicitar su impor- 
tante concurso, manifestando cuál es la verdade- 
ra fecha en que se efectuó la cruzada, lo mismo 
i]ue otros pormenores que se relacionen con ese 
1 lecho. 

«Quedándole desde ya grato por tan señalado 
servicio, se suscribe de usted atento y S. S. 

«S. E. Pereda». 



— 193 — 

«Paysandú, octubre 23 de 1SÍXL 
«Señor don Setembrino E. Pereda. 

«Presente* 
< Estimado señor: 

« Acabo de recibir su atenta fecha de hoy, por 
la que me pide usted que le manifieste cuál es 
la verdadera fecha eri que el general Urquízn pasó 
áeste lado del Uruguay el año 1851, y adem¡ís< le- 
sea usted obtener algunos otros pormenores que 
se relacionen con aquel trascendental hecho his- 
tórico. 

«No poseo ningún apunte de aquella fecha; 
pero tampoco los necesito, porque tengo tu ti pre- 
sentes las fechas y cuanto pasó entonces en Pay- 
sandú, como si ahora lo estuviera viendo. 

a El general Urquiza pasó el río Uruguay la 
mañana del 20 de julio de 1851. Horas antes 
de amanecer de ese mismo día, ó lo que es lo 
mismo, en la noche del 19 al 20, pasó un cuer- 
po de infantería entrerriana y se ocultó en las 
tapias del Padre Solano García. 

«Al amanecer del referido día 20 llegó el ge- 
neral don Servando Gómez con una pequeña di- 
visión de caballería, mal armada y peor vestida; 
al entrar en el pueblo la proclamó, diciendo que 



— 194 - 

se incorporaba al general Urquiza con el solo ob- 
jeto de pacificar la república y derrocar al go- 
bierno tiránico del general Rozas, y aunque ma- 
nifestó á la división que el que no estuviera con- 
forme podía retirarse, todos le siguieron, y á la 
media hora ya habían fraternizado orientales j 
entrerrianos. 

«El primer cuerpo de caballería que pasó de 
Entre-Ríos fué la «División Estrella», al mando 
del joven belga, barón Du-Grati, siendo segundo 
jefe don Ricardo López Jordán, que era el que 
en realidad mandaba la división; ésta acampó en 
las inmediaciones del cementerio viejo, (1) del que, 
como no estaba cercado, se servían de algunas ta- 
blas para hacer fuego. Las demás divisiones for- 
maron sus campamentos en puntos más distantes 
del pueblo, y ningún soldado entró en él. 

«Hacia fines de junio salió el comandante 
militar don Ventura Coronel á Bacacuá, donde 
se estaba reuniendo una división, que fué la que 
vino con el general Gómez. Don Ventura dejó 
de comandante militar de Paysandú al vecino 
don Remigio Brian, y éste me encargó para que, 
acompañado de don Maximiano Rivero, estu- 
viese cerca del general Urquiza para suminis- 
trarle lo que pudiera, si algo precisaba. Debido á 
esta comisión estuve en el puerto al lado de 



(1) Hoy se denomina «Monumento Departamental á Perpetuidad», en él 
no se admiten inhumaciones, y existen notables monumentos, que pueden 
competir con los mejores de Montevideo y Buenos Aires, obras del profesor 
Giovanni Del Vecchio. 



^J 



— 195 — 

aquel general desde el día 20 hasta que na a relió 
con su ejército para el interior de la campan;!. 

«Doy á usted, señor Pereda, estos pormeno- 
res, no por lo que ellos importan, sino pañi de- 
mostrarle que fui testigo presencial de la verda- 
dera fecha en que vadeo el Uruguay el general 
Urquiza, que fué la mañana del 20 de julm de 
1851. 

«Deseando haber llenado sus deseos, saluda tí 
usted afectuosamente S. S. 

« Juan J. de Azcúc . 

El señor Azcíie, de nacionalidad español, es 
una persona seria, verídica y de excelente me- 
moria. Desde hace largos años ocupa la secretaría 
de la Sociedad Filantrópica de Señoras de I\v- 
sandu, y por mucho tiempo desempeñó igual 
cargo en la junta económico-administrativa. 

Cultivó relaciones con todos los hombres ;in- 
tiguos de valer, y fué amigo íntimo del coronel 
don Basilio Antonio Pinilla, de quien nos ha su- 
ministrado interesantes datos y con el cual rului- 
bitó en sus mocedades. 

OTRAS FUENTES DE INFORMACIÓN 

El padre del autor de este libro (1), qtife era 
un hombre de privilegiada memoria, al enterarse 



(1) Mariano Pereda, fallecido el 24 de febrero de 1891. 



— 196 — 

de la publicación del general Rodríguez, nos hizo 
notar el grave error en que éste incurría al fijar 
la fecha del pasaje del general Urquiza. 

Él fué el primero que. nos indicó como data 
precisa el 20 de julio de 1851, y para que la 
confirmásemos ó rectificásemos, nos dijo: *Para 
mayor seguridad puedes recurrir á don Abel Le- 
gar, que aunque entonces era muy joven, posee 
una feliz retentiva; si él no recordase bien ese 
hecho, apersónate á don Diego Cifaló, que tam- 
bién se hallaba en Paysandú ; y si ninguno de 
ellos lo tuviera presente, asesórate en las obras 
de Ascasubi, que deben consignarla». (1) 

El almanaque de 1853, de que antes hemos he- 
cho mérito, obraba en poder de nuestro señor pa- 
dre, (2) el cual se encontraba en aquella época entre 
los defensores de Montevideo. Empero, recordaba 
perfectamente las circunstancias que obstaron á 
<¡ue el pasaje tuviera lugar el 18 de julio, como 
asimismo el día fijo en que se llevó á cabo. 

El señor Legar, fallecido hace poco, era per- 
s< »na respetable, nativo de Paysandú, en cuya lo- 
calidad residió durante toda su vida, y allí ocupó 
varios cargos públicos de importancia, desempe- 
ñándolos con rectitud, acierto y levantado ca- 
rácter. 



(1) El inspirado poeta gauchesco don Hilario Ascasubi,— según lo afirma el 
doctor Juan A. Vázquez en su carta antes citada,— fué de los que acompañá- 
is n al doctor Herrera y Obes en su viaje á Entre-Kíos en 1851, y en el ban- 
QUQto con que éste retribuyó á bordo del Uruguay, el suntuoso baile dado por 
za en casa de don Nicolás Jorge, brindó en verso en honor del gober- 
luidor. 

i.13) Hoy figura en nuestra biblioteca. 



W 



— 197 — 

El 11 de enero de 1863, en representación 
de la junta económico-administrativa, pasó una 
enérgica nota al jefe político coronel Pinilla, en 
respuesta á otra de éste, relacionada con el señor 
Luis Revuelta, á quien indebidamente prohibiera 
la publicación de un periódico, so pretexto de ha- 
llarse en acefalía los tribunales de imprenta. 

El señor Revuelta, invocando el artículo 126 
de la constitución, había recurrido á la junta, 
cuya corporación declaró que, ni con arreglo al 
artículo 141 de la misma, ni por, la ley que lo 
reglamenta, podía aquel funcionario oponerse, 
por razón alguna, á la salida de dicha hoja im- 
presa, que apareció más tarde. 

Cúmplenos añadir, como ijota final de estas 
informaciones históricas, que el general Urquiza, 
en una comunicación dirigida al presidente Suá- 
rez, desde su cuartel general en Paysandú, con 
fecha 21 de julio, manifiesta haberse posesiona- 
do de aquel pueblo en la noche del 19, afirma^- 
ción ésta que aparentemente contradice lo por nos- 
otros aseverado, pues como lo reconoce el mismo 
señor De-María en su obra tantas veces citada, 
el coronel Basabilbaso, — que fué el primero en 
pasar, —vadeó á la una de la madrugada, lo que 
vale decir, el día 20 á la una a. m. 



13 



198 — 



FUERZAS QUE , VADEARON EL RIO URUGUAY 

Por tres diferentes puntos se hizo el pasaje 
dd río. El general Urquiza lo efectuó frente á 
Paysandú, el general Garzón por el Hervidero, 
y el coronel Virasoro, por el Paso de Higo. 

Las fuerzas que vadearon directamente á Pay- 
sandú eran las siguientes, según el historiador 
Díaz: 

El general en jefe, su estado mayor y la 
división Guías al mando del coronel 
don Venancio Flores 400 

División Palavecino 560 

ídem Victoria, coronel Manuel Pacheco 

yObes 230 

ídem San José; comandante Barón Du 

Graty 300 

Escuadrón al mando del comandante 

Juan José Pasos 180 

Batallón Entren-Ríos, comandante Ma- 
nuel Basabilbaso ....... 280 

ídem Corrientes, capitán Teófilo Ur- 
quiza 100 

Total de plazas 2,050 

El señor De-María, por su parte, distribuye 
dichas fuerzas en estafforma: 



— 199 — 

División Escolta, al mando del coronel 

Flores 700 

ídem Pala vecino, ai mando del jefe de 

ese nombre. 700 

ídem Victoria, al mando del comandante 

Pacheco 000 

ídem San José, al mando del coman- 
dante Barón Du Graty 400 

ídem Pasos, al mando del jefe de este 

nombre 300 

Batallón Urquiza, al mando del coman- 
dante Basabilbaso 200 

Infantes correntinos, al mando del co- 
mandante Urquiza 10O 

Total de plazas 3,000 

De acuerdo con lo convenido con el dortnr 
Herrera y Obes en su citado viaje al Urugmiy, 
el gobierno de la Defensa envió algunas fuerzas 
de infantería para reforzar las muy escasas de 
esa arma que acompañaban á las del ejército in- 
vasor. 

Dichas fuerzas, al mando del general Anací ^to 
Medina, salieron de Montevideo el 17 de julio* 
con el objeto de proteger el pasaje de las de 
Entre Ríos, y las componían el Batallón Ex- 
tramuros, al cual el señor Díaz denomina guar- 
dias orientales, comandado por el coronel dtfn 
José M. a Solsona. 



— 200 — 

Además, acompañaban al general Medina en 
esa expedición, los siguientes jefes y oficiales : co- 
ronelJosé Mundell, don Enrique Muñoz (cirujano 
mayor del ejército), sargento mayor Juan R Go- 
yeneche (secretario de dicho general), capitán gra- 
duado Juan Floro Madriaga y teniente Ignacio 
Madriaga. 

Las referidas fuerzas, que iban en el vapor 
Uruguay, anclaron el día 18 frente á Martín 
García, á fin de recoger é incorporar unos dos- 
cientos hombres que se encontraban allí al man- 
do del coronel Calixto Centurión y de su segun- 
do jefe el teniente coronel don Juan Mesa. 

A estos interesantes datos que tomamos de 
una carta publicada por el coronel Ignacio Ma- 
driaga en La Tribuna Popular del 13 de oc- 
tubre de 1890, debemos agregar el siguiente que 
en esa misma publicación consigna. 

El almirante.de la escuadra brasileña, señor 
Grenfell, se trasbordó al Uruguay, con motivo 
de haber avistado á lo lejos un buque, para pre- 
venir al doctor don Diógenes de Urquiza, que 
convenía prorrogar el embarque de la tropa, has- 
ta tanto telegrafiara al buque sospechoso y se 
cerciorase de su nacionalidad, pues presumía que 
él fuese inglés ó francés, y era conveniente evitar 
su intervención, puesto que estaban en suspen- 
sión de armas y se había denunciado el armisti- 
cio. 

En consecuencia se resolvió esperar, y hechas 



- 201 — 

las señales de banderas se supo que aquel buque 
era mercante, por cuyo motivo se continuó la 
operación interrumpida. 

Por causa de fuerza mayor recién llegaron á 
Paysandú al día siguiente de desembarcadas las 
demás fuerzas, y permanecieron muy poco tiem- 
po en aquella localidad, regresando luego á Mon- 
tevideo. 

Las fuerzas del general Garzón las componían 
1,700 hombres, 300 de ellos á las órdenes del 
comandante Salazar, y el resto la divi&ión del 
coronel Urdinarrain. 

El coronel Virasoro tenía á su mando el se- 
gundo cuerpo de ejército. 

ENTRE URQUIZA Y FLORES 

De una carta que el doctor Teófilo D. Urqui- 
za escribió á don Isidoro De-María con fecha 25 
de septiembre de 1890, relacionada con el pasa- 
je del río Uruguay, entresacamos los siguientes 
párrafos, que narran una interesante anécdota re- 
ferente á una de las más culminantes figuras de 
la historia nacional: 

<: Llegué frente á Paysandú en momentos que 
este pueblo, con el general Servando Gómez á 
la cabeza, se había pronunciado en favor de la iu- 
vasión, y las fuerzas entrerrianas acampaban so* 
bre sus médanos. Llovía lentamente y el general 
Urquiza estaba eso una pobre tienda de campaña 



— 202 — 

que acababa de instalarse sobre el arenal de la , 
playa, cuando se presentó un altivo y simpático 
militar con sus ropas arremangadas á las rodillas 
y le dijo: «señor general: la caballada ha pasado 
bien, con excepción de un trozo que remolineó y 
se volvió á tierra » v 

« Por toda contestación el general se sacó un 
poncho que tenía puesto, y á pesar de la resisten- 
cia del militar se lo colocó personalmente sobre 
los hombros, dici&idoie: / está usted mojado ! 

« El aludido era el coronel don Venancio Flo- 
res, encargado del pasaje de las caballadas, que 
se presentaba á dar cuenta de su comisión, todo 
empapado, sin que las nubes hubieran respetado 
su altivez ni su valor. » 

PROCLAMAS DE URQjUIZA Y GARZÓN 

El general Urquizar en su carácter de general 
en jefe del ejército aliado, en seguida de pisar nues- 
tro territorio, dirigió la siguiente proclama al pue- 
blo oriental: 

«¡Orientales! Torno á pisar vuestro hermoso 
suelo, hollado hace nueve años por un hijo des- 
naturalizado, que ha vendido vuestra heroica na- 
cionalidad á la insaciable ambición del tirano de 
Buenos Aires. Teníais leyes, Oribe las ha relega- 
do al desprecio. Instituciones, las ha derribado 
con mano sacrilega. Libertad, la ha encadenado al 
ominoso carro del Nerón argentino. Orden, lo ha 



— 203 — 

suplantado con el caos. Riqueza, ha desaparecido. 
Sangre, la ha vertido en medio de furores frené- 
ticos. Independencia, la ha ofrecido en holocaus- 
to al usurpador de dos repúblicas. Leyes, institu- 
ciones, orden, libertad, independencia y gloria, 
todo ha desaparecido bajo su dominación. Vues- 
tros sordos clamores han conmovido mi alma y 
la fraternidad de sangre, y esa decidida coopera- 
ción en favor de la libertad, que he ofrecido so- 
bre ini espada á vuestro legítimo gobierno, me 
traen por segunda vez con los brazos abiertos á 
esta tierra querida, dispuesto á estrecharos con- 
tra mi corazón y a salvar el honor, la existencia 
política, la libertad y merecida gloria de vuestro 
infortunado suelo. El denodado pueblo correnti- 
no, con su invicto jefe el señor general Virasoro, 
y el patriótico gobierno imperial del Brasil, for- 
man parte de la grande alianza argentino-ameri- 
cana, contra los tiranos del Plata, incapaces de 
afrontar el peligro, de resistir el poder omnipo- 
tente de la coalición organizadora. 

«¡Hermanos del Oriente! Hijos ilustres de la in- 
dependencia de América ! Al cielo y á los hom- 
bres generosos de corazón, pongo por testigo de 
Ja sinceridad de mis intenciones; y apoyado en 
el testimonio de mi conciencia en la santidad de 
la causa que voy á defender entre vosotros y en 
la fe de la justicia universal del mundo libre, so- 
meto gustoso mi conducta y mi nombre, al tri- 
bunal inexorable de la opinión, en los futuros 



— 204 — 

tiempos. Nunca recusará ese solemne fallo de la 
posteridad, vuestro leal amigo, 

(Firmado): «Justo J. de Urquiza. 
«Campamento general en marcha, julio de 1851». 

El general Garzón, que era el general en jefe 
del ejército oriental, lanzó á su vez, desde su 
cuartel general del Hervidero la entusiasta pro- 
clama que va en seguida: 

«Hervidero, julio de 1851. 

«¡Soldados de la República! Acabáis de pisar 
la tierra que todos hemos tenido por cuna, con la 
misión más espléndida que el supremo gobierno 
del estado, la naturaleza, el derecho y la justicia 
os pudo encomendar. Destruirla tiranía, hacer su- 
ceder la paz á la bárbara opresora guerra de ocho 
afios, afianzando el imperio de la ley en la pre- 
sente campaña, es el timbre más glorioso á que 
debéis aspirar, combatiendo con valor sobre el 
campo de batalla* pero con distinguido honor, pa+ 
nt conservar el renombra <Je ese, tradicional pa* 
bellón y el de las armas y uniformes que lleváis, 
como distintivo de virtud y ejemplar constancia. 
Conduciros por esta senda, será mi invariable de- 
ber; no dejaros separar de los usos del tiempo^ 



— < 205 — 

que impone la civilización, la humanidad y el de- 
recho de la guerra, mi constante cuidado. 

«¡Soldados! La bandera nacional está entrela- 
zada con las de sus aliados públicos y legítimos, 
los estados de Entre Ríos, Corrientes y el Impe- 
rio del Brasil. Sus valientes y aguerridos ejérci- 
tos y escuadras, presentan su potente efectivo 
concurso, para empezar y consumar la obra cuyo 
éxito no puede ser dudoso, desde que os anuncio 
con el mayor entusiasmo, hallarse entre nosotros 
d excmo. seííor gobernador y capitán general, 
el invicto Urquiza, cuya invencible espada es pa- 
ra la libertad de las dos Repúblicas del Plata, 
entre los elementos combinados, decisivo y seguro 
garante. 

«¡Orientales todos! En momentos tan solem- 
nes, los ciudadanos y el ejército deben comporjer 
una sola masa y expresar en todos los ángulos de 
la República un solo sentimiento nacional, para 
arrancar de raíz esa aborrecible dictadura repre- 
sentada por el desmedido escándalo que operan 
los déspotas Rozas y Oribe; dañando conjunta- 
mente con miras ocultas, la esencia, el ser políti- 
co, y carcomiendo las tradiciones de la Repúbli- 
ca, devoran sus riquezas y hacen imposible la re- 
unión de sus hijos, entre quienes levantaron un 
muro para dividirlos y evitar se den el fraternal 
abrazo á que anhelan los orientales. Vuestros ro- 
bustos brazos deben contribuir decididamente á 
derruirle, para reincorporaros con los gloriosos 



— 206 ±- 

antecedentes de que habéis sido despojados, sien- 
do el primero de esos bienes, el práctico ^jerei- 
cio de nuestra liberal constitución, en la parte del 
territorio que han dominado las fuerzas del tira- 
no de Buenos Aires. 

«¡Compatriotas! Vamos á entrar en una gue- 
rra necesaria, pero gloriosa; los primeros y últi- 
mos pasos que marquéis en ella, que sea mante- 
niendo la más rigurosa disciplina, ejemplar obe- 
diencia y sufrimiento en las fatigas, guardando 
el mayor respeto y consideración á los pacíficos 
habitantes y sus propiedades. Con tan heroica 
conducta, venceremos, presentando sin mancha á 
nuestra patria y al gobierno, los hechos milita- 
res que nos toque desempeñar, y sobre los cua- 
les fallarán nuestros contemporáneos y la poste- 
ridad. Así lo espera vuestro general, que subor- 
dinó serios miramientos para aceptar el honor 
de mandaros. 

(Firmado): «Eugenio Garzón». 



DEFECCIONES ORIBISTAS 

Al valioso concurso aportado por elgeíieral 
don Servando Gómez, se sucedieron numerosas 
adhesiones de jefes y oficiales hasta entonces 
adictos á la causa de Rozas y Oribe. 

Entre los que defeccionaron se hallaban el co- 



— 207 — 

ronel don Constancio Quinteros, con toda su di- 
visión, el comandante Lucas Píriz, el mayor 
Marcos Neyra, los comandantes Alcain y To~ 
rréns, este último con su escuadrón, el coronel 
Bernardo González, el comandante Peñarol, los 
capitanes Garrido, Moyano, Crosa y muchos otro?. 

Las divisiones de milicias que mandaban el 
coronel Lamas y el comandante Egaña, abando- 
naron á sus jefes para plegarse al coronel Vira- 
soro. 

Todas las fuerzas del ejército enemigo se in- 
corporaron al general don Ignacio Oribe, el cual 
se reconcentró sobre la picada de su mismo nom- 
bre en el Río Negro, con el intento de que el co- 
mandante don Juan Valdez se le reuniese con h\ 
división de Tacuarembó, cosa que no logró por 
habérselo impedido el general Gómez, que man- 
daba la vanguardia de Urquiza. 

Oribe, debilitado así y teniendo á su frente el 
Río Negro fuera de cauce, vióse en duros aprie- 
tos para efectuar el vado de sus tropas, del gran 
bagaje que llevaba y de los seis cañones de que 
disponía. 

Después de seis días de continuas agitaciones 
y de apelar á distintos medios para evadir la ac- 
ción de las fuerzas aliadas y evitar la pérdida de 
su numeroso convoy, consiguió salvar su ejército 
el 8 de agosto, haciéndole cruzar el río en botes 
de cuero, no sin verse obligado á lanzar al agua 
dos piezas de artillería de grueso calibre y varios 
carros de municiones. 



'— 208 — 

En tanto, Dionisio Coronel defendía la ribera 
opuesta al Yaguarón, por donde pretendía pasar 
la vanguardia del ejército brasileño, que disperso 
en el paso de las Piedras. 

Tras largas peripecias llegó al arroyo de la 
Virgen, en cuyo paraje se encontraba su her- 
mano don Manuel, que había abandonado sus 
posiciones del Cerrito, dejando á cargo de las 
fuerzas sitiadoras al coronel Lasala, cuyas fuer- 
zas se componían de 2,500 iufantes, 25 cañones 
y un reducido número de caballería. (1) 

La plaza quedaba guarnecida por 3,700 in- 
fantes, dos escuadrones de artillería y un escua- 
drón de caballería. 

El 27 del mismo mes el general Gómez atra- 
vesó el Río Negro, y el 29 hicieron otro tanto 
los generales Urquiza y Garzón. 

TRETA ORIBISTA 

Su crítica situación obligó á su ministro, el 
doctor Villademoros, á pedir 72 horas de tregua 
en la lucha empeñada con las fuerzas de la plaza, 
ocurriendo al contraalmirante Le Predour, el día 
30, para que sirviera de intermediario ante el go- 
bierno de la Defensa. 

El gobierno accedió á ese pedido, fijando el 31, 
desde las 12 del día, para d comienzo de la sus- 

(1) El coronel Lasala fué reconocido en ese mando el 28 de julio, y Oribe 
partió para campaña el día 29. 



¿iVmri 



— 209 — 

pensión de hostilidades, bajo la condición, sin 
embargo, de que esa tregua sólo tendría efecto 
entre las fuerzas de la plaza y las sitiadoras. 

El doctor Villademoros prestó su asentimiento 
á dicha condición, que fué inmediatamente puesta 
en práctica por el gobierno. 

El ministro del Cerrito había invocado corao 
causal de aquella solicitud, que esperaba de un 
momento á otro instrucciones de su superior que 
quizá pusieran término á la guerra; pero todo 
esto resultó una verdadera treta, porque el 1 .° de 
septiembre se dirigió al mismo contraalmirante 
haciéndole saber que por disposición de Oribe le 
estaba prohibido entrar en tratativas de ninguna 
clase con el gobierno, y que, por ende, vencidas 
las 72 horas acordadas, recomenzarían las hosti- 
lidades. 

Se atribuyó esa estratagema al propósito de 
que las tropas del ejército argentino, á órdenes de 
Oribe, pudieran embarcarse y fugar, bajo la pro- 
tección de la escuadra anglo-francesa. 

El gobierno, con fecha 2, exigió explicaciones 
á los encargados de negocios de S. M. B. y de 
la Francia, quienes negaron el hecho. 

Mr. Gore repuso « que si tal resolución hu- 
biese sido tomada, como agente de un poder neu- 
tro, se habría apresurado á dirigir al gobierno 
una comunicación formal sobre esa decisión. » 

Mr. Devoize, encargado de negocios de Francia, 
creyó conveniente llevar esa comunicación á co- 



— 210 — 

nocimiento del contraalmirante Le-Predour, quien 
repuso, entre otras cosas, lo siguiente: 

« En cuanto á los actos de agresión que ese 
gobierno aparenta recelar de parte de las fuerzas 
francesas, ruego á usted le haga saber que nada 
parecido tendrá lugar, mientras las naciones con 
las cuales estamos en contacto, respeten tan es- 
crupulosamente como lo hace siempre la Fran- 
cia, el derecho de gentes y los intereses de la hu- 
manidad». 

DE ORIBE A LOS AGENTES EXTRANJEROS GORE Y 
LE-PREDOÜR 

Es muy posible, tal vez rigurosamente exacto, 
que dichos personajes no tuvieran el menor co- 
nocimiento de las pretensiones de Oribe; pero que 
éste las abrigaba no puede caber la menor duda, 
pues existen diversos documentos que así lo com- 
prueban. 

La siguiente carta, aunque de fecha posterior, 
lo demuestra á la evidencia: 

«Excmo. señor encargado de negocios de & M. B., 
don Roberto Gore. 

«Quartel general en marcha, Arroyo de la 
Virgen, septiembre 6 de 1851. 

« La gila vedad . de la situación en que se halla el 
país, á consecuencia de los sucesos que han te- 



_.kj 



— 211 — 

nido lugar en estos tres meses, y el deseo de evi- 
tar á mi patria la efusión de sangre, me han de- 
cidido á adoptar la resolución de retirarme del 
país con las tropas argentinas y las orientales que 
quieran acompañarme, cesando de este modo la 
causa ostensiva de la guerra y sus consiguientes 
desastres. Con este propósito autorice al señor 
ministro de negocios extranjeros, doctor don Car- 
los Villademoros, para que solicitase de V. E. 
una garantía de las fuerzas navales de S. M. B., y 
conformándome con la promesa del señor contra- 
almirante Reynolds,y el señor contraalmiranteLe- 
Predour, de apoyar moralmente mi resolución con 
su valiosa influencia, he aguardado el caso que 
juzgaba oportuno para hacer uso de ella, y no he 
dejado de contar con esa generosa protección á 
pesar del desagradable incidente de la suspensión 
de hostilidades, solicitada sin orden mía, y aún 
sin mi consentimiento. (1) 

<En el estado actual de cosas, y firme siempre 
en el propósito de ahorrar la sangre de mis com- 
patriotas en una guerra que se me quiso hacer 
personal, deseo llevar á efecto mi resolución de 



(1) Aposar de esta afirmación de Oribe, el general Díaz relata lo siguiente: 

«El día 25 el general Oribe había dado orden al ministro ViHademoros de 

verse con los almirantes de las fuerzas navales de Francia é Inglaterra, y 

solicitar de ellos una garantía paia poder retirarse' á Buenos Aires con la 

división auxiliar argentina, embaí candóse en el puerto del Buceo. 

Este paso fuó dado por él con reserva; pero á los dos días se supo en el 
ejército, y generalizada esta noticia, en pocas horas produjo un gran des- 
aliento, particularmente en los jefes de los cuerpos orientales, que se veían 
amenazados do un próximo abandono. Los aímii antes Le-Predour y Rey- 
nolds se excusaron con el pretexto de su neutralidad, limitándose á ofrecer 
su apoyo moral cerca del gobierno de la plaza y del jefe de Jas fuerzas bra- 
sileñas,» 



— 212 — 

trasladarme á Buenos Aires con las tropas argén* 
tinas y con las orientales que quieran acompa- 
ñarme á aquel destino, y quiero ejecutarlo tanto 
más prontamente, cuanto que una sola gota de 
sangre que se derrame ya, no puede producir otro 
resultado sino el de afligir á la humanidad. 

«Sentado esto, he de merecer á la generosa 
amistad de V. E., que se sirva indicar al señor 
ministro de negocios extranjeros, doctor don Car- 
los Villademoros, á quien por ésta autorizo sufi- 
cientemente, los pasos que debe dar para llevar 
á efecto el embarque de las tropas y demás in- 
dividuos, contando, como en ningún caso he de- 
jado de contar, con la eficacia del apoyo moral 
de los señores contraalmirantes Reynolds y Le- 
Predour, para que en su tránsito no sean de mo- 
do alguno incomodados por las fuerzas marítimas 
del Brasil ó de otros enemigos de la República. 

«Debo prevenir á V. E., que con esta fecha y 
para este mismo fin escribo al señor contraalmi- 
rante Le-Predour. 

«Con este motivo tengo el honor de reiterar á 
V. E. la seguridad del aprecio y alta considera- 
ción con que soy su affmo. 

(Firmado): «Manuel Oitáe». 

En igual sentido, como lo anunciaba, dirigió 
otra carta al contraalmirante don Fortunato Le- 
Predour, y ambos agentes extranjeros se apresu- 



i^fcJEU 



— 213 — 

raron á poner esa comunicación en vista del go- 
bierno de la Defensa, el cual rechazo la proposi- 
ción en qlla contenida. 

EL EJÉRCITO BRASILEÑO 

Dos días antes de esa actitud de Oribe, el ejér- 
cito brasileño, á las órdenes del conde de Caxias, 
había pisado ya el territorio nacional, y se com- 
ponía de lü,000 hombres, siendo 7,000 de ellos 
de infantería y el resto de caballería. 

Las fuerzas mandadas por dicho general cons- 
taban de 1 1 batallones de línea, volteadores y fu- 
sileros, de 4 regimientos, de 1 escuadrón de ca- 
ballería de línea, y caballería de guardias nacio- 
nales, de un estado mayor y de un cuerpo de in- 
genieros. 

Contaba, además, con 32 piezas de artillería 
ligera y 2 coheteras á la congreve. 

Esas fuerzas se encontraban en las puntas de 
Cuñapirú el 4 de septiembre. 

El barón de Yacuhy, en unión de Camilo Ve- 
ga, había penetrado por la frontera de Yagua- 
ron, y sufrido una derrota que les infligió el co- 
mandante Dionisio Coronel. 

Se le plegaron más tarde el comandante To- 
más Borches, que fué investido con el cargo de 
jefe de las policías de campaña; el coronel Mar- 
celo Barreto, el capitán Zoilo, el general brasileño 
Fernández, que efectuó su pasaje por Yaguarón, 



1 



— 214 — 

y numerosos jefes y oficiales hijos del país, como 
los coroneles Erigido Silveira y Hornos, los co- 
mandantes Hubo, Villaurreta y Gregorio Suárez. 

El conde de Caxias dirigió una proclama á su 
ejército al ponerse en marcha. 

En ella decía, entre otras cosas : 

PROCLAMA DEL CONDE DE CAXIAS 

« ¡ Soldados ! Vais á combatir á la par con 
bravos y amaestrados en los combates; y esos 
bravos son vuestros amigos, nuestros hermanos 
de armas. La más perfecta y fraternal unión de- 
béis, pues, mantener con ellos. 

«Que ningún otro sentimiento se manifieste 
en vosotros fuera del deseo de excederlos, si 
fuese posible, en las virtudes de los verdaderos 
soldados. En el Estado Oriental no tenéis otros 
enemigos que los soldados del general Oribe, y 
esos mismos sólo debéis considerarlos como tales, 
mientras alucinados empuñen las armas contra 
los verdaderos intereses de su patria. Desarma- 
dos ó vencidos, son americanos, son vuestros her- 
manos, y como á tales debéis tratarlos. 

«La propiedad, sea de quieu fuere, nacional ó 
extranjera, de amigo ó enemigo, es sagrada é in- 
violable, y debe ser tan religiosamente respetada 
por los soldados del ejército imperial, como el 
honor de sus armas». 

Recién el 12 pudo llegar á las puntas de Ta- 



- — 215 — 

cuarembó y su vanguardia al arroyo Malo, pues 
el mal estado de los caminos, consecuencia de la* 
recientes y abundosas lluvias, y las condiciones 
de su ejército, le impidieron acelerar la marcha. 
Fué en conocimiento de que se acercaba á 
Montevideo que el general Oribe intentó poner- 
se de acuerdo con el almirante Le-Predour y el 
encargado de negocios de S. M. B., para evitar 
las eventualidades de un próximo contraste que 
preveía como inminente. 

CONFIANZA DE ORIBE 

Sus vacilaciones ó inacción durante dos me- 
ses, dieron lugar á que los ejércitos aliados domi- 
nasen casi toda la campaña oriental, y á la^ nu- 
merosas deserciones que se produjeron con ver- 
dadera rapidez vertiginosa. 

A principios de septiembre se dirigió al gene- 
ral Rozas pintándole su triste situación y hacién- 
dole saber las gestiones que había promovido 
cerca del contraalmirante Le-Predour y del almi- 
rante Reynolds, para asegurar su traslación y la 
desús tropas á Buenos Aires, sin que fueran 
molestadas en su transito por la escuadra bra- 
sileña ó por otros buques que pudieran armar 
los salvajes unitarios. 

El jefe sitiador había confiado lo bastante en 
sus propios elementos, en la creencia, quizas, de 
que el pronunciamiento del 1.* de mayo no a su- 



— 216 — 

miría las enormes proporciones que adquirió en 
brevísimo tiempo. 

No de otro modo se explica que habiéndole 
ofrecido Rozas todo el concurso que considerase 
indispensable para resistir á Urquiza y sus alia- 
dos, le contestara: que nada necesitaba, pues 
tenía fuerzas suficientes y todos los elementos 
precisos para rechazar la invasión (1). 

Rozas, que era un espíritu suspicaz y que es- 
taba bien al cabo de todo cuanto ocurría en nues- 
tro país, reiteró su ofrecimiento, diciéndole ex- 
presamente que si creía necesario ó conveniente 
reparar su ejército con nuevas tropas ó algunos 
materiales de guerra, estaba pronto á enviarlos, 
creyendo que en ese caso importaba hacerlo con 
la posible brevedad, antes que los enemigos pa- 
saran las fronteras; porque aunque las tropas del 
ejército del general Oribe eran buenas, y sobre 
todo muy aguerridas, su número era muy infe- 
rior á las del enemigo; pero el general Oribe in- 
sistió en su anterior contestación, liciéndole que 
de nada necesitaría para derrotar enemigos tan 
despreciables, agregando algunas otras frases en 
ese sentido, por lo que no podía quedar duda al 
general Rozas de que debía ser bien fundada la 
confianza que manifestaba el general Oribe (2). 



(1) Relación del general don Antonio Díaz, actor principalísimo cu aque- 
llos sucesos. 

(2) General Antonio Díaz, relación antes citada. 



— 217 



CONSECUENCIAS A QUE DlÓ LUGAR 

No obstante esto, Oribe se vio obligado, eu 
cartas sucesivas, á confesarle la verdad á Rozas, 
y viéndose perdido envió á Buenos Aires á clon 
Agustín Iturriaga, en solicitud de los recurso* 
que antes había rechazado tan enfáticamente, 
pero con resultado negativo, porque Rozas se los 
rehusó en absoluto. 

Urquiza, en tanto, al frente de 4,800 hombres 
de caballería avanzaba sobre Oribe, y el 6 de 
septiembre se puso á la vista del enemigo. 

Oribe, que se hallaba* completamente des- 
armado y que su supremo objeto era ponerse ú 
salvo, simuló la realización de un combate é im- 
partió órdenes, ese mismo día, para que sus tro- 
pas se aprestasen á librar una batalla. Ya pre- 
parados todos los elementos y puestos en marelu'i 
sobre el enemigo, mandó que se hiciese alto. 

Igual procedimiento adoptó repetidas vecé», 
con gran indignación de mudhos de sus princi- 
pales jefes, según relato del general don Antonio 
Díaz. 

Poco después se propuso enviar un nuevo emi- 
sario á Rozas, y como se hallaba en completa di- 
sidencia con su ministro de la guerra, quiso con- 
fiarle esa misión, tal vez para librarse de él en 
los precisos momentos en que más oposición W 
hacía por su incuria é indecisiones. 



— 218 — 

Oribe le propuso trasladarse á Buenos Aires, 
en solicitud de seis ú ocho mil hombres, no para 
incorporarse á su ejército, sino para que éstos ope- 
raran sobre la costa del Paraná, á fin de distraer 
la atención del general Urquiza, más dos mil in- 
fantes destinados á San José ó á cualquier otro 
paraje próximo á su costa. 

Era la reproducción de su primitivo pedido, y 
el general Díaz — que no deseaba alejarse del 
ejercito, bajo pretexto alguno — se excusó, mani- 
festando que su permanencia á su lado podría 
serle más beneficiosa que su ida á la vecina orilla, 
y le indicó la conveniencia de confiar la nueva 
misión al propio señor Iturriaga. 

El 19, en carta dirigida á Rozas y fechada en 
el Talita, le insinuaba la utilidad de apelar á la 
mediación ó interferencia del comodoro t de las 
fuerzas navales de los Estados Unidos, encare- 
ciéndole la urgencia en caso de creerlo así, pues 
el enemigo, decía, está á dos jornadas de mi campo. 

Mientras todo esto pasaba, cundía más y más 
la desorganización en sus tropas y aumentaban 
las defecciones. 

GESTIONES DE PAZ. INCIDENTES PRODUCIDOS 

El general Urquiza, que estaba en el Durazno, 
se dirigió al arroyo de la Virgen, con el propósi- 
to de estrechar á Oribe, y el 13 hizo su aparición 
frente al enemigo. 



— 219 — 

Su primera resolución, antes de romper las 
hostilidades, fué confiar al mayor Ricardo López 
Jordán, la misión de apersonarse al general Ori- 
be,, proponiendo un honroso sometimiento que 
ahorrara nuevo derramamiento de sangre. 

Al día siguiente regresó Jordán en unión del 
comandante Carballo, ayudante de Oribe, igno- 
rándose por completo en las filas oribistas el fio 
que le llevaba. 

El coronel don Lucas Moreno, había signifi- 
cado al general Urquiza,con autorización de Ori- 
be, que éste anhelaba poner término á la guerra 
y que estaba dispuesto á escuchar proposiciones 
en el caso que él se encontrara animado de igua- 
les sentimientos. 

Como se ve, ambos generales coincidiera i en 
su modo de pensar acerca de la pacificación del 
país sin mayores trastornos que los ya enorme- 
mente ocasionados. 

Moreno se entrevistó con los generales Oribe 
y Díaz el mismo día 1 3, á fin de convenir los tér- 
minos de una carta que, suscrita por él á nom- 
bre del jefe sitiador, entregaría personal mente al 
general Urquiza en el sentido á que antes liemos 
hecho mención, y el 14 al toque de diana partió 
en cumplimiento de su cometido. 

El 1 5 estuvo de vuelta con la grata noticia de 
que Urquiza aceptaba entrar en las tratati vas in- 
sinuadas; el 16 se redactaron las bases que de- 
bían serle sometidas, y el 18 fué portador, el re- 



— 220 ~ 

ferido emisario, de la respuesta de Urquiza, tam- 
bién favorable, pues las aceptaba, previa algunas 
modificaciones, no fundamentales. 

Aunque puestos de acuerdo el día 20, recién 
el 28 se dispuso Oribe á autorizar su aceptación 
definitiva. 

El convenio constaba de doce proposiciones 
generales y dos de carácter privado, y en él se 
establecía que el ejército á las órdenes de Oribe 
quedaría interinamente mandado por un jefe del 
mismo, pero bajo la obediencia del general Gar- 
zón; que las tropas argentinas se retirarían por 
el puerto del Buceo con sus armas y las municio- 
nes en sus cananas y armones, quedando todos 
aquellos que no quisieran voluntariamente ha- 
cerlo; que tanto Oribe como todos los jefes, ofi- 
ciales y ciudadanos que deseasen acompañarlo^ 
podrían dirigirse al punto que eligieran; y que 
las tropas brasileñas, entrerrianas y correntinas se 
retirarían, también, del territorio nacional. 

El general Urquiza, después de lo pactado, se 
alejó á seis leguas á retaguardia del paraje donde 
se encontraba acampado, y el general Oribe se 
retiró hacia la costa de Santa Luda Grande, ha- 
biendo despachado de antemano todas las fuer- 
zas de guardias nacionales, con la consigna de re- 
gresar á sus respectivos departamentos. 

Cometió, sin embargo, la imprudencia de de- 
cirle á algunos de los jefes y oficiales de esas fuer- 
zas: que se fueran en la inteligencia de que den- 



— 221 — 

tro de poco tiempo volvería a necesitadlos, que 
por esos momentos era preciso conformarse con 
aquel arreglo. (1) 

El comandante Valdez hizo saber personalmen- 
te á Urquiza aquella manifestación de Oribe y el 
comandante Moreno le escribió en igual sentido. 

Oribe, tras largas incertidumbres y dilaciones 
resolvió cometer al coronel Lamas y á su secre- 
tario el doctor Caravia la comisión de firmar vu 
su nombre el mencionado documento; pero el 28, 
á las 3 1 a. m., el general Oribe recibió una carta 
del general Urquiza por medio de un propio, en 
la que le comunicaba había resuelto romper las 
hostilidades. 

Los emisarios, que ignoraban esto, llegaron al 
cuartel general de Urquiza, quien les impuso de 
los motivos que tenía para dejar sin efecto el 
compromiso que debió suscribir con el general 
Oribe, y que no eran otras, sino la mala fe que 
importaba la manifestación hecha por este último 
y revelada por los comandantes Valdez y Moreno. 

Oribe persistió en su propósito, y envió por se- 
gunda vez al coronel Lamas y al doctor Cara vi a 
al campamento de Urquiza, para que gestionaran 
el cumplimiento del convenio; pero éstos regre- 
saron con la misma respuesta obtenida anterior- 
mente. 

En vista de esto, determinó encaminarse ftl 



(1) Relato del general don Antonio Díaz. 



— 222 — 

Cerrito de la Victoria, en cuyo punto se propo- 
nía librar batalla con Urquiza, disposición nada 
acertada, porque en caso de darse, tendría que 
luchar al propio tiempo con los defensores de la 
plaza y su poderoso aliado. 

El general Díaz hizo una junta de jefes eu el 
campamento del general Maza, á fin de convenir 
si era posible sostenerse en el Cerrito, como 
lo había dispuesto Oribe, ó si debía adoptarse al- 
guna otra medida, y la mayor parte de ellos opi- 
nó que no sería posible mantenerse por falta de 
víveres, pues todas las vías de comunicación se 
hallaban interceptadlas. 

El comandante Bustos indicó la conveniencia 
de que se nombrara una comisión de jefes encar- 
gada de apersonarse al general Urquiza y pro- 
ponerle nuevas bastes de arreglo. 

Aceptada su indicación se redactaron las ba- 
ses de una capitulación, que consistía sustancial- 
mente — según lo refiere el general Díaz — en el 
cese de las hostilidades, y que las tropas se reti- 
rarían por mar á Buenos Aires, con sus armas, 
municiones, artillería, parque, etc., dirigiéndose 
hasta el puerto con banderas desplegadas y tam- 
bor batiente. 

Al coronel don José M. a Flores se le encargó 
transmitir á Urquiza esas proposiciones, las cua- 
les no fueron admitidas por éste. 

No obstante, repuso que las suspendería siem- 
pre que las fuerzas argentinas se incorporaran al 



L _.W- 



— 223 — 

ejército á su mando con todos los elementos de 
guerra con que contaba. 

Desde el 7 de octubre el ejército del general 
Urquiza se hallaba en las proximidades de l¡i 
quinta de Legris, ajustándose ese mismo din h 
segunda convención que dio término á la Guerra 
Grande. 

Por la noche se embarcaron en la corbeta ifi- 
. giesa, el comandante Bustos y los coroneles Flo- 
res, Maza y Costa. 

DESCONFIANZAS DE ROZAS 

Por las anteriores referencias se ha visto qm» 
el general Rozas, después de habérselos o&feeído 
reiteradamente, no quiso enviar elementos u\ gct* 
neral Oribe, a pesar de pintarle con los má* Rrmí- 
bríos colores su situación en los últimos tiempos. 

Es que ya dicho jefe no le inspiraba confian- 
za, ya sea por haber rehusado sus anterioras y 
espontáneos ofrecimientos, ora porque estuviera 
al tanto de lo que pasaba en el seno de las íiirr- 
zas á su mando. 

El general Díaz, en los apuntes que antes lie- 
mos citado, hace una relación sucinta de his re- 
soluciones contradictorias adoptadas por Grilnv 
y de las artimañas á que apelaba para enguiña 1 
á sus subalternos, haciéndoles creer, desde loe co- 
mienzos del pasaje de Urquiza por el Río Negt'O, 
que el ejército brasileño, poderoso como ern. se 



— 224 — 

encontraba á corta distancia del jefe supremo de 
las fuerzas aliadas. 

Las alternativas que sufrió el mismo convenio 
de paz, fracasado cuando sus bases le eran más 
propicias, demuestran que Oribe había perdido 
sus antiguos bríos y que más le interesaba la 
tranquilidad de su persona — ya que no le era da- 
ble volver á la presidencia de la república — que 
la causa del dictador argentino de la cual se hi- 
ciera solidario. 

Rozas, temiendo una traición de su parte, se 
había dirigido ya en el mes de agosto, á los jefes 
de su mando, dándoles instrucciones respecto á 
la conducta que debían observar para con él. 

El coronel Pedro Ramos, que había ido en co- 
misión á Buenos Aires, fué el portador del do- 
cumento á que nos referimos, y que dice así : 

«El gobernador y capitán general de la provincia 
de Buenos Aires y encargado de las relaciones 
exteriores de la Confederación Argentina. 

« Buenos Aires, agosto 24 de 1851. 

, «No mereciendo la confianza del gobierno de 
la Confederación el general en jefe del ejército 
unido de vanguardia, presidente del Estado Orien- 
tal del Uruguay, brigadier don Manuel Oribe, los 
jefes de las divisiones argentinas en operaciones 
en la República Oriental, procederán á nombrar 



— 225 — 

en consejo el jefe que haya de dar cumplimiento 
á las instrucciones de que es portador el alocan 
del gobierno, coronel don Pedro Ramos. 

(Firmado): «Juan Manuel de Rozm* 

«A los señores jefes, del ejército de vanguardia 
de la Co 
Oriental 



de la Confederación Argentina en el Estado 



El coronel Ramos trajo como instrucción pri- 
vada la consigna de que Oribe fuese preso y ata- 
do, y la orden de que las fuerzas argentinas se 
dirigieran á Entre Ríos para de allí embarcarse 
directamente á Buenos Aires. 

Oribe, ante el silencio de Rozas que había de- 
jado de contestar una comunicación suya, sos¡ Je- 
cho que algo se tramase contra él, y habiendo 
interrogado insistentemente á dicho militar so- 
bre la insólita actitud de aquél, cometió la debi- 
lidad de ensenarle la carta que dejamos trans- 
cripta. 

Su contenido produjo la más honda impresión 
en el ánimo de Oribe, quien manifestó al coronel 
Ramos que si hacía entrega de ella se arrebata- 
ría la vida, porque no quería ser tenido en con- 
cepto de traidor. 

Como el general Oribe continuó al mando del 
ejército hasta la celebración de la paz, es presu- 
mible que el mencionado documento no fuera 



— 226 — 

hasta entonces conocido por los jefes á quienes 
venía dirigido, y decimos esto por cuanto los au- 
tores que hemos compulsado nada manifiestan 
á su respecto. 

EL PACTO DE OCTUBRE DEL 51 

El general Oribe fué quien promovió la aper- 
tura de este nuevo convenio, dirigiendo al gene- 
ral Urquiza, que se hallaba en el Peñarol, la si- 
guiente carta: 

«Excmo. señor gob amador, general don Justo J. 
de Urquiza. 

«Cuartel general, octubre 7 de 1851. 

«Señor general: — Si en el estado á que ha 
traído al ejército de mi mando la suerte de las 
armas, no hubiese otro camino que tomar para 
salvar el honor y la libertad que una resistencia 
á todo trance, ella sería laudable aunque fuese 
desgraciada. 

«Pero cuando esos bienes pueden conservarse 
por medio de honrosas concesiones de parte de 
un vencedor que sabe apreciar la verdadera glo- 
ria, entonces una más larga lucha de la mía sería 
vituperable. Contando, pues, con esos conocidos 
sentimientos de V. E., tengo el honor de incluir 
las proposiciones, en pliego separado, que pueden 



— 227 — 

servir de base á una inmediata capitulación, si 
fuesen aceptadas por V. E., y sobre las cuales, 
sin embargo, pueden caber, no relajando lo sus- 
tancial, las modificaciones ó ampliaciones que 
V. E. creyese convenientes. 

«Sin otro objeto, quedo de V. E. atento 
S. S. q. s. m. b. 

(Firmado): «Manuel Oribe». 

Urquiza introdujo algunas modificaciones, que 
sometidas á la consideración de Oribe, fueron 
por éste aceptadas. 

He aquí dicho documento: 

«Artículo 1.° Se reconoce que la resistencia 
que han hecho ios militares y ciudadanos á la 
intervención anglo-francesa, ha sido en la creen- 
cia de que con ello defendían la independencia de 
la República. 

«Art. 2.° Se reconoce entre todos los ciudada- 
nos orientales de las diferentes opiniones en que 
ha estado dividida la República, iguales derechos, 
iguales servicios y méritos y opción a los em- 
pleos públicos, en conformidad á la constitución. 

«Art. 3.° La República reconocerá como deu- 
da nacional aquéllas que haya contraído el ge- 
neral Oribe, con arreglo á lo que para tales casos 
estatuye el derecho público. 

«Art. 4.° Se procederá oportunamente y en 



— 228 — 

conformidad á la constitución, á, la elección de 
senadores y representantes en todos los departa- 
mentos, los cuales nombrarán el presidente de la 
República. 

«Art. 5.° Se declara que entre todas las dife- 
rentes opiniones en que han estado divididos los 
orientales, no habrá vencidos ni vencedores, pues 
todos deben reunirse bajo el estandarte nacional 
para el bien de la patria y para defender sus le- 
yes é independencia. 

«Art 6.° El general Oribe, como todos los de- 
más ciudadanos de la República, quedan some- 
tidos á las autoridades constituidas del estado. 

«Art. 7.° En conformidad con lo que dispone 
el artículo anterior, el general don Manuel Oribe 
podrá disponer libremente de su persona». 

Si bien el general Urquiza, modificando las de 
Oribe, propuso las precedentes bases el 10 de 
octubre, y el jefe sitiador las aceptó el día 11, to- 
dos dan como fecha cierta de la celebración de 
dicho pacto el 8 del mismo mes, pues de su 
efectividad no podía ya dudarse por los antece- 
dentes que dejamos relacionados. 

Además, como lo refiere el general Díaz, al 
amanecer del 8 de octubre, los cuerpos abando- 
nados por los coroneles Maza, Costa, Flores y 
por el comandante Bustos, que antes hemos men- 
cionado, y en unión de los demás cuerpos del 
ejército invasor, se dirigieron al cuartel general 
de Urquiza, en el Pantanoso, como asimismo la 



-^¿¿J 



- 245 YVí^> ' ' 

. tro de la República ó agente consular acreditado 
en el respectivo país. 

« Art, 2.° Al efectuar la presentación, los inte- 
resados deberán manifestar en los cuerpos mili- 
tares en que prestaron sus servicios, para que una 
vez comprobado sus asertos por las listas de re- 
vista existentes en la contaduría general y estado 
mayor general, se les declare acreedores á la me- 
dalla. 

«Art, 3.° En el caso que no puedan compro- 
barse esos servicios, por no existir listas de los cuer- 
pos que se indiquen, los interesados deberán jus- 
tificar sus afirmaciones con la declaración de tes- 
tigos de responsabilidad y actores en aquellos 
sucesos, cuyas declaraciones serán prestadas ante 
el estado mayor general y los señores jefes polí- 
ticos, según. sea la residencia del solicitante. 

« Art, 4 o Por los ministerios de relaciones ex- 
teriores y de gobierno se impartirán órdenes á 
los señores ministros de la República en el ex- 
tranjero y á los señores jefes políticos, para que 
publiquen por el término de un mes y se haga 
circular el presente decreto, así como para que se 
efectúen, recibiendo á la vez las declaraciones á 
que se refiere el artículo 3.°, y cuyos documentos 
deberán ser enviados á este ministerio. 

« Art. 5.° Comuniqúese, publíquese, etc. 

«IDIARTE BORDA. 
« Juan José Díaz » . 



246 — 



GESTIONES DEL CLUB «DEFENSA DE MONTEVIDEO» 

Los sucesos políticos de 1897, que trajeron 
aparejados el asesinato del presidente Borda y 
í4 gobierno provisional del señor Cuestas, impi- 
dieron el cumplimiento de la ley del año ante- 
rior. El Club « Defensa de Montevideo », — cuya 
eficiente actuación mencionamos en el prefacio 
de esta obra, — haciendo honor a su título diri- 
gió al presidente de la República, con fecha 24 
de agosto de 1903, el petitorio siguiente: 

* Excmo. señor presidente de la República, ciu- 
dadano don José Batlie y Ordóñez. 

« Excmo. señor: 

«Siendo mañana el glorioso aniversario de la 
independencia nacional, la Comisión Directiva del 
club colorado « Defensa de Montevideo » cree 
cumplir un deber ineludible de gratitud cívica al 
resolver solicitar por medio de la presente, del 
R E. de la República, un recuerdo merec'do ha- 
cia los sobrevivientes de la grandiosa Defensa, de 
nquellos que, dentro de los muros de esta invicta 
dudad, sostuvieron sin mácula el preciado lega- 
do del año 25. 

« Esta Directiva, deseosa de obtener ese acto 
ile reparadora justicia, formula ante V. E. los si- 
guientes votos: 



— 247 — 

« Es el primero, interesar al P. E> de la Repú- 
blica para que se sirva dar cumplimiento á lo dis- 
puesto en el artículo 3. D de la ley de 18 de julio 
de 1896, que acordó «una medalla de acero á los 
sobrevivientes que combatieron dentro y fuera de 
los muros de Montevideo durante los años 1843- 
1851 ». 

« Dicha disposición empezó á cumplirse por 
el gobierno de la época, como consta por el de- 
creto de 17 de septiembre del año 1 896; pero los 
sucesos políticos que absorbieron desde ese mo- 
mento la atención de los poderes públicos, impi- 
dieron, sin duda, llevar á término el acto de jus- 
ticia que importa la ley de la referencia. 

« Es de creerse que en este caso el cum [oi- 
miento del deber que corresponde ai P. E. ha de 
ser considerado muy grato por el nobilísimo y 
desinteresado fin previsto por la ley, que fué pre- 
miar servicios de guerra, consagrados por la tra- 
dición, por el juicio de los historiadores más emi- 
nentes y hasta por la discusión en el parlamento, 
como servicios prestados en defensa de la patria 
en grado heroico y dignos de la recompensa na- 
cional. 

«El otro voto es una consecuencia del ante- 
rior, y se refiere á los jefes, oficiales y soldados 
que aun existen, de los que dentro ó fuera de Mon- 
tevideo cooperaron á salvar las instituciones na- 
cionales y la libertad de los países del Plata en 
el ciclo glorioso 1843-1851. 



— 248 — 

'* Esos militares formau reducido numero, y 
venimos á pedir á V. E. empeñe sus esfuerzos á 
fin de concederles el empleo inmediato y de me- 
jorar la situación de los que entre ellos no gozan 
de la integridad de su sueldo y pasan los últimos 
años de su vida en estrecheces dolorosas. 

« Una mejora en el empleo militar y en la si- 
tuación en que revistan en el ejército esos mili- 
tares, sin importar un gravamen para las finan- 
zas, aliviaría sensibles necesidades y mantendría 
decorosamente á servidores que cuentan en sus 
fojas de servicios -con el incomparable título de 
defensores de Montevideo. 

« Al transmitir á V. E., con el debido respeto, 
los votos de esta Comisión, — que se honra en 
continuar con sus convicciones y propósitos la 
tradición de la Defensa, — nos es agradable expre- 
sarle los testimonios de la más alta considera- 
ción. 

«Montevideo, agosto 24 de 1903. 

«Dalmiro Felippone (hijo), presi- 
dente — Emilio Dellepiane, vi- 
cepresidente — Jesús F. Gon- 
zález, tesorero — Aurelio E. 
Esteves, protesorero — Ernesto 
J. Felippone, bibliotecario — 
Francisco G. Belunes, Setem- 
bríno Pereda (hijo), Andrés 



— 249 — 

Soca, Julio Raiz (hijo), Au- 
gusto Acosta y Lava (hijo), 
Alcides J)e-María (hijo), vo- 
cales — Esteban A. Flangini. 
Héctor Julio Cerruti, Esteban 
Calatayud Zazo/secretarios». 

El 8 de octubre, invocando el aniversario de 
ese día, reiteró su solicitud el Club «Defensa de 
Montevideo», y aún cuando ella no ha sido to- 
davía despachada, no puede dudarse que el go- 
bierno actual, presidido por un ciudadano en cu- 
yas venas corre la sangre de uno de los más 
valientes y firmes sostenedores de la causa contra 
Rozas y Oribe, ha de dar fiel cumplimiento á la 
ley de que se trata. 

Fué aquella una época excepcional, por el pa- 
triotismo, el valor, la abnegación y el talento de 
los hombres que en ella actuaron; época que no 
ha de reproducirse quizá, pero que nunca debe 
olvidarse y que conviene recordar constantemente 
por el alto ejemplo que ofrece á las nuevas gene- 
raciones. 

LA BANDERA DE SAN ANTONIO 

Cuantos han tratado de la heroica acción li- 
brada el 8 de febrero de 1846 en los históricos 
campos de San Antonio, han omitido ocuparse 
del destino que se dio á la bandera que allí hiza 
honrosamente tremolarla valiente Legión italiana. 



— 250 — 

Pensábamos referirnos á ella en el 50.° aniver- 
sario de aquel memorable hecho de armas; pero 
el 10 de enero de 1896 nos anticipamos á esa 
fecha, ante la digna actitud de los italianos resi- 
dentes en la República argentina, motivada por 
la adquisición del acorazado Garibcddi. 

Anunciaba la prensa bonaerense que esa nu- 
merosa y simpática colectividad se proponía re- 
galar á dicho buque — como así lo hizo — una 
hermosa bandera de combate, en mérito á que 
éste conservaría la denominación que ostentaba 
en Italia, y nos pareció oportuno abordar enton- 
ces el tema, de acuerdo con datos fidedignos que 
habíamos recogido de labios de varios sobrevi- 
vientes de San Antonio. 

Dicha enseña era la segunda de la Legión ita- 
liana y fué usada durante toda la campaña. Es 
negra, tiene pintado el Vesubio, y en su centro se 
lee la siguiente honrosa inscripción, que se le pu- 
so más tarde, de acuerdo con el decreto guberna- 
tivo fecha 25 del mismo mes y año: Hazaña del 
8 de febrero de 1846, realizada por la Legión 
italiana a las órdenes de Garibaldi. 

Ella fué confiada al bravo Cayetano Sacchi, en- 
tonces teniente y años después teniente general en 
su patria. En nuestro país se unió en matrimonio 
con una señorita oriental de la familia Misaglia. 

En la acción del 8 de febrero recibió una he- 
rida, y mandó la 1. a compañía cuando después de 
dos horas de rudo combate la oficialidad de la 



— 251 — 

Legión había sufrido pérdidas considerables, pues 
sólo tres oficiales lograron salir ilesos del plomo 
enemigo (1). 

Doña Bernardina Fragoso de Rivera donó ala 
Legión, al siguiente mes de ese hecho, una ban- 
dera de seda, que tenía la misma inscripción, en 
letras de oro, sobre la parte superior del Vesubio, 
la cual lució en la parada que el 15 de marzo de 
1846 tuvo lugar en su honor, según decreto de 
data 1.°. 

Créese que esa bandera haya sido llevada á 
Italia por el general Garibaldi, pues se ignora el 
fin que tuvo. 

En cuanto á la bautizada con el humo de la 
pólvora en San Antonio, al ser desarmada la Le- 
gión, el comandante Luis Bottaro se hizo cargo 
de ella. 

Un 8 de febrero, conmemorando tan glorioso 
aniversario en el «Jardín de Julio» (Ejido, entre 
Miguelete y Orillas del Plata), manifestó que 
como él no era de los que se habían encontrado 
en dicha acción, creía conveniente y justo que esa 
reliquia histórica fuese depositada en manos de 
alguno de los oficiales que acompañaron á su 
inolvidable jefe en el referido combate, y entre 
otros merecedores de esa honrosa distinción, in- 
dicó al capitán don Francisco Fiorito. 

(1) En el parte pasado por Garibaldi, desde el Salto, el 10 de febrero, á la 
Comisión de la Legión italiana, le decía: «Nuestra pérdida es de 30 muertos 
f 58 heridos. Todos los oficiales están heridos, menos el capitán Scarrones, 
teniente Saecarello, y Traverso, pero todos levemente». 



— 252 — 

Su observación fué favorablemente acogida, y 
desde entonces, en tal concepto, el capitán Fio- 
rito se recibió de ese valioso sagrario (1). 

En un viaje que éste hizo á su patria, visitó á 
Garibaldi en la isla de Caprera. 

El héroe le preguntó por la bandera, y sabien- 
do que él la tenía en su poder, manifestóle ser 
su voluntad que con ella se cubriese el féretro de 
los legionarios que fallecieran en Montevideo, y 
que el último sobreviviente, estando en peligro 
de muerte, la donase al Museo Nacional. 

Fallecido Garibaldi el 2 de junio de 1882, se 
fundó inmediatamente, ese mismo ano, la socie- 
dad «Círculo Legionario Garibaldino », con el 
propósito de honrar todos los años su memoria 
al evocar el 8 de febrero de 1846, en que la Le- 
gión se cubriera de gloria, para honra propia y 
de la santa causa que defendía. 

Este Círculo es cosmopolita, pues pueden in- 
gresar en él no sólo los italianos sino también to- 
dos cuantos simpaticen con la idea que encarna. 

Constituida dicha sociedad, se resolvió dejar 
la bandera al solícito cuidado de la viuda del ca- 
pitán Fiorito, pues éste la había tenido durante 
más de 30 años. 

Por consiguiente, es ella quien la conserva^ 
pero á disposición del «Círculo Legionario Ga- 



<1) El 8 de febrero de 1854 hizo entrega de ella al comandante Bottaro, y 
una comisión, compuesta del teniente BerrizOj un sargento, un cabo y un sol* 
dado, la condujo al domicilio del capitán Fiorito. 



— 253 — 

íibaldino», que la luce con justo orgullo en todas 
sus fiestas anuales. 

De los legionarios que se hallaron en San An- 
tonio, — porque no todos salieron acampana ni *e 
encontraron en esa acción, pues gran parte quedó 
sosteniendo la defensa de Montevideo, — sobrevi- 
ven, que sepamos, los siguientes: Pedro Viglío- 
ne (1), Bartolo Servetti, Gerónimo Pinchéttl— 
hoy ciudadano legal de este país y residente en 
Paysandú, — Juan de León y Genaro Márquez, 
este último oriental (2). 

Garibaldi, cruzado de la libertad, que lucha 
desinteresada y heroicamente doquiera cree verla 
en peligro; él, que rechazó grados y fortuna en el 
país, pero que quería á esta tierra que tanto ha- 
bía acrecentado el renombre de que viniera pre- 
cedido á la América del Sur, no podía menos de 
tomar una resolución tan digna, legando á nues- 
tro Museo Nacional lo que constituyó entonces 
y constituirá siempre un símbolo de fraternidad 
entre italianos y orientales, cuyos vínculos de 
afecto y de unión fueron sellados con sangre en 
el sitio de Montevideo, en las aguas de nuestro 
caudaloso y gran río y en los campos de San 
Antonio. 



(1) El señor Viglione,. que nos ha suministrado gran parte de estos fatoá, 
reside en Montevideo y rresidi<5 el «Círculo Legionario Garibaldino». Es mía 
persona culta que, á pesar de su edad, conserva una excelente meuiw¡¡L y 
discurre con sano criterio.. En 1901 se hizo ciudadano legal. 
, (2) Márquez, que es de color moreno, vive en el Paso del Molino, pubrv, 
achacoso, abrumado bajo el peso de los años, entregado, empero, á rutlua 
trabajos brazales. Esa es, por lo común, la suerte que les toca a los quu ex- 
ponen su vida en holocausto de la libertad, si no hay un alma justicien! qiW 
les tienda su mano protectora. 



— 254 — 

Los argentinos, al conservar su nombre en el 
acorazado por ellos adquirido, han procedido pa- 
trióticamente, pues si Garibaldi luchó con Brown, 
que se hallaba á las órdenes de Rozas, no com- 
batió contra aquel pueblo hermano, sino contra 
el sátrapa que lo tiranizaba y escarnecía. 

La Defensa de Montevideo encarnaba, en cam- 
bio, el esfuerzo supremo y patriótico de dos na- 
cionalidades amenazadas en su honor é integri- 
dad, y dentro sus muros se sustentaba y se salvó 
la libertad del Río de la Plata. 

Várela, Mármol, Domínguez, Rivera Indarte, 
Gutiérrez, Mitre, Paz y tantos otros esclarecidos 
varones, representaban la intelectualidad y el pa- 
triotismo de su suelo natal, y todos ellos con- 
fundían sus aspiraciones y sus esfuerzos con los 
orientales y extranjeros que, cual Garibaldi, bre- 
gaban por la suerte de estos países hermanos, en 
tan supremos instantes. 

Honrando, pues, al héroe universal, se rinde 
ün homenaje de justicia á quien combatiera 
siempre por el triunfo de un ideal generoso y 
grande. 

CONTROVERSIA SOBRE Sü VERDADERO DESTINO 

Nuestras precedentes observaciones no caye- 
ron en el vacío de la indiferencia públka y me- 
recieron ser tomadas en cuenta por «Un itatifiamr, 
que acudió á las columnas de El Siglo con el 



— 255 — 

loable propósito de promover un debate que hi- 
ciera plena luz acerca del destino que llevara la 
bandera de San Antonio. 

No había sido nuestro intento polemizar, pues 
los datos por nosotros publicados procedían, co- 
mo lo decíamos, de fuente fidedigna, ó sea de 
uno de los legionarios garibaldinos, actor en el 
combate del 8 de febrero; pero como el silencio 
de nuestra parte podía haberse interpretado erró- 
neamente 3' ser tenido por un asentimiento tá- 
cito, nos pareció conveniente recoger el guante y 
comprobar los hechos alegados con el testimonio 
de personas insospechables, es decir, acudiendo á 
los que se hallaron en aquella acción y á otros 
de sus compañeros de armas igualmente interio- 
rizados. 

¿Qué decía nuestro inesperado contrincante 
que probase lo contrario de lo por nosotros dado 
á luz? 

¿Qué argumentos aducía y qué pruebas con- 
cluy entes nos presentaba? 

Las cuestiones históricas son muy delicadas y 
no basta contradecir un hecho para que éste 
pierda sus efectos. 

«Un italiano sostenía que la bandera primi- 
tiva se halla en Genova, y que la existente en 
Montevideo es la que tuvo la Legión después de 
la salida de Garibaldi para Italia. 

¡Error, crasísimo error! Después de la acción 
de San Antonio, los legionarios garibaldinos no 



— 256 — 

usaron otra bandera que la donada por doña Ber- 
nardina Fragoso de Rivera, y que lució por pri- 
mera vez en la gran parada de la guarnición que 
tuvo lugar el 15 de marzo de 1846. 

El general Garibaldi, con el valiente Anzani 
y un grupo de sus bravos y leales legionarios, re- 
gresó á su patria el año 1847, y nos aseguran 
varios de sus viejos camaradas que no se pensó 
en ninguna otra bandera. 

Las únicas usadas fueron tres : la que quedó 
con las fuerzas al mando del comandante Botta- 
ro, á servicio de la plaza de Montevideo, la que 
llevó la Legión á campaña y la donada por la es- 
posa del general Rivera. 

El destino de la primera y de la segunda lo 
explican los señores Pedro Viglione y Pedro 
Suffíotto en las siguientes cartas : 

TESTIMONIO DE LOS LEGIONARIOS VIGLIONE Y 
SUFFÍOTTO 

«Montevideo, enero 11 de 1896. 

«Señor don Setembrino E. Pereda. 

«Presente. 

«Señor de toda mi estima: 

«He leído su interesante artículo titulado «La 
bandera de San Antonio », publicado en La Ra- 
zón, y lo felicito por él. 



— 257 — 

«Sin embargo, en El Siglo de la tarde aparece 
un escrito suscrito por «Un italiano», que tiende 
á desvirtuar parte de lo expuesto por usted. 

«Como uno de los sobrevivientes de la Legión 
italiana, creo que puedo hablar con más propie- 
dad sobre este punto que lo que lo hace su ofi- 
cioso contendor. 

«Yo he teñid j el honor de servir en esa Le- 
gión y de encontrarme en el memorable combata 
del 8 de febrero de 1846, y, en consecuencia, me 
juzgo habilitado para contribuir con mi palabra 
á fijar la verdad histórica. 

«La bandera usada por la Legión italiana eu 
Montevideo era de lienzo negro, con el Vesubio 
de un lado y dos canillas y una calavera del otru, 
que significaban Gloria 6 Muerte. 

«Cuando se hizo la expedición, el general G;i- 
ribaldi reunió á sus compañeros, expuso sus pr< \- 
pósitos de salir á campaña y pidió que le siguie- 
ran los que voluntariamente quisieran ir con íl, 
y con 200 y tantos hombres efectuó su excur- 
sión al Uruguay. 

«Al salir de Montevideo usó una segunda ban- 
dera, igual á la ya descripta, con excepción de ja 
calavera, y esa segunda bandera es la que se en- 
cuentra en poder de la viuda del capitán Fioritu 
y que usa en sus fiestas anuales el «Círculo Le- 
gionario Garibaldino». 

«La observación de «Un italiano» no tiene 
consistencia alguna en lo que respecta al país qui- 
se defendía. 



— 258 - 

i 

«Con efecto: el hecho de que sostuviéramos la 
causa de la Defensa, no obligaba á que se em- 
pleara únicamente por sus sostenedores el pabe- 
llón nacional. 

«La bandera oriental la usaba el general Ga- 
ribaldi en su escuadra, pero no fuera de ella. 

«Era el paladín de la libertad; luchaba por una 
causa noble y justa, y la bandera que tremoló 
gloriosa en la acción de San Antonio, no era pro- 
piamente la bandera italiana, la bandera de mi 
patria, sino un símbolo de guerra por él ideado, 
para hacerla flamear en los combates. 

« La primitiva bandera obraba en poder del doc- 
tor Pastori, médico garibaldino en distintas cam- 
panas en Italia y amigo íntimo del general Ga- 
ribaldi, á quien éste se la había regalado como 
recuerdo y prueba de alta estima. 

«El 24 de junio de 1882, en la procesión cí- 
vica celebrada en Buenos Aires, ñameó en ma- 
nos de don Antonio Bardino, y la segunda, ó sea 
la de que se trata, en las de don Santiago Tarigo, 
que fué también de los que se hallaron en San 
Antonio y en cuya acción figuró en calidad de 
sargento de la 2. a compañía. 

«El pabellón argentino, en esa misma proce- 
sión, lo llevaba don Francisco Suffiotto, y el 
oriental el que suscribe. 

«También dicha primitiva bandera flameó en 
las calles de Montevideo, poco después de la gran 
manifestación que se hizo en honor del héroe de 



íQ ^i*J 



— 259 — 

ambos mundos, como antes había flameado con 
honor en multitud de combates (1). 

«En cuanto á la tercer bandera de la Legión, 
es decir, la bandera donada por doña Bernardina 
Fragoso de Rivera, será la que «Un italiano» afir- 
ma existir en poder del general Canzio, en Ge- 
nova, y es muy dudoso que ella se halle en el 
estado en que manifiesta encontrarse la que alude. 

«Sin otro objeto, y facultándole para hacer de 
la presente el uso que crea oportuno, se suscribe 
de usted atento y S. S. 

^ Pedro Viglione. 
«S/c, Florida 236.» 



«Montevideo, enero 11 de 1896. 

«Señor don Setembrino E. Pereda. 

«Presente. 

«Distinguido señor: 

«Ya que «Un italiano» ha publicado un artículo 
en El Siglo poniendo en duda la existencia 
en Montevideo de la bandera de San Antonio; y 
ya que usted se ha ocupado de este asunto, alle- 
gando un nuevo dato á la historia del país, me 
dirijo á usted, como testigo ocular que fui, para 



(1) Dicha bandera fué llevada en ose acto por el señor Viglione. 



— 260 — 



^1 



confirmar la autenticidad de la que guarda la 
viuda del capitán Fiorito. 

«Esa bandera fué hecha por el teniente Suci, 
precisamente para los legionarios que con él y á 
las órdenes del general Garibaldi salimos á cam- 
paña. 

«La primitiva bandera quedó en poder del resto 
de la Legión al mando del comandante Luis Bot- 
taro, y debe encontrarse en poder de los deudos 
del doctor Pastori, que años después la recibió de 
nuestro heroico jefe como un valioso obsequio de 
su parte. 

«Existen en esta capital varios de los que se 
hallaron en San Antonio, entre otros don Ángel 
Alberto, don Antonio Ginula, don Pedro Viglione, 
don Genaro Márquez, don Bartolo Servetti, como 
en Paysandú don Gerónimo Pinchetti, y en el 
Salto don Juan de León, que si se les piden da- 
tos al respecto, estoy seguro que confirmarán en 
un todo y ampliarán favorablemente lo que dejo 
expuesto y lo que usted manifiesta en su artículo 
publicado en La Razón del 10 del corriente. 

«Las referencias que hace «Un italiano», no 
pueden destruir cuanto afirmamos los que hemos 
sido actores en ese combate y hecho toda la cam- 
paña del 45 al 46. 

«Está usted, pues, en la verdad cuando afir- 
ma que la bandera que usa el «Círculo Legio- 
nario Garibaldino», es la misma que el 8 de 
febrero de 1846 tenía la Legión italiana. 



— 261 — 

«Con tal motivo; saluda á usted atentamente- 

S. 8. S. 

< Pedro Suffiotto. 
*S/c, Médanos 143». 

CONSIDERACIONES QUE SUGIERE 

Después de las afirmaciones terminantes de es- 
tos dos legionarios, hombres de verdad y de clarísi- 
ma memoria, ¿es posible dudar que sea la verda- 
dera bandera la que guarda la viuda del capitán 
Fiorito? 

Dice «Un r taliano» que ésta, á pesar del tiempo 
transcurrido, se halla perfectamente conservada, 
y de aquí deduce que no puede ser la misma. 

¡Vaya una lógica convincente! 

Si esa bandera no se encuentra en peor estado, 
es porque el capitán Fiorito, en los treinta y tantos 
años que la tuvo en su poder, la cuidó como una 
prenda del más subido valor, y porque su viuda 
la conserva con igual solicitud. Esta es una de las 
causas que militan para que ella siga siendo su 
depositaría, y lo será toda su vida. 

La bandera primitiva no tiene otra inscripción 
que ésta: < Legión Italiana», y la que debe obrar 
en poder de la familia de Graribaldi, como existía 
hasta 1881), es la regalada por doña Bernardina, 
que llevaba por lema, de acuerdo con un decreto 
del gobierno de la época: Hazaña del 8 de fe* 



— 262 — 

brero de 1846, realizada por la Legión ita- 
liana d las órdenes de Garibaldi. 

Yessie W. Mario, en su importante libro Ga- 
ribaldi e i suoi tempi, da en Ja página 139 un 
fascímil de esa bandera, en cuyo pie se lee: Ban- 
diera della Legione italiana a Montevideo, 
riprodutta fotográficamente dalle reliquie esis- 
tenti pressi la famiglia Garibaldi. Nel carte- 
llino se legge: «Caprera 30 marzo 80 — Questi 

SONÓ GLI AVANZI GLORIOSI DE LA GLORIOSÍSIMA 
BANDIERA DELLA LEGIONI ITALIANA DI MONTE- 
VIDEO. G. Garibaldi». 

¿Cómo entonces aseveraba «Un italiano» que 
el general Canzio tiene una que dice : Bandiera 
della Legione italiana di Montevideo f 

¿No revelaba esto que nuestro contrincante 
partía de xh\ dato erróneo? 

Varios de los supervivientes de aquella época 
desautorizan, por otra parte, lo expuesto por «Un 
italiano», y es su palabra la que él deseaba oir 
para dejar sentada la verdad verdadera de 
los hechos. 

DEL LEGIONARIO ANTONIO BARDINO 

Tan luego apareció nuestra primera publica- 
ción, el señor don Antonio Bardino, que también 
formó parte de la Legión italiana y que al partir 
Garibaldi á campaña quedó á las órdenes del co- 
mandante Bottaro, publicó en El Siglo del 11 de 



— 263 — 

enero las siguientes líneas en apoyo de nuestras 
afirmaciones: 

«La gloriosa Legión italiana de Montevideo 
(crisol donde se fundió el metal que había de sa- 
car de los moldes del valor y del civismo la arro- 
gante figura del Bayardo italiano), tuvo tres úni- 
cos estandartes para la capital y los departamen- 
tos. Jamás el gobierno oriental obligó al coronel 
Garibaldi á que la Legión usara la bandera na- 
cional. 

«La Legión francesa fué obligada á que aban- 
donara la bandera de su nacionalidad para usar 
la oriental; pero como Garibaldi no enarbolara 
ensena de ningún país, sino una completamente 
ajena á todo fuero extraño, el gobierno de aquella 
época creyó prudente, por el renombre que había 
adquirido la bandera negra, dejar que ella si- 
guiera, siendo la insignia ó distintivo del valeroso 
pelotón de hombres mandados por Garibaldi. 

«La Legión italiana de Montevideo, sólo tuvo 
— durante el tiempo de su existencia, los 9 años 
ele lucha homérica que conquistaron para esta tie- 
rra el nombre de Nueva Troya, — durante ese 
tiempo, digo, sólo tuvo tres banderas, y que son, 
por su orden, las siguientes: 

«Primera: la que usó desde el primer día de su 
formación, que era del siguiente tipo : negra : en 
el anverso el Vesubio en erupción y la siguiente 
inscripción coronando el monte: Legione italia- 
na de Montevideo; y en el reverso dos tibias 



— 204 — 

cruzadas y entre ellas un cráneo; segunda: la que 
flameó en la Batalla de San Antonio y que hoy 
se halla depositada en manos de la viuda del ca- 
pitán Fiorito, cuya bandera fué construida en 
viaje de Montevideo al Salto, cuando la Legión 
se trasladaba á aquel departamento en misión 
del gobierno oriental; tercera: la bandera de seda 
que la señora Bernardina Fragoso de Rivera re- 
galó más tarde, á la Legión italiana, y que es la 
que Garibaldi llevó á Italia, y que no cabe duda 
debe tenerla su familia. 

«La razón de haber tenido que construir esa 
bandera que cubrió de gloria á los que pelearon 
á su sombra en los campos de San Antonio, es 
clara: la Legión italiana, por motivo dé la orden 
recibida para trasladarse al Salto, tuvo que divi- 
dir sus fuerzas; dejó en esta capital, para conti- 
nuar su defensa, dos terceras partes de sus hom- 
bres, entre los que se hallaba el que esto reseña, 
y la otra tercera parte pasó al punto nombrado; 
á los que aquí quedamos nos dejó Garibaldi la 
bandera vieja, y por el camino, los que se mar- 
charon al Salto, se construyeron otra. ¡ 

«Esta manera de fabricar pabellones parecerá 
extraño, pero era cómo se vivía en aquel tiempo, 
en que tantos héroes hubo en esta tierra. 

«Pues bien: esa bandera, fabricada á la ligera, 
quedó en poder del comandante Bottaro cuando 
Garibaldi se trasladó á Italia, hasta que —y se- 
gún la afirmación verídica del señor Pereda — en 



— 265 - 

un viaje que hicieron á Caprera el finado capitán 
Fiorito y el que estas líneas escribe, hablándole 
al general Garibaldi de los que aún sobrevivían 
de su gloriosa Legión, preguntó con empeño por 
la bandera de San Antonio; como le manifes- 
táramos que se hallaba en poder de Fiorito, le 
expresó sus deseos de que no saliera de su poder 
mientras viviera, y que después fuera transfirién- 
dose de uno á uno á los soldados de la Legión, 
pero en propiedad del núcleo, hasta que quedase 
uno solo, fallecido el cual, pasaría ese recuerdo 
de sus escasos méritos en América ( textual ), al 
Museo Nacional de Montevideo. 

«Antonio Bardino». 

EKROKES DE «ÜN ITALIANO» 

Al publicar la carta del señor Bardino, — car- 
ta que, como resulta de su propio contexto, con- 
firma en un todo lo dicho en nuestro primer ar- 
tículo — decía «Un italiano» lo siguiente: 

«Como se verá, el señor Bardino, quien ni se 
halló en San Antonio, por haber permanecido en 
Montevideo con los demás legionarios dejados 
por Garibaldi á continuar la defensa de la capi- 
tal, ratifica nuestra afirmación de que la expedi- 
ción salida de Montevideo á fines del año 1845 
para el Uruguay, no llevaba consigo la bandera 
de la Legión italiana (1). 

(1) Nadie ba sostenido que esa bandera fuese la llevada á campaña. Por 
consiguiente, na estado siempre fuera de lugar la intempestiva rectificación, 
de «Un italiano» al respecto. 



' — 266 - 

«En cambio, dice que durante el viaje, los le- 
gionarios, conjuntamente con los doscientos orien- 
tales de Unea y al mando del entonces coronel 
Batlle, y los cien de caballería al mando del co- 
ronel Baez, componían las fuerzas de desem- 
barque de aquella expedición, á las órdenes de 
Garibaldi, confeccionaron otra, precisamente la 
que, siempre según el señor Bardino, tremoló en 
el combate de San Antonio, y actualmente se 
halla en poder de la viuda del capitán Fiorito». 

¿Dónde ha leído, ó quién ha dicho á «Un ita- 
liano» que el coronel Batlle mandaba en esa ex- 
pedición fuerzas de línea ? 

¿ En qué fuente turbia ha bebido la falsedad 
de que el coronel Baez salió de Montevideo con 
el general Garibaldi y demás expedicionarios? 

El coronel Batlle iba al frente del Batallón í.° 
de Nacionales, según podrá verseen la página 46, 
tomo III de los Anales de la Defensa de Mon- 
tevideo, de que es autor don Isidoro De-María, 
y el escuadrón de caballería de la división Flo- 
res, á las órdenes del mayor Mesa. 

El mismo general Garibaldi, en la página 134 
de sus Memorias autobiográficas, invocadas por 
«Un italiano», manifiesta que la tropa al mando 
de Batlle era compuesta de 200 Nacionales. 

En cuanto al coronel Baez, mal pudo salir con 
esa expedición, hallándose, como se hallaba en- 
tonces, en el Brasil. 

Dicho jefe, á raíz de la derrota de India Muer- 



— 267 — 

ta, había pasado al Paraguay por asuntos de fa- 
milia, y de regreso se hallaba en Uruguayana, 
después de haber conferenciado con el general 
Paz en Corrientes. Sabe allí la subida de la 
expedición al Uruguay, y escribe a Garibaldi, 
á quien no conocía, pidiéndole sus noticias pa- 
ra concurrir, auxiliado por el general Paz, á 
donde fuese necesario. En el Daimán había re- 
cibido Garibaldi la comunicación y trató de uti- 
lizar el contingente ofrecido, y ponerse, si era 
posible, en inteligencia con Paz (1). 

Con fecha 14 de diciembre de 1845, ó sea á 
los cuatro meses de operar Garibaldi en campa- 
ña, escribe éste desde el Salto al ministro de 
guerra y marina, y entre otras cosas le decía : 

«El 29 del mismo (2) llegó á este punto, con 
procedencia de Uruguayana (Brasil), el coronel 
Baez con su división, armada y regularmente 
montada», etc., etc. 

También, en nota de igual fecha y paraje, se lee: 
«El coronel infrascripto pone en conocimiento de 
V. E. que habiendo tenido noticia de que el co- 
ronel don José Garibaldi, con la escuadra de su 
mando, subía el Uruguay, trató inmediatamente 
de ponerse de acuerdo con dicho jefe para con- 
tinuar las operaciones de guerra en este departa- 
mento, ó donde V. E. tenga á bien destinarlo ». 

Después de esto, ¿qué podría alegar « Un ita- 



(1) Véase la página 81 de la obra citada. 

(2) Se refiere al mes de noviembre de ese año. 



L 



— 268 — 

liano, ó quien como él basara sus juicios en tan 
equivocadas informaciones ? 

Y si nuestro impugnador ha incurrido en erro- 
res históricos tan elementales, ¿qué extraño es 
que sostenga la no existencia de la bandera de 
San Antonio en Montevideo ? 

Antes que nosotros, como decimos en otro lu- 
gar, nadie había escrito, — que sepamos, — res- 
pecto á esa reliquia sagrada de aquella memora- 
ble contienda, y, por ende, no nos sorprende que 
haya pasado para muchos desapercibido lo que 
nos cabe el honor de haber hecho público, 

«Un italiano», obrando con lealtad, ha debido 
confesar su error en presencia de los verídicos é 
irrefutables testimonios que hemos presentado, y 
de los siguientes de dos respetables legionarios que 
recuerdan los hechos como si los estuviesen pre- 
senciando : 

TESTIMONIO DE LOS LEGIONAKIOS PINCHETTI Y 
CANNON1ERO 

«Píiysíindú, enero 17 de 1896. 

«Señor don Gerónimo Pinch^tti. 

«Muy señor mío: 

«Usted que fué de los héroes de San Antonio y 
que es hombre de verdad, puede contribuir con el 
testimonio de su palabra á aclarar una duda que 



— 269 — 

acaba de suscitarse en Montevideo con motivo de 
mi artículo inserto eri La Razón fecha 10 del 
corriente, y que se refiere á la bandera ó enseña 
de combate usada por la Legión italiana en su 
excursión al Uruguay del 45 al 46. 

«Quiera, pues, tener la bondad de responder 
categóricamente á las preguntas siguientes: 

«1.° De qué género eran las banderas que la 
Legión italiana tuvo en Montevideo y en la cam- 
paña. 

«2.° Cuántas fueron las que usó dicha Legión 
durante el tiempo que prestó sus importantes 
servicios á la causa de la Defensa. 

«3.° De qué tela era la donada por la esposa 
del general Rivera. 

«Con tal motivo, saluda á usted atentamente. 

«S. E. Pereda». 



«Señor don Setembrino E. Pereda: 

«Paso con gusto á responder por su orden á 
las preguntas que se sirve hacerme en las líneas 
precedentes. 

«A la 1. a , contesto: que las banderas á que se 
refiere eran de lienzo. 

«A la 2. a , que las únicas que usó la Legión eran 
tres: la primitiva, que quedó con las fuerzas al 
mando del comandante Bottaro; la que construyó 



— 270 — 

el teniente Suci y empleamos en toda la cam- 
paña, y la que más tarde donó doña Bernardina 
Fragoso de Rivera, cuya bandera lució en la gran 
parada del 25 de marzo de 1846 y que en Ge- 
nova se halla en poder del general Canzio. 

«Esa última era de seda, y terminada la Gue- 
rra Grande se depositó en el Fuerte de Gobierno 
por una comisión formada de legionarios, entre 
los cuales figuraba yo. 

«Más tarde, otra comisión, presidida por el doc- 
tor Bartolomé Odicini, la solicitó del gobierno 
para serle remitida al general Garibaldi como 
valioso recuerdo del Pueblo Oriental. 

«Dejando así llenados sus deseos, saluda á us- 
ted con estima S. S. S. 

«A ruego de don Gerónimo Pinchetti, por no 
saber firmar: 

«JEduviges S. Balbis — Testigo: 
Genaro González. 

«S/c, enero 18 de 1896». 



— 271 — 

«Paysandú, enero 18 de 1896. 
«Señor don Setembrino E. Pereda. 

«Presente. 
«Apreciable señor: 

«Enterado de las publicaciones aparecidas en 
La Razón y El Siglo referentes á las banderas 
de que la Legión italiana se sirvió tanto en de- 
fensa de la plaza de Montevideo como en su sa- 
lida á campaña, debo manifestarle con toda fran- 
queza, que usted y mis antiguos compañeros de 
armas, Viglione, Bardino y Suffíotto están en la 
verdad cuando afirman que la de San Antonio 
no es la que conserva en Genova la familia del 
inolvidable general Garibaldi. 

«¿No dice el mismo señor Polleri (1) que la 
bandera que le mostró el general Canzio es de 
seda? 

«Y si es de seda, ¿cómo puede sostenerse de 
buena fe que sea dicha bandera la que tremoló 
en esa ruda y benemérita campaña? 

«Digo esto, señor Pereda, porque las banderas 
de la Legión no eran de seda, sino de lienzo. 

« De esto puedo atestiguar conscientemente, 
porque las he visto infinidad de veces en mi cali- 
dad de legionario. 



(1) En La Razón del 12 de ¿mero del 96 manifestó el señor don Felipe Po- 
lleri, que en 1892 el general Canzio le enseñó en Genova una bandera de seda, 
encerrada en un cuadro de cristal, diciéndole que ella era la usada en San An- 
tonio; pero esta afirmación no puede oponerse al testimonio de los legiona- 
rios que la conocieron. 



— 272 — 

«Cuando parte de la Legión salió de Monte- 
video, yo quedé con el resto de ella que mandó 
el valiente comandante Bottaro, y la primera 
bandera no fué llevada en esa excursión, pues 
quedó en nuestro poder. 

«La segunda, que es la que equivocadamente 
dice «Un italiano» hallarse en Genova, fué hecha 
en el camino, según supe después, por el teniente 
Suci, y, como la anterior, era también de lienzo. 

«La única de seda que usamos fué la que nos 
donó en marzo del 46 la distinguida dama uru- 
guaya, dona Bernardina, como todps la llamába- 
mos, esposa del general don Fructuoso Rivera. 

«Yo formé en la parada que en nuestro ho- 
menaje decretó el gobierno del honorable don 
Joaquín Suárez, y allí la vi flamear por primera 
vez, teniendo la inscripción honrosa que se había 
ordenado. 

«A la de San Antonio, que no tenía ninguna, 
se le puso la misma al regresar del Salto. 

« Aunque lo que usted ha publicado basta, en 
mi concepto, para dejar sentada la verdad histó- 
rica, puede, sin embargo, hacer el empleo que 
quiera del testimonio de su atento y S. S. 

«Nicolás Cannoniero». 

CONSIDEEACIONES FINALES 

Agregúese á todo esto que los señores Fran- 
cisco Fiorito y Antonio Bardino estuvieron en 



— 273 — 

1878 con el general Garibaldi en Caprera, y ha- 
blando de la bandera de San Antonio le dijeron 
hallarse en poder de Fiorito; que el héroe ma- 
nifestó su voluntad de que ella fuera donada al 
Museo Nacional por el último de los sobrevivien- 
tes que se encontraron en esa acción; que desde 
1854 se exhibe todos los años en fiestas y se- 
pelios de los legionarios, y que en el transcurso 
de tan largo tiempo, nadie, sino en 1896 reden, 
«Un italiano» ha puesto en duda su autenticidad 
y resultan plenamente comprobados nuestros 
datos. 

El 8 de julio del expresado año (1878), el ge- 
neral Garibaldi escribió de su puño y letra á 
Manzzoni y Castellazo, recomendando á los se- 
ñores Fiorito y Bardino, á quienes les regaló su 
retrato. 

Esa carta-recomendación y una de las tarjetas 
fotográficas, con cariñosa dedicatoria, hemos te- 
nido ocasión de verlas y obran en poder de la 
viuda del capitán Fiorito, precisamente de la de- 
positaría de la bandera en cuestión. 

Están escritas con mano trémula, pues para 
que su autor pudiera tomar la pluma, fué pre- 
ciso atársela á la diestra con que debía asirla. 

, El testimonio del señor Polleri, en cuanto á 
la calidad de la bandera, es de suma importan- 
cia, pues dice haberla visto y ser ésta de seda. 

Lo demás, ó sea lo que expresa haberle ma- 
nifestado el general Canzio, ya lo hemos dicho; 



— 274 — 

el yerno del héroe padece un error, y él no puede 
estar tan interiorizado como los que han peleado 
á su sombra, máxime después de la visita hecha 
al general Garibaldi por sus antiguos camaradas 
Fiorito y Bardino y de la solicitud del héroe. 

Queda, pues, por nosotros demostrado: 

1.° Que la Legión Italiana al servicio de la 
Defensa de Montevideo, usó una bandera de 
lienzo y no de seda. 

2.° Que la que tremoló en él glorioso combate 
del 8 de febrero de 1846, era de igual género 
que aquélla. 

3.° Que la de seda que se halla en Genova es 
la donada por doña Bernardina. 

4.° Que la que tenían los legionarios fuera de 
la escuadra, en la campaña del 45 al 46, es la 
que se halla depositada en manos de Ja viuda del 
capitán Fiorito. 

5.° Que la primitiva fué regalada por el gene- 
ral Garibaldi al doctor Pastori, su amigo íntimo 
y médico en diversas campañas de Italia. • 

6.° Que al partir la expedición de Montevideo 
se encontraba en el Brasil el coronel Baez, y que, 
por lo tanto, no iba al frente del escuadrón de 
caballería. 

7.° Que el entonces coronel don Lorenzo Bat- 
lle no llevaba fuerzas de línea sino de guardias 
nacionales. 

8. J Que no salió á campaña toda sino parte 
de la Legión. 



— 275 — 

9.° Que «Un italiano», á pesar de invocar el 
testimonio de los actores de aquella lucha, no 
sólo no ha exhibido ninguno, sino que rechaza 
en absoluto el de esos mismos testigos al desvir- 
tuar éstos sus erróneas afirmaciones. 

Sin embargo, creyendo cogernos en flagran- 
te delito de contradicción y aprovechando una 
visita hecha por él al «Círculo Legionario Gari- 
baldino» (1), escribió un último artículo en El 
Siglo del 1 7, cuyas apreciaciones vamos también 
á considerar para poner remate á cuanto lleva- 
mos expuesto. 

Tomando en cuenta nuestra publicación apa- 
recida en La Razón del 14, decía: 

« Otro punto del artículo del señor Pereda que 
merece una breve observación, es el siguiente: 

«El decreto de la referencia dice en su artículo 
2.°: «En la bandera de la Legión Italiana, se es- 
cribirán con letras de oro sobre la parte superior 
del Vesubio, estas palabras, etc., y estas pala- 
bras no son las que invocó « Un italiano» , sino 
las que ostenta la bandera que posee el « Círculo 
Legionario Garibaldino,» que se pusieron á su 
regreso del Salto y las de la que lució en la gran 
parada de la guarnición de Montevideo, que tuvo 
lugar el 15 de marzo del mismo afío, donada por 
la esposa del ilustre general Rivera». 

«Como se ve, agrega «Un italiano», el señor 



(1) A dicho Centro pertenecemos desde hace muchos años, y en él hemos 
tenido ocasión de ver la bandera de que se trata. 



— 276 — 

Pereda afirma que la bandera poseída por el 
«Círculo Legionario Garibaldino», de conformi- 
dad con lo dispuesto por el decreto gubernativo 
del 25 de febrero de 1846, lleva con letras de 
oro y en la parte superior del Vesubio, la 
inscripción», etc. 

Esta interpretación, como salta á la vista, ra- 
ya en el colmo de lo absurdo, pues la que surge 
de sus términos sencillos y claros es muy distin- 
ta, es diametralmente opuesta al sentido que les 
atribuye por una mala lectura. 

Lo que claramente se desprende de ese párra- 
fo, como lo observará el lector, no es otra cosa 
sino lo que pensábamos y quisimos expresar al 
escribirlo, ó sea, que las palabras, ó en otros tér- 
minos, la inscripción de la bandera de San An- 
tonio es: Hazaña del 8 de febrero de 1846, 
realizada por la Legión italiana á órdenes 
de Garibaldi, y no, como nuestro contendor di- 
jo al principio, aunque hoy enmienda la plana: 
Bandiera delta Legione italiana di Montevi- 
deo. 

A esas palabras, á esa inscripción es que nos 
hemos referido, y no á las letras, sean éstas ro- 
jas ó doradas. 

Por eso es que decíamos en dicho párrafo: «y 
esas palabras no son las que invocó «Un ita- 
liano» en su primer artículo», etc. 

Las concluyentes demostraciones hechas por 
nosotros no admitían contradicción posible, y 



' — 277 — 

nuestro ilustrado contrincante (1) concluyó pro- 
metiendo recurrir al testimonio del coronel Susini, 
que residía en Italia, por haber sido éste el ultimo 
jefe de la Legión; pero han transcurrido más de 
ocho años, y esta es la hora en que todavía ig- 
noramos si dio su parecer sobre el particular. 

Por lo demás, la palabra de aquel estimable 
legionario, alejado del país desde largo tiempo, 
no puede valer más, por mucho respeto que ella 
merezca, que la del comandante Bottaro, capitán 
Fiorito, y señores Antonio Bardino, Pedro Vig- 
lione y Pedro Suffiotto, aclarada por la de sus 
antiguos compañeros Pinchetti y Cannoniero.- 

El señor Pinchetti estuvo en la Legión hasta 
que terminó la Guerra Grande, y recuerda los 
hechos perfectamente, como se ve por los datos 
personales y precisos que da en su carta. 

Creemos, no obstante, que con nuestras inqui- 
siciones hemos contribuido á aclarar una duda 
que no carece de importancia, sobre el destino 
de lina verdadera joya histórica, cuya presencia 
y recuerdo servirán de exultación á los espíritus 
guerreros, en todas las edades, y llenarán ' de le- 
gítimo orgullo á los sobrevivientes de la heroica 
acción que ella simboliza y á cuantos .rindan cul- 
to al valor sin límites. 

Ahora, cuando esa bandera sea enviada al 
Museo Nacional, en cumplimiento de la última 



( 1 \ Bajo el pseudónimo de Un italiano se ocultaba el inteligente periodista 
don Héctor Vollo. 

18 



— 278 - 

voluntad de Garibaldi, nadie podrá sospechar de 
su autenticidad, porque la luz queda hecha. 

LOS GARIBALDINOS EXCURSIONISTAS AL URUGUAY 

Como complemento de cuanto llevamos dicho 
respecto á la valerosa Legión italiana, creemos 
prestar un importante servicio á la historia ha- 
ciendo conocer la nómina de los legionarios que 
acompañaron al general Garibaldi en su excur- 
sión á los pueblos cuyas riberas baña el río Uru- 
guay. 

En ningún documento público figura, ni existe 
constancia de ello en los archivos del estado ma- 
yor, al cual hemos recurrido en busca de datos 
para completar ó rectificar nuestras informacio- 
nes de fuente particular. 

Bin embargo, las primeras listas formadas des- 
pués de su regreso del Salto, que llevan por fe- 
cha el 19 de septiembre de 1846, nos han servi- 
do para llenar algunas omisiones, con el podero- 
so auxilio de los legionarios sobrevivientes seño- 
res Viglione y Servetti, y pa a aclarar nombres 
y apellidos, dudosos ó equivocados, de la que 
obraba en nuestro poder. 

Firman esas listas, el capitán Francisco Cas- 
sana, por la 1. a compañía; el capitán José Maroc- 
chetti, por la 2. a ; el capitán Luis Caroni, por ia 
3. a ; y por la 4. a , — que hacemos figurar cuno com- 
pañía de cazadores, — el teniente 1.° Carlos Rodi. 



— 279 — 

Es lamentable, no obstante, que no se haya te- 
nido la proligidad de confeccionar una lis:a, no 
sólo con los nombres de los legionarios que for- 
maron parte de* la expedición y de los que se ha- 
llaron en el combate del 8 de febrero, con espe- 
cificación de los muertos, heridos é ilesos, sino 
también que el capitán Caroni se concretara en 
la por él suscripta á poner únicamente los ape- 
llidos del personal de la 3. a compañía. 

Esta última circunstancia ha sido un obstácu- 
lo para fijar con certeza algunos nombres, si bien 
la lista que insertaremos más adelante procede 
de personas interiorizadas á su respecto. 

Con motivo del fallecimiento del general Ga- 
ribaldi, el doctor Adolfo Deroseaux, que se halló 
como médico en la acción de San Antonio, dio á 
luz una lista en La Patria Italiana, de Buenos 
Aires, correspondiente al 17 de junio de 1882, 
y ella nos ha servido principalmente para reali- 
zar nuestro objeto. 

Los expedicionarios de la Legión, según cons- 
ta de un estado general que lleva la firma de su 
jefe, no excedían de 226 personas el 1.° de octu- 
bre del 45. 

Resumen de los señores jefes, oficiales y tripu- 
lación de los buques de la escuadra orien- 
tal: 

Jefe. . 1 

Capitanes 6 



— 280 — 

Tenientes l. os 3 

> 2. 09 23 

Guardias marinas ... 3 
Pilotines ...... Ü 

Contramaestres .... 30 

Tripulación 206 

Total general . . 278 

Boca del Arroyo Malo, 1.° de octubre de 1845. 

José Garibaldi. 

Resumen de los señores jefes, oficiales y tropa 
de la Legión italiana, hoy día de la fecha: 

Jefe 1 

Capitanes ...... 5 

Teniente 1 

Subtenientes 6 

Comisario 1 

Médico 1 

Sargentos '24 

Cabos 13 

Cornetas 7 

Soldados 168 

Total de la tropa . . . 2U 
Efectivo de toda la Legión . 226 

Boca del Arroyo Malo, octubre 1.° de 1845. 

José (xaribaldi. 



— 281 — 

En la misma fecha, la escuadrilla á su mando 
en el Hervidero, sin incluir los buques de guerra 
anglo-franceses, se componía así: 

Buques, tripulación y armamento: 

Bergantín Cagancha: tripulación, 74; caño- 
nes, 14. 

Bergantín 28 de marzo: tripulación, 36; ca- 
ñones, 2. 

Goleta Legión: tripulación, 22; amones, 2. 

Goleta Maypú: tripulación, 27; cañones, 5. 

Goleta Resistencia: tripulación, 26; caño- 
nes, 2. 

Goleta Intrépida: tripulación, 8; cañones, 1. 

Goleta Emancipación: tripulación, 15; caño- 
nes, 1 

Pailebot Sosa: tripulación, 19; cañones, 1. 

Pailebot Republicano: tripulación, 19; cañor 
nes, 2. 

Pailebot Caaguazú: tripulación, por legiona- 
rios, . . . ; cañones, 1. 

Bergantín Ayacucho: tripulación por legio- 
narios, 23; cañones, 1. 

Ballenera Presidente Suárez: tripulación, 9; 
cañones, 2. 

Ballenera Esperanza: tripulación, *6; caño- 
nes, 1. 

Ballenera Ituzaingó: tripulación, 7; cañones, L 

Ballenera Junín: tripulación, 5; cañones, 1. 



— 282 — 

Bergantín Olavarría: tripulación por legio- 
narios, 22; cañones, 1. 

Bergantín Torres: tripulación por legionarios 
. . . ; cañones, 1. ' 

Transporte: tripulación, 3. 

Balandra Manuelita: tripulación, 2. 

Total: tripulación, 323; cañones, 39. 

Boca del Arroyo Malo, octubre 1.° de 1845. 

(Firmado): J. Garibaldi. 

Relación de los jefes y oficiales de caballería, 
empleados en la isla del Vizcaíno: 

1 — Mayor don Francisco Saldaña. 
2 — » don Martín Gómez. 
3 — Capitán don Santiago Avila. 
4 — Teniente don Juan Chaparro. 
5 — Comisario don Carlos Lacroix. 

Relación de los jefes y oficiales de caballe- 
ría existentes a bordo de la escuadra, sin em- 
pleofijo: 

1 — Teniente coronel don Antonio Alemán. 
2 — Capitán don Rosario Ramírez. 
3 — » don José Oyóla. 

4 — » don Manuel Robles. 

5 — » don Pío Rodríguez. 



— 283 — " 

6 Teniente 1.° don Miguel Mota. 

7 — * » don Ignacio Bueno. 

8 — » » don N. Sambrana. 
í)— Soldado don Ramón Marote. 

Resumen 



3 



Jefes . 

Capitanes 6 

Tenientes l. 08 5 

Tenientes 2. os . .... 1 

Comisarios ..... 1 

Total ~16 

Sargentos . 8 

Cabos 7 

Trompa . 1 

Soldados ...... 69 

Total 1*5 



Total de la fuerza. .101 

A esto se incluirá la compañía de caballería, 
-que se incorporo en el Rincón de Haedo, al 
rnando del capitán Juan de la Cruz Ledesma, 
compuesta de 84 hombres, con los que se lé 
agregaron. 

Boca del Arroyo Malo, octubre 1.° de 1845. 

José Garibaldü 



284 — 



NOMINA DE LOS EXPEDICIONARIOS DE LA LEGIÓN 

He aquí ahora la nómina de los expediciona- 
rios á que nos hemos referido: 

ESTADO MAYOR 



Coronel 

Teniente coronel 
Cirujano 
Comisario 
Otro comisario 
Ayudante 



Capitán 



Teniente 

» 



José Garibaldi. 
Francisco Anzani. s. 
Adolfo Deroseaux. h. 
Luis Calzia. s. 
Luis DeirOngo. s. 
Ignacio Bueno (1). o. 
Julián Grané, h. o. 
José Militón. o. 
Juan Díaz. o. 
José María Oyóla, o. 
Francisco Cassana. h. 
José Marocchetti. h. 
José Scarrone. 
Juan Bautista Berutti. 
Pedro Amaro, h. 
Gerónimo Ramorin. h. 
Cayetano Sacchi. h. 
Carlos Rodi. h. 
Nerón Saccarello. s. 



h. 



(1) Acompañó á Garibaldi en su vuelta i\ Italia; tome'» parte en todos lo» 
ataques á Roma contra los franceses, y mas tarde sirvió en el ejército argen- 
tino, ascendiendo allí al grado de coronel. 



— 285 — 

Subteniente Lorenzo Traverso. 

» Juan Bautista Saccarello. h. 

» Gerónimo Berisso. h. 

Cadete Luis Buchelli. 

» Rafael Ruggero. 



COMPAÑÍA DE CAZADORES 



Capitán 
Teniente 1.° 
Sargento 



Cabo 



Soldado 



t 



Juan Bautista Berutti. h. (1) 
Carlos Rodi. h. 
Juan Salvatore. 
Bartolomé Vieja, s. 
Lorenzo Moretto. 
Santiago Revello. 
Victorio Riquier. h. 
Ángel Calegari. h. 
Juan Stífo. f 
Juan Pateta, h. 
Miguel Franzini. h. 
Antonio Parodi. 1.° 
Pedro Viola. 
Juan Ricardi. 
Miguel Bocoviche. 
Agustín Fagué. 
Domingo Cassaglia. 
Antonio Cassana. 
José Demaestri. (2) 



(1) En Quinteros lagró evadirse, y figuró en el ejército nacional con el 
grado de comandante. 

(2) Acompañó á Gariba'di á Italia, y en la defensa de Boma contra los 
franceses perdió un brazo. 



— 286 — 

Soldado Juan Bautista Bruno. 

» José Massaferro. 

» Augusto Jaqui. 

» . Manuel Fernández. 

> Juan Larenas. s. 

» Santiago Durazno, s. 

» Luis González, s. 

» Cosme Fernández, s. 

» Pedro Maurent. 

» José Badaracco. 

» Pedro Miranda, o. 

» Antonio De Silva. 

» Luis De la Patria. 

» Miguel Cánepa. s. 

» José Fedi. 

> Juan Silveira. 
» Juan Risso. 

> José Busiano. 

> Juan Faustino. 
» José Peirani. s. 

» Miguel Campos, h 

> Ramón Rodríguez, h. 
» Santiago Quintero, s. 

> Juan Mesquita. h. 
» José Morando, h. 

» Francisco Lucini. s. 

» Bernardo Demarini. f 

» Manuel Caballero, s. 

» Juan Sasso. f 

» Juan Pittaluga. f 



— 287 



Soldado 



» 

» 

» 
» 
» 



Alejandro Gabáni. f 
José Acevero. f 
, Juan Olivero, f 
Antonio Fregata. f 
Luis Russi. f 
José Bosio. s. 
José Puppo. 
José Torterolo. 
Luis Torterolo. (corneta) 
Juan Bautista Parodi. 2.° 
Benito Bonnaso. s. 
José Stariolo. s. 
Santiago Nell. s. (1) 



PRIMERA COMPAÑÍA 



Capitán 
Teniente 

» 
Subteniente 
Sargento 



Francisco Cassana. h. 
Cayetano Sacchi. h. 
Lorenzo Traverso. 
Gerónimo Berisso. h. 
Lorito Monte Oliva. (2) 



(1) Fué de los que el 3 de enero de 1858 s«* embarcaron en Buenos Aires, 
en la goleta Maypú, á las órdenes de César Días. Era entonces capitán y fué 
masacrado en Quinteros. Procedía de Turín. * 

(2) 8u nombre depila era Bartolomé Nntta; procedía de Oneglia, antigua 
provincia de Savona, siendo su profesión albañil. Sirvió desde 1843 á 1852.. 
Hasta el 9 de febrero de 1849 figuró como sargento 1.°, y en esa fecha se le 
confirió el empleo de subteniente, pero años después fué elevado á la cate- 
goría de teniente 1.°. Para poder cobrar su sueldo militar, produjo una in- 
formación sumaría, haciendo constar su verdadero nombre y las circunstan- 
cias que motivaron el que usó en la Legión. El apellido Monte Oliva, era el 
materno. 

En las páginas 32 y 33 decimos que el legionario cuyo valor y arrojo en el 
combate del 10 de junio de 1843 le mereció una distinción por parte del gobier- 
no, lo era el más tarde capitán Fiorito. Ese dato lo tomamos de la obra 'De- 
fensa de Montevideo», tomo 1.*, página 165, por don Isidoro De-María; pero 
advertidos por los sobrevivientes señores Viglione y Servetti de que se incu- 



— 288 - 



Sargento 



Cabo 
» 

» 

Soldado 



Miguel Bosio. 
Vicente Tami. 
José Condune, 
Antonio Antonelli. f. 
Segundo Sapetto. 
Gerónimo Maggi. 
Luis Rossi. 
José Rossi. 
José Gnicco. f. 
José Dossio. f . 
Juan Bautista Biosa. f. 
Luis Tortero] o. f. 
José Calvi. f . 
Joaquín Sarabia. f . 
Hilario Pedevilla. h. 
Juan Sigori. h. 
Pascual Gismondi. h. 
Victorio Pintos, h. 
Figallo. s. 



iría en un error, pues el legionario que obtuvo tan alta distinción del mi- 
nistro Pacheco no era de apellido Fkrito sino Lorito Monte Oliva, quisimos 
constatar £ venta», y en unión de los mismos nos apersonamos al señor don 
Domingo Natta, hijo de este legionario, quien tuvo la deferencia de enseñar- 
nos el fusil de que se trata, que es de dos caños, de fulminante, y no de chU 
pa, como se asegura en la citada obra. Su mecanismo es de ta4 naturafeL 
que permite hacer 80 disparos sin necesidad de ponerle nuevos fulminante^ 
hasta agotar los que se colocan por ía recámara, á razón de 40 por cada cañrfn' 
pero la carga se hace por la boca. Dicha arma, según referencias que har£ 
cogido el hijo del extinto, perteneció al emperador del Brasil, don Pedro IT 
habiendo sido regalada por él al gobierno. Ka un costado de la culata se ha- 
^afwS- S iUetaI ' Gn grandes ^mcteres, !a siguiente inscripción: Pre- 

El señor Natta .hijo), propietario de la farmacia «Cindadela», tiene «i nro- 
pósito de donarla al museo histórico nacional. p 

El error que rectificamos se expriea fácilmente por la semejanza del nom- 
bre que llevaba el señor Natta, Lorito, y el apellido fiorito ^^ 

Además, cuando el combate del Cerro, todavía éste último no forma*» dmv 
te du la Legión italiana. ^^ ¥ ^ 



— 289- 

Soldado Prudencio Santo, h. 

» Carlos Carabajal. h. 

» Genaro Márquez, h. o. 

» Pablo Trueco, s. 

» José Granada, s. 

» Alejandro Campanella. s. 

» Francisco Battifoglio. s. 

» Lorenzo Grasso. s. 

> Juan Borghi. s. 

> Juan Ciarlone. (1 ) 
» Pedro Suffiotto. 

» Silverio Gollo. 

» José Painbianco. 

» Francisco Zunini. 

,» Pedro Carosio. 

» Francisco Cánepa. 

» «Tose Deferrari. 

» Francisco Berino. 

» Agustín Dazio. 

» Francisco Garibotti. 

» Canessa. 

» José Figardo. 

» Francisco Larrocchia. f. 

» José Vázquez. 

» Luis Pereira. o. 

» Joaquín Moreira. o. 



(1) Con el grado de capitán se encontró en la bato lia de Monte Caseros 
y más tarde se incorporó al ejército argentino, donde ascendió á coronel . 
Tuvo & sn mando el batallón Agrícola en Bahía Blanca. También formó 
parte del ejército aliado que combatió en el Paraguay contra el tirano Ló- 
pez, y. murió heroicamente en el ataque de Curupayty. 



290 — 



Soldado 



» 

» 

» 
» 

» 

» 
> 



Corneta 



Pablo Cassana. 
Jacinto Larrocchia. s. 
José Agliano. s. 
José miranda, s. 
Gerónimo Germino, s. 
Luis Batti. s. 
Mateo Canario, o. 
Francisco Angle. 
José Pinedo, h. (1) 
Manuel Frugone. s. 
Santiago Macchiavello. 
Victorio Mosto. 
Soriano. 

Alejandro Guimaraes. 
Juan Berro, s. 
Jacobo Ri^ssi. f. 
Augel Picasso, s. 
Luis Sckinca. f. 



SEGUNDA COMPAÑÍA 



Capitán 
Teniente 
Sargento 1.° 



José Marocchetti. h. (2) 
Pedro Amaro, h. " , 
Jacobo v Favila. 
Bartolomé Bonifacio. 
Santiago Tarigo. 
Pedro Stelardi. h. 



(1) Ya el 30 de septiembre de 1845 había resultado herido en el combate 
del Hervidero. 

(2) Acompañó á Garibaldi á Italia, ocupó la jefatura del estado mayor y 
falleció con el grado de coronel. 



— 291 — 



Sargento 1.° 


Pedro Poggi. h. 


» 


Francisco Fiorito. 


» 


Policarpo Sighigno. -f 


Cabo 


Domingo Rusca. 


» 


Pedro Dagnino. 


; » 


Pedro Viglione. (1) 


'[ » 


Juan Bautista Dagnino. f. 


Soldado 


Daniel Detnartini. 


» 


Juan Cigalla. 


» 


Carlos ítognone. 


» 


Antonio Carlone. f. 


i >y 


Ángel Alberti. 


» 


José Torres, h. 


» 


José Zicco. h. 


» 


Antonio Disondro. f. 


i » 


Luis Petrovik. 


» 


Miguel Fa villa. 


i Corneta 


José Vio. 



(1) A los 1G años empozó á servir en la Legión, y al regresar del Salto se 
le ascendió á sargento 1.*». Después de la Guerra Grande no tomó más las ar- 
mas, pero prestó importantes servicios al partido de sus afecciones, expo- 
niendo en más de una ocasión su vida é intereses. Poco antes de la hecatombe 
de Quinteros, echó sobre sí la grave responsabilidad de ocultar, primero, y 
de transportar, después, de la casa del generar don Venancio Flores, que ha- 
bía emigrado á la República Argentina, siete cajones de munición, pues la au- 
toridad pensaba apoderarse de ellos; y cuando la Cruzada Libertadora, á so- 
licitud del doctor dou José Ellauri, condujo para dicho militar, hasta eí Paso 
de los Toros, interesantes comunicaciones recibidas del comité revolucionario 
que funcionaba en Buenos Aires, misión ésta arriesgatlísima, que desempeñó 
cumplida y desinteresadamente. Figuró íambién entre los 80 hombres que 
se habían organizado secretamente para proteger entonces la entrada del ge- 
neral Flores á Montevideo, en caso de resolverse á tomarla por asalto. Entre 
los conjurados se hallaba el hoy sargento mayor Agustín Berón que, sospe- 
chado, fué preso y engrillado. El señor Viglione tiene, actualmente, 77 años 
de edad. 



— 292 — 

Soldado Juan Francisco Joanicó.o. (de 
color). (1) 

» Jaime Zuriglio. s. 

» Pedro Angona. s. 

> Franco Güerrino. s. 

» Jaime Ciarlone. 

» José Grarcía. 

» Molina o. f. 

y> Juan Vespa. 

» Cayetano Rosario, s. 

» Ángel Casilvo. s. 

» ' Antonio Dessognero. 

n > José Mignoni. s. 

» José Falchiuo. 

» Lorenzo Giribaldi. s. 

» Cristóbal Chiavari. 

» Felipe Pest. s. 

» Miguel Federico. 

» Domingo Ottonello. s. 

» Eugenio Tabares. o. 

» Tomás Venturino. ' 

» Bartolomé Grillo. 

» Juan Pedro, o. f . 

» José Casanova. 

» José Peralta. 

» Antonio Ciffredi. 



(1) Hizo la campana de la Cruzada Libertadora, figurando con el grado 
de teniente 1.* eu la compañía de granaderos del batallón Florida. Siendo 
ya capitán, f ué á la guerra del Paraguay, en el mismo cuerpo, y murió he- 
roicamente en la aceióu del 24 de mayo de 186G, librada en los campos de 
Tuyuty. 



.^iAisJ 



— 293 — 



Soldado 


Juan Carra ra. h. 


» 


Félix M. a Echeverri. o. 


» 


José Righini. 
José Pizzarro. 


» 


José Minore, s/ 


» 


Juan Peluto. f. 

Nicolás Petrosi (a) Petrpvik. 

Luis Soto. f. 


» 
» 


José Oarbone. *f\ 
Juan Revella. f . 


»' 


Rosario Cerviche. 


» 


Antonio Beltrand. 


w 


Juan Giunulla. 


» 


Francisco Félix María. 


» 


Juan Vega. h. 


» 


Juan Pesaro. •}• 


» 
» 


Lázaro Cigalla. 
Carlos Romero. 


» 


Antonio Moreira (de color), o 


» 


José Pinero, h. 


» 
» 


Ju^n Bautista Suei. f 
Felipe Massaroglio. h. 
Cayetano Rosario, s. 




TEKCERA COMPAÑÍA 


Capitán 
Teniente 1.° 


Luis Caroni. h. 

Esteban Sacca relio, s. (1) 



(1) Esiuvo en Caseros en calidad de ayudante de César Díaz, y fué una de 
l»s víctimas de la hecatombe de Quintetos. En el monumento levantado en 
el Cementerio Central á los jefes y oficiales mártires figura su busto. 

19 



— ?94 — 



Teniente 2.° 

Sargento 1.° 

2.° 



Cabo 



Soldado 



Pablo Ramorino h. (1). 

Luis Barborini. 

Carlos Beltrand. 

Juan Leoue (2). 

Santiago Cariara. 

Miseria (nativo de Niza). 

Juan Bautista Quartini. 

Gerónimo Pinchetti (¿>). 

Pablo Vizca (a) Pugno o. (4). 

Lorenzo Crosa. 

Isidoro Aicardi. 

Bartolomé Servetti (5). 

Juan Giorello. 

Juan Mazaroldi *f*. 

Francisco Fontana f. 

José Pió va no -j% 

Luis Venzano *f*. 

Antonio Venancio. 

Libertini Pérez. 1.° f (0)- 



il) Murió en 1849 en la defensa de Roma, siendo caj i tan. 
(2. Reside, actualmente .en el Salto 

(3) Se halla domiciliado en Paysandú y es capitán de nuestro ejército. 

(4) Acompañó á \JésarDíaz en Ja campaña contra Rozas, hallándose en Ca- 
seros con el grado de capitán, y en la 'Cruzada Libertadora fué ascendido á 
sargento mayor. 

(5) Está radicado en Montevideo. Tiene 80 años de edad, y fué de los que 
en 1845, el 31 de agosto, en el ataque y toma de la Colonia, sirvieron de esea- 
la para colocar el pabellón nacional en un asta de las trincheras enemigas. Di- 
cha bmdera fué puesta por el legionario Monte Oliva. 

(6» Era español gallego), y como su hermano.— que también figura en esta 
lista, — instó al cabo Servetti para que lo hiciera admitir en su compañía, 
pues á todo trance quiso ir de voluntario á la expedición del río Uruguay. 

El señor Servetii nos encomia el valor que reveló en la acción de San An- 
tonio. ySu compañía, como la 4. a , formó al centro, y resistió heroicamente el 
empuje y graneado fuego de la infantería enemiga, compuesta del batallón 
ratricios, de más de 300 plazas, el cual fué rechazado y diezmado. 

En la acción del 8 de febrero se hallaron también otros españoles, igual- 
mente voluntarios, como resulta de sus propios apellidos en las, presentes 
listas. 



— 295 — 

Soldado Juan Santos (1). 

» Antonio Osalino f. 

» Scavino f. 

» Antonio Felipe f. 

» Francisco Battilana. 

» Anselmo Acosta (de color) o. (2) 

» Antonio Severino. 

» Juan Rebagliatti. i*. 

» Juan Gagliardo. 

» Libertini Pérez 2.° 
» m José Carie, 

David Si vori. 

» Juan DeU'Orto. 

> Lorenzo Vigliarino. s. 

» Santiago Amaro. 

» Stariolo. 

» Juan Ferrandiuo. 

» Pedro Bensi. (3) 

» Toscanini. 

» Pablo Perune. 

» Sacarini. s. 

» Codini. s. 

» Oatti. 

». Pinatti. s. 



< 1) Figuró entre los que capitularon en Quinteros y en el mimen) de los ita- 
lianos que el 3 de febrero de 1858 fueron degollados, apuñaleados y abiertos 
por o\ vientre en Pache (Santa Lucía), por la gente del comandante Cipriano 
Carnes. Era nativo de Milán. 

(2) También acompañó á Garibaldi en su viaje a Italia y se encontró en 
todas las acciones libradas por las tropas al mando de su antiguo jefe. 

(3 1 Era vasco francos, y también figuró en la Cruzada Libertadora, sien- 
do ascendido á capitán por el general don Venancio Flores. 



— 290 — 

Soldado Folco. Nativo de Finé, hoy 
provincia de Genova. 

» Zuffo. s. 

» Juan Brosone. 

» Asterano. 

» Maresa. s. 

» Sedrán. s. Nativo de Finé. 

%> Badán. » » » 

> Silva, s. 

» Pereira. s. 

» • Cayetano Tima. s. 

» García, s. 

» Castellano, s. 

» Campanella. Nativo de Finé. 

» Juan Cerrúti. 

» Bernardo Peralta. 

» Juan Perune. 

» José Beltrand. 

» Pedro Gregorio. 

>, Pedro Pastorino. 

» Juan Pestalard. 

» Daqui. s. 
» Bombra. s. 

» Rodríguez, s. 
» López, s. 

» Silvestro. 

» Juaü B. Bolzone. 

» Isidoro Gagliardo. 

» José Benito. 

» Francisco Oxiglia. 



— 297 — 

Soldado Antonio Buscielo. 

» José Arnelli. 

» . Antonio Sciappapiettra. 

» José Sciappapiettra. 

» Gerónimo Piovano. 

» Simón Ornar 

» Felipe Macedo. (1) 

A los datos del doctor Deroseaux hemos agre- 
gado algunos otros, apelando á los referidos legio- 
narios sobrevivientes que se encontraron en la 
acción del 8 de febrero, y es lamentable que no 
se sepa con precisión los nombres y apellidos de 
varios de ellos, ya por no figurar en las listas 
del estado mayor, ya por que han escapado á la 
memoria y sólo los recuerdan sus viejos com- 
pañeros por el apellido ó el nombre que tenían. 

Además de los expedicionarios del 45 que pe- 
learon en San Antonio, figuraron en dicho com- 
bate, varios orientales, hombres de color, tomados 
prisioneros en Itapebí al coronel don Manuel 
Lavalleja, según nos lo asegura el sobreviviente 
señor Viglione, dos de los cuales resultaron he- 
. ridos y uno muerto. 

Este último recibió una grave herida durante 
la retirada, y tres días después se le encontró mo- 
ribundo en las cercanías del monte. 



(1) Advertencia.— La H puesta al lado de un nombre, significa que la 
persona a que se refiere resultó herida en la acción de San Antonio; la +, 
muerto; la O, que es de nacionalidad oriental; y la S, que se encontraba en 
la batería del Salto á las órdenes de Anzani. Los que no figuran con signo 
alguno, es porque resultaron ilesos en la referida batalla. 



— 298 — 

Desde su incorporación á. los legionarios se re- 
velaron entusiastas amigos de la causa de la De- 
fensa, y nuestro informante nos pondera la sere- 
nidad y el valor que demostraron en lo más recio 
del combate, y aun después de heridos. 

Uno de ellos, á quien se le pidió el fusil, resis- 
tióse á entregarlo, y repuso: «Déjenmelo, que aún 
lo necesito», agregando: «Donde muera el último 
italiano, he de morir yo». 

No en valde el intrépido Anzani, que, como ha 
dicho Graríbaldi, no era un exagerador, refirién- 
' dose á esta inolvidable acción, escribía: «Este es 
uno de los hechos de armas que aun no se han 
visto en la América Meridional, y ahora creo yo 
. lo que nos cuentan las historias antiguas de los 
pocos suizos que pelearon gloriosamente contra 
los alemanes y numerosas huestes de romanos». 

El tnismo Garibaldi, en su comunicación al 
gobierno, datada en el Salto dos días después de 
la batalla, estampaba estas elocuentes palabras: 
«Lo que puedo asegurar es que, cotno todos mis 
oficiales que se hallaron en la refriega, nunca nos 
honraremos tanto como de haber sido soldados 
de la Legión italiana, el día 8, en los campos de 
San Antonio». 

El general Anacleto Medina, en nota al mi- 
nistro de guerra y marina, qué lo era don Fran- 
cisco Joaquín Muñoz, le decía en igual fecha 
(ÍO de febrero): «Recomiendo á la consideración 
de V. E. á los valientes de la guarnición de esta 



— 299 — 

plaza (Salto), y en particular á lo? legionarios, 
á quienes mi patria debe inmensos servicios y 
nuestra gratitud debe ser eterna». 

EL PREMIO AL VALOR ACORDADO EL 46 

El gobierno de la Defensa, en su decreto de 
25 de febrero de 1846, á que antes nos hemos 
referido, había dispuesto que á los que se halla- 
ron en aquel combate, después que la caballería 
fué separada, se les acordase un escudo para usar 
en el brazo izquierdo, con esta inscripción entre 
una orla de laurel. «Invencibles — Combatieron el 
8 de febrero de 1<S46»; pero esa disposición re- 
cién fué puesta en práctica 6 años más tarde, cu- 
piéndole ese honor al general don Venancio Fio-, 
res. 

El 28 de enero de 1854, dispuso el gobierno 
provisorio, que él presidía, que á todos aquellos 
comprendidos en dicho decreto se les expidiese 
un diploma, conteniendo el nombre y graduación 
de cada uno, firmado á nombre del poder eje- 
cutivo por el ministro de estado en el depar- 
tamento de guerra* -y sellado con el sello de la 
república. 

El diploma de que se trata contiene la firma 
del referido mandatario y del brigadier general 
don Enrique Martínez, que ocupaba el ministe- 
rio de guerra y marina. 

Los legionarios italianos se reunían todos los 



— 300 - 

años, el 8 de Febrero, á festejar el aniversario por 
él simbolizado, y en el banquete que tuvo lugar 
en 1854, en igual data, les fué entregado ese di- 
ploma por el general Flores personalmente, en 
el «Jardín de Julio», que era donde realizaban sus 
reuniones. 

El comandante Bottaro agradeció, en nombre 
de sus compañeros, el honor que les dispensaba 
el referido gobernante al acercarse á ellos en 
aquel modesto local, para dar cumplimiento á la 
voluntad del gobierno de la Defensa, expresada 
en el decreto por él invocado. 

GARIBALDr Y NUESTRO PAÍS 

¿Puede considerarse como extranjero entre 
nosotros al ínclito general Garibaldi, que tuvo a 
Montevideo por asiento de su inmortalidad? 

Los sucesos políticos de actualidad han hecho 
que muchos de sus conciudadanos de origen dis- 
cutan el derecho con que en la República Orien- 
tal pueda usarse de su glorioso nombre para po- 
nerlo al servicio de las instituciones; pero cree- 
mos que la historia fidedigna que hemos narrado 
de su larga y brillante actuación en la Guerra 
Grande, demuestra que el héroe de ambos mun- 
dos tiene adquirida carta de naturaleza en la pa- 
tria de los Treinta y Tres como en su cara Italia. 

El doctor Ángel Floro Costa, el más erudito y 
donoso de nuestros escritores contemporáneos, ha 



— 301 — 

esbozado á grandes rasgos su noble figura en re- 
ciente publicación (1), y como síntesis de cuanto 
dejamos dicho á su respecto, nos complacemos 
en transcribir de ella los siguientes párrafos: 

« ... Garibaldi'tiene derecho á tener prole in- 
finita de héroes entre, nosotros, á proteger con su 
nombre á los italianos que quieran ayudarnos 
con sus generosos servicios, porque con eso hon- 
ran á Italia, la hacen cada día amar más de 4 los 
hijos del Plata, estrechan más los vínculos eco- 
nómicos que nos unen, y, por último, porque Ga- 
ribaldi, antes que general italiano, fué general 
oriental. 

«Aquí fué la cuna de su gloria, tan inmensa 
y diáfana como la luz zodiacal. 

«Aquí fué donde se perfiló la grandeza de su 
alma scipiónica, que sólo debía palpitar para la 
gloria y la libertad del mundo. 

«Aquí fué donde fundó la escuela de esos le- 
gionarios abnegados, que muy luego asombraron 
á la Europa con sus hazañas espartanas — dán- 
doles el ejemplo de declinar dádivas y honores, 
cuando no tenía lumbre en su domicilio para 
mecer la cuna de sus hijos orientales Ricchiotti y 
Anita — pronunciando aquellas palabras dignas 
de Cimón, al romper en presencia de sus legio- 
narios los títulos de propiedad de aquellas diez 
Leguas de campo que le había donado en premio 
de sus servicios el gobierno de la Defensa: 

( 1 ) El Día de Montevideo, marzo ü6 de 1904. 



— 302 — 

«La legión italiana da su vida por Montevi- 
deo, pero no la cambia por tierras ni ganados; 
ella da su sangre en cambio de la hospitalidad 
que recibe, porque Montevideo combate por la 
libertad,» (sic). 

«Más que ninguna otra nación del mundo, la 
Italia nos debe amistad y protección, porque 
Montevideo fué el Etna donde aquel cíclope que 
se llamó Garibaldi, templó sus armas para des- 
embarcar en Marsahu conquistar las dos Sicilias 
y poner sobre las sienes de Víctor Manuel la co- 
rona de la unidad de Italia. 

«La corona heredada por Víctor Manuel H, 
tiene una perla de la Nueva Troya, engarzada 
por Garibaldi. 

«Tiene también algunas lágrimas cristalizadas 
de los millares de legionarios italianos que su- 
cumbieron en los campos del Uruguay, lidiando 
por nuestras libertades y legando su heroísmo á 
los que más tarde debían de redimir de tiranos á 
la Italia. 

«Hasta la camiseta roja, el poncho y el gorro 
frigio con que Garibaldi hizo su entrada triunfal 
en Roma, son una insignia perdurable del sitio 
troyano de Montevideo >. 

Precisamente por la particularidad de su ves- 
tuario fué que los austríacos, intitulándole el dia- 
blo rojo, huyeron despavoridos, á su sólo nombre, 
al presentarse en Várese al frente de los bravos 
cazadores de los Alpes. 



— 303 - 

Y, por último, para que se juzgue el gran va- 
lor que daba Garibaldi á su actuación en la De- 
fensa, bastará decir que en una nota por él pa- 
sada á la comisión de la Legión italiana en Mon- 
tevideo, se expresaba así, desde el Salto, con fe- 
cha 10 de febrero de 1846: « Yo no daría mi 
nombre de legionario italiano por todo el tjloho 
lleno de oro ».. . 

LOS EXTRANJEROS Y LA CONSTITUCIÓN NACIÓ XA L 

Hecha la paz y derrocado el poder de Rozas, 
el gobierno convocó á elecciones generales, dando 
las más amplias garantías, y constituido el cuer- 
po legislativo, compuesto en su mayoría de 
personas adictas al que tuvo su sede en el Ce- 
rrito, — pues diversos sucesos impidieron que pri- 
masen los hombres de la Defensa, — vino la ley 
acomodaticia del 10 de junio de 1853, viola toria 
del artículo 8.° de la constitución, que abre de 
par en par las puertas de la ciudadanía & los 
extranjeros honestos y laboriosos. 

Los grandes servicios prestados á la causa de 
las instituciones por los numerosos legionarios 
de distintas nacionalidades, y sus afecciones por 
el partido político que supo defenderlas dentro y 
fuera de los muros de Montevideo, despertaron 
celos y desconfianzas que era necesario matar en 
germen. 

El voto de los extranjeros podía pesar, en no 



— 304 — 

lejano día, en la balanza del sufragio libre de 
una manera decisiva. 

Constituían, pues, éstos un peligro para los 
que no ha mucho habían sido sus adversarios en 
los campos de Marte. 

¿Qué hacer, entonces, para evitar su participa- 
ción futura en las urnas electorales? Oponerles 
trabas, por medio de una ley, en la cual se exi- 
giera carta de naturalización para entrar en ejer- 
cicio de la ciudadanía legal y la imposición de 
un juramento vejatorio. 

Nuestra constitución, que es una de las más 
liberales y adelantadas del mundo, aparecería así 
como la única causa de que los extranjeros no 
pudieran incorporarse á nuestra nacionalidad sin 
el lleno de requisitos á que muchos no quieren 
someterse. 

INTERPRETACIÓN CAPCIOSA DEL ARTÍCULO 8.° 

El doctor Jaime Estrázulas, convertido en ór- 
gano de esas ideas, presentó un proyecto el 23 
de abril del expresado año, exigiendo dicha carta 
de naturalización, y ese proyecto fué informado 
favorablemente por los doctores Salvador Tort, 
Cándido Joanicó y Eduardo Acevedo, miembros 
de la comisión de legislación de la cámara de re- 
presentantes. 

Creían aquellos distinguidos compatriotas que 
era conveniente la sanción de esa ley, para evi- 



— 305 — 

tar la divergencia de opiniones sobre el alcance 
del artículo 8.°, pues algunos lo interpretaban en 
el sentido de que la ciudadanía se adquiere ipso 
jure, viniendo un hombre á ser ciudadano sin 
saberlo y contra su voluntad, por la mera reali- 
zación, en su persona, de las circunstancias pre- 
venidas en la ley fundamental; y otros soste- 
nían que era indispensable una ley especial para 
cada caso concediendo la carta de ciudadanía. ' 

En la sesión del 19 de mayo fué sancionado 
en general, y el día 20 en particular, habiendo 
votado i 5 por la afirmativa y 1 1 negativamente. 

En el senado informó in voce, el 31 del mis- 
mo mes, don Francisco Solano Antuña, y fué 
votado.en la sesión del 4 de junio sin suscitar 
divergencia alguna. El 10 le puso el cúmplase el 
poder ejecutivo. 

En dicha ley se exigía justificar ante el juez 
. letrado del domicilio del postulante, reunir algu- 
na de las condiciones establecidas en el artículo 
8.° de la constitución, saber leer y escribir y ha- 
ber cumplido 20 años de edad; pero si bien por 
esta disposición debían los extranjeros recurrir 
ante la justicia en demanda de una carta de na- 
turalización, que es lo que también prescribe la 
ley actual, en otros-artículos de la del 53, se obli- 
gaba al ciudadano legal, antes de dársele por in- 
corporado á nuestra nacionalidad, a que prestara 
juramento de acatar y cumplir la constitución, 
las leyes, los decretos y las resoluciones legisla- 



— 306 — 

tivas; á respetar, obedecer y defender las autori- 
dades constituidas, y a defender y sostener la 
forma de gobierno representativa republicana. 

Además de todas estas formalidades, que im- 
portaban una abdicación expresa y humillante 
de su nacionalidad de origen, se les exigía tam- 
bién que solicitaran del poder ejecutivo la carta 
respectiva para poder inscribirse en el registro 
cívico. 

DIVERSAS INICIATIVAS 

Esta ley dio lugar á diversas interpretaciones, 
y algunos años después fué modificada casi radi- 
calmente, pues se suprimió el juramento y la 
obligación de demandar ante el ministerio res- 
pectivo el justificativo correspondiente. 

Como conviene que se conozcan las varias ini- 
ciativas tomadas posteriormente sobre el mismo 
asunto, vamos á relacionarlas aunque ligeramente. 

En 1874 propuso don Pedro E. Carve una 
minuta al P. E. observando que la permanencia 
del comandante Eugenio Fonda en el ministerio 
de la guerra era violatoria del artículo 87 de la 
constitución. 

La comisión de legislación, compuesta por 
los señores José Pedro Ramírez, Octavio Lapi- 
do, Julio Herrera y Obes, Joaquín Requena y 
García, Vicente Garzón y Carlos A. Lerena, dic- 
taminó aconsejando el rechazo de la moción del 



— 307 — 

señor Carve, dadas las diversas interpretaciones 
de la ley del 53, pues los tribunales la habían 
apreciado indistintamente, sin que la legislatu- 
ra ni el P. E. reclamasen, y que lo más correcto 
era sancionar otra ley interpretativa. 

Dijo el doctor Herrera, que nuestra constitu- 
tución hace imperativa la ciudadanía en algunos 
casos, como cuando se trata de los militares y de 
los hijos de padre ó madre oriental, pero que en 
otros la deja librada á la voluntad de los resi- 
dentes extranjeros, cuya ciudadanía necesita jus- 
tificarse, por ser un favor de la ley. 

El doctor -Ramírez opinó en igual sentido, 
manifestando que los constituyentes han em- 
pleado con impropiedad la palabra son, pues hya 
casos en que la ciudadanía precisa ser compro- 
bada. El militar, por ejemplo, dijo, lleva en sí 
mismo el testimonio de la ciudadanía, pero el ex- 
tranjero casado con hija del país, no lo lleva; no 
se le conoce en la cara si es casado ó soltero, si 
su esposa es hija del país ó no; ni si se tiene hijo 
ó no: éste necesita justificar la ciudadanía. 

El doctor Vázquez Sagastume compartió las 
mismos ideas. 

Don Agustín de Vedia, si bien reconoció que 
el artículo 8.° de la constitución se presta á di- 
versas interpretaciones, dijo que no sucedía lo 
mismo con la ley del 53, que consideraba sufi- 
cientemente explícita. 

En la sesión del 20 de abril se desechó la mi- 
nuta del señor Carve. 



— 308 — 

El señor Bernabé Rivera presentó un proyec- 
to el día 21 (abril), creyendo conciliar todas las 
ideas. Establecía como obligatoria la carta -de 
naturaleza para todos los extranjeros compren- 
didos en el artículo 8.°; pero antes qué él, el 21 
de abril de 1873, don Vicente Garzón y don 
Isaac de Tezanos, habían presentado otro proyec- 
to reglamentando el mismo precepto constitucio- 
nal. 

La comisión de legislación tomó en cuenta 
ambos proyectos y los amplió, aconsejando una 
ley más liberal que la del 53, encuadrada en los 
principios por ella sostenidos al debatirse la mi- 
nuta del señor Car ve. 

De ahí la ley 20 de julio de 1874. 

Al ser ella discutida en la cámara de repre- 
sentantes, el doctor Ambrosio Velazco se adhirió 
á la doctrina de la comisión, y el senado in- 
terpretó la constitución en iguales términos, en el 
informe de que fué autor el doctor José María 
Muñoz. 

En marzo 18 de 1887, don Vicente Piñeyro 
propuso la modificaqión de dicha ley, estable- 
ciendo que la ciudadanía natural ó legal, si fuese 
contestada, sería obligatorio justificarla por el 
que la alegase como acción ó excepción, valién- 
dose de los medios legales. 

También el 28 de abril de 1892, los señores 
José Batlle y Ordóñez, Gregorio L. Rodríguez, 
Antonio Bachini, Juan Campistegui y Eugenio 
Garzón, trataron de imponer la ciudadanía. 



— 309 — 

En el artículo 1.° del proyecto que presenta- 
ron, establecían que los extranjeros que se ha- 
llasen en alguno de los casos previstos en el 
articulo 8.° -de la constitución, serían conside- 
rados, por ese solo hecho, ciudadanos legales 
de la república, y podrían entrar en el ejer- 
cicio de la ciudadanía con sólo inscribirse en 
el regidro cívico respectivo. 

En el artículo 3." se concedía el plazo de un 
año para que pudieran mantener su ciudadanía, 
expresando su voluntad ante el juagado de paz 
del domicilio. 

El doctor Eduardo Acevedo, hijo del ilustre 
codificador del mismo nombre, presentó un pro- 
yecto en el consejo de estado el 29 de abril del 
98, y, por ultimo, el distinguido constitucionalis- 
ta doctor Justino J. de Aréchaga, que también 
era miembro de dicho consejo, sometió al estu- 
dio del mismo cuerpo otro más amplio, en la sesión 
del 6 de mayo siguiente. 

NUESTRA DOCTRINA Y PROPÓSITOS 

La ley de 20 de julio de 1874 ha subsanado 
en parte la profanación de la letra y el espíritu 
del precepto constitucional que nos ocupa, hecha 
por la del 53; pero es necesario restablecer la 
verdad histórica, no empequeñecer la magna obra 
de la asamblea constituyente y dar al artículo 8.° 
todo su viejo y saludable imperio. 

20 



— 310 — 

Cumpliendo, pues, cou un deber de patriotis- 
mo, nos hemos propuesto devolverle al extranje- 
ro el goce de tan inalienable derecho, á cuyo fin 
presentamos á la consideración de la cámara de 
representantes, el 12 de junio de 1902, un pro- 
yecto tendente á reparar semejante injusticia; é 
injusticia decimos, porque nuestra carta funda- 
mental conságrala ciudadanía de los extranjeros, 
diciendo: ciudadanos legales son los que reúnan 
tales ó cuales condiciones, que se indican en el 
artículo 8.°, y no dice : ciudadanos legales serán 
los que llenen estos ó aquellos requisitos. 

De manera que sí no existiese la ley del 74, 
que tuvo su origen en la del 53, bastaría, por 
ejemplo, que un extranjero, casado con hija del 
país, que tenga cuando menos tres años de resi- 
dencia y que profese alguna ciencia, arte ó indus- 
tria, se inscribiera en el registro cívico, para que 
se le considerase como ciudadano legal, en caso 
de no ser tachado é iliminado por invocar una 
falsa causal. 

El doctor Acevedo proyecta esto mismo, y el 
doctor Aréchaga establece la doctrina reinante en 
el Brasil, pues propone se declare ciudadanos le- 
gales, sin necesidad de llenar ninguna formalidad, 
á los extranjeros que, comprendidos en aquel 
precepto constitucional, no manifiesten intención 
de renunciar al derecho que él les acuerda, den- 
tro del término de diez meses, si no residiesen en 
el país, y de seis jpara los que entrasen al territo- 
rio vencido ese plazo. 



— 311 — 

Establece que esa manifestación deberá ha- 
cerse ante el juzgado de paz del domicilio del in- 
teresado. 

En cambio, nuestro propósito, como el del doc- 
tor Acevedo, es que la ley que se dicte no con- 
traríe ni el espíritu ni la letra del artículo 8.°, y 
se ajuste á la historia fidedigna del mismo. 

La Comisión de asuntos internacionales y cons- 
titucionales de la cámara de representantes, al es- 
tudiar estos últimos proyectos desestima el tem- 
peramento propuesto por el doctor Aréchaga, y 
aconseja el siguiente proyecto de ley, que amplía 
el articulado del nuestro. 

«Artículo l.° Los extranjeros que reúnan algu- 
na de las condiciones requeridas por el artículo 
8.° de la constitución, podrán ejercer la ciudada- 
nía legal, inscribiéndose en el registro cívico per- 
manente. 

« Art. 2.° En el acto de la inscripción tendrán 
que justificar, por cualesquiera de los medios or- 
dinarios de prueba, sin excepción alguna, que se 
hallan comprendidos en alguno de los casos enu- 
merados en el precepto constitucional referido, 
debiendo sujetarse, además, á las formalidades 
que rigen para la inscripción de los que ya están 
en el ejercicio de la ciudadanía. 

«Art. 3.° A las causas de tacha especificadas en 
la ley de registro cívico permanente, se agregará 
la de no reunir el inscripto las condiciones nece- 
sarias para el ejercicio de la ciudadanía legal. 



— 312 — 

«Art 4.° Tanto el inscripto, como los testigos 
que pudieran servirle para acreditar falsamente, 
ante la comisión inscriptora, la ciudadanía legal 
invocada por aquél, sufrirán la pena de 12 á 15 
meses de prisión. 

«A esos efectos, terminados definitivamente los 
juicios de tachas, la junta electoral de la capital 
remitirá al juez del crimen de turno, y las de los 
demás departamentos á sus respectivos jueces le- 
trados, todos los expedienten relativos á las ins- 
cripciones de los ciudadanos legales que hayan 
sido descalificados. 

«Los jueces deberán, dentro de tercero día, dar 
vista de ellas á sus respectivos fiscales para que 
pidan lo que corresponda. 

«Art. 5.° Deróganse todas las leyes que se 
opongan á la presente». 

Este proyecto sustitutivo fué aconsejado el 1 7 
de mayo de 1902 y sanciouado en general en 
marzo de 1903. 

Por diversas circunstancias no hemos urgido 
en su consideración en particular; pero de un mo- 
mento á otro avocará su discusión la referida rama 
legislativa, y no dudamos que él será aprobado. 

Suscriben el dictamen respectivo los doctores 
Carlos de Castro, Ricardo J. Areco, José Roineu, 
Manuel Herrero y Espinosa, Carlos A. Berro y 
Agustín Ferrando y Olaondo. 



jj 



313 — 



ANTECEDENTES HISTÓRICOS 

Creemos firmemente que lo aconsejado por 
la Comisión mencionada es lo que cuadra estable- 
cer en una ley interpretativa, dados los términos 
del artículo 8.° y de acuerdo con su verdadero es- 
píritu. 

¿Qué dice esa disposición constitucional? 

¿Manda, acaso, que los extranjeros en ella com- 
prendidos soliciten su naturalización para que se 
les incorpore á nuestra nacionalidad? 

No: les declara ciudadanos legales, sin hacer 
por ello obligatoria la ciudadanía. Les otorga un 
derecho, pero no les impone un deber. Les con- 
cede una prerrogativa y nada más. 

¿Quiere un extranjero tener voto activo y pa- 
sivo en el país? 

¿Desea tomar participación directa en nuestras 
cuestiones políticas, pudiendo ser elector y electo? 

Pues bien: manifieste su voluntad, no ya pi- 
diendo carta de naturaleza, como lo mandaba la 
ley del 53, ni ocurriendo ante la autoridad judi- 
cial superior de su domicilio, como lo preceptúa 
la del 74, sino ocurriendo á inscribirse en los re- 
gistros cívicos, lo mismo que lo hacen los ciuda- 
danos naturales, y se habrán habilitado para en- 
trar en el pleno goce de todos sus derechos. 

En la penúltima parte del artículo 8.° se pro- 
ponía por la Comisión de la constituyente que se 



— Su- 
pusiera, debiendo inscribirse en el registro c£- 
rieo; pero estas palabras fueron suprimidas en la 
sesión del 21 de mayo de 1S29. 

¿Quiere esto decir que se les proscriba ejercer 
ese derecho? 

No: ello importa colocarles en igual situación 
que á los naturales, porque para que estos pue- 
dan ser electores y electos necesitan llenar ese re- 
quisito legal. 

La ley 29 de abril de 1898, que concuerda, en 
esta parte, con el referido precepto constitucional, 
establece que nadie podrá desempeñar en la re- 
pública cargo ó empleo público, profesión, arte ú 
oficio para cuyo desempeño se requiera el ejerci- 
cio de la ciudadanía, sin acreditar su calidad de 
ciudadano, con la boleta de la inscripción en el 
registro cívico. 

Al discutirse el artículo 9.°, propuso don Mi- 
guel Barreiro que fuese redactado así: «Todo ciu- 
dadano, hallándose en ejercicio de la ciudada- 
nía, es miembro de la soberanía de la nación; y 
como tal tiene voto activo y pasivo», etc. 

El doctor Ellauri se opuso á que se agregaran 
las palabras que en él hemos subrayado, puesto 
que en su concepto la adición que se proponía no 
haría más que aumentar voces, porque era claro 
que no estando en ejercicio de sus funciones, no 
podría tener voto activo ni pasivo (1). 



(1) Hi-aión de la Asamblea Constituyente del 22 de mayo de 1829* 



— 315 — 

La Asamblea Constituyente desechó esa mo- 
dificación, de acuerdo con lo expuesto por su re- 
ferido miembro. 

Este hecho confirma lo que dejamos expuesto, 
pues és correlativo al artículo 8.°. 

De manera que con ambas supresiones se co- 
loca á los unos, y á los otros en igualdad de con- 
diciones para ejercer en su verdadera plenitud sus 
derechos cívicos. 

Se quiso hacer una excepción con nuestros pa- 
dres, colocándoseles en la categoría de ciudada- 
nos adoptivos; pero esa proposición no fué apo- 
yada (1). ' 

Puesto á votación el artículo aconsejado por la 
comisión informante, resultó empatado, y re- 
abierta la discusión, después de nuevo debate, fué 
aprobado por catorce votos contra doce (2). 

Al discutirse el artículo 7.°, que dice: «Ciuda- 
danos naturales son todos los hombres libres, na- 
cidos en cualquier punto del territorio del es- 
tado», se mocionó para que se le añadiese la 
cláusula siguiente: como igualmente todos los 
que el año diez eran reputados como ciudada- 
nos y residen actualmente en él. 

Después de un fuerte debate (se he en las 
actas de la Constituyente), en pro y en contra, un 
señor diputado manifestó los inconvenientes que 
había para proseguir en la discusión de un punto 



(1) Sesión Constituyente del día 20 de mayo de 1829. 

(2) Sesión Constituyente del día 20 de mayo de 1829. 



-r- 316 — 

constitucional de la mayor trascendencia; pues 
que no sólo debía fijarse la H. Asamblea, en la 
cuestión presente, sino también en el lugar que 
debiesen tener los ciudadanos de la República 
Argentina, de que hace poco formábamos parte, 
(decía), y concluyó pidiendo que se suspendiese la 
discusión (I). 

Otro señor diputado, coincidiendo con los mis- 
mos principios, hizo moción para que' en el ar- 
tículo ya sancionado (que es el que dejamos trans- 
cripto), se agregase: y todos los nacidos hasta hoy 
en cualesquiera de las provincias que forman 
la República Argentina (2). 

La Constituyente creyó impropio hacer esas 
declaraciones, y ambas fueron desechadas. 

En cambio, al ser considerado el artículo 8.°, 
que en primer término tenía como ciudadanos le- 
gales á los hijos de padre ó madre natural del 
país nacidos fuera del estado, desde el acto de 
avecindarse en él, se dio preferencia á los extran- 
jeros, padres de ciudadanos naturales, avecinda- 
dos en el país antes del establecimiento de la 
constitución. 

El señor Sudañez propuso que se concediese 
la ciudadanía legal a todos los nacidos en cual- 
quier punto de la República Argentina, desde 
el momento en que se establezcan en este es- 
tado (3). 



(1) Acta de la Constituyente del día 20 de mayo de 1S29. 

(2) Acta de la Constituyente del 20 de mayo de 1829. 

(3) Sesión del día 21 de mayo de 1829. 



— 317 — 

Sin embargo, en la sesión siguiente, se apre- 
suró á retirar su moción, diciendo que cuando la 
había íoriüulado se hallaba persuadido que tal 
era la voluntad del país; pero que habiéndose in- 
formado mejor, se había desengañado de que no 
era así, y que debiendo marchar en el lugar que 
ocupaba con arreglo á la opinión pública, debía 
prescindir de sus sentimientos particulares (1). 

El señor Lapido calificó á la moción retirada, 
de loable* importante y conforme con ' los senti- 
mientos generales, y manifestó que en su concep- 
to debería hacerse extensivo, diciendo: que se- 
rían ciudadanos desde el momento que se ins- 
cribiesen en el registro cívico. 

No se hizo lugar á esta indicación,. fundado en 
que la República Argentina era uno de los gobier- 
nos signatarios de la convención preliminar, y 
porque esa preferencia podía despertar celos por 
parte del Brasil, que fué también de los gobier- 
nos que la suscribieron. 

Además, ¿ á qué hacer semejante distinción, 
cuando nuestras leyes deben ajustarse á la más 
extricta imparcialidad? 

Los pueblos y los ciudadanos pueden tener, 
como los hombres entre sí, sus simpatías ó pre- 
dilección por tal ó cual país; pero no pueden es- 
tablecerse ciertas distinciones de carácter inter- 
nacional, que, como muy bien se dijo entonces, 



(1) Sesión del día 22. 



— 318 — 

podían comprometer nuestra existencia, ó entibiar 
las buenas relaciones que deben reinar entre na- 
ciones amigas (1). 

EL COSMOPOLITISMO AMERICANO 

Los pueblos del nuevo continente reciben siem- 
pre con los brazos abiertos á sus hermanos de los 
otros países — y la República Oriental del Uru- 
guay, vinculada á ellos por múltiples causas, — 
pues en su seno existen numerosos elementos de 
todas las procedencias, — ve complacida el arribo á 
sus playas y la incorparación á su nacionalidad 
de los hombres útiles y laboriosos de las distin- 
tas partes d t el orbe. * 

Vengan, pues, á ella los hijos de la patria de 
Guillermo Tell, los descendientes de los proceres 
del 89, de la sabia y pensadora Alemania, de la 
industrial y severa Inglaterra, de la Italia unida 
y poderosa, de la progresista Bélgica, de la íncli- 
ta España, y en suma, de todas partes del mun- 
do donde se viva la vida de la civilización, que 
bajo este hermoso cielo de la América caben to- 
dos los seres libres que aspiren á asegurar su 
porvenir por medio de la honesta labor. 

Vengan, sí, — diremos con uno de nuestros 
más elocuentes oradores, — vengan todas las reli- 
giones, todas las ideas, todos los sistemas, á vi- 
vir tranquilos bajo el amparo de la libertad del 



(1) Cuestión constitucional.— La Naturalización, por el autor, páginas 
55 á 68. 



— 319 — 

pensamiento, depurándose por la contradicción 
pacífica, trabajando y modelando los espíritus, 
preparando así las soluciones definitivas y armó- 
nicas, que serán para el individuo la religión del 
deber, y para el ciudadano la religión de la ley. 
Vengan, sí, que la patria de Artigas es una 
madre pródiga para los que hacen del trabajo un 
rnodus vivendi, de la honradez un escudo, del 
amor á la libertad un apostolado, de la ley un 
culto, de la democracia y de la justicia el ideal de 
sus nobles aspiraciones. 

Vengan, en fin, á este pedazo de suelo ameri- 
cano, cosmopolita por excelencia, regido por sa- 
bias leyes, amigo de los obreros del bien, poseedor 
de un clima benigno, de una situación geográfica 
inmejorable, de ríos y arroyuelos correntosos, de 
una vejetación maravillosa, y sobre todo, de una 
tierra virgen y accesible á todas las manifestacio- 
nes del progreso humano. 

Vengan, sí, que si el grado de civilización de 
un pueblo, como se ha dicho, puede medirse por 
el modo con que se acoje d los extranjeros, la 
República Oriental del Uruguay se halla colocada 
al más alto nivel, porque en su seno caben bien 
todos los elementos sanos y laboriosos que nos 
envía de continuo nuestra vieja amiga la culta 
Europa (1). 



(1) Esta obra, en vez de un opúsculo, como fué nuestro primitivo propó- 
sito, nos na resultado un libro, y ello tiene su explicación en la circunstan- 
cia de haberlo escrito á merced que se componían las carillas enviadas á la 
imprenta y en el propio interés de los temas tratados. Por eso decimos en 
las palabras que sirven de prólogo que muy poco habíamos agregado á nues- 
tro anterior trabajo. 



l^TIDZOE 



Página 

Al lector 3 

Rozas y Oribe .............. 5 

La Defensa 8 

La Legión italiana 8 

Ni honores ni recompensas 9 

La gran figura del héroe 11 

Frente al almirante Brown 14 

Otras proezas 17 

La acción de San Antonio 18 

En honor de los héroes 19 

En defensa de la patria 21 

De Joaquín Suárez á Garibaldi 22 

De don Pedro Bustamante ........ 24 

Francisco Anzani . 27 

Su actuación en el Hervidero. ...... 28 

Su actitud en el Salto 30 

El combate del Cerro 31 

El legionario Fiorito 32 

Otras legiones 33 

Brulote de Oribe 34 

Lk)s residentes ingleses 34 

El comodoro Purvis 35 

Humillación del sitiador 36 



322 — 



Página 



Formación de las Legiones 38 

Insignia de los italianos 38 

Los legionarios franceses 40 

Proclama de Thiebaut 43 

Masacre de franceses 44 

El contraalmirante Lainé 45 

Resistencia de los legionarios 46 

Su desarme y naturalización 46 

Minuta de decreto 48 

Digno de los hijps de Francia. 49 

El fallecimiento de Thiebaut 50 

Los cazadores vascos en Paysandú ..... 52 

Legionarios españoles.— Muerte de Neira , . . . 54 

El coronel Palle ja y Enrique Pereda .... 55 

Excepciones del servicio.-Gratitud del gobierno 56 

La conducta de Oribe 57 

Menosprecio á los extranjeros 59 

Una lección merecida 60 

Intervención anglo-francesa 61 

Familias confinadas 63 

Conducción de ingleses al Durazno .... 65 

Expulsión de inglesas á campaña ..... 66 

Ingleses y franceses confinados 67 

Indignación de Oribe.— Ejecuciones por él or- 
denadas 73 

Digna actitud del general Díaz 74 

Los extranjeros en el Salto ....... 76 

Crímenes inauditos. 77 

El concurso de los argentinos 79 

El general Paz. 80 

Proclama al ejército 80 

Salida del general Paz de Montevideo ... 81 

Los legionarios argentinos ........ 83 

Su embarque para Corrientes. ...... 83 



323 — 



Página 



Entrega de la bandera oriental ...... 84 

Nota de agradecimiento 85 

Melchor Pacheco y Obes 87 

Su nombramiento de ministro de la guerra. . 89 

Su renuncia y extrañamiento. ...... 91 

Su regreso del Brasil .......... 93 

Nuevas distinciones 94 

Llegada de Rivera y conflictos á que dio lugar. 94 

En misión á Francia 97 

Oposición del ministro argentino al regreso de 

Pacheco al país . . . , 97 

El tratado Le-Pedour 99 

Subsidios á Montevideo , 101 

Su vuelta á Francia 1' 2 

Cóm > ll^nó su misión 103 

Entrevista con Rivera 103 

Su acción final en Montevideo 105 

Su fallecimiento. 106 

Bartulóme Mitre ............. 107 

Batalla del Arroyo Grande 110 

Primeros cañonazos en la plaza de Montevideo. 111 

Su labor intelectual 113 

Su alejamiento delpaís.— Vía-crucisá que vióse 

obligado 114 

Florencio Várela . . . . 116 

Causas que motivaron su asesinato . . . . »" 118 

De Várela á Lord Howden 119 

Carta de Rozas insinuando el crimen .... 128 

Consumatum est. . . . 131 

Pro la familia de Várela 134 

.i/as tratativas de alianza, con Urquiza y el Brasil. 135 

La misión Chain 137 

La ida de Lamas al Brasil 141 

Sus gestiones. — Retiro del ministro Guido. . . 146 



— 324 — 

Página 

Solicitando una declaración categórica del Im- 
perio 147 

Propósitos del gobierno brasileño 150 

Celebración de la alianza . 153 

Memorándum del gobierno. 154 

Actitud del general Urquiza 158 

Actitud del Brasil 163 

Entrevista Urquiza-Herrera y Obes-Grenfell. 166 

Convenio celebrado • . . . 169 

Su aprobación por la Asamblea de Notables . 171 

Pasaje al Uruguay. . 179 

Rectificaciones históricas 181 

Afirmación errónea del general Ventura Ro- 
dríguez 181 

Con don Isidoro De-María. — Nuestras informa- 
ciones 184 

Confirmación de nuestros asertos.— Testimonio 

del señor Azcúe 191 

Otras fuentes de información 195 

Fuerzas que vadearon el Río Uruguay. . . • . 198 

Entre Urquiza y Flores 201 

Proclamas de Urquiza y Garzón 202 

Defecciones oribistas 206 

Treta oribi*ta . 208 

De Oribe á los agentes extranjeros Gore y Le-Pre- 

dour 210 

El ejercito brasileño ....*.. 213 

Proclama del conde de Caxias 214 

Confianza de Oribe . . 215 

Consecuencias á que dio lugar 217 

Gestiones de paz. Incidentes producidos .... 218 

Desconfianzas de Rozas 223 

El pacto de octubre del 51 226 

Acción contra Rozas 234 



( 



f 



— 325 — 



Página 



Premio de honor á los soldados de la Defensa, . 237 

Proyecto de ley 238 

Minuta de Decreto 242 

Gestiones del Club «Defensa do Montevideo». 246 

La bandera de San Antonio 249 

Controversia sobre su verdadero destino. . . 254 
Testimonio de los legionarios Viglione y Su- 

ffiotto 256 

Consideraciones que sugiere ....... 261 

Del legionario Antonio Bardino 262 

Errores de «Un italiano» 265 

Testimonio de los legionarios Pinchetti y Can- 

noniero 268 

Consideraciones finales , . . • 272 

Los garibaldinos excursionistas al Uruguay. . . 274 

Nómina de los expedicionarios de la Legión. . 284 

El premio al valor acordado el 46 299 

Qaribaldi y nuestro país 300 

Los extranjeros y la Constitución Nacional. . . 303 

Interpretación capciosa del artículo 8.°. . . 304 

Diversas iniciativas 306 

Nuestra doctrina y propósitos 309 

Antecedentes históricos 313 

El cosmopolitismo americano 318 



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